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7 min
Mil a una
Reflexiones |
22.10.15
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Sinopsis

Como no había dormido ni un solo segundo, sabía que había llovido toda la noche, así que la madrugada que le precedió era muy fría. Por interminables horas, a través de la ventana, había observado cómo caía la lluvia, cómo cesaba y cómo se despejaba el negro profundo del cielo nocturno y cómo, casi imperceptiblemente, comenzaba a clarear gracias a un sol aun muy lejano. Pese a ello, fuera seguía tan oscuro que podía decirse que seguía siendo de noche. Fue en ese momento que escuché a lo lejos el agudo trinar de un pájaro. Lo imaginé al pequeño, emergiendo de su pequeño nido, primero sacudiendo sus alas y luego emprendiendo el vuelo para comenzar un día más de su corta vida. Ese simple sonido, la fina voz de esa pequeña criatura me hizo evocar el recuerdo más antiguo de mi vida.

 

Hace muchos años mis hermanos mayores se levantaban muy temprano, a la hora que comenzaban a cantar las aves. Se levantaban para ir a su trabajo. Al escuchar su despertador también despertaba yo. No sé por qué, pero me gustaba estar despierto con ellos a esa hora. Quizá fuera por el sentimiento de complicidad que yo percibía al estar haciendo “cosas de chicos grandes”, aunque en realidad no hacía casi nada. Me encantaba verlos ir de aquí para allá, turnándose para la ducha, vistiéndose, peinándose… De vez en cuando me pedían que les preparara café. Yo no tendría más de cinco años para ese entonces, pero sabía hacerlo. Me quedaba con ellos hasta que se marchaban, y solo entonces volvía a mi cama.

 

Una de esas frías madrugadas, después de ver irse a mis hermanos, me comenzó un ataque de tos horrible. Mi tos despertó a mi madre, y al ver que no dejaba de toser, me llevó al hospital. El doctor le dijo a mi madre que tenía bronquitis, y el haberme expuesto tantas mañanas al frío clima, demasiado frío para un niño de mi edad, lo empeoraba.

En la receta del doctor se incluía un medicamento carísimo, así que hubo que hacer prioridades y ajustar el presupuesto familiar. En su trabajo, más que dinero, mis hermanos solo ganaban experiencia laboral, así que únicamente mi madre nos sacaba adelante con su humilde taller de costura. Nuestra vida cambió radicalmente por culpa de mi enfermedad…

 

                Una vez que fuimos de compras al supermercado cogí la caja del cereal de siempre. Eran figuritas con sabor a fruta y pequeños malvaviscos. Mi madre al verme me dijo que ya no nos alcanzaba para eso, y en su lugar puso una bolsa de hojuelas de maíz simples. Lloré como un niño berrinchudo, pero ella dijo que a la larga también me haría bien. No sé si realmente era por causa del limitado presupuesto, o porque quería comenzar a controlar mi consumo de azúcar, pero si era debido a la segunda razón, no funcionó, porque años después me diagnosticaron diabetes.

Mis hermanos, que ya ganaban algo más de dinero, ayudaron a mi madre, que seguía pinchándose los dedos con su costura, a pagar la insulina que necesitaba. Recordé que varias veces la vi llorando en los brazos de uno de mis hermanos o mientras cosía. Cada vez que le preguntaba por el motivo, ella me daba la misma respuesta: “No es nada, hijito. Es que me pinché un dedo. No te preocupes” Y una lastimera sonrisa se dibujaba en sus labios… Solo hasta después entendí el sacrificio que era para ellos el cuidar de mí.

 

                Mismo sacrificio con el que años más tarde terminé mi bachillerato, y volví a ver a mi madre llorando en la butaca del auditorio cuando me entregaron el diploma. El protocolo de la ceremonia dictaba que luego de recibir mi diploma volviera a tomar mi asiento en la primera fila. Mas yo rompí el protocolo. Corrí hacia mi madre, la abracé, le agradecí de corazón y lloramos juntos, y mis hermanos nos abrazaron a ambos a la vez. E inesperadamente, Daniel y Sofía, mis mejores amigos de la escuela, se unieron al abrazo.

Perdí el contacto con Sofía después de la graduación, pero el destino nos juntó de una manera extraña tiempo después, en una farmacia mientras yo compraba insulina para mí  y ella compraba insulina para su madre. Quedamos de vernos por ahí para tomar un café y recordar el pasado. Más tarde nos hicimos pareja.

 

                A ella le encantaba el mar. Un fin de semana nos escapamos, para olvidar un poco nuestras enfermizas vidas, y pasamos todo el día en la playa. Vimos salir el sol cuando comenzamos nuestro viaje, y, como si lo hubiésemos ido siguiendo, lo vimos ocultarse tras el océano en un hermoso crepúsculo.

Con Sofía entre mis brazos, el murmullo de las olas y el cielo tiñéndose de maravillosos colores, me sentí inmensamente feliz. Y por un instante creí que esa felicidad sería eterna. No fue así…

 

                Sofía y yo discutimos por una tontería y acabamos por separarnos. Me puse muy mal… Estaba terriblemente deprimido, perdí el apetito… Pasé tres meses así. Finalmente dejé de inyectarme la insulina y acabé en el hospital otra vez. Cuando desperté mi madre estaba ahí. Mis hermanos, que ya se habían ido de casa y vivían por su cuenta, también estaban ahí. Incluso Daniel, que seguía siendo mi mejor amigo pese a la distancia, estaba ahí. Sin embargo resentí la ausencia de Sofía, aunque sabía que era difícil que se hiciera presente.

Mi familia estaba siendo condescendiente conmigo, pero no Daniel. Sabiendo que mi madre y mis hermanos se molestarían por lo que tenía que decirme, les pidió que salieran para charlar a solas conmigo. Entonces me riñó. Me dijo que era un tonto por haber llevado la situación demasiado lejos, y que fui un idiota, puesto que lo más sencillo habría sido aceptar mi error y disculparme con Sofía lo más pronto posible. Él tenía razón. Esa era la manera de Daniel de demostrar que me apreciaba: ser directo y decirme lo que necesitaba escuchar.

 

Le agradecí su honestidad y decidí que cuando me dieran de alta, iría a buscar a Sofía para hablar con ella. Pero no hizo falta. El día que abandonaba el hospital, mientras empacaba algunas cosas que me habían traído para hacer más llevadero el internado, Sofía apareció en la puerta de mi habitación. Me explicó que por motivos de su trabajo había tenido que viajar muy lejos, por lo que no había podido visitarme antes. Y también dijo que lamentaba lo ocurrido. Yo también me disculpé y nos reconciliamos.

 

Es curioso cómo funciona el jardín de los pensamientos. Hilvané todos esos recuerdos en tan solo un par de minutos gracias a un pájaro que cantaba a lo lejos. No pude recordar más porque… todo se volvió borroso… Pensé en mis hermanos, en mi madre, en Daniel, en Sofía… Todos ellos siempre han estado ahí, brindándome su apoyo y cariño. En ese momento descubrí que estaba llorando. Me sequé las lágrimas y miré una vez más hacia afuera.

La claridad del día ya se colaba a través de la ventana. Gracias a dicha luz divisé la cuerda que había atado a la viga del techo. Sabía para qué lo había hecho, pero había olvidado el motivo.

Caminé hacia la mesita de noche, tomé la carta que había colocado encima y la quemé en el fuego de la estufa. Regresé al dormitorio, desaté la cuerda de la viga mientras reía al burlarme de mí mismo, y me desplomé sobre la cama. ¡Llevaba veinte horas sin dormir! Sin embargo dormí con un último pensamiento en mi cabeza: “Son más las cosas buenas”.

 

 

A Joy.

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