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4 min
Miles de botellas
Varios |
22.02.05
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Sinopsis

En la laguna hacía un poco más frío que otros días pero nada cambiaba. Los patos seguían en el mismo sitio como si fueran de cartón piedra y las pequeñas ondulaciones del agua eran las mismas de ayer y las de la semana pasada y las de hace cien siglos. Por los árboles no pasaba el otoño y seguían impenetrables con su carcasa verde agarrada a la primavera. Todo era igual pero con un poco más de frío y eso le agradó a Fernando. Paseó un poco más que de costumbre por aquel paraje, sin detenerse como otras veces en el banco de piedra. Sólo caminaba sin tener camino, salvando algunos charcos de la tierra y levantando la cabeza de vez en cuando para ver el final de la laguna. Cuando llegó a la piedra que se adentraba en el agua se arrodilló, metío la mano en su bolsillo derecho y sacó la pequeña botellita que lanzó al agua con mucho cuidado.
Al llegar a casa, Fernando miró el buzón y agarró sin ganas las cartas que al menos un rato iban a entretenerlo. Poca cosa, dos de publicidad, una del banco anunciándole alguna deuda y una equivocada que la dejó a un lado para echarla por debajo de la puerta vecina cuando saliera de casa. Comío un poco y se sentó en el sillón a ver la tele y hojear el periódico con las mismas noticias de siempre. Así pasó la noche, sin prestarle el más mínimo interés a lo que le rodeaba y dejando pasar los minutos hasta que por apatía decidiera irse a dormir. Antes de acostarse, eso sí, cumpliendo con lo que venía haciendo desde hacía dos años, se sentó en su escritorio. Sáco del primer cajón los papelitos cortados con minuciosidad que no eran más grandes que un paquete de tábaco, y eligiendo uno de entre todos, lo pusó encima de la mesa y empezó a escribir en él. Escribía lo que se le pasaba por la cabeza, lo que sentía en ese momento, su desesperanza, su soledad, su cama tan grande y sin nadie, su piso con tantos lugares deshabitados, su habitación con su única sombra. El papelito se terminaba siempre antes que sus sentimientos y cuando las letras diminutas ya no cogían, Fernando, con mucha delicadeza liaba el papelito y lo metía en una de esas pequeñas botellitas de whisky que venden en las ferias.
En el trabajo Fernando siempre andaba ocupado y las horas se le pasaban deprisa, eran las horas que lo mantenían en contacto con el mundo exterior y en las que se permitía incluso alguna broma con los compañeros. Pero terminada la jornada, Fernando volvía a su rutina. Comía siempre en el mismo restaurante, uno cercano al trabajo, siempre en la misma mesa donde lo atendían como si fuera de la familia. Comiendo ya se ensimismaba en sus pensamientos de los que no salía hasta la hora de dormir. Luego, recogía su coche del parking y ponía rumbo a la laguna.
Aquella tarde en la laguna se encontró con el guarda forestal, que andaba de ronda por allí y con gesto serio lo saludó desde su coche. Se conocían de haberse cruzado varias veces en el mismo lugar y no se prestaban mucha atención. Dejó el coche en el lugar de costumbre y haciendo el mismo recorrido de días anteriores soltó la botellita con el mismo protocolo que seguía habitualmente. Volvío a casa y cuando estaba abriendo la puerta recordó que no había cogido la correspondencia. Desandó el camino y abrió el buzón y se encontró con una sola carta. Esa noche no había mucho donde entretenerse, s&oac
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