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5 min
Mi amor de juventud.
Amor |
29.10.16
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Sinopsis

Un amor de juventud, y el tiempo perdido. Un reencuentro y un deseo reprimido

Tal vez sea una idiotez, tal vez no debería haberlo invitado a  casa, con una excusa tonta enmascarando una fantasía de niñez contenida, escondida en lo más profundo mi mente. Fantasías que alimentaron a la mujer que dejo de ser niña, explorando su cuerpo encendido, que se rebelaba en la pubertad a sucumbir ante el deseo del primer amor, que tantas veces había ansiado.

Siempre tan tímida,  siempre formal, siempre risueña, siempre callada, pero para todo hay un límite. El límite que imponen los años y la experiencia;  los años que nos confirman la certeza de que al final terminamos más arrepentidos de aquello que dejamos de hacer, y la experiencia de la mujer que voluntariamente acepta sus deseos como parte natural de su existencia.

El cierre de la puerta tras de mí, marca el punto de partida a lanzar un primer beso repentino, que unos labios sorprendidos no rehusan, haciéndome participe de  la lujuria  mutua, de lenguas entrelazadas, de cómplices amantes que buscan recuperar el tiempo que el destino les arrebató aquella tarde de agosto, augusto y lento.

 Acercó mi boca a su oído, y suavemente, dejo escapar en un suspiro todo el anhelo contenido en mi alma,  una palabra marchita, casi imperceptible.

-Hazlo

Tengo claro que no es en absoluto lo más inteligente que he hecho en mi vida, pero lo quiero más que nada en el mundo.  Sólo es un capricho, un caramelo, una pequeña espina de juventud clavada mi corazón; un tal vez, un quizás. Sólo necesito comprobarlo, saber si realmente nuestra separación había sido lo correcto o una equivocación del pasado que ahora intento enmendar.

Noto sus labios en el cuello, devorando cada centímetro de mi piel, mientras su lengua  juega caprichosa, y sus manos traviesas exploran nerviosamente mi para él desconocido cuerpo. Su poblada barba, antes mentón imberbe, me hace cosquillas, y recuerda que de  aquellos jóvenes sin experiencia no queda nada, y tal vez eso sea lo mejor. Basta de ataduras, de clichés absurdos, basta de imaginar que habría pasado, el momento es ahora.

Mi vello se eriza a cada caricia, el aire me falta a cada jadeo y obliga a mi mente nublada a derrocar la razón, para coronar al ardiente deseo, que como buen dictador, se engalana de caprichos, conocedor de que su corto reinado quedara marcado en el recuerdo.

Un grito entrecortado, en mi garganta, cuando su templada mano, acaricia mis pechos trémulos;  y mi sexo complacido responde involuntario a su plegaria. Me noto cada vez más y más húmeda; dulce ambrosia que mana de mi interior y empapa mi sexo.  Cuanto más fuerte aprieto los muslos, en una inconsciente incontinencia libidinosa,  más se acrecenta mi deseo y esa deliciosa sensación que se desliza ahora por mis muslos, como un torrente nacido tras la tormenta en la montaña.

Se deshace de su corbata escarlata tapándome los ojos con ella y al instante, una mano firme, me agarra ambas muñecas obligándome a levantar los brazos,  por encima de la cabeza, en un dulce sometimiento.  La fuerza, el ímpetu, la pasión, con la que siempre había soñado, con la que tímidamente había jugado en mis fantasías cada noche, cuando excitada en su recuerdo, lo buscaba con los dedos e mí lecho.

Privada la vista, impedida en el movimiento, todos mis sentidos se agudizan a un tiempo, cuando una mano se cuela por debajo de la falda y en un rápido movimiento me libera  de mis bragas que descienden hasta a la altura de mis tobillos. Un ruido metálico de hebillas, de cremalleras, de movimientos espasmódicos de rebeldía del que se libra de una carga engorrosa me llega confusa hasta mis oídos, formando imágenes en mi mente que me llevan a morderme el labio en un intento de reprimir las obscenas palabras que ahora pueblan mí imaginario. Repentinamente roce de carne y temple, de roca y fuego, de sexo hinchado que busca mi sexo, brutal, animal y divina al mismo tiempo; vara de amor sibilina, que busca entre mis piernas su encierro.

Una mano prieta en el muslo, me aferra  una pierna que se eleva sin oponer resistencia, dejando la puerta abierta, a un animal desbocado, que resopla con fiereza, pitón de  toro en la arena dispuesto a embestir el carmesí capote que tentador le reclama.

Y de repente, fugaz en mi cabeza, una palabra de duda, un espera, un tal vez no es lo correcto que no llega, que se pierde en mi boca cómplice al sentirse llena, deja paso a un grito de placer, de rabia contenida, de años de espera, que llenan el aire que nos rodea. Y a cada embestida, dulce agonía, que convulsiona mi  encendido sexo, húmedo, caliente y receptivo, ruge el  toro condenado, con cada banderilla que mis uñas clavan en su espalda; agonía del placer que nos inunda, rabia y frenesí, todo al momento.

Mi mente estalla en fuegos colores, luces de carrusel, mil estrellas y de la garganta, un aullido canido involuntario, que marca el culmen de nuestra unión inesperada.

Recupero poco a poco la cordura, aun con su sexo latiendo entre mis piernas, y mi pecho buscando un aire que le falta. Tal vez fuese precipitado, tal vez incorrecto, pero ha sido sin duda el error más dulce de mi vida.

 

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