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17 min
Mil Formas De Decir "Te Quiero".
Amor |
13.10.18
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Sinopsis

Aria y Ava eran  jóvenes y hermosas, una viva imagen de sus padres.

Ava era hija de Atenea, diosa de la guerra. Era alta y delgada, fuerte y valiente. 
Tenía las mismas facciones que su madre, la misma melena castaña, los mismos ojos azules y desafiantes.
Aria era hija de Ceo, titán dios de la inteligencia.
Aunque no era tan alta como su padre había heredado su larga y ondulada melena rubia, sus ojos verdes y curiosos.
Ambas eran muy diferentes. 
Ava era aventurera, guerrera. Le gustaba explorar, correr riesgos.
En cambio, Aria era muy tranquila. Las únicas aventuras que conocía se escondían en los libros, en pequeños rincones llenos de curiosidades y sabiduría.
A pesar de ser como la noche y el día ambas coincidían en algo: No entendían la finalidad o la utilidad de los sacrificios.
Ava no comprendía por qué su madre beneficiaba a aquellos que comenzaban guerras por culpa de la avaricia, por querer ser los reyes del mundo y conquistar hasta el último rincón de Grecia. No entendía por qué aquello que podía palparse, lo material, los sacrificios podían estar por encima del bien y el mal. Por encima de cualquier moral.
Atenea se veía envuelta en muchas guerras, la mayoría de ellas innecesarias. Aseguraba poder, protección y victoria a aquellos que le ofreciesen algo a cambio y Ava no podía comprender cómo su madre no defendía a aquellos que luchaban por una buena causa, por aquellas guerras que podían cambiar el mundo. 
Lo mismo sucedía con Aria. Su padre aportaba sabiduría, momentos de lucidez y grandes ideas; descubrimientos que podían provocar mucho bien o desencadenar grandes caos si caía en las manos equivocadas.
Ceo inspiraba y dotaba de grandes ideas y soluciones a gente muy poderosa, personas con las manos manchadas de sangre inocente y un corazón lleno de culpabilidad.
Aria apreciaba la cultura, la sabiduría y la inteligencia. Lo consideraba un arma muy poderosa apta para mentes privilegiadas y extraordinarias, no para aquellos que pensaban que el saber se adquiría a través de monedas de oro.
Aria y Ava eran conocedoras de la existencia de la otra. Nunca habían hablado, ni siquiera habían estado juntas en un mismo lugar, pero era inevitable no pasear por el Olimpo y desviar la mirada.
Siempre iban acompañadas de sus padres, no podían mantener la mirada durante demasiado tiempo, tenían que ser cautelosas. No querían que la furia de sus padres cayese sobre ellas, y es que, Atenea y Ceo eran fervientes rivales.
Ceo repugnaba los ideales de Atenea, su capacidad de otorgar armas y poder; de tener en su mano la decisión de elegir quién vive y quién muere, quién gana o quién pierde.
Atenea tampoco podía concebir los ideales de Ceo. ¿Cómo era capaz de criticar su forma de actuar, de juzgarla de una forma tan despectiva cuando él otorgaba conocimientos más poderosos que las balas y las bombas a personas con la cabeza vacía? No tenía derecho a opinar.
A causa de esta gran enemistad Aria y Ava no podían conocerse, no podían hablar, ni siquiera mirarse.
Por eso, cada vez que sus miradas se encontraban a lo largo del Olimpo, actuaban con disimulo. Aunque lo que sentían no podía ocultarse tan fácilmente.
No sabían si era porque estaban prohibidas, porque la adrenalina inundaba su cuerpo como un río cada vez que sus pupilas se clavaban la una en la otra o porque sus espíritus rebeldes les incitaba a desobedecer, pero cada vez que se miraban algo dentro de ellas florecía.
Algo cobraba vida y les provocaba un cosquilleo y un nerviosismo contante, de pronto volvían a ser aquellas niñas inocentes e impresionables, crédulas. Se ilusionaban.
Un día, mientras Atenea y Ceo se ocupaban de sus deberes como dioses Afrodita decidió reunir a Aria y Ava.
Afrodita era conocedora de los sentimientos de cada una. Como diosa del amor tenía ese don y su obligación era unir a los amantes tanto en vida como en la muerte.
Para que eso ocurriese, Afrodita tenía que presenciar un amor puro y fuerte. Se sorprendió al descubrir el amor entre las dos jóvenes, nunca había presenciado uno tan inocente y desconcertante, aunque demasiado fuerte como para romperse.
Las tres se encontraron en un lugar apartado del Olimpo. 
La situación era incómoda y vergonzosa para Aria y Ava, tenían miedo de que sus padres las descubriesen. Sus latidos eran cada vez más punzantes.
— Os estaréis preguntando por qué os he reunido.
— No deberíamos estar aquí. — dijo Aria. — Nuestros padres podrían descubrirnos, su irá caería sobre nosotras.
Normalmente a Ava le hubiese parecido una respuesta cobarde, siempre estaba dispuesta a hacer cosas nuevas. Pero también tenía miedo y, además, la voz de Aria le había parecido tierna y cálida. No podía juzgarla.
— No os preocupéis por eso, asumiré toda responsabilidad.
Afrodita dijo aquello con la esperanza de calmarlas, para que pudiesen concentrarse en lo que ella tenía que revelarles. 
— Puede que os sorprenda. Puede que al principio penséis que os estoy engañando y entréis en estado de negación. Solo os pido que mantengáis vuestra mente abierta ante cualquier posibilidad.
Los nervios y el miedo pasaron a segundo plano y la atención de Aria y Ava se centró en las palabras de Afrodita.
— Estáis destinadas a ser. Sois almas gemelas, debéis disfrutar de vuestro amor mientras sea joven y fuerte.
— ¿Qué? Eso no puede ser posible, no es natural. No es real. — dijo Aria con un tono asustadizo e indignante.
— Que no aparezca en los libros no significa que no sea real. — respondió Ava.
— ¿Estás de acuerdo con lo que dice? Ahora entiendo por qué mi padre no os considera buena influencia.
La cara de Ava cambió. Su expresión pasó a definirse como una fina línea que dibujaban sus labios. Miles de respuestas pasaron por la mente de Ava, respuestas hirientes. Pero, y eso es lo que más le asustó, se negó a darles voz. Aún seguía viéndola como la persona más tierna del mundo.
— Debéis ser pacientes y calmar a vuestra cabeza. Eso que sentís cuando os miráis no es fruto de la adrenalina ni de la desobediencia. Nunca he presenciado un amor tan extraordinario como este, no trabajo en vano. Nunca me equivoco.
— ¿Y cómo sabemos que no nos estás mintiendo? — preguntó Ava.
— Juntad las palmas de vuestras manos, sin miedo.
Ambas obedecieron, una más insegura que la otra, y juntaron sus manos.
De pronto sus pieles ya no eran opacas, sino transparentes. Sus manos y brazos se habían convertido en papel, brillaban como si hubiese una luz dentro de ellas. Podían ver sus venas.
Ambas se fijaron en una larga vena roja que acababa en sus dedos meñiques, donde se encontraron con un pequeño punto rojo brillante y vistoso.
— ¿Qué significa esto? — preguntó Aria con la voz entrecortada.
— Esa vena roja comienza su recorrido en el corazón y acaba en el dedo meñique. Solo es visible para aquellas personas que están predestinadas.
Si aún no me creéis, ¿por qué no probáis a abrazaros?
Ambas se separaron, volviendo sus manos y brazos a su estado natural.
Obedecieron sin cuestionar a Afrodita, sin ni siquiera cuestionarse a ellas mismas.
Cuando se abrazaron sus pechos se iluminaron, se volvieron tan finos como el papel, transparentes, dejando desnudos sus corazones. Pudiendo observar como estos se tocaban.
— Cuando las personas que están destinadas a ser se encuentran y se tocan sus corazones se unen en un mismo latir y así los amantes se convierten en uno.
Tardaron unos segundos en separarse. Por mucho miedo que sintiesen o por mucho que la incertidumbre bailase alrededor de ellas no querían separarse. No podían, el mundo se paralizaba por un momento. Igual que cuando se miraban.
— Si me tocáis a mí, si me abrazáis o tocáis mi mano esto no sucederá porque no estamos predestinadas. Mi trabajo es advertiros de lo que sois, convenceros de que lo que sentís es real y hacer todo lo posible porque acabéis juntas. 
— Por mucho que quisiéramos estar juntas no podríamos, nuestros padres no lo permitirían. — dijo Aria.
— No debéis dejar que nada se interponga entre vosotras, el destino es caprichoso. Debéis intentarlo, no podéis dejar escapar el amor de vuestra vida.
Ambas llegaron a tiempo con sus padres, antes de que se diesen cuenta de que habían desaparecido.
Estuvieron pensando durante toda la noche que podrían hacer, rememorando las palabras de Afrodita. ¿Realmente merecía la pena luchar?
A la mañana siguiente Ava decidió ir al lugar donde estuvieron con Afrodita con la esperanza de encontrarse con Aria.
Ava estaba dispuesta a intentarlo, su instinto se lo pedía, su espíritu aventurero y la curiosidad por saber que pasaría.
Sonrieron al ver que ambas habían ido al mismo lugar.
— Creo que deberíamos intentarlo. — dijo Ava. — No tenemos nada que perder.
— Perdemos a nuestros padres.
— Deberían aceptarlo, entender que nosotras no debemos seguir sus pasos. Es su guerra, no la nuestra.
— No creo que sea buena idea, Ava.
— ¿Sientes que esto es real? Porque yo sí y estoy de acuerdo con lo que dice Afrodita. No podemos dejar que el miedo nos paralice, debemos ser valientes. El fracaso ya está de nuestro lado, tenemos que ir en busca de la victoria.
— Claro que creo que esto es real, aunque no tenga una explicación o no sepa cómo funcione. Pero para ti es fácil, tu madre es la diosa de la guerra, sois valientes y decididas. Mi padre es el dios de la inteligencia, nosotros somos más racionales, sobrevivimos con nuestros conocimientos. No soy valiente, no creo que pueda hacerlo.
— ¿Y no estás cansada de saber y nunca actuar? Deja tu papel a un lado, olvida de donde provienes o cuál es tu función. Sé que eres valiente, deja que esa faceta brille tanto como las otras.
Las mejillas de Aria de sonrojaron. Su forma de hablar, su voz firme y la seguridad que desprendía hacía que su corazón se saltase latidos que necesitaba.
— ¿Y cómo lo haríamos? No podemos estar juntas aquí. — dijo Aria, intentado ocultar una sonrisa tonta.
— Deberíamos buscar un lugar apartado, un sitio que nuestros padres no conozcan.
— Es imposible, no hay rincón del Olimpo que nuestros padres no conozcan. ¡Incluso conocen este lugar!
— Entonces debemos buscar en otros lugares, fuera de aquí. En la Tierra quizá.
— ¿Qué? No podemos bajar a la Tierra, no tenemos suficiente poder para volver, necesitaríamos a alguien que nos recogiese. Y además, es muy peligroso. Ahí no somos inmortales, estamos expuestas a cualquier peligro.
— No tiene que ser peligroso, yo puedo proporcionarte armas para protegerte. Podríamos bajar a la Tierra las dos, cada una un día, podríamos ayudarnos a regresar y comunicarnos mediante cartas. Podríamos esconderlas en algún lugar que solo nosotras conozcamos.
A Aria le pareció una idea original, incluso racional. Parecía posible y le tranquilizaba.
— Conozco un lugar. — dijo Aria. — Lo leí en un libro, es una catarata. Es un lugar precioso y tranquilo, oculto en los confines del bosque, muy poca gente conoce su existencia. La pared de piedra de la catarata tiene agujeros de diferentes tamaños, podríamos esconder las cartas ahí. — dijo Aria con voz entusiasta. 
Ava sonrió. Era la persona más dulce y tierna que jamás había conocido.
— ¿Eso significa que vamos a intentarlo?
— Sí, claro... Supongo. — dijo Aria con una sonrisa tímida que pronto se convirtió en una más amplia.
Durante los próximos días siguieron el plan.
El primer día bajó Aria con una bolsa de piel llena de pergaminos y una pluma. Escribió una carta y la escondió en el agujero más grande de la pared. 
Cuando terminó Ava la estaba esperando para ayudarla a regresar.
El segundo día bajó Ava con espadas y cuchillos y una pluma para poder responder a las cartas.
Ambas se sentían vivas, más que cuando eran diosas. Respiraban aire puro, escuchaban el gorgoteo de la cascada; sus vestidos y faldas bailaban junto al viento y sus melenas se despeinaban junto con las hojas de los árboles.
Sus sentimientos fueron creciendo, haciéndose más fuertes gracias a los poemas y canciones que Aria componía o a las anécdotas y aventuras que Ava contaba.
No eran tan diferentes como ellas creían, coincidían en un punto crucial para ambas: Las dos estaban de acuerdo en que el poder, la divinidad y la eternidad no estaban reñidos con una buena posición moral.
Aquellas cartas las hacían impacientes, dichosas. Sus pieles se erizaban cada vez que tocaban con sus dedos la caligrafía de la otra. Pero si había algo que hacía temblar el corazón de Ava era aquella piedra grabada. 
Uno de esos días Aria grabó en una piedra la frase "te quiero" en mil idiomas distintos con un cuchillo forjado a fuego que Ava le había dado.
Cuando Ava la encontró al día siguiente en aquel hueco y leyó la carta su corazón se derritió, la cascada ya no era lo más hermoso: "Siempre hay mil formas de decir "te quiero" y tú mereces conocerlas todas. — Aria."
Ava estaba cansada de no poder estar a solas con Aria.
De no poder tocarla.
De no poder sentir como sus corazones funcionaban a un mismo latir.
Un día, mientras Aria estaba en el bosque, Ava decidió bajar.
No le importaba no poder volver al Olimpo, no le importaba ser humana y sentir dolor o enfermar, ni siquiera le importaba morir. Nada importaba si Aria estaba junto a ella.
— ¿Qué haces aquí? No puedes bajar a la Tierra, eres mi contacto con el Olimpo. — dijo Aria sorprendida y algo molesta.
— No quiero volver al Olimpo. No puedo volver a un lugar donde no podemos ser lo que realmente sentimos.
— ¿Y qué piensas hacer? ¿Quedarte aquí y exponerte de verdad a todos los peligros? No tenemos comida ni refugio, no tenemos poder Ava.
Ava se acercó al agujero de la catarata y cogió la piedra y las cartas.
— Quiero que esto sea real. Quiero poder contarte todo lo que te he escrito, que oigas las historias con mi voz. Quiero poder decir "te quiero" en mil idiomas distintos y aún así no ser suficientes para expresar lo que siento por ti. Quiero abrazarte y que nuestros corazones se vuelvan a tocar. No me importa exponerme o correr peligros, no me importa morir si estoy contigo. 
El pulso de Aria estaba acelerado, la cabeza le daba vueltas. Sus mejillas ardientes y más sonrojadas que nunca, mordiéndose el labio inferior.
Lo que había dentro de ella había florecido más de lo que cualquiera podría imaginar, ya no eran suficiente aquellas cartas ni aquellos viajes. Necesitaban más.
Sin pensarlo, con lágrimas de emoción en los ojos, y el sentimiento tan vulnerable de llorar por primera vez se acercó a Ava y la besó.
Acercó su rostro al suyo lo máximo posible, sin importar si el aire se acababa. No quería soltarla nunca.
— Te quiero. — dijo Aria, dedicándole una sonrisa llena de paz.
De pronto el rostro de Aria se volvió inmóvil, su boca dibujó una fina línea, sus ojos denotaban inexpresividad.
Se apartó poco a poco de donde se encontraba Ava y cayó al suelo, desmayada, atravesada por una flecha.
— ¡No! ¡Aria! — gritó Ava. Fue le grito más desgarrador que el mundo jamás había escuchado.
Se agachó en el suelo y abrazó el cuerpo de Aria, empapando sus manos y cuerpo con su sangre.
— Lo siento, mi amor. Tenía que hacerlo.
Su visión era borrosa, estaba mareada y débil. El dolor apenas la dejaba respirar.
Pero aún así, con esa capa de lágrimas borrosa en los ojos, pudo diferenciar la figura de una mujer alta y delgada. Fuerte con una gran melena castaña: su madre.
— ¡¿Por qué lo ha hecho?!
— ¿Creíais que no sabía lo que estabais haciendo? ¿Que no os iba a encontrar? No podía permitirlo, no era algo natural.
— ¿Natural? ¿¡Por qué no era algo natural, por ser la hija de su mayor enemigo?! ¿Acaso he ofendido a alguien? ¿Acaso he dañado a alguien? No creo que haya hecho tanto daño como lo ha hecho usted.
— No digas eso Ava.
— ¿El qué? ¿La verdad? Se ha cobrado vidas inocentes, ha matado a gente. Le ha dado poder, estrategias y claves a personas que creen que dominar hasta el último rincón del universo y estar rodeado de riquezas es tener el cielo y no es así. Ha dotado de un poder más grande que usted a personas con el corazón vacío, a gente que está rota por dentro. Ha iniciado guerras absurdas y todo ¿a cambio de qué? ¿De un mísero sacrificio? Ella era mi cielo y me lo habéis arrebatado. — dijo Ava, llena de ira.
— Ceo me pidió que lo hiciese, no podíamos permitir una unión así.
— ¿Qué? ¿Por qué siempre tenemos que sufrir las consecuencias de vuestras batallas? 
Ava se secó las lágrimas y respiró hondo. No entendía como el mundo no se había acabado aún.
— No sé por qué Ceo es tu peor enemigo. Sois iguales. Igual de crueles y despiadados, igual de interesados por lo material. Estáis vacíos.
— ¡No me hables así!
— No mereces mi respeto, ya no. No voy a volver al Olimpo.
— Debes volver.
— No, no pienso obedecer esta vez. No pienso abandonarla.
Y tan rápido como pudo sacó un cuchillo de una funda atada al cinturón de su falda y se lo clavó en el pecho.
Su cuerpo cayó, con el puñal clavado, junto al cuerpo de Aria y su sangre comenzó a mezclarse volviéndose más brillante y rojiza.
Murieron siendo humanas y sus almas subieron al Olimpo.
Cuando Afrodita las recibió la pena se apoderó de ella, le dolía saber que tenía en su poder dos almas con un amor tan puro e inocente en su interior.
Afrodita quería cumplir su promesa, quería que estuviesen unidas para toda la eternidad. Un amor así no podía ser desperdiciado.
Pidió ayuda a Artemisa, diosa de la naturaleza, para transformar las almas de Aria y Ava en un árbol.
Un árbol grande, fuerte y hermoso; un árbol cuyas raíces estuviesen unidas, cuyo alimento fuese el mismo para ambas.
Un árbol donde el corazón podía bailar a un mismo latir.
Aquel árbol creció allí donde su sangre se derramó. Sus troncos tenían forma de corazón y de sus ramas nacían hojas pardas, perennes.
Allí se encontraba el símbolo de un amor imposible, en uno de los lugares más preciosos del mundo, dónde nadie más que la soledad y la naturaleza podían disfrutar de su belleza.
Y junto al árbol, inmóvil e intacta yacía la piedra grabada con mil "te quieros" escritos en distintos en idiomas.
Porque siempre hay mil formas de decir  "te quiero" y ellas se merecían conocerlas todas.

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