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8 min
Mi san Valentín
Amor |
14.02.21
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Sinopsis

Lo que nos ha pasado más o menos a todas tal día como hoy

Ya he dicho alguna vez que muy marido es muy intelectual. Por eso, a él lo de san Valentín… Como que el primer año después de ponernos de novios, al llegar san Valentín, me presento en la cafetería de siempre toda ilusionada con mi regalito, se lo pongo enfrente y él me sale con que esto qué es. Pues era una carterita de cuero, que lo mío me costó; porque la suya estaba hecha unos zorros. Y va y me pregunta que a santo de qué. Yo le digo que piense a ver si lo adivina. Y él con que si no es ni su santo, ni su cumpleaños, ni nuestro primer aniversario de novios… hasta que cae. Y entonces –ya digo que es un intelectual de tomo y lomo- me sale con que la única fiesta tradicional, como mucho, con la que transige es el Carnaval porque se remonta no recuerdo ya si dijo a los romanos o a los griegos. Y que lo de San Valentín es tontería inventada por El Corte Inglés o por los americanos o por qué sé yo quién. Y que si a ver si cuando nos casemos hemos de comer pavo con arándanos el día de Acción de Gracias y si hemos de ir de puerta en puerta por Halloween disfrazada yo de la niña del exorcista y él de Alien. Y que si todo es por culpa de la globalización: porque cuando se pone así todo lo acaba con una palabra larga y se queda tan ancho.

Pues llego por la noche a casa tras el repasito que siempre me daba en el portal… porque será todo lo intelectual que quiera pero cuando se pone cariñoso…  es lo de que lo cortés no quita lo valiente. Pues eso, que llego a casa, le cuento todo a mi madre en la cocina y me sale con que razón no le falta a mi novio. Suerte que luego, a la hora de la cena, mi madre le dice a mi padre:

-Explícale a la niña que lo de san Valentín en nuestros tiempos no se llevaba.

Y va mi padre, le da la razón como siempre y luego dice que como mucho eso se llevaba en las capitales pero no en los pueblos. Y que sería una cosa antigua porque a él le sonaba una película española de los años 50 sobre san Valentín.

Total, que después de cenar y de recoger con mi madre la mesa y la cocina, me quedo un ratito haciéndoles compañía frente a la tele y, antes de acostarme, enciendo el ordenador, me meto en el Google y al momento me sale la película que decía mi padre: El día de los enamorados, de 1959. Me meto en una página especializada en cine y me sale enterita la ficha de la película con protagonistas como Concha Velasco, que todavía vive, y nada menos que Toni Leblanc, el padre de Torrente. ¿Y quién es la fan número uno de Torrente?: una servidora, por supuesto. Enfín, que imprimo la página y me meto en la cama pensando en la bronca que le voy a echar a mi novio al día siguiente restregándole la ficha de la película por todos los morros y demostrándole que san Valentín existe desde antes de que existiera El Corte Inglés o los mismos Estados Unidos.

Llega el día siguiente y, al entrar en la cafetería, como él siempre llega antes, se levanta porque, eso sí, lo que tiene de intelectual lo tiene de educado y, cuando me siento y él va a sentarse también, ni tiempo me da para sacar del bolso la ficha impresa de la película. Porque me pone enfrente una cajita envuelta en papel de regalo con una etiqueta de la joyería del pueblo. Y me dice:

-Porque por ti renuncio a mis principios y a lo que sea.

Y tonta que es una, se me caía literalmente la baba mientras con las manos temblando de nervios rompía el papel de regalo y abría la cajita: una cadena larga de oro que le costaría un dineral. Se levanta, me estampa un beso con ruido que me supo mejor que si fuera con lengua, coge luego la cadena y me la pone alrededor del cuello. Toda la cafetería mirando, claro, y las mujeres muertas de envidia.

Y no sólo me tragué todo el discursito que le tenía preparado sino que aquel día fue la primera vez que… Sí, porque llevábamos pocos meses de novios y una, ante todo, es decente. Y fue en el coche. Como en las películas americanas, para que luego diga.

A partir de ahí no ha vuelto a fallar. Cada año un colgante u otro para la cadena: que si la inicial de mi riombre en oro, que si la de su nombre, que si un brillantito, que si una imagen de la Virgen del Mar y de la Cuesta, la patrona del pueblo… Y así me lleva, que me dicen las amigas que, por el oro, me parezco a Camarón de la Isla. Otras envidiosas.

Y más se morirían de envidia si les contara lo que hacemos mi marido y yo con la cadena y los colgantes. Pero eso empezó cuando ya estábamos casados. Que una noche nos ponemos, me subo yo encima y, mientras me movía arriba y abajo, me pide que, sin parar, me incline hasta que los colgantes le lleguen al pecho. Lo hago y entonces me pide que, al tiempo que subo y bajo, mueva el torso en círculo para que los colgantes le recorran el pecho. Que no es fácil, no, mover la cadera arriba y abajo y el torso en círculo al mismo tiempo. Una simple cuestión de psicomotricidad. Eso me dijo: que ya he hablado de lo mucho que le gustan las palabras largas. Y ahora ya soy una experta, pero al principio me costaba. Él, mientras tanto, mira el movimiento de la cadena y los colgantes que casi se le ponen los ojos bizcos.

Y hoy… Otra vez san Valentín y ¿qué tocaba de regalo? Bueno, pero el primer regalo de todos ha sido… nada más despertarnos, con legañas y todo. Porque era domingo y no tenía que ir a trabajar pero ahora que me acuerdo, un par de años hará, cayó en día laborable y llegó al trabajo justito justito. Todo porque yo acabé de desayunar antes que él y me dijo que si quería me metiera en la ducha, que el ya se ducharía después porque le daba tiempo. Seguro que lo tenía preparado porque al ratito descorre la cortina, se mete en la ducha conmigo y empieza a enjabonarme. Yo, claro, no iba a decirle que ya estaba aclarándome. Me dejé enjabonar y pasó lo que tenía que pasar, que miedo me da que un día resbale y nos rompamos la crisma los dos. Pero a lo que iba, al regalo de hoy. Yo, unos guantes de cuero porque llevamos días de muchísimo frío. Y él, ¡cómo no!, otro colgante: una M en oro. Le pregunto:

-¿Y eso por qué?

-Porque nuestro primer hijo se llamará Manuel si es niño y María si es niña. Que no quiero nombres de esos modernos que ni los padres saben cómo se escriben cuando van al registro civil a apuntarlos. Ni Jonathan, ni Yasmina… ni Vanesa, que es nombre de peluquera. Manuel o María.

A mí me da la risa y, mientras nos besuqueamos, pienso en que, cuando me quede embarazada, ya sé la manera de convencerle para que si es niña se llame Alicia o el nombre que a mí me apetezca.

Y me dice que no me ponga el colgante aún, que ya me lo pondrá él esta noche al acostarnos. ¿Y qué quiere decir eso? Que esta noche vuelve a tocar. Y como esta mañana me he puesto debajo esta noche me subiré yo. Y ahí lo tendré mirándome el collar con su colgante nuevo. Con los ojos medio bizcos. Yo preferiría que me mirara las tetas, la verdad. Pero bueno… Porque, digo yo, si mi marido tiene dos ojos será porque yo tengo dos tetas, ¿o no?

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