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7 min
Mi profesora, sexo y literatura
Amor |
01.04.16
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Sinopsis

Salgo del metro y el día continua gris pálido, pequeñas gotas inconstantes salpican mi abrigo, secándose antes de traspasar el tejido. Me enciendo un cigarrillo con la maestría de aquel que fuma bajo huracanes. La gente camina.

Sacó el móvil y compruebo por millonésima vez la dirección. Estoy nervioso, sigo sorprendido por la invitación. Muchas teorías rondan mi cabeza, solo una debajo de mi pantalón. ¿Cual será el motivo de que este yendo a su casa?

Sigo las indicaciones que me dio, son claras y precisas, por lo tanto llego con facilidad. Me detengo en su portal, las piernas me tambalean así que decido fumarme otro cigarro antes de tocar el telefonillo. Entre dudas y deseos me lo fumo. Presionó el botón. Pasan unos segundos en los cuales me planteo irme. No se que estoy haciendo aquí.

-¿Quien es?- dice una voz femenina distorsionada por el comunicador.

Vacilo, pero contesto.

-Soy yo

Sabía que no esperaba más visita que la mía y el hecho de pronunciar mi nombre me producía una sensación extraña, institucional.

La puerta se abrió y entre a un portal típico de los barrios madrileños, antiguo pero no desgastado, bastante ornamentado, de paredes blancas y buzones dorados. Decido subir andando por el mero hecho de no estar parado en el ascensor del la edad de piedra dando rienda suelta a todo tipo de pensamientos. Mis pasos son lentos pero mantengo a mi mente ocupada.

Pongo los pies en el segundo, y busco la puerta E. Por lo menos no esta esperándome en la puerta. Sin pensarlo tocó el timbre. Me abre la puerta. Va vestida como cualquier otro día, una camiseta negra, unos pantalones vaqueros ajustados y unos botines marrones. No hay el rutinario saludo de los dos besos.

-¿Que tal estas? ¿Te ha sido fácil llegar?- Me pregunta mientras me indica con la mano que pase.

-Si, no he tenido problema y eso que siempre me suelo perder- bromeo.

El piso es pequeño, de diseño americano, la cocina esta separada del salón por una barra que hace a su vez de mesa. El salón consiste en un sofá grande de color verde, una mesa de baja altura a sus doce, una pequeña televisión, dos sillones individuales y varias estanterías repletas de libros. Ella ama la literatura.

- Ponte cómodo- Me señala el sofá mientras se acerca a la nevera-¿Quieres algo de beber?

Me apetece una cerveza o una copa, algo que tenga alcohol, pero dada nuestra relación y mi edad prefiero no forzar más situaciones molestas.

-Una coca cola por favor.

Me mira sorprendida pero no hace ningún comentario. Fijo mi atención en uno de los libros que descansa sobre la mesa, “Fausto”. Me dispongo a ojearlo cuando ella llega y me da la bebida.

-Solo tengo light. Espero que no te importe- se disculpa.

-No importa.

Abro la lata y le doy un pequeño trago. Ella se sienta a mi lado, huele a una colonia distinta a la habitual, es un olor dulce, espeso y agradable. Vuelvo a dar otro sorbo para mantenerme ocupado. Espero que ella empiece, necesito pisar sobre terreno seguro y me encuentro en un cenagal.

Se inclina hacia delante para coger una carpeta de la mesa, inconscientemente fijo mi mirada en su escote, tiene unos bonitos pechos, blancos. Mil situaciones se forjan en mi mente. Desvió la mirada antes de que sus ojos se crucen con los míos.

Saca unos papeles de la carpeta, reconozco mi relato, el motivo por el que me encuentro allí.

-Bien vamos a ello. Como te dije en el colegio, creo que puedes ganar el concurso. Te voy a decir las partes que a mi parecer pueden ser corregidas y mejoradas, siempre que estés de acuerdo por supuesto. Tu eres el escritor- Me toca la espalda brevemente y sonríe.

Me pongo tenso. Me gusta el contacto.

-Muchas gracias Irene por tu ayuda, si gano te lo dedicaré.

-Para eso soy tu profesora “ja ja ja” -continua. Veamos, algunas descripciones pueden ser un poco más definitorias...

 

Comenzamos a repasar, debatir y bromear sobre mi relato durante un par de horas, hasta que decidimos tomar un descanso. Me volvió a ofrecer una bebida y esta vez pedí una cerveza. No dudo en traérmela y me acompañó con otra para ella.

Hablamos del colegio, de las veces que me llamaba la atención, de libros, de todo. Había complicidad.

-No digas a nadie que tu profesora te da cerveza eh- bromeó.

Por supuesto que no iba a decirlo, ni que había quedado con ella aquella tarde, ni nada de lo que pudiera suceder...

- Solo si tu me prometes que no dices que se me da tan mal escribir “ja ja ja”

Posó una mano sobre mi pierna. Luche por no ponerme tenso y lo conseguí. Mire hacia el botellín de cerveza vació e hice el amago de dar un trago. Su contacto me excitaba.

-Descuida. Ojala todos mis alumnos fuera como tu. Si te lo propones serás un brillante escritor. Me encanta ser tu profesora- dejó la cerveza en la mesa- Si no tuvieses dieciséis años me casaba contigo “ja ja ja”

Me reí, no sabía que decir. Su mano continuaba en mi pantalón.´Enmudecí. Me excité. Notaba su cara cerca de la mía, podía sentir su calor. Mi torre Eiffel luchaba por tocar el cielo. Me moví ligeramente hacia su lado, sutilmente por si había margen de error. Su mano permaneció inmóvil.

Tenía su mano encima de mi polla, me miró y la frotó suavemente, jadee.

La besé. Mi mano buscó sus tan deseados pechos, no hubo amago ni intento de frenarme. Noté el glorioso tacto de su pezón erizado bajo su sujetador, la suave piel de sus tetas. Le arrebaté la camiseta y comencé a besarlos, a comérmelos, a mamar de ellos el dulce néctar del morbo y la fantasía.

Ella me quitó el pantalón, me masturbaba. La acaricie del pelo y moví suavemente en dirección a mi polla. Captó la señal, se puso de rodillas y me dejó sentado en el sofá. Me la chupaba mientras tocaba mi pecho desnudo. Me miraba a los ojos mientras me daba placer. Gozaba, quería hacerle lo mismo a ella.

La tumbé y arranqué su pantalón como un hombre que acaba de salir de la cárcel. Besé sus labios a través de la lencería. Estaba húmeda, bebí de su elixir. Le quite la única prenda que llevaba puesta, me agarró del pelo para que la mirara mientras la daba placer. Gemía y yo apretaba mi miembro contra el sofá a punto de hacerle un agujero.

-Quiero que me folles

Me incorporé, ni pensé en ponerme preservativo. Apoyé mi cuerpo contra el suyo y la penetré. Me agarró por la espalda, me clavó las uñas.

-Eres la mejor profesora que tengo- conseguí decir entre jadeos y embestidas.

 

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