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7 min
Mis zapatos rotos
Reflexiones |
28.03.17
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Sinopsis

La suela de mi zapato se iba desprendiendo, poco a poco. Estaba lloviendo y el agua se filtraba por cada diminuto agujero de mi calzado. Daba igual, pues lo importante era no parar de correr hasta llegar a mi destino. No importaba como llegara, si tenía que hacerlo con las últimas fuerzas de mi vida lo haría. Lo único relevante era llegar a tiempo al lugar.

No creo ser capaz de explicar el sentimiento que hace que quieras a alguien por encima de a tu propia persona. Ese sentimiento era capaz de hacerme correr hasta sacando fuerzas de mis entrañas para no detener mis desvencijadas zapatillas. Todo se debía a mi profundo sentimiento hacia Soraya. Había intentado enamorarla tiempo atrás, pero ella no sentía lo mismo por mí. Lo había aceptado como había podido, pero eso no significaba que no me preocupara por ella, pues la seguía queriendo igual y le deseaba lo mejor.

Las cosas empezaron a ir mal entre los dos debido a mis continuas metidas de pata, sin malicia alguna, simplemente mi poco tacto o mi poca maña en algunos asuntos. Eso no quería decir que fuera mala persona o algo parecido, sólo que era un tonto que no sabía mantener la boca cerrada en según qué momentos.

Por todo ello, nos fuimos distanciando, cosa que me dolía en lo más profundo de mi ser. Además, no podía quitarme de la cabeza que la vida es muy corta y que estaba desperdiciando un tiempo que podía haber pasado con una persona maravillosa, pues sabía que lo era, por culpa mía, cosa que no dejaba de martirizarme. Ya no quería nada con ella más allá de su amistad y comprensión, pues había sido para mí un gran consuelo en días muy oscuros tenerla cerca apoyándome, cosa que me animó más de lo que quizá ella pensaba.

Cuando llevaba un tiempo largo sin saber nada de ella, aunque no hubiera dejado de pensar en ella, me enteré de su relación con un futbolista de primer nivel. Por un lado me alegré enormemente por ella, pues la imaginaba feliz con él, que era lo que yo más deseaba. Por otro lado, me seguía quemando la idea de haberla perdido definitivamente, aunque sabía que no tenía ninguna posibilidad. Suponía que ese sentimiento iría disminuyendo con el tiempo, para dar paso sólo a la alegría. A pesar de todo, su falta en mi vida no hacía sino perjudicar mi posibilidad de olvido, pues la falta de una persona es el mayor aliciente a no olvidarla jamás.

Un día, un amigo me comentó la relación entre Soraya y el futbolista. Me dijo que el hombre iba siempre con la cabeza muy arriba, altaneramente, mirando a los demás por encima del hombro. Otro día, alguien me comentó que el futbolista le caía fatal pues no podía ser un tipejo más desagradable.

Yo me estaba formando ya una imagen muy desagradable de ese hombre, cuando me encontré de casualidad con la pareja. Hacía meses que no veía a Soraya y estaba guapísima. Se alegró mucho de verme después de todo. Quería saber que tal me iba y se lamentaba de lo que nos habíamos distanciado, pues es verdad el dicho que dice que el tiempo todo lo cura. Su novio me miró con desprecio como si no valiera una mierda, como si estuviera deseando que me fuera de allí o si no me pegaría una paliza. Entonces comprendí que ese tipo era de lo peor que me había echado en cara en mucho tiempo. Nos despedimos, al fin, con vanas promesas, como las que se suelen hacer siempre, de volver a vernos pronto.

La siguiente noticia que tuve de Soraya fue que se iba a vivir a otra ciudad con su novio. No podía creerlo y me deprimí mucho. Soraya merecía mucho más que ese asqueroso, mucho más que yo, mucho más de lo que ella misma creía. Mi intención no era conseguir nada con ella, pero no podía dejar que se marchara así como así con un hombre que no le llegaba ni a la suela de sus zapatos.

Una noche me encontraba de fiesta en un bar del centro. Todavía no había encontrado la forma de expresarle a Soraya que es lo que yo opinaba de todo eso. Me encontré con un conocido que me soltó la noticia de que Soraya y su novio se marchaban a las cinco de la mañana, para no volver jamás. No podía permitir que ocurriera eso, no si de verdad quería tanto a mi amiga.

El problema es que no había autobuses ni ningún medio de transporte para ir hasta su casa, que estaba a varios kilómetros del bar en el que se encontraba, y ya eran las cuatro de la mañana.

Tomé la única decisión que podía tomar: Arranque a correr, sin mirar atrás, sin despedirme de mis amigos, dejándome olvidada mi chaqueta y adentrándome en la noche.

Mis zapatos de fiesta no estaban hechos para correr y pronto empezaron a resquebrajarse. Por si fuera poco, empezó a caer una fina llovizna y después una gran tormenta encima de mí. Tenía calados los calcetines y los pies eran la única parte de mi cuerpo que estaban helados, pues el resto de mi cuerpo exudaba calor y sudor.

Pero no podía detener mi carrera, simplemente no podía. Se lo debía a una amiga que me había ayudado tanto. Así que seguí corriendo cuando me torcí  un tobillo con un bordillo; seguí corriendo cuando mis zapatos dejaron de ser de fiesta para convertirse en dos tiras de plástico con cordones; seguí corriendo a pesar del zumbido de mi cabeza; seguí corriendo a pesar de saber que no iba a llegar a tiempo.

Algo me decía que este era el instante de mi vida, en el que debía salvar a lo que más me importaba, a pesar de todo el tiempo transcurrido.

Llegué a su casa a las cinco y diez, mezclando lágrimas con el sudor de mi rostro, sabiendo que no había llegado a tiempo. A pesar de todo había querido seguir, no parar, a sabiendas de que mi esperanza se iba difuminando cada vez más a cada gota que caía en mis ya casi desnudos pies.

Esperé en el portal, donde cogí aire, y poco a poco, mi corazón y mi respiración volvieron a ser normales. Mi cerebro me decía que no había corrido lo suficientemente rápido y me culpaba por ello.

De la puerta surgió una figura con un paraguas y una maleta. Apenas podía creer lo que estaba viendo.

-¿Qué haces tú aquí?

-He venido a decirte que no te vayas con tu novio, tampoco conmigo, no te merecemos. Espera un poco, tarde o temprano te llegara el adecuado, ten paciencia. No te vayas, créeme, ese chico no debería estar contigo, no es más que un chulo.

-Lo siento, pero la decisión ya está tomada. Yo le conozco y sé cómo es realmente. Me ha conmovido mucho lo que me has dicho y te voy a echar mucho de menos.

A Soraya se le quebró la voz. Parecía a punto de echarse a llorar. Me abrazó, sin importarle lo sudado y mojado que estaba, y se perdió en el amanecer lluvioso que se avecinaba, en busca del coche en el que su novio debía de estar esperándole. Jamás volví a saber nada de ella, pero sigo deseando lo mejor para ella, es una de esas cosas que nunca cambiaran, aunque hoy en día esté casado, tenga dos hijos y esos tiempos de juventud queden tan lejanos.

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