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6 min
Mi abuela me dijo que fuese transgresor
Humor |
04.12.18
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Sinopsis

Cumpliendo una promesa

Me lo pidió en su lecho de muerte.

--Hijo mío, cuando yo me muera, quiero que seas transgresor.

Aferraba mi mano con sus manos secas y nudosas como sarmientos. Manos nervudas de campesina que habían manejado el arado, lavado mis pañales (ya tengo una edad) y sacado agua del pozo con sol y con nieve. Me taladraba con sus ojillos pequeños y duros que habían visto pasar siglos, partos y guerras. Me lo suplicaba con su boca desierta de dientes, con las mejillas sumidas y arrugadas.

Pero yo la quería. Era mi abuela, no podía negarle nada. ¿Cómo decirle qué no? Me acudían a la mente las tardes largas y luminosas de los veranos de mi niñez, en las que me preparaba la merienda; aquel pan con miel, que te pringabas hasta las orejas, aquel pan con chocolate, aquel pan con pan...

Le di un beso en la frente y se lo juré.

--Sí, abuela, seré transgresor, más transgresor que nadie, te lo juro.

Me podían haber colgado por perjuro, porque no tenía ni zorra idea de lo que significaba la palabreja.

Por educación y porque la adoraba, esperé a que estirara la pata para lanzarme al diccionario más próximo y poder enterarme qué coño significa transgresor.

Toda la familia, indignada, me lo reprochó.

--¡Descastado! Con tu abuela de cuerpo presente y te pones a mirar un diccionario. ¡Vicioso! -me gritaban las locas de mis tías, por turnos, entre copazos de Anís del Mono y sin desistir de mojar bizcochos en tazones rebosantes de chocolate espeso.

Pero yo estaba enfebrecido por aumentar mi cultura, por dejar de pasarme las horas muertas en los coches de choque, cuando las fiestas del pueblo. Yo ansiaba un futuro mejor, ser algo de provecho en la vida, no sé... mamporrero transgénico o algo así, una cosa que le diese lustre y amplitud a mi currículum vitae, porque lo de outsider ya está muy visto.

Me estuve analizando seriamente (tarea que me ocupó siete largos meses) y llegué a la conclusión de que yo no era transgresor en absoluto. Al contrario, era políticamente correcto y moralmente intachable a carta cabal. Yo era cómodo, laxo, con gusto por la vida muelle, adaptado e integrado al entorno social. O sea, un cabronazo de siete suelas.

Acudí en última instancia a pedir consejo al párroco del pueblo. Como lo encontré emboscado en el confesionario, me arrodillé (sólo por cortesía, tengo mi orgullo) y le pregunté:

--Padre ¿matarse a pajas es ser transgresor?

--¡Ni lo sueñes! Yo lo he probado sobre mí mismo y no he transgredido nada. Porque nada podemos llamar al placer insano e individualista.

--¿Y si me voy de putas?

--¿Puedo acompañarte? ...Lo digo por documentarme, conocer el pecado es empezar a enfrentarse a él.

¡Pues sí que estábamos apañados! Si alguien con cultura objetiva como el señor cura no había conseguido transgredir, estaba claro que en el pueblo no tenía ningún futuro. Rodeado de majuelos, eras y barbechos por todas partes, mi carrera de transgresor podía terminarse antes de haber comenzado.

Emigré a la ciudad, buscando no sé qué. Con mi marcha, le rompí el corazón a la Honoria, la hija del concejal de parques y jardines, porque cierta noche, en el callejón oscuro, le prometí que me casaría con ella si..., pero ya se sabe: prometer hasta el meter.

Lo primero que hice al llegar a la ciudad fue cambiar los bombachos de pana por unos pantalones acampanados muy molones, marcando paquete. Y la boina por un pañuelo pirata. Eso ya era transgredir un poco.

Me fui a vivir de gorra a casa de una prima mía. Como el pisito era pequeño y su marido piloto de aviación, dormíamos juntos ella y yo en la misma cama. Al nota del aviador no le importaba, casi siempre ausente con sus vuelos transoceánicos y sus escalas en Singapur; y mi prima daba un calorcito tan agradable en invierno...

De momento, a corto y medio plazo, no me busqué trabajo. Me centré en transgredir. Lo primero es lo primero; no quería yo distraerme con enojosas ocupaciones. El dinero no era problema, mi abuela me había dejado bastantes cuartos de herencia y mi prima se dejaba sablear amablemente.

Como el marido de mi prima estaba mucho tiempo fuera, asumí (aunque a regañadientes) mis responsabilidades domésticas y efectué algunas reformas en la casa. Instalé una hamaca modelo "dequetecagas", colega: de pared a pared, amplia y confortable, ideal para la meditación columpiante. También le di un repaso y puesta al día al mueble bar, ampliándolo; con el rollo del pilotaje, el menda que se había casado con mi prima era abstemio y aquello no podía ser.

Un día, miércoles de ceniza creo que era, desparramado en la hamaca pensé: ¿vale la pena ser transgresor? Se lo había jurado a mi abuela, pero ¿por qué tanto honor? ¿Tanta responsabilidad? Yo no quería el peso de esa púrpura sobre mis hombros mortales.

No quería que por pedir una pechuga de pollo en un restaurante, alguien tuviese que quitarle la vida al animal. Odiaba tomar decisiones, renegaba de ser responsable, ni siquiera de mis actos.

Porque todo en la vida son dilemas. ¿Y tenía que ser yo quién los resolviese?

Por ejemplo: ¿afeitarme o no afeitarme? Si me afeitaba, desgastaba la cuchilla, si desgastaba la cuchilla, tenía que enviar a mi prima al supermercado a comprarme cuchillas nuevas, al consumir cuchillas nuevas, la demanda de acero aumenta, para satisfacer la demanda de acero hace falta carbón. Conclusión: por culpa de mi caprichito de afeitarme, podrían morir treinta y siete mineros en alguna remota mina de China. Y esa responsabilidad me oprimía; total, que no me afeitaba. Pero es que si te lavas, gastas jabón... y entonces... y así con todo, oye.

Vamos, que había días que no me levantaba de la cama, como mucho, para ir a la hamaca, pero eso sólo si me encontraba optimista. ¡Con qué gusto me regodeaba en mi dulce desidia!

A día de hoy, mucho tiempo después de mi juramento, aún no he transgredido casi nada, pero he logrado dilapidar el piquito de la herencia que me dejó mi abuela, fundiéndomelo en borracheras cerveceras; he conseguido beneficiarme a mi prima y colarme de incógnito en tertulias literarias.

Algo es algo.

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