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10 min
Mi sobrina Isabel
Amor |
25.09.13
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Sinopsis

Excusas gloriosas para ocultar pecados horribles; y a veces no nos gusta cómo salimos retratados.

Me levanté de la mesa y con mucho teatro prorrumpí:

“José refiere a Manuel -…y entonces Jesucristo dijo: ‘¡Lázaro, levántate y anda!’, y Lázaro andó.

Manuel -Anduvo, gilipollas.

José -Anduvo gilipollas unos días pero andó.

Mi sobrina Isabel se doblaba sobre el plato llorando de risa de manera incontenible; tiene quince años y comprendió el chiste perfectamente, pensé, es un cuento exigente que tiene el genio escondido.

La gracia estriba en dos equívocos que encierra el cuento: 1. La confusión de José respecto del uso dado por Manuel al término “gilipollas”, como un sustantivo insultante y despectivo –un reproche a su ignorancia- dirigido al propio José, erróneamente interpretado por éste como un adjetivo calificativo referido al estado en que se halló Lázaro después de resucitar al hacer efecto el milagro realizado por Jesús, falto de armonía y gracia, descolocado por la impresión durante unos días. 2. La doble ignorancia que muestra José respecto del verbo “andar”: a)- sobre su conjugación al desconocer la forma correcta para el tiempo pretérito perfecto; b)- sobre su identidad, al conceder distintos significados a los dos términos “anduvo” y “andó” como si fueran dos verbos diferentes; el palabro “andó”, rotundo y sonoro, se ajusta sin duda mucho mejor que “anduvo”, que a José se le antoja dubitativo y lábil, para proclamar la maravilla del andar milagroso de Lázaro más allá de las suspicacias sobre su imperfecto resultado casi chapucero; la manifestación de fe de José que desvela el chiste, más que ciega ignorante, retrata su alma.

“¿Pero por qué te ríes tanto?, no es para tanto”, “¡Mamá, no te enteras de nada! el tío quiere decir que el cura Félix y José el del chiste son iguales ¡ah, me parto!”

Pero antes de la risa aliviadora la comida familiar había llegado a los postres, sobre la mesa instalada en la cocina porciones de tarta de hojaldre, ponche segoviano y café; entre la abuela reina, sus cinco hijos, sus parejas y sus ocho nietos, en la larga mesa nos apretábamos veinte personas (la abuela reina, José Manuel y María Ángeles, Elena y Alberto con sus hijas Isabel y María, Pablo y Pilar y sus hijos Clara y Alejandro, Sara y Gustavo con su hijo César, Esther y Javier con sus hijas Inés, Laura y Eva, y la tía Tomy); el tema exclusivo de la conversación había girado sobre la muerte aquella mañana, día de la fiesta grande del pueblo, del viejo Hipacio, el pastor jubilado de ochenta y un años que vivía con su cuñado viudo más anciano que él, un hombre taciturno cuya leve tartamudez correspondía a su rudo entendimiento; la manera en que sobrevino, tan inevitablemente evocadora, provocó viva excitación en todos los vecinos, y sobreponiéndose a gestos recogidos de condolencia en la plaza del pueblo brotaron los corrillos donde se apuntaban los detalles del suceso, se especulaba con causas médicas, criminales y divinas, se confirmaban la sorpresa general y las advertencias premonitorias sobre el mal cardiaco que aquejaba a Hipacio, se señalaba la espadaña de la iglesia con el campanario, se avanzaba venida de la jueza para levantar el cadáver, abundaban los comentarios sobre el cura Félix, que se paseaba frente a la puerta del templo con nervio reprimido, tratando de contener la alegría que le desbordaba el pecho, porque todos, más o menos, se temían una justificación divina de lo sucedido; el cura Félix también y deseándola saltaba y bailaba “¡qué bueno, qué bueno! ¡el día de la fiesta y en la casa de dios!¡dios misericordioso!”. A Hipacio le mató un infarto cuando, como hacía todos los años, subido al campanario de la iglesia volteaba a fuerza de brazos la campana grande para honrar el paso procesional del santocristo sacado por los parroquianos en el día de la fiesta patronal.

No he podido quitármelo de la cabeza; a pesar de que siempre ando alerta para que dios no se entrometa en mis asuntos hoy tengo que reconocer que se salió con la suya. “¿Es su muerte una prueba de la existencia de dios?” aparece Isabel con sus preguntas afiladas porque expirar en la iglesia clamando la magnificencia de dios sin ser un religioso parece una señal divina. Isabel está iniciando la época de los descubrimientos, pronto conocerá que las preguntas fructifican mejor que las respuestas pero ahora inquiere con tino y a voleo, y su inquietud aguijonea y disturba como un tábano. Mi hermana Elena presiente curvas peligrosas, “¿qué es lo que quieres decir? tendrás que explicarte”; “a dios le gustó oír las campanas volteadas por Hipacio y como premio se lo llevó derecho al cielo; se demuestra que existe; mucha gente del pueblo cree eso, el cura Félix lo ha dicho, ¿qué mejor muerte que en la iglesia el día del patrón y glorificando a dios?”; de Isabel basta con decir que es el vivo retrato de su madre, una morena de ojos vivaces. “Eso son supersticiones de la gente, lo sucedido ha sido una fatalidad, zanjó Sara sosteniendo a César comiendo tarta sentado sobre sus piernas”. Es un mínimo pueblo tendido junto a una carretera destartalada debajo de montes que, como costaleros de un paso procesional, sostienen el páramo en lo alto, un lugar donde pasan el invierno cuarenta o cincuenta vecinos, número que habría que multiplicar por veinte para calcular la antigüedad de sus calles vetustas.

“Ya lo creo que existe dios, pero lo que prueba la muerte de Hipacio es que dios no es bondadoso ni misericordioso”; el silencio, la espera “¿No? ¿Por qué?”; la abuela reina me miraba severa desde el otro extremo de la mesa; solo una cocina tan grande como la de la casa del pueblo puede dar cabida a tantos comensales, la vieja casa familiar de gruesas paredes de piedra y tejas musgosas junto al huerto; “se descubre como un jugador oportunista y fullero, aprovecha la ocasión de llevarse la ganancia regalada celebrando la muerte dichosa de un cristiano, pero ese muerto no le correspondía”; Pablo disiente, “lo que dices deberías aplicarlo a los parroquianos o al cura, dios no tiene nada que ver”, Pablo me sorprende con una novedosa faceta sofista que desconocía, porque desde luego no es un hombre de iglesia, “dios siempre actúa a través de interpuestos, el jugador es dios, no te equivoques”.

 Era el segundo domingo del mes de septiembre, día de la fiesta grande del pueblo; en la mañana azul y calurosa los feligreses sacan al santo de la iglesia colocado sobre un paso con cuatro cortos tendones para cuatro acarreadores y lo llevan de procesión por las calles, le sigue el cura, le sigue el dulzainero con el tamborilero, rizando con los sones aflautados graciosas piruetas en el aire, le siguen los parroquianos; la campana grande de la espadaña voltea loca a la salida de la imagen del cristo de la salud, volada por Hipacio, que cada año aguarda la llegada del “día de la función” para subir hasta el campanario por una escalerilla empinada y comida de la carcoma, en donde agarra el borde de la pesada copa con las dos manos, la levanta todo lo que puede estirando los brazos sobre su cabeza y la arrea con brío hacia abajo para que gire en torno al yugo, y según le vuelve por alto la torna a empujar para que revuelva, hasta que  la inercia y la mayor velocidad le alivian de los primeros trabajos y solo tiene que dar leves empujones para mantener el vuelo campanero; cuando desde el campanario ve que la procesión gira por una calle a la izquierda en dirección a la carretera, Hipacio para el volteo y comienza a repicar con las dos campanas, la grande y su hermana gemela que con una arpadura en el yugo no la puede voltear con la otra, y el esquilín, todas al tiempo o alternándolas a su criterio musical, tirando de las sogas enganchadas al badajo de cada una para que golpeen el interior de la copa; finalmente, cuando se procede a devolver la imagen al interior del templo Hipacio reemprende a tocar a vuelo la campana grande a modo de despedida y honra, la pirotecnia sobresalta a las palomas que salen despavoridas del palomar de la iglesia y huyen hacia el río, y a Hipacio le sobreviene un infarto fulminante que lo mata cuando la campana tenía cuerda para tres vueltas más. “Pero Hipacio murió donde quiso, haciendo lo que le gustaba” sugiere Esther “y por eso el cura está contento, que de dios no digo nada”. “Eso no es verdad, él no quería morir” la abuela reina decidió zanjar una polémica que le disgustaba; “y el cura no debió permitirle subir por aquella escalera tan peligrosa a voltear una campana de ochocientos kilos, un viejo enfermo que ya no rige, eso sí tiene delito; fue un irresponsable, y para mí es el culpable de lo que ha pasado”; “¿entonces el cura ha matado a Hipacio? ¡y lo quiere disimular como si hubiera sido una señal divina!” A Isabel la descubrí un día con el libro “El guardián entre el centeno”, y como todos los jóvenes del mundo que lo han leído se siente terroríficamente identificada con Holden Caulfield, el confundido, el angustiado, el cegado que torpemente busca en el amor la paz que ansía. “La jueza ha levantado el cadáver y no parece que vaya a instruir una causa contra nadie”, repara Pablo. “La familia debería denunciarlo”. Ahora descubro también la vertiente sofista de la abuela reina, la única católica practicante de la familia.

La discusión estaba deviniendo incómoda, la abuela reina me avisó “nadie te lo va a prohibir, pero que sepas que no me gusta lo que dices”. Fue entonces, cuando por la ventana penetraba calmo el aroma dulzon de los frutos maduros del ciruelo, que me decidí a contar aquel chiste.

María Ángeles me miraba silenciosa y pícara “¿otro trozo de ponche, bribón?”

 

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  • no convence
    No se si eres profesor o quieres serlo pero este relato tiene atisbos de clase, te pierdes un poco en unas lineas que despistan y explicar un chiste le quita toda la gracia, es una lastima
    Me ha gustado mucho,a menudo al leerte me traslado a unos años atrás en clase de literatura analizando textos con mi profesor favorito.Un placer.
    Un texto para tomar despacio, como un delicioso té, sorbo a sorbo porque si uno va con prisas puede llegar a quemarse. Una reflexiva y agradable lectura. Por cierto, gracias por tus comentarios y por supuesto que estas perdonado….Saludos
    Me gusta el ambiente que has creado en la mesa....bien hecho!
    Muy buen relato, tus textos se leen del tirón gracias a tu prosa ágil y variada. Yo también me he sentido como un tímido comensal más, escuchando atento las intervenciones en esta sobremesa.
    Suscribo las palabras de tu sinopsis para dejar una opinión de tu relato. Respecto a la explicación del chiste me inclino por los que piensan que sobra; es cierto que abre y cierra el relato, pero me gusta reducir vocabulario sin que nada cambie. Por lo demás, un estilo y una forma de narrar impecable, a pesar de que todo es mejorable. Un saludo
    No me veo capacitado para diseccionar los escritos con la habilidad y conocimientos de otros. En mi caso el paseo por las letras asumo que eso solo eso, un paseo, intuitivo y totalmente autodidacta. Sea como fuere eso lo decidirá Dios, si es que existe y considera que ha de decidir sobre tan vulgar tema. En lo que sí me fijo cuando leo, es en sí una línea me incita a leer la siguiente y si al acabar de leer cierro la tapa, física o electrónica, con la sensación de no haber perdido el tiempo. Entonces pienso, y ese es un reto importante, que la aparición en mis manos de otra letra de ese autor seguirá deteniendo el tiempo para no perderlo mientras la lea. Este es el caso. Un saludo.
    Siempre es lindo leerte. En cuanto a tu pensamiento de que Cuca, mi personaje, te diré que el fue una persona cercada por la miseria pero él siempre estaba cantando. Cariños.
  • Son animales de otro mundo.

    Hubiera sido preferible matar en seguida al conejito y... Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable... Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo... y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta. CARTA A UNA SEÑORITA EN PARÍS (Bestiario, 1951); Julio Cortázar.

    Es cierto, no me hago caso, pero el relato me salió solo, yo ahora me desconecto hasta la próxima semana y no sabía qué hacer con él (en fin, excusatio non petita...). Después del primero (stavros) y el segundo (zenon), aquí os ofrezco el tercer capítulo de la serie. Un saludo cordial.

    ¡Aquí te traigo el hijo de una noche idumea!/ Desplumada, con su ala que sangra y que negrea/ en los cristales, de oro y aromas abrasados,/ en los tristes aún, ¡ay!, vidrios empañados,/ cayó, sobre la lámpara angélica, la aurora./ Cuando de la reliquia se ha hecho portadora/ para el padre que adversas sonrisas ha ensayado,/ la soledad azul y estéril ha temblado./ ¡Ay, acoge la cuna, con tu hija y la inocencia/ de vuestros pies helados, una horrible nacencia!/ ¿Con tu voz clavicordios y viola imitarás,/ y con marchita mano el seno apretarás/ donde la mujer se ha hecho sibilina blancura/ para labios que de aire azul quieren hartura?/ DON DEL POEMA; Stéphane Mallarmé.

    “Código de error” es una expresión del ámbito de la informática. Aparece en los lenguajes de programación más populares cuando surge un fallo de hardware, software, o una entrada de datos incorrecta del usuario, que pueden dar lugar al colapso del sistema. Habitualmente se manifiesta sobre una pantalla de color azul o negro, en la que tras un texto de cifras y letras se descubre la expresión “CÓDIGO DE ERROR” (o “STOP”), seguido de letras mayúsculas, guiones y números, que son las que se corresponden con el concreto mensaje de error en una aplicación específica; aunque no suelen identificar exactamente el fallo en cada supuesto, sí orientan sobre la parte de la estructura donde debe buscarse para dar con él. Lógicamente, el concepto de código de error es extensible a cualquier sistema de lenguaje que pretenda proporcionar satisfacción al usuario, y que contenga, al menos, un codificador, un emisor, y un receptor. En cada sistema de lenguaje el código de error se expresará, cuando aparezca, no con series de números y letras, sino con los elementos propios de su naturaleza y conforme a sus previsiones. El texto del Requerimiento, que era leído a los indios por las tropas españolas poco antes del inicio de cada enfrentamiento, ha sido transcrito en cursiva en el presente relato, y está tomado de las notas complementarias (concretamente la número 31-111) redactadas por José Miguel Martínez Torrejón a la obra de Fray Bartolomé de las Casas, “Brevísima relación de la destruición de las Indias”, publicada en la edición del año dos mil trece de la Biblioteca Clásica de la Real Academia Española de la Lengua, junto con la Editorial Galaxia-Gutenberg, SL, y Círculo de Lectores, SA.

    El título es elocuente, así que aprovecho para felicitar el año próximo a ellas y ellos, deseándoos muchos relatos afortunados (y yo que los lea). Saludos.

    Un homenaje de los butroneros neoyorquinos a su artista y su cuadro más celebrados.

    El amor todo lo puede, a su manera.

    Excusas gloriosas para ocultar pecados horribles; y a veces no nos gusta cómo salimos retratados.

    porque humanos hermanos, y aunque Caín le mató, Abel le acompaña en el infierno y abrazados lamentan su suerte; trata de cómo, en un momento de flaqueza hija de la frustración, los hombres trastornan su vida y fugaces asomos de sensatez no bastan para revertir la tragedia que se abalanza sobre ellos; y enseña también que quien comete una injusticia contra otro aflige a su hermano y deja ver la podredumbre de su alma insolidaria, aviesa y fratricida; pero no vacilen y adéntrense, apresten todos sus cinco sentidos y disfruten de esta obrita que les ofrezco para su complacencia, y acomódense porque la función va a comenzar…¡ya!

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