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7 min
Mermelada
Amor |
26.10.19
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Sinopsis

Llego a nuestro hogar. Suelto el casco, los guantes y cuelgo la chaqueta de negra piel. Voy en tu búsqueda para recibir la bienvenida que sé me aguarda al verte. Me llamas. Tu voz me indica que te hallas en la cocina.

De pie, de espaldas a la puerta te dedicas a terminar de preparar algún rico postre.

El corto pantalón de tu pijama protege aunque insinúa tus exquisitos glúteos, y un top holgado tiembla con los movimientos de tus brazos enseñando tu grácil cintura. Te admiro y sucumbo ante tu belleza. Me hipnotizas.

Camino despacio hacia ti. Intuyes mi próximo paso. Llevo mis manos a tu cintura, donde las poso para sentir la piel que me abrasa cada noche. Esta geografía curvilínea que recorro con gusto, suavemente, hasta alcanzar tus ingles y hacerte emitir un tímido maullido.

Te saludo con un tierno beso en el cuello. Tu cuello. Huele a beldad, jazmín, camino al Edén. Erizo tu vello, encoges tu hombro, paladeo tu suspiro.

El cántico de sus senos me suscita un impulso que activa mis manos para ascender acariciando tu abdomen hacia ellos. Esto hace que te detengas y dejes sobre la pulida encimera el tarro de aromática confitura con la que decoras el plato. Escondidos bajo la ligera prenda los alcanzo, los recojo con ternura llenando mis palmas, sopesando tu celo, ganándome tu derecho a proseguir macerando aquellas frutas dulcemente maduras.

Mi cuerpo se estremece, el tuyo se remueve aprisionado por la locura de mis labios, apresando la dócil carne de tu hombro, tu cuello, el deshabitado lugar detrás de tu oreja. Gimes.

Se me ha abierto el apetito. Veo el bote de mermelada. Albaricoque en almíbar. Sonrío. No puedes leer mis pensamientos, y eso es bueno para poder sorprenderte.

Pellizco tus puntiagudas cúspides con mimo y abandono las presiones despacio, deslizando mis sensitivos dedos en pos de los tirantes que cruzan tus hombros. Los aparto para que se desplome la cobertura textil que me separa de tu esplendor. Y cae por tus brazos hasta quedar anclado a la altura de tus codos. Tu espalda es un espectáculo para mis ojos. Tu pelo es una cascada de lluvia azabache que se estira hacia el lado opuesto a mi boca.

Has cerrado los ojos ante el vértigo de las sensaciones que te provoco, y aprovecho para meter mi dedo índice en el interior del tarro. Dibujo curvas en tu cuello, finalizo en tu omóplato. Notas mi aliento sobrevolar el banquete. En dirección contraria te lamo, sorbo y trago el gelatinoso néctar que mantiene tibio tu aromática piel.

Consigo mi premio. Erizo tu vello, enciendo tu boca pecadora y te revuelves, tu top pierde el norte y se traslada al sur, y entre escalofríos me robas un beso ardiente, húmedo, profundo que me sabe a únicamente tú.

Te abrazas a mi cuello, colgada de mi deseo. Tus pechos a la luz me comprimen, se hunden en mi tórax, impidiendo que piense en otra que no seas tú.

Lenguas que se buscan, se encuentran y bailan, resbalan, se divierten.

Aparto a ciegas todo lo que hay detrás tuyo con mis manos, platos, utensilios y dejo el espacio libre para preparar mi singular postre personalizado. Te agarro por los muslos y te hago levitar para pasarte con cuidado sobre la quieta y plana piedra. Sonríes. Lo sabes. Lo sé. Me tienes atrapado en tu vicio. Soy un drogadicto de tus fértiles días de lujuria. Con tu magnética mirada me pides que te lo dé. No puedo negarme, amor.

A tientas me hago con el tarro de mermelada y vuelvo a tomar una buena porción de aquella dulce melaza entre mis dedos. La dejo reposar sobre tus temblorosas redondeces y resbala por tus laderas, se detiene y acumula en tus cumbres. Tu mano en mi cara. Mis ojos en tus pupilas que me retan. Senos que suben y bajan con tu respiración que se agita por mi satisfacción.

Y caigo en picado, sobrevolando tu aura, con destino a mi banquete. Libo y suspiras, abro mi boca al saborearte, me aprietas con ambas manos, crispando los dedos como enredaderas tejiendo mis cabellos. Sorbo y arrastro la lengua sin piedad. Pienso dejarte limpios ambos recipientes de esa pegajosa densidad que tu bendito cuero convierte en adicción.

Me recreo en tus enervadas aureolas, dando vueltas y más vueltas, y escucho como expiras, te encorvas, te abres, me buscas y me encadenas a tus impulsos. Termino mi aperitivo y me pides más, así que te desprendo de tu pantaloncito generando una silenciosa alegría en tu semblante y muerdes tu labio. Introduzco los cuatro en el tarro y formo regeros de lágrimas dulces que descienden por tu vientre. Es un entretenimiento antes de alcanzar mi destino. Borro los senderos marcados con mi deformable apéndice que adapto a tu silueta, rápido arriba, lento abajo, lindando tu pubis, se me antoja tu ombligo que anego de besos, y tu voz me suplica que no me pare, que siga, que te devore. Y obedezco.

Vacío el resto de la espesa fruta sobre tu divino monte donde Venus habita, como un volcán que erupciona y cuya lava avanza ladera abajo, cubriendo tus verticales labios de anaranjado resplandor. Al sentir el frío te tensas e inspiras por la boca. Te sonrojas avergonzada por mi atrevimiento.

Pero para atender tu alivio, con mi lengua contrasto el azúcar que me empalaga el gusto con el sabor salado de tu resbaladiza humedad. Eres una delicia, mi capricho culinario, el sabor multicolor de mi deseo. Ahora deslizo mi lengua como el pincel de un pintor sobre tu sexo convertido en lienzo. Mezclo la jugosa savia con tus jugos, en un juego de caricias bucales sin pausa, presionando a veces, rodando, pintando círculos sobre tú diminuto centro erogeno, al que localizo y del que me enamoro con hambre de estimulantes besos, lamo y relamo incansable, me introduzco una y otra vez dentro de tu intima oscuridad. Te oigo respirar afanosamente, gimiendo, resoplando. Apoyas tus piernas sobre mis hombros y me aprietas contra ti con fuerza. Te abres más aún. Temes que detenga mi buen hacer y me súplicas que no pare.

Notas la pasión con la que intento saciarme y continúo recogiendo la mermelada de tus ingles para arrastrarla a tu carnoso nido. Libo y te quemas, mi dedo pide un hueco y te duplica el placer.

Ya llega, lo presiento, inmenso, tremendo, te agita y te convulsiona. Lo quiero y necesito. Tu sabor a pecado me estremece. Tu grito acalorado me ensordece. Ráfagas de afirmaciones se completan en tus manos que se amarran a mis cabellos.

Luego la apagada sombra del tsunami alocado que acaba de sepultarme se desvanece, y lentamente ralentizas el desvarío de tus latidos, satisfecha y completamente limpia, sin rastro alguno de confitura sobre tú sedoso terciopelo.

El brillo en tus ojos me conmueve el alma, dichosa por contentarte, empachado de ti. Y el vacío tarro de vidrio es callado testimonio de nuestra infinita correspondencia.

Abrazada a mi, me doy cuenta de que existimos el uno para el otro, pero al mismo tiempo advierto algo en la cocina que llama mi atención.

Otro tarro lleno de deliciosa mermelada. Te adoro.

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