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6 min
Milagros navideños
Drama |
03.01.17
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Sinopsis

Un joven a punto de rendirse ante su destino fallido descubre que la Navidad puede propiciar milagros inesperados.

 

          Soy un despojo desparramado sobre una cama. Mis ojos, desorbitados, no dejan de apuntar al techo. Las telarañas se ramifican sobre los ángulos de las molduras y pedazos de pintura descascarada cuelgan desde la triple altura. Hay botellas vacías de Jack Daniels en el piso y una bolsa de plástico con restos de cocaína sobre la mesita de luz. Con la espalda apretada contra el colchón, el miedo me hace temblar. Presiento que un bicho asqueroso saltará, en cualquier momento, sobre mi cuerpo desnudo. Mamá murió hace tres días y sólo faltan dos para la llegada de una nueva Navidad. Entonces la idea se presenta nítida, inapelable, como un bálsamo infalible. En medio de estruendos y festejos mi decisión pasará desapercibida. Una metáfora perfecta de mi vida.

          El plan me devuelve algo de energía. Dejo la cama, paso por la ducha después de semanas, me afeito la barba de un mes y cuando llega la noche del veinticuatro me pongo mi mejor traje. De pronto me siento relajado, dueño absoluto de la situación. Soy otro. Me tomo todo el tiempo del mundo para respirar profundo y pausado, de la ansiedad ni noticias, y no dudo de los pasos que doy.

          Atravieso el living y choco con la foto  sepia de papá, abrazado por un marco viejo y oxidado. La única prueba irrefutable de su existencia. Miro la foto de reojo pero no me detengo.  Camino hasta el garaje y abro el gran portón de madera enmohecida. Ya son las once de la noche. Arranco el auto de mamá, salgo a la calle y no pierdo tiempo en bajar a cerrar el portón. A través de la ventanilla baja, una brisa cálida de verano me acaricia con fuego. La ciudad es una maqueta inmensa construida a escala real. Los autos estacionados no dejan espacios libres junto a los cordones pero no existen vestigios de vida humana sobre las veredas.

          Conduzco por la ciudad fantasma sin obedecer semáforos. Un perro cojo cruza en soledad la gran avenida, convirtiéndola en la calle marginal de cualquier pueblito perdido. Sobre las veredas, las copas de los árboles se entrelazan con guirnaldas de lucecitas de colores y las marquesinas de los negocios saludan con mensajes alusivos.

          Llego al edificio donde está la oficina del que fue mi único trabajo. En el último piso hay un restaurant de lujo que ofrece una cena especial de nochebuena.

          Ingreso al hall de acceso. Un guardia obeso, con la cabeza gacha y la papada que cuelga sobre su pecho, mira su reloj y me interroga como un autómata. Su expresión triste y vencida me produce pena. Respondo cualquier cosa, él anota, y me despido con una sonrisa y un “feliz navidad”, que no encuentra eco. En segundos, el ascensor me deposita en el piso más alto. En uno de los extremos del pasillo está el restaurante. La música y las risas, que llegan como un eco lejano, se diluyen a medida que me alejo en sentido contrario, hacia la escalera de servicio. Subo de dos en dos los escalones y desemboco en la terraza, con la respiración agitada.

          Desde lo más alto la ciudad parece arrodillada a mis pies. Los imponentes edificios del Centro son el último refugio de luz que precede a la negrura del río interminable. Camino decidido hacia el borde que da a la avenida. Entonces la veo. Las reflejos de luz que llegan desde la calle desvelan una espalda oscura recortada contra el abismo. Parada sobre la cornisa, su llanto me llega nítido.

          Corro hacia ella gritándole que no lo haga. Sorprendida, gira hacia mí. Está desencajada. No tiene más de veinte años, apenas algunos menos que yo.

          – Andate. Mi vida ya no tiene sentido.

          –Ni se te ocurra, todo tiene solución. Podés contar conmigo –le digo, mientras intento recortar la distancia que nos separa, sin que se percate.

          –La vida es una mierda. Una mentira –me responde, con la mirada apuntando al vacío.

          –No lo hagas, por favor no lo hagas. Hacelo por mí –le digo, en un intento por generar culpa. La especialidad de la casa.

          –¿Y vos quién carajo sos? –me interroga furiosa, secándose las lágrimas para observarme mejor.

          –No soy nadie –le contesto, convencido de no estar mintiendo–. Apenas un tipo que no soporta la Navidad que salió a caminar en busca de un poco de aire fresco. Vení –le digo, y estiro el brazo para sujetar su mano.

          Después de una tibia duda no ofrece mayor resistencia. La tomo de la cintura y se desliza con lentitud, sobre mi cuerpo, hasta apoyar los pies en el piso. Ya a salvo, nos abrazamos bajo un faro de luz. Sus últimas lágrimas se secan contra la solapa de mi saco.

          Cuando se retira levemente hacia atrás descubro unas facciones perfectas: la boca de labios generosos, una nariz pequeña y unos ojos grandes color miel enmarcados por enormes pestañas; el pelo, entre castaño y rojizo, marida virtuosamente con una constelación infinita de pecas que inundan sus pómulos. Nos quedamos en silencio, mirándonos y entremezclando los jadeos de la emoción violenta.

          El cansancio me lleva a buscar un lugar donde sentarnos a tomar un respiro. Miro en todas las direcciones, como un vigilante comprometido, y descubro un enorme tanque de agua. Hacia allí nos dirigimos y me recuesto contra la pared circular. Ella se sienta delante mío, con su espalda pegada a mi pecho y la contención de mi abrazo; algunos minutos más tarde se duerme.

          A las doce en punto, las explosiones dejan de ser espaciadas y se transforman en un concierto interminable de estallidos. Entonces alzo la vista y me maravillo con el espectáculo de fuegos artificiales, que ganan altura perforando la escasa resistencia del aire hasta deshacerse en enormes ramilletes de luces, que incendian de color el cielo de la gran ciudad.

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  • Muchas gracias por haberlo leído y por tus comentarios, Adela. Los tomaré muy en cuenta. Leí varios relatos tuyos y me encanta tu forma de escribir. Y la temática, por cierto. Tengo un cuento que intuyo podría gustarte. Cuando esté de regreso de mis vacaciones, lo subo a la página.
    Está bien narrado aunque con un exceso de frases cortas y como si necesitase continuar, algunas explicaciones de quién es ella y porqué estaba cansada de la vida.
  • Miedos de niño. Miedos de adulto

    ¿Alguna vez imaginaste como sería?

    Un joven a punto de rendirse ante su destino fallido descubre que la Navidad puede propiciar milagros inesperados.

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