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4 min
Miedo
Varios |
18.08.09
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Sinopsis







Miedo







Cuando fue a nacer, vio la luz y se horrorizó. Quiso aferrarse a la oscuridad y quedarse en ella por siempre, pero unas manos plastificadas; frías, lo arrancaron de su diminuto e insignificante reino. Entonces lloró, profunda y descarnadamente, como si hubiera dejado un pedazo de su alma en el vientre materno.
El médico y las enfermeras creyeron que había sufrido alguna lesión durante el parto; mas no había más daño que el que provocó la luz en sus retinas vírgenes. Aquel llanto no cesó hasta que sus padres lo llevaron a casa y tuvo encima un techo que lo protegiera del cielo.
Le prepararon una cuna junto a la cama de matrimonio y allí pasó sus primeros meses de vida; acurrucándose cuando algún rayo diurno se colaba en la alcoba y durmiendo tranquilo cuando sus padres apagaban las luces.
La primera vez que sus pies rechonchos tocaron el suelo, lo confundió con hielo. Sus deditos enrojecieron y llagas crecieron en sus plantas.
No había ninguna explicación para aquello; era como si al niño le doliera existir; pisar el mundo.
Nunca volvió a tocar el suelo, desde entonces se movió sobre una silla de ruedas que había que ir adaptando según sus atrofiados huesos crecían.
Llantos y pataletas eran comunes cuando sus padres amagaban con sacarlo a dar un paseo; el niño sólo aceptaba cruzar el umbral de casa por la noche, cuando las estrellas esculpían rostros en el cielo. Cualquier cosa que tuviera que aprender del día y del sol, hubieron de enseñárselo con instantáneas en blanco y negro; pues los colores vivos le provocaban pesadillas.

Así creció junto a su fobia hacia todo lo que se movía y respiraba allá fuera; miedo a la vida; miedo a encarar la muerte, al fin.

No pudo ir al colegio por su alergia a otros niños, no pudo trabajar por el pavor de sentirse observado y no pudo amar por su rechazo a que alguien mirase en su interior.
Cayeron las hojas en el calendario y los años sobre él., aplastándolo, convirtiéndolo en un viejo blanquecino y solitario que deambulaba en su silla de ruedas por la vieja casa – la única herencia de sus padres –, sin más luz que la de un candil ni más compañía que el áspero sonido de su respiración. Odiaba las visitas, si alguien osaba tocar el timbre o aporrear la puerta, lo ahuyentaba con gritos histéricos y aullidos incomprensibles…, ni al sol dejaba entrar en su morada. Fue así que, poco a poco, por el vecindario creció el rumor de que aquella casa estaba, en realidad, encantada, y que era un fantasma quien lúgubremente se paseaba tras la ventanas tapiadas, ahuyentando a los vivos que interrumpieran su eterno vagar. Y algo de verdad había en aquellos rumores pues, ¿no era su existencia una sombra, un fantasma, o una evocación de lo que debió ser?, ¿acaso no era él poco más que piel blanca cual mortaja, sin más en sus entrañas que un atroz miedo? La vida que los demás respiraban en las calles, paseaban por los parques o amasaban en sus dormitorios al hacer el amor, era para él un monstruo al cual, por muchos que fueran sus esmeros, nunca conseguía esquivar. Siempre había un sol, un latido; un trinar, que atormentaba su silencio.

Un buen día, sin dejar huella en el mundo, murió. Encerrado en el mismo cuarto de su niñez, acurrucado en un hueco entre la pared y su antigua cuna; cubierto de polvo y telarañas. Y nadie, nunca, volvió a llamar a su puerta; a interrumpir su misantropía, por miedo a la leyenda del fantasma solitario. Mas entre aquellas viejas paredes, no había espíritu alguno ya que estos, si alguna razón tienen de permanecer en este mundo, es el apego incondicional a la vida… y no era tal el caso narrado en estas líneas.
En aquel piso, infestado de oscuridad y aire viciado, sólo quedó – aún a día de hoy permanece allí – un cadáver hueco, endeble y corroído por el miedo a la vida… no muy diferente en realidad, a cuando aún respiraba.
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