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23 min
Mi sueño era blanco y azul
Fantasía |
14.03.13
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Sinopsis

Un niño y su labrador, un gran viaje.

-¿Dónde vas con esa escalera?- preguntaban con sorna sus compañeros de la escuela. Cristóbal desoía cada burla. Estaba cansado de la realidad que cubría con agonía cada uno de los días y las noches de sus ocho años vividos. La abuela estaba enferma, tenía “olvido”, se pasaba todo el santo día mirando el televisor, la mayoría de las veces, apagado; su hermano Antonio era tan serio y mayor, que nunca quería jugar con él, prefería jugar con sus amigos a las guerras; mamá se lamentaba siempre de todo “¡nos ha mirado un tuerto!, ¡Nos han echado un mal de ojo!, ¡mira, ¿lo ves?, otra cruz de Caravaca que se nos ha partido!”; y papá, bueno, papá nunca estaba en casa. El cartero llevaba su correspondencia al bar cada mañana para dársela directamente a él en mano. Su casa siempre se había visto rodeada de abundancia, bienestar, y felicidad, era una lástima que ninguna de esas cosas se decidieran a pasar dentro.

Era de noche, Cristóbal miraba la luna y sudaba debido al esfuerzo sobrehumano de llevar a cuestas una mochila cargada de víveres y una escalera de miles de kilómetros. Se paraba con la excusa de esperar a Armstrong, su perrito labrador, y de paso, mientras refunfuñaba por la torpeza de sus pasos, aprovechaba para descansar él.

-¡Vamos Armstrong, aprisa, si no se hará de día y el esfuerzo habrá sido en vano!

Cristóbal miró atrás, en pleno prado su casa quedaba ya muy lejos, seguía su vista desde la hierba azul bajo sus pies y la veía convertirse en la tierra que se convertía en el asfalto que se transformaba en la calle que contenía su casa.

-Aquí estará bien-dijo soltando la escalera y poniendo sus manos en jarra sobre su cadera -¿Verdad Armstrong?- Armstrong lo miraba atento-Ahora un pequeño esfueeeeerzo más...- decía a duras penas mientras ponía aquella enorme escaleras en posición vertical- ¡¡...y,... ya!!

En cuanto hubo apoyado el extremo superior de la escalera en la luna, una pequeña nube de polvo se levantó del pequeño astro. Se colgó la mochila, y sobre su cintura, sonó el 'clic' del cierre de seguridad de la misma, por lo que pudiera pasar. Cogió en brazos a Armstrong y se lo amarró con él.

Sin pensárselo ni un segundo más, empezó a subir a aquella escalera hacia el cielo, Armstrong ladró, y Cristóbal le sonrió. -Tranquilo, conmigo vas seguro- Cristóbal dejaba atrás toda su vida, y a cada peldaño que ascendía, la ansiedad iba desapareciendo. Se alejaba de una tierra que lo hacía ser una criatura infeliz, y reconocía abiertamente, que no sabía qué hacer para poder cambiarlo. Cómo no pensó antes eso de irse a vivir a la luna, si desde pequeño ella ha estado susurrando su nombre. Ahora la miraba, cada vez más cerca, y sus ojos se iban iluminando.

Armstrong, veía cómo, por tramos, la tierra de esa gente tan extraña que se hacían llamar hombres, se iba alejando. El mundo se iba convirtiendo en la paleta de un pintor que mezcla sabiamente los colores. En una exposición de pinturas, donde todos los presentes hubieran admirado maravillados las obras de los artistas, sin duda, Armstrong, hubiera quedado absorto mirando el paisaje que componían las manchas de sus paletas. Manchas que se parecían increíblemente a una ciudad abandonada por un niño que agarra, sin más, una escalera, y decide mudarse a la luna.

Cristóbal empezaba a cansarse, y aún le faltaba más de la mitad. Miraba exhausto hacia arriba para, únicamente, ver el contra-picado de una escalera en forma piramidal que acaba en un gran círculo blanco. Al descender su mirada se sobresaltó, pues al otro lado de la escalera, unos diminutos ojos negros lo observaban, curiosos, entre peldaño y peldaño.

-¡Armstrong!, ¡¿Por qué te has soltado?!

-¡Guau!

Los dos se miraron unos segundos. Cada uno a un lado de la escalera. Alrededor de ellos, un infinito cielo azul claro casi celeste los rodeaba. Las estrellas del sur cabían en los pequeños ojitos de Armstrong, y Armstrong podía ver todas las estrellas del norte reflejadas en los ojos de su compañero de aventuras. Se relamió y, con sus cortas patas, empezó a subir peldaño a peldaño.

-¿Pero, dónde vas?, espérame.

Armstrong subió y subió dejando atrás a Cristóbal y, atravesando una nube, desapareció tras ella. Cuando el joven pudo alcanzarlo, él estaba inmóvil contemplando la luna. Estaba radiante, y llena, por supuesto, de haber estado menguante hubiera tenido que poner dos ganchos en el extremo superior de la escalera. No hizo falta.

-Es hermosa ¿Verdad?- Armstrong no desviaba su atención- pues hoy será nuestra- El cachorro miró un segundo hacia abajo. Entre las nubes, y tan alto, apenas podía verse ya su hogar.

-No te preocupes por ellos, estarán bien. Estarán como siempre al menos. Papá ahogará sus penas en el bar, mamá pensará que mi desaparición ha sido fruto de una maldición, mi hermano estará tan ocupado que ni se habrá dado cuenta de mi ausencia, y la abuela se olvidará pronto de nosotros.

Cristóbal se desabrochó el cierre, se descolgó la mochila, y la tiró con fuerza hacia la nube más cercana. Ésta se hundió levemente y allí quedó inmóvil. A continuación, dio un salto con fuerza y aterrizó sobre la misma.

-¡Vamos Armstrong!, ¡no te quedes ahí mirando, salta!

Armstrong miraba hacia abajo, luego a Cristóbal, ladraba, volvía a mirar abajo, de nuevo al joven. Y no se lo pensó una vez más, se impulsó con sus patas traseras en uno de los peldaños y dio un salto enorme yendo a parar a los brazos de su compañero, lo que hizo que el joven cayera sentado sobre la nube.

Cristóbal abrió la mochila y sacó de ella, un pequeño mantel que dispuso en la esponjosa superficie a modo de picnic, luego sacó pan de molde y un bote de crema de cacahuete. Un cuchillo de untar y una botella pequeña de agua. Untó la crema en el pan y lo repartió con su colega canino.

Cuando acabaron de cenar, Armstrong se sentó en el regazo de Cristóbal y ambos contemplaron el cielo.

El chico sacó de su mochila un antiguo catalejo, el tubo de mayor grosor era de una madera muy oscura con aros metálicos dorados. Y del mismo dorado brillante era el resto del tubo corredizo una vez que lo abría. -Mira Armstrong, la Osa Mayor nos saluda, ¿la ves?, es esa de allí- advertía Cristóbal cediéndole el tubo e intentando que mirase a través de la óptica. Armstrong echó la cabeza a un lado en cuanto se lo acercó, intentando entender, quizás, qué era aquel extraño objeto. Justo después comenzó a lamer la lente- Anda, trae-.

Lo guardó de nuevo, y lo mismo hizo con el pan sobrante, la crema de cacahuete, el botellín de agua, y el mantel. Acto seguido se recolocó la mochila a sus espaldas, y se ató a Armstrong de nuevo, esta vez con más fuerza. Abrió la cremallera de uno de los laterales, y sacó una cuerda de unos tres metros. En una de sus puntas, a modo de garfio, había atado con un alambre el mango de un paraguas. Ahora, su intención era echar la cuerda a la escalera y que el mango del paraguas se enganchase en uno de los peldaños. Tras siete u ocho intentos, finalmente fue lo que consiguió. Dio dos o tres tirones para comprobar la sujeción, y solo entonces empezó a tirar con fuerza de la cuerda hacia él, como si la nube fuera una barquilla a la que trata de acercar al muelle.

Con cada tirón, la nube se iba acercando más y más a la escalera, y fue de ese modo, como Cristóbal y Armstrong reanudaron su viaje.

Desde tan alto, a los lejos, el cielo comenzaba a clarear en el horizonte, algunas estrellas iban desapareciendo, y otras, que brillaban con más fuerza, resistían aún con fuerza el resplandor de un sol que, sigiloso, se acercaba como si quisiera asustar al mar. El mar, el mar también podía verse desde tan arriba, quizás fuese eso lo que más añoraría allá, en la luna. El viento trataba de ayudar al mar a huir del sol, empujando las olas a un lugar a salvo en la orilla. Pero el día siempre llegaba. No faltaba jamás a su cita, y Cristóbal, que lo sabía bien, aceleraba raudo en su ascenso. No fuera a ser que al llegar el día y desaparecer la luna, nada sostuviese la escalera, y él cayera de bruces a la tierra que abandonaba, para perderse, junto a su perro, en algún lugar del mundo.

Cristóbal sintió, al poner la mano en unos de los peldaños, como la escalera vibraba con fuerza. Al mirar hacia abajo para conocer el motivo de dicho movimiento, pudo observar el vuelo migratorio de ciento diecinueve cisnes de cuello negro, que junto a algunos patos silvestres, volaban haciendo lo mismo que él, dejar atrás su tierra por ir en busca de su destino. Había leído ya sobre ello, pero jamás lo había visto. Para ver con tus ojos aquello que has leído, has de salir al mundo y vivir un sueño, al menos uno. Le gustaba pensar que eso era la vida. Vivir un sueño. De ese modo, algún día, alguien escribiría un libro que hablase de él, y cuando otros lo leyeran, recordarían que alguna vez también tuvieron sueños, y que de la misma forma que él, habrían de intentar hacerlo realidad.

-Mira Armstrong- dijo Cristóbal al salir de la atmósfera- estamos en el espacio-. El camino restante lo harían sin mayor dificultad, pues Cristóbal sentía que su cuerpo ya no pesaba. Tan solo se aferraba a la escalera para no desviarse de su rumbo. Atrás quedaba ya el cielo azul claro, y un viento que había desaparecido por completo. El sol

no solo no había hecho desaparecer la luna, sino que además, cuanto más cubría la tierra, allí, en mitad del universo, más intenso era el brillo de su siempre amiga, la luna.

Cristóbal se impulsaba, y ayudado solo por sus manos, avanzaba tramos de escalera de ocho a diez peldaños cada vez. De esa manera, al cabo de una par de horas más, casi habían llegado ya. Desde tan cerca la luna no era tan blanca como se veía desde lejos, era más bien gris. Cristóbal dio un salto y sus pies alunizaron con éxito, soltó a Armstrong, se desató la mochila de la cintura, y luego se la descolgó de la espalda.

-¡Armstrong, por fin hemos llegado! ¡Estamos en la luna!-Gritaba Cristóbal henchido de emoción. Armstrong ladraba feliz, corría de un lado para otro, volvía y saltaba a su alrededor, y luego volvía a correr olisqueando cada piedra.

Cristóbal se dejó caer de espaldas al suelo, quedando tendido boca arriba. Miró el universo, ahí arriba habían millones de estrellas de las que él, ni siquiera había oído hablar. Su felicidad era plena, movía sus brazos extendidos en el suelo, como si hiciera un ángel sobre la nieve. En el cielo, un camino blanquecino coloreaba, con pericia, la oscuridad del firmamento. Eso le hizo pensar, que cuando Dios pintó el mundo, se le debió volcar sobre aquel negro estrellado, acuarela blanca. Sí, independientemente de qué pinturas hubiera utilizado Dios a la hora de crear el mundo, no había duda de que para el cielo, había usado acuarelas. Vía láctea era el nombre que se le había dado en su mundo.

Cristóbal cerró los ojos para dormir un rato. Ya buscaría luego algún manantial lunar del que beber, o alimentos que comer. Tenía la absoluta certeza de que Dios acabaría ayudándolo en su supervivencia, al fin y al cabo, ahora estaba un poco más cerca de Él.

-¿Quién eres tú?- Una voz femenina quebró el silencio, haciendo que Cristóbal se sobrecogiera de puro miedo. Hasta el momento, Armstrong y él debían ser los únicos habitantes en aquel astro. El chico se incorporó hasta quedar sentado ante una hermosa criatura, el calculaba que debía ser un par de años mayor que él. Y estaba seguro de que una joven así, no pertenecía a la tierra. No por sus grandes ojos púrpura, ni por sus carnosos labios violeta, sino porque tal belleza, sin lugar a duda, debía de pertenecer a otro planeta.

-Yo,…yo soy Cristóbal, y vengo del planeta tierra-Repuso titubeando el chico

-Yo soy Berídea. Y ya sé de qué planeta vienes, te vas dejando escaleras por el suelo-su voz sonaba firme, pero aunque la inexperiencia de Cristóbal le hacía desconocer muchas cosas acerca de las mujeres, sabía a ciencia cierta, que ella trataba de demostrar una madurez que había visto en personas mayores. Las niñas de otros planetas no eran tan diferentes de las terráqueas, a fin de cuentas- Yo vengo de Marte- Berídea señalaba al cielo. A muchos kilómetros de distancia de ellos dos, un planeta rojo dejaba caer de sí, un enorme cabo, por el que unas horas antes, Berídea había descendido hasta pisar la luna.

Armstrong se acercó para empezar a olisquear las brillantes botas azules que la chica calzaba. Berídea se agachó y empezó a acariciarlo.

-¿Qué es?-preguntó

-Que le has caído bien.

-No- Berídea sonrió-digo que qué clase de ser es.

-¡Ah!, es un perro-respondió Cristóbal un poco avergonzado por no haber entendido la pregunta, y dejándose envolver por la suave sensación que recorría su cuerpo al verla sonreír. Se llama Armstrong.

Berídea lo cogió en brazos y acercó su nariz a la de Armstrong, hasta que ambas se tocaron. Durante esos segundos, a Cristóbal no le hubiera importado lo más mínimo ser Armstrong. No entendía el motivo de esa necesidad de tenerla tan cerca. Quizás fuese porque por fin una chica estaba interesada en hablar con él, ¿falta de elección?, quizás, pero no le restaba emoción alguna. Además, Berídea no era cualquier chica, era nada menos que, una marciana.

-Espera un segundo Berídea- Cristóbal se alejó unos metros para recoger su mochila, y de ella volvió a sacar los restos de su cena.-Mira, es pan y crema de cacahuete, ¡comida!

-Lo cierto es que estoy hambrienta.

Se sentaron no muy lejos de allí, donde un gran pedrusco les sirvió de mesa. No sin antes haber empujado la escalera hacia el universo. Cristóbal ahora estaba más convencido, si cabía, de querer quedarse allí para siempre. La miraba embelesado mientras ella devoraba, ansiosa, aquel sándwich de crema de cacahuete. Ella le contaba, entre bocado y bocado, los motivos de su partida. En su planeta el agua escaseaba, del mismo modo que el alimento, los únicos culpables de aquello eran sus habitantes, por guerras, por ambición, por egoísmo,...habían ido destruyendo, poco a poco, su bello planeta. Cristóbal miraba de reojo la tierra, esperaba que ésta no acabara del mismo modo que Marte. Algunos marcianos, o casi todos, habían dejado su planeta atrás en naves espaciales. Pero ella, que jamás tuvo los medios necesarios para huir, tuvo que hacerse cargo de sus padres hasta que estos pasaron a mejor vida. Los ojos púrpura de Berídea brillaban ahora mucho más, con el sol de frente, y con unas lágrimas que trataba de reprimir, a toda costa, para no mostrar su debilidad. Un día, sin más, decidió partir. Precisamente el día de ayer. Su viaje había sido más largo que el de Cristóbal, y eso que tan sólo tenía que descender por una cuerda.

Cristóbal, ahora, sentía que sus motivos eran apenas nimiedades si los comparaba con los de Berídea. Si algo no los interrumpía de inmediato, se iba a ver obligado a tener que contarlos. Y como por arte de magia, algo los interrumpió.

Sobre ellos, y acercándose rápidamente, una nave con unas inscripciones en el lateral, se disponía a alunizar. Jamás pensó, en todas esas veces que imaginó subir a la luna, que ésta, estaría tan transitada.

-¿¡Son de Marte!?-preguntó asustado Cristóbal.

-No, para nada. Al menos, ninguna nave de las que yo haya visto antes.

Cristóbal empezó a ponerse nervioso, aunque no más que Armstrong, que saltaba y ladraba cuanto más cerca estaba la nave. ¿Quienes eran?, ¿vendrían en son de paz?, ¿se trataría, quizás, de algún villano del que habría de defender a su marciana en apuros? Todas esas preguntas se evaporaron cuando sintió el candor de una mano que apretaba la suya. Era la de Berídea, que se la tendía para ayudarlo a levantarse de allí y dirigirse, juntos, a una roca más grande. Armstrong los siguió y los tres quedaron ocultos. Tras una gigante roca tres cabezas asomaban, curiosas. Con dos dedos, Cristóbal cerraba el hocico de Armstrong, no fuera a ser que, en el momento menos oportuno, sus ladridos delatasen sus posiciones.

Un vez que la nave había pisado luna firme, una compuerta se abrió, y un ser realmente aterrador empezó a descender de una escalinata que salía de la misma nave. Equipado con un traje blanco, y guantes y botas negras, avanzó lentamente dando pequeños saltos. Una aparatosa escafandra cubría por completo su cabeza, y su rostro quedaba oculto tras un cristal. Múltiples tubos salían de su pecho yendo a parar a unas bombonas que cargaba a sus espaldas. Jamás habían visto nada igual.

Berídea se tendió sobre el hombro de Cristóbal, y Cristóbal, ruborizado, sintió que se había hecho mayor de repente. Se armó de coraje, y aún teniendo al ser más extraño del mundo frente a ellos, entrelazar sus dedos con los de Berídea era lo que le estaba haciendo sudar a mares. No era más que un niño acobardado pretendiendo ser un hombre valiente.

Aquel extraño ser se acercó unos metros más, cavó unos centímetros en esa arena grisácea que cubre la luna, y luego, clavó una bandera que extendió como una papel. La bandera tenía líneas blancas y rojas, y en la esquina superior, a la izquierda, tenía, en un recuadro, un cielo azul estrellado como el que había estado contemplando toda la noche.

Rato después, el ser de la escafandra, junto a algunos compañeros más, volvieron al interior de la nave para desaparecer, unas horas después, en el firmamento.

Nada malo había ocurrido al final, y eso llenó de alivio a los dos jóvenes.

-Gracias- dijo Berídea acercándose a Cristóbal y dándole un sonoro beso en la mejilla. Realmente él no había hecho nada especial, pero ese momento si que lo fue. Sonrió y volvió a darle la mano. Cuando hacía un momento, ella se había acurrucado sobre él, había dejado salir a la luz un poco de su vulnerabilidad, y aunque él había fingido valentía, había pasado tanto miedo como ella. Eran dos niños perdidos por el mundo que esperaban, ansiosos, encontrarse. Y algo le decía que iban a tener mucho tiempo para hacerlo.

Jamás iba a olvidar aquel mes de Julio de mil novecientos sesenta y nueve.

Ambos empezaron a caminar seguidos de Armstrong. -Es curioso- pensaba Cristóbal mirando al suelo. En alguna ocasión había oído a hablar a su madre de su época de enamorada, ella hablaba de noches en la playa bajo las estrellas, de paseos junto a su padre por la orilla del mar, y todo eso bajo el influjo de la luna llena. Ahora era él quien, casi una década después, hacía algo parecido. Caminaba por una playa, esta vez sin mar, y bajo la noche estrellada, sí. Pero en este caso, y sólo en este caso, sobre el influjo de la luna llena.

-Te regalo la luna-dijo Cristóbal frenando sus pasos, en un intento de parecer tan romántico como los mayores.

-¿¡Pero qué dices!? ¡Si yo he llegado antes!- respondió indignada Berídea.

-Bueno, ¿la compartimos?

-Hum, ya veremos- repuso ella devolviéndole la sonrisa.

 

 

-¡Cristóbal, deja eso! ¡Ya tienes lista la cena!-La voz de su madre que lo llamaba desde la cocina, lo sacó del trance que lo tuvo absorto durante todo el día.

Sentado, se estiró para sentir como los músculos de su espalda volvían todos a su sitio. Miró sus manos. Las manchas de óleo cubrían casi por completo sus diminutas manos, manchas azules y blancas, sobretodo. Mojó el pico de un paño en aguarrás, y se frotó bien entre los dedos.

Mientras miraba..., NO, mientras admiraba su obra, sonreía, sonreía y soñaba. Sobre el lienzo plasmado, él, junto con su compañero Armstrong, subía una infinita escalera que lo llevaba desde una ciudad olvidada hasta una majestuosa luna llena, a través del inmenso azul del cielo.

Patatas fritas con huevo y pimiento era la cena dispuesta sobre la mesa. En su ciudad no vendían crema de cacahuete.

Después de comer, Cristóbal fue a llevar el plato de su cena a la pila donde se amontonaba el resto de la vajilla. Aquella pintura lo había dejado exhausto. Mientras colocaba los tapones en los tubos de óleos y los iba ordenando en una fantástica escala cromática, en la vieja caja de madera que heredara de su tío Aurelio, miraba de soslayo su obra, y giraba varias veces el lienzo para verlo desde varios ángulos. A Cristóbal no se le daba nada mal la pintura, pero quizás no fuera ese su mayor don, sin embargo, vivir su obra sí que lo era. Era capaz de sentir el viento en la cara mientras su personaje ascendía a través del firmamento. A su alrededor el mundo que transcurría desaparecía y la realidad se transformaba en arte:

Armstrong absorto en las manchas de la paleta de su compañero. Su madre refunfuñando por no tener ninguna ayuda en casa y tener que hacerse cargo ella sola de su madre, con un esposo que, mientras tanto, se daba por entero a sus amigos en el bar del barrio. Su abuela, prendida por completo del televisor que no dejaba de reponer una y otra vez, las escenas en blanco y negro, de un hombre que había logrado cumplir el sueño de Cristóbal, y como tenía eso del “olvido”, se sorprendió cada una de las veces que lo vio, y en casi todas repitió la misma frase dirigiéndose a la madre de Cristóbal:

-Te quejas tú de tu Reinaldo que se va al bar, ¡pues mira este hombre, que se ha ido a la luna y tendrá a la mujer esperándolo!

-¿Tú te vas a creer todo eso, mamá?-respondía la hija una de las veces.

El astronauta Neil Armstrong se convertía en el primer hombre en pisar la luna:

“Este es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad”.

Tal admiración llevó al joven a bautizar a su labrador, unos días atrás, con el apellido de su héroe.

Ya era hora de dormir. Cristóbal cubrió con una manta la cama inferior de la litera, dónde antes de tener que marcharse a hacer el servicio militar, durmiera su hermano Antonio- ¡Vamos Armstrong, sube!- Las patas delantera del animal apenas alcanzaban la superficie del colchón, pero ayudado por un leve empujón del joven, logró subir. Giró una vez, luego otra, y así hasta tres veces. A la tercera decidió enroscarse sobre sí mismo, y sus ojos se cerraron.

Cristóbal apagó la luz y se descalzó. A oscuras, se acercó lentamente a la escalera de la litera, no sin cierto toque de emoción al agarrar el peldaño que quedaba a la altura de su pecho. Comenzó el ascenso. Sobre él, el sistema planetario de corcho que colgaba de un móvil en el techo, giraba casi imperceptiblemente e iluminaba su cara, sin poder evitar que una leve sonrisa se escapara de sus labios al mirar a Marte. En torno a él, titilaban las estrellas en el techo, e inventaba que la Osa mayor le saludaba, y que Casiopea brillaba con un toque especial.

Seguía subiendo, y al mirar atrás, la cama donde reposaba Armstrong era una esponjosa nube donde pararse a descansar. La mesita de noche y escritorio, se convertían en azoteas donde las amas de casa subían para tender sus trapos. La cenefa azul en la pared, era la línea de un horizonte por dónde, en unas horas, empezaría a asomarse el sol. Pero ahora era de noche, y para cuando su rostro quedaba ya a la altura de su cama, contempló la luna. Estaba tan hermosa, tan bella,...radiante.

Se tapó, rezó un padrenuestro como cada noche antes de dormir, y antes de cerrar los ojos, volvió a mirarla una vez más. A continuación, sus parpados cayeron cansados, estaba exhausto debido al largo viaje que había emprendido, horas atrás, al interior de su fantasía.

Entonces, como el resto del día, Cristóbal siguió soñando.

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    Un historia llena de ternura, cálida y entrañable, me encantó. Una pena la velocidad a la que pasan ahora los relatos, que desaparecen en un suspiro, pasan dos o tres días y me tengo que ir para atrás para leer. Disfruté leyendo esta hermosa historia que nos trajiste, despertó también ecos de mi niñez, tenía once años cuando el hombre pisó la luna, huevos fritos era mi cena favorita y tenía un perro. Aunque los oleos no los tocaría hasta mucho tiempo después y mi padre no era de bares. Que sueños los de la niñez.
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