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8 min
Mi querido y siempre recordado abuelo
Varios |
19.09.21
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Sinopsis

Sobre la quietud del esperanzador mar, se oyen ahora los murmullos lentos del movimiento de las olas al acercarse a la playa y la memoria se deja abandonar para llegar hasta mí, llena de recuerdos de mi querido abuelo. De aquellos días inolvidables de niñez que junto a él aún llevo arraigados en mi corazón. Me llaman Luigi, nací sumergido en el fondo del mar, donde floreció y evolucionó la vida. Sobreviví gracias a su ecosistema de respiraderos hidrotermales. Un día floté y alguien, quizás un delfín, me tomó de pasajero y luego me lanzó a la vera de un malecón. Una familia me acunó en su seno y vistieron mi desnudez social.

 

Estábamos mi abuelo y yo tendidos a la orilla del mar de aquel día abrileño ya sombreado por el atardecer. Era uno de esos tantos días en que tomados de la mano y abandonando la casa, íbamos rumbo a la cercana playa. Allí, compartíamos a solas placeres y pareceres mutuos. Le llamaba el abuelo nuestro foro cultural. Mientras tanto, nos bañaba la suave brisa marina con su aroma salobre. Conversábamos de cosas. De cosas y propósitos que ahora evocándolas las matizo con el colorido de mis recuerdos.

—Mi querido nieto eres sangre pura de mi sangre. Me veo reflejado en ti de niño. Profunda y alerta tu intuición sobre todo lo que te rodea para luego pincelarlas con la mano, la palabra, la acción. Siendo un niño tienes ese don de discernir los pequeños detalles de cosas, objetos y personas —Eso decía.

La luz de esa tarde tendía su brillo sobre la soledad del triste mar, que reflejaba el lienzo de la sala de arte que teníamos a la vista, y jugábamos lanzando arena y agua sobre nuestros cuerpos.

—Te quiero abuelo, siento que nos parecemos mucho y somos uno solo. Tú pescas en el mar para vivir y me pintas historias en la arena para recordarte siempre, más allá del día en que tengas que morir… Yo pesco de la vida sueños para vivir y coloreo en mi memoria imágenes para recordarte siempre, incluso más allá del día en que yo deje de existir—

Corrían los meses del año 1.983, y yo vivía con mi abuelo en la Casa Grande, aquella donde abrigué junto a mis hermanos los momentos más felices e inolvidables de mi niñez. Mi abuelo era alegre, dulzón, divertido. Nos hacía reír con su buen humor, siempre tenía a flor de labio una sonrisa. Pero a veces nos trasmitía sensaciones de miedo, susto o pánico. Idolatraba de mi abuelo su fantasía creada para relatar chistes, cuentos e historias. Yo lo oía y al mismo tiempo lo veía entrar y sobresalir del mar como si fuera un pez, pues parecía formar parte de ese mar que nos rodeaba. El abuelo era contador de cuentos. Repetía una y otra vez sus historias cambiando los personajes y escenarios. Nosotros nos acurrucábamos unos a otros ansiosos de sus palabras y a la espera de ese agudo final.

Mi abuelo además de cuenta cuentos, también escribía versos, hacía arreglos y con el cuatro nos llenaba de canciones y leyendas. Tenía una inclinación natural para ello porque era un lector empedernido. Llegó a referirme, quizás como algo aleccionador que antes de que la suerte económica lo ayudara, sus únicos desencuentros con la abuela fueron causados, porque a veces no tenían para acompañar el pescado, ya que lo poco que ganaba lo invertía en libros. Su biblioteca, por llamarla así era prolija. La cuidaba como a la niña de sus ojos. Sabía el nombre y ubicación de cada libro. El mismo se encargaba de su limpieza. Nadie podía tocarlos. Por fortuna solo yo. Me había enseñado a ser disciplinado en eso del encuadre de cada libro.

Ese pedazo de mi vida que era el abuelo, me enseñó desde sus libros, a bucear para encontrar los tesoros escondidos en ellos. Allí, casi a escondidas, en su cuarto de estudio, abríamos los cofres y contábamos la riqueza contenida en sus páginas. De allí nació mi voracidad por la lectura y mi abuelo me ayudaba en la comprensión. Además mi abuelo iba al cuarto de los nietos y se aventuraba a que prestáramos atención a sus lecturas. Los otros se dormán quizás por la tierna edad y mientras él leía yo lo escuchaba y elaboraba en mi mente otra historia sobre la historia que me leía.

¡Qué bello y adorable era mi abuelo!

Pasado un tiempo, el abuelo era ahora un hombre enjuto de carnes flácidas, ojos con luz de luna, cuya nariz y barbilla pronunciadas recrudecían la ancianidad que marcaban sus manos. Unas manos ya secas y cansadas de manejar los aparejos, el arpón, la atarraya, canaletes y timones. Su cuerpo que alguna vez pareció emerger de los troncos de una fuerte uva de playa, ahora semejaba un alma en trance, de tanto naufragar por el caracolear legendario de los años. Su cuerpo estaba saciado de soles, lunas, vientos y aguas salobres.
Mientras a mí, el paso de los años me habían hecho crecer y sentía las ganas de vivir. A mi abuelo, el paso de los años le doblaron el espinazo y sentía ganas de morir. Con el dolor y el pesar de verlo triste, lejos de su humor, yo divagaba en mis pensamientos. Con penas en el alma, recordaba la vez que visitamos el cementerio.

—Esta es la casa de los muertos y debes respetarla. Algún día tendré que salir de la Casa Grande para mudarme a esta residencia. No sé por dónde andarás tú, pero al visitarme tráeme flores. No olvides cubrir los tallos con algas marinas.

 

Hoy, con lloros y sentimientos partidos, escribo sobre papeles de su memoria. Aún recuerdo que haciendo trazos en la arena, mi abuelo me contaba con su voz añeja acerca de sus primeras desventuras cotidianas. Eso fue, antes de que la suerte le sonriera para emerger del mar, con dos botes y una casa grande de bloques en arcillas. Él decía:

—La brisa marina aún húmeda revoloteaba en mi rostro. Desde la madrugada, yo y otros compañeros, preparábamos los aperos para enfrentar como siempre, la bravura del mar en un bote de pesca. La pernota de esa noche en la ranchería para dormir, se había hecho corta.

Al levantarme mucho antes del amanecer, ya con los pantalones arremangados a las rodillas y el costillar al desnudo, ocultaba en la arena mis bostezos y el resto de los sueños perdidos. La rodada del bote hacia la orilla de un mar adormecido, se hacía pesada. El café seguido por un trago de ron blanco terminaba de avivarme para devolver el vigor a mi cuerpo —Y continuaba —Ya todo estaba listo para la partida. Yo revisaba la flexibilidad de las atarrayas y la resistencia de los anzuelos con la plomada. Con el motor de la embarcación encendido, partíamos a recorrer las millas de distancia, hacia los sitios de pesca costanera y a veces de media altura. Pronto nos abordaría la nube de gaviotas para acompañarnos todo el día, hasta la caída de la tarde. Ese era el momento de regresar con las cestas llenas de pescados y esperanzas—

 

Mi abuelo ya se fue. Me cuentan que con sollozos entre manos, se daba cuenta de que su lucidez se desvanecía entre recuerdos inconexos. Cuando llegué ya su cuerpo agonizaba porque estaba muerto en vida. Esa noche murió y lloré en la cama como un niño. Sólo lloré a la imagen de su rostro grabada en mi mente ese día. No quería verlo en el ayer del tiempo. En esos momentos, tenía temor de manchar el recuerdo de su paso por mi vida. Al día siguiente, estaba de adorno en la sala de la casa grande, durmiendo en una urna el primer día de un sueño eterno.

Adiós abuelo, en mi corazón siempre habrá tiempo y espacio libre para ti, acompañado de los sueños que sembraste en mí.

 

Hoy se cumple un nuevo aniversario de la muerte del abuelo. Después de un largo viaje, he venido de visita a su tumba. Recordaba sus palabras de aquella vez cuando de niño me llevó al cementerio: «Esta es la casa de los muertos y debes respetarla. Algún día tendré que salir de la Casa Grande para mudarme a esta residencia. No sé por dónde andarás tú, pero al visitarme tráeme flores. No olvides cubrir los tallos con algas marinas».

Después de limpiar su tumba y estando de rodillas le recé un “Padre Nuestro” e improvisé una oración a Dios para pedirle que le concediera felicidad y paz eterna.

Al terminar y despedirme, regresé a su Casa Grande, ahora habitaba mi hermana y su familia. Entré a lo que era su cuarto y en la oscuridad creí ver su espíritu sentado y balanceándose en la mecedora. Con mano extendida y abierta, hizo una señal de no avanzar hacia él y con el dedo índice de su otra mano, señaló el camino hacia una pared donde colgaba aislado, uno de sus cuadros, que pintaba cuando salía con su caballete y pinceles, hacia el paseo peatonal que bordeaba la playa. El cuadro representaba a una hermosa joven y tenía escrito simplemente “Para Natasha”.

Recordé aquella la historia del cuadro que alguna vez me contó el abuelo

“Confusión por un amoroso pasado”

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