cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

4 min
Mi metamorfosis
Reflexiones |
10.06.09
  • 4
  • 1
  • 1187
Sinopsis

Como cada sábado, tomé la llave y me dirigí al vestuario para cambiarme. Todo estaba como siempre, se diría que nada ocurría ahí de lunes a viernes. Yo andaba con la misma actitud, cansado, un poco cabreado con todo el mundo. Evitaba saludar a los compañeros y a mi encargada, me fastidiaba sonreír, o que los demás creyesen q me caían bien, si ni siquiera me sabía el apellido de ninguno de ellos. ¿Qué esperaban?, tal vez ver entrar a un hombre feliz, que agitase la mano y saludara cariñosamente. Yo no he sido nunca así, a lo más que podía aspirar era a ser un histrión intentando gustar a los demás, una farsa que no iba conmigo.

Lo contado hasta aquí es palabrería absurda que ni a ustedes ni a mí nos interesa, lo que me ocurrió en el vestuario es lo único que pretendo explicar. Espero no perderme más en inútiles confesiones que, a lo sumo, puedan servirle de algo a algún idiota con cierta empatía hacia los seres solitarios.

Entré al vestuario, dejé la mochila sobre el banco y cogí la llave que abría mi armario, el sitio donde guardo un frasco de colonia, una toalla que nunca utilizo, un par de libros que había leído hacía ya mucho tiempo, y una percha para colgar la ropa. A veces pensaba que aquél era un buen lugar, me cambiaba solo porque nadie entraba a la misma hora que yo. Podía permanecer un buen rato totalmente embotado, sumido en raros pensamientos y sin sentir el paso del tiempo. Tenía la costumbre de llegar al trabajo una hora antes de que empezase mi turno. Y de qué manera me fatigaba al mismo tiempo. Todo eso, para mí, terminaba conformando una inmensa losa que cargaba sobre mi espalda, una losa que poco a poco, y a medida que terminaba mi jornada, me asfixiaba más. Como si alguien me atase una soga al cuello y fuera estirando de ella, con una delicadeza incuestionable, con una lacerante crueldad.

Aquel sábado me di cuenta de que yo no era nada, o nadie importante. Me sentí como un mono en el zoológico o como un animal que apenas toma conciencia de sí mismo. Creo que por un momento no hubiera sido capaz de reconocerme en un espejo. Me miré las manos, exactamente me fijé en mis finos y largos dedos, y los moví uno a uno, lentamente, para asegurarme de mi superioridad, para obtener la aserción de que yo era distinto. Después me miré los brazos, y las piernas, y pensé que era un auténtico mono, no lo imaginé, estoy seguro. Creo que incluso me apeteció comer un plátano, o cagar ahí mismo y coger la mierda para lanzarla contra las demás taquillas. Evidentemente, me asusté. Intenten imaginarse por un momento que de repente no son capaces de reconocerse, que la piel que creían suya se ha convertido en algo ajeno a ustedes. Y no solamente eso, algo más me ocurrió, no acertaba a localizar mis ojos, ni mi boca, me palpaba la nariz cuando lo que yo quería hacer era atinar con mi orificio bucal. ¿Cómo podía ir a trabajar en esas condiciones? Lo vi del todo imposible, en un momento podía derrumbar todo lo que tanto esfuerzo me había costado construir. En un descuido, en vez de mantener la misma cara hierática que me caracterizaba, podía sonreír a mi interlocutor y dar pie a una amena conversación sobre las ventajas de tener pareja o permanecer soltero. Solo me quedaba una escapatoria, ponerlo todo de nuevo en mi mochila y marcharme corriendo, irme deprisa, a poder ser, sin que nadie me viese. Al día siguiente alegaría que de repente me encontré muy mal y que tuve que marcharme sin decir nada. Y así lo hice, cerré la puerta del vestuario y me fui, aceleré el paso al pasar por enfrente del despacho de mi encargada y bajé las escaleras con una determinación poco común en mí. Al hallarme en el vestíbulo del cine, me detuve, o el impacto me detuvo. Cual fue mi sorpresa al ver que detrás de la barra del bar un mono estaba sirviendo las palomitas.
Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • 145
  • 4.44
  • 465

Puedes visitar mi blog: http://puntoomuerto.blogspot.com.es/

Tienda

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta