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7 min
Mi particular Cuento de Navidad
Drama |
23.12.16
  • 5
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  • 189
Sinopsis

No soy Dickens, pero...

Hoy es Nochebuena, hace frío, parece que se aproxima una nevada. El marco perfecto para una noche como esta, todo blanco y precioso. Un hombre está echando el cierre de su establecimiento. —Por fin, ha sido un día largo, no veía el momento de largarme a casa, con mi familia. —A lo lejos hay una pareja, no están discutiendo, pero no parecen felices, ella llora, el tendero no puede escuchar qué dicen.

—No llores, cariño, encontraremos solución de alguna manera, te lo prometo.
—No, Felipe, esto no tiene solución. Estamos en la calle, en Nochebuena, sin esperanza de encontrar dónde meternos y yo estoy embarazada. ¿Te parece que la situación se vaya a solucionar, en serio?
—Adela, tenemos que confiar en la buena suerte, no podemos derrumbarnos, tenemos que permanecer con una actitud positiva, ambos.

Retrocedamos en el tiempo, casi nueve meses. Adela: diecisiete años, peluquera en paro, sostiene un test de embarazo en sus manos y llora, llora mucho. Cómo se lo dirá a su padre, él jamás lo va a entender. Si su madre viviese todo sería más fácil. —Cuánto te echo en falta, mamá —Felipe: Carpintero de profesión, parado y huérfano, veintidós años, está a punto de enterarse del embarazo de su novia.

Las cosas para esta pareja nunca fueron fáciles, ambos provienen de familias desestructuradas, sin apenas recursos y en las que no abunda el amor. Cuando se conocieron supieron, o eso afirman ellos a todo el que quiera escuchar su historia, que estaban hechos el uno para el otro. Desde el principio se convirtieron en inseparables, se cuidaban mutuamente en todo momento. Apenas llevaban un año de relación cuando supieron que iban a ser padres.

—¿Lo has hecho bien, Adela, es fiable el cacharro ese?
—Joder, pues claro que es fiable. ¡Vas a ser padre! ¡Vamos a tener un hijo! Mi padre va a matarme, lo sabes, ¿no?

Su padre no cometió ningún homicidio, como Adela había vaticinado, pero tampoco se comportó como un padre ejemplar y comprensivo. Su reacción fue cruel y carente de toda lógica, al menos para cualquier padre normal: echó a la joven gestante de casa. No le importó qué podría pasarle a partir de ese momento, no quiso saber nada más de su hija, preñada de ese vago al que no podía ni ver.

La familia de Felipe no se comportó mucho mejor: no quisieron acoger a la novia de su sobrino, de nada sirvieron las amenazas de éste. Juró a sus tíos que abandonaría el domicilio familiar si no ayudaban a su chica y a su futuro hijo. Finalmente, tras la negativa de cobijo por parte de la familia del chico, ambos acabaron por instalarse en los bajos de un edificio que tenía las horas contadas. Debido al mal estado en que se encontraba. Grandes carteles anunciaban que sería derribado el 24 de diciembre a primera hora de la mañana. Los jóvenes necesitaban dónde refugiarse de manera inmediata, por lo que esa fecha les pareció un futuro muy lejano, tan lejano que pensaron que jamás llegaría.

La vida en semejantes condiciones no fue fácil para la pareja, especialmente para Adela ya que las complicaciones de todo embarazo se multiplicaban por mil debido a su situación. Felipe se desvivió por ella. Procuró, en todo momento, aliviar, en la medida de lo posible, todos los problemas a los que se iban enfrentando. El embarazo avanzaba, el invierno llegó y con él la fatídica fecha: 24 de diciembre.

Aquella mañana, señalada en el calendario, temida por ambos, llegó como llegan todas las cosas malas, más rápido de lo que uno desea. La pareja se vio obligada a abandonar el edificio porque, por más que lloraron y suplicaron, no fueron capaces de convencer a las personas sin corazón encargadas de efectuar el derribo. No eran más que empleados, cumplían órdenes y se enfrentaban a las consecuencias si no las cumplían por lo que, finalmente, decidieron derribar el edificio, tanto si la pareja se iba como si permanecían dentro.

Adela y Felipe se vieron forzados a abandonar el que, durante tantos meses, había sido su hogar. Dijeron adiós, agradecidos de todo corazón, a aquellas buenas personas del barrio que, a pesar de no haber tenido con qué pagar, les habían ayudado a sobrevivir todo el tiempo.

Habían deambulado por los alrededores de su antiguo barrio durante todo el día, buscando una solución, un sitio donde cobijarse, algo, una mínima esperanza… Nada. La joven llevaba varias horas con dolores, no eran  muy fuertes, pensó que serían fruto de la amargura acumulada en las últimas horas. No dijo nada a su novio, no quería añadir más preocupaciones a las que ya tenía. A última hora de la tarde decidieron parar a descansar en una plaza. La joven no podía más, estaba cansada y dolorida, no pudo aguantar más y rompió a llorar.

De pronto Adela sintió una punzada en su interior, algo rasgaba por dentro, el bebé quería salir y había escogido el peor momento. Una contracción hizo que la joven cayera de rodillas, sin aliento, contra el frío pavimento de la plaza. Felipe se puso a su altura, sabía qué estaba ocurriendo, en el peor momento, la criatura había decidido que quería ver el mundo de mierda en que iba a vivir.

La pareja a la que observaba Fermín, el tendero, mientras cerraba la tienda y pensaba en la cena familiar tenía problemas, ella estaba embarazada y había caído al suelo. Corrió hacia ellos, sin pararse a comprobar si había echado correctamente el cierre.

—¿Qué ocurre?
—¡Está de parto! Aún no le tocaba, se ha adelantado. Ayúdanos por favor, no puede llegar al hospital y no tenemos dónde ir.
—Mi tienda está ahí, a pocos metros, iremos dentro y llamaré a una ambulancia. Soy Fermín, por cierto.
—Yo soy Felipe. Ella es Adela. Ya nos daremos la mano en otro momento. Ayúdame a llevarla, por favor, no puede caminar en este estado.

La extraña comitiva se dirigió hacia el pequeño supermercado, propiedad del fortuito benefactor de la pareja. Por suerte, guardaba algunas mantas en la trastienda y pudieron recostar a la futura mamá para que estuviera algo más cómoda. Las cosas sucedieron muy deprisa y, como no podía ser de otra manera, madre e hijo no disfrutaron de la relativa comodidad de un hospital durante el parto. La criatura, un niño perfectamente sano, nació en el pasillo de ultramarinos de Supermercado Paqui (la mujer de Fermín, quien daba nombre al establecimiento). Dos hombres sin idea de ginecología pero con muy buena voluntad atendieron, perfectamente, a una cría muy asustada mientras daba a luz, en el sitio más raro del mundo, a su primer hijo.

—¡Vaya Belén se ha montado! ¡Menuda aventura navideña! ¿Cómo llamareis al niño? ¿Jesús? Porque si le llamáis así, a mi no me queda más remedio que ser la mula, el buey, los pastores y los magos, todos juntos, y son muchos papeles para una sola persona. —Dijo Fermín, entre risas, cuando todo se hubo calmado y comprobaron que la madre y el niño estaban perfectamente.
—No, Jesús no. No soy creyente y, además, así se llama mi padre. Se llamará Liberto porque ha nacido libre y así vivirá toda su vida. Sus padres se encargarán de que así sea. —Contestó Adela, con una sonrisa exhausta en su pálido rostro. Felipe asintió, con la gravedad de saber que su vida acababa de adquirir un nuevo sentido. Como banda sonora, el sonido de una ambulancia que, por fin, llegaba inundando el establecimiento, casi a oscuras, con las luces de los rotativos.

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