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6 min
Mi elogio de mi locura
Reflexiones |
17.08.10
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Sinopsis

¿Por qué me miras? – me preguntó el hombre- No le miro señor, le estoy observando detenidamente –contesté- Y siempre ha sido así. Mientras los demás niños se divertían jugando con la pelota, yo era feliz observándoles. A la sazón, es lo único que creía saber hacer.
Nadie le dio importancia a mi mala costumbre, o eso al menos decían que era mis padres, una mala costumbre que se me iba a pasar con el transcurso del tiempo. Ellos no podían ni imaginarse lo que yo sentía por dentro, lo que, de hecho, todavía siento ahora aunque las cosas sean muy distintas, al contemplar cierto rostro. Desearía parar el tiempo y convertirme en un mero observador de ese instante detenido: Cejas arqueadas, nariz respingona, ojos saltones, dos pecas en el lóbulo de la oreja derecha, un mentón prominente, frente despejada, ojos grandes, de color oscuro, mirada penetrante… y nuevamente lo mismo, las mismas cejas arqueadas, las mismas pecas, la misma mirada penetrante… Así me pasé toda la infancia.
A los quince años pisé por primera vez un psiquiátrico, habían ingresado a un pariente de mi madre, ella no me quería llevar, tuve que suplicarle mucho, incluso hasta amenazarla con volver a mi “antigua” manía para que me llevase con ella, digo "antigua" ya que hacía unos meses que había dejado de observar a la gente cuando iba con mis padres. Para mí aquel lugar fue un descubrimiento hermoso. Nunca antes, en nadie, había visto tales comportamientos, para mí todo era extraordinario, fuera de lo común, como si de un nuevo mundo se tratase, me sorprendía sobremanera al ver a un hombre autoproclamándose el redentor del siglo XXI. Aquel hombre poseía nuevos rasgos, nuevos gestos. Al fin, no fui capaz de identificarme como un congénere suyo, las diferencias eran abismales, ¿pero solo yo me daba cuenta de eso? Probablemente sí.
Es por tanto a los quince años cuando descubrí la locura, no como un estado del que yo padeciese sino como algo deshumanizante, algo que poseían algunos privilegiados y q les diferenciaba de todos los demás. Ya no deseaba fijarme en las personas corrientes, pues en ellas solo hallaba vulgaridad, pura chabacanería. El placer que me provocaba admirar una boca cualquiera de un pasajero del metro había quedado ya extinto, ahora anhelaba toparme con un desquiciado, con alguien q me dedicase una mueca, o q me sonriese mientras tal vez pensara: “muérete maldito hijo de puta”.
Mis padres se alegraron. Como es obvio, apenas tenía la ocasión de encontrarme con ese tipo de gente, ahora las personas me provocaban pura desidia, no podía más q agachar la cabeza al cruzarme con un ser humano “normal”. A pesar de todo, mantenía una esperanza, volver al manicomio.
Un día que estaba terminando un trabajo de la escuela, vi en la biblioteca a un hombre sentado frente al ordenador. Tendría unos cincuenta años, era calvo, llevaba una camiseta blanca de tirantes, dejando al descubierto sus hombros y la pelambrera que ahí le nacía, llevaba puestos unos gruesos guantes, también de color blanco. ¿Para qué quería esos guantes en verano? Tecleaba con rabia, a veces aturdido, de vez en cuando paraba repentinamente y se daba media vuelta, luego seguía escribiendo… parecía loco de remate. Ya está, pensé, lo he encontrado, seguro que viene aquí todos los días. Y así fue, cada día le observaba con más detenimiento, sentado en su silla frente al ordenador. Quería ser capaz de predecir su comportamiento, de anular su libertad, de encontrar un patrón que rigiese su atolondrado y aparentemente espontáneo comportamiento, pero no había forma alguna de lograrlo, cuando creía que se iba a dar media vuelta, entonces se detenía y dejaba de escribir, como si supiese que yo le estaba mirando y que deseaba que hiciese justo lo contrario de lo que terminaba haciendo. Desde su podio se burlaba de mí, él era el loco y yo el cuerdo.
Un día dejó de venir a la biblioteca, o yo dejé de ir a ella, no lo recuerdo exactamente. Mis padres estaban entonces muy preocupados por no sé bien que asunto, y a menudo me obligaban a quedarme en casa. Esto ocurrió durante el verano tras el cual debía empezar la universidad. Aun y así, yo salía de casa, o me escapaba de ella, mejor dicho. Mi intención no era clara, solía caminar sin dirigirme a ningún sitio en concreto. Me sentía incómodo, raro, pues si bien hacía tiempo que había dejado de observar a las personas, que no a los locos (nótese q diferencio entre unos y otros), me daba perfectamente cuenta de que se habían cambiado las tornas, ahora eran los chabacanos los que dirigían sus miradas hacia mí. No podía dar una vuelta por el parque sin que, sobre todo los niños, se diesen la vuelta para mirarme, para observarme quizás con el mismo detenimiento que yo lo hacía a su edad. Solía llegar a casa empapado de sudor, en un estado casi frenético, al borde de la enajenación. Mis padres intentaban calmarme y entonces solía pasarme una temporada encerrado.
A los veinte años ingresé en un manicomio. Ahora, casi a los treinta, me pregunto bastantes cosas. Es cierto, aquí soy feliz, pero no entiendo porque decidieron ingresarme, mi discurso es sensato, estoy convencido de estar en mis cabales. Pero si sé que no estoy loco es porque me sigue causando el mismo placer observarles a ellos, a mis compañeros. No me siento uno más sino un extraño, un tipo raro que aguarda ser comprendido, que espera reconocerse en otro. Nunca sabré si yo les miraba a ellos o ellos me miraban a mí, ni si alguna vez cambiaron realmente las tornas, ni si esto que escribo tiene algún sentido, pues debo reconocer que, en el fondo, temo estar loco.
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