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24 min
MISA DE DIFUNTOS
Terror |
05.01.17
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Sinopsis

Un hombre planea tomar una terrible venganza sobre su propia familia.

                                                MISA DE DIFUNTOS

 

 

 

            Por fin cerré todos los detalles de mi venganza. Sería cruel, siniestra, definitiva, pero no estaba destinada a ningún viejo enemigo con rencillas pendientes que saldar. Al contrario, el blanco de mi furia se centraba en los míos. En mis dos hermanas, esas brujas que me apartaron de la familia sin contemplaciones y siempre me miraron por encima del hombro,  en mis amigos, para quienes  fui un convidado de piedra con el que nunca contaron y que a duras penas me admitían en su círculo, y sobre todo, en mi madre, la que durante toda la vida me consideró un inútil apocado digno de lástima, mostrándome todo su menosprecio día a día.

            Pasé años rumiando la forma de desquitarme de tanta humillación. Por supuesto la violencia física era lo primero que acudía a mi cabeza, aunque finalmente la descarté. Era demasiada  gente blanco de mis iras para atentar contra todos y cada uno de ellos. Y podía traerme muchas complicaciones, entre otras, penales.  Mis maquinaciones iban más allá. Las heridas corporales se curan con el tiempo, las del alma no, así que debía dejarles una pena que durara el resto de sus miserables vidas. Que el pesar y los remordimientos les acompañaran un día tras otro, que estuvieran muertos en vida de amargura y, de ser posible, un mismo hecho común debía servir a mi propósito. No era conveniente un desquite ex proceso en cada caso particular.

            En aquella encrucijada me encontraba cuando una tarde de tertulia con el párroco del lugar, después de beber ambos ingentes cantidades de vino, le hice partícipe de mis intrigas. A pesar de mi estado de sopor, conocía muy bien al cura y sabía que podía confiar en él, sobre todo, si alguna cantidad de dinero se ponía encima de la mesa. Mis dádivas a la iglesia del pueblo eran frecuentes y generosas. Me constaba que el padre se quedaba con una sustanciosa comisión de mis donaciones, pero dada mi situación era la única forma de mantener un poco de amistad con alguien, aunque me resultara tan gravosa. El cura, hombre de estatura y peso colosales, me miró con los ojos vidriosos. Tenía la voz ronca y carecía de cuello. Una papada descomunal como jamás había visto otra recaía sobre su pecho.

            -Te entiendo –dijo- y creo que, con mi ayuda, podrás llevar a cabo tu desquite. Creo que he dado con la idea que necesitas. Eso si, el plan requerirá un gasto considerable y deberás cambiar de vida.

            -Ya sabes –le respondí- que tengo una situación económica holgada. La carnicería, a base de mucho trabajo, me ha dejado una pequeña fortuna con la que puedo vivir el resto de mis días. Y si me tengo que ir de aquí tampoco me importa, odio todo lo que tenga que ver con este sitio. Dime, estoy ansioso por escucharte.

            -Bien  -continuó el padre moviendo sus ojos saltones con curiosidad a derecha e izquierda para cerciorarse que nadie nos escuchaba- qué mejor que fingir tu propia muerte. Por los trámites no te preocupes, conozco varios funerarios que nos conseguirán todos los documentos incluido tu certificado de defunción.

            Por increíble que parezca la idea me cautivó. Así se lo hice ver al párroco mientras le rellenaba de nuevo su copa de vino. En mi estado de turbación mi mano no se mantenía firme pues derramé una buena cantidad en la mesa. Atilano –pues así se llamaba el presbítero- apuró todo el contenido de la copa de un solo trago y continuó.

            -Bien, ya te digo que si pones a mi disposición la suma que yo te diga no debes preocuparte. Pero ahora voy con lo que entiendo es la parte principal. Una muerte vulgar no nos sirve, al contrario, quizá se volviera contra tus deseos de venganza. Tus allegados te darían un simple responso y hasta, según tú mismo me cuentas, alguno que otro respiraría aliviado.

            Si –respondí pensativo- si no lo hacemos bien me barrerían de sus vidas como al escarabajo de Joseph en “la Metamorfosis”. Soy totalmente prescindible para ellos.

            -Las almas humanas son muy volubles –dijo el cura con aires de sabelotodo- el mismo hecho, según la liturgia con la que lo dotemos podrá parecer un simple formulismo o un drama irreparable. Primero haré correr la voz de que has muerto de soledad y tristeza para preparar un ambiente de hostilidad contra tu familia. Luego, el día de tu funeral, montaré una Misa de Difuntos como jamás se ha visto otra. Resonará en toda la cúpula de la iglesia el Réquiem de Mozart, cantado por el mejor de los coros. La solemnidad del acto será tal que no habrá corazón capaz de resistirse. La conmoción embargará a los asistentes, irán aflorando los remordimientos a todos aquellas que en esta vida te han humillado de una u otra forma y los pensamientos lúgubres les inundarán. Todo ello lo exaltaré desde mi púlpito con un sermón en el que no faltaran los reproches para quienes debieron prestar más atención y cariño a un hombre bueno que no tuvo el reconocimiento que se merecía.

 

            Quedé un rato pensativo meditando el plan de Atilano. Lo expuso con un convencimiento que parecía fácil llevarlo a cabo. Por un momento dudé si estábamos teorizando sobre una broma macabra producto de los vapores del alcohol o realmente era el inicio de un complot tan real que cambiaría mi vida para siempre.

            El cura pareció adivinar mis pensamientos y me respondió antes de que pudiera formular la siguiente pregunta.

            -Ni que decir tiene que hasta ahora hemos obviado la parte más complicada del tema. Se supone que estarás muerto así que durante un tiempo, que trataré sea el mínimo posible, tendremos que hacerte pasar por un cadáver. Pues bien, ¡harás ese papel!

            -Vaya –respondí con cierta ironía y clavando mi mirada en sus ojos- veo que vas bastante más adelantado que yo, no me digas que tienes solución para eso también.

            El cura pasó por alto la sutileza.

            -Te repito una vez más que con dinero todo se simplifica. No podemos arriesgarnos a que algo salga mal y terminar con nuestros huesos en la cárcel, más el descrédito que eso supondría para ambos el resto de nuestras vidas. No  quiero ni pensar lo que me ocurriría si esto llegara a oídos del arzobispo. Sé de un tipo que nos puede proporcionar una sustancia que te inmovilizará durante unas horas. Ni uno sólo de tus músculos podrá moverse  un centímetro aunque te ataque la tos más persistente. Lo bueno del caso es que permanecerás en todo momento consciente porque no creo que quieras perderte el espectáculo tan grandioso que vamos a realizar. Tus sentidos seguirán tan despiertos como siempre. Después, una vez finalizado el funeral, te enterraremos en una cripta que existe debajo del altar de la Iglesia. Allí deberás permanecer un tiempo hasta que yo considere que ha pasado el peligro y pueda sacarte del pueblo sin ser visto por nadie. Desde luego ya te anticipo que la cripta no es un lugar agradable para residir siquiera un minuto, es muy posible que en más de cincuenta años no se haya abierto, pero me encargaré personalmente de dejarte lo necesario para que puedas sobrevivir un par de días.

            Con las últimas palabras el párroco apuro de un sorbo otra copa de vino que se sirvió él mismo mientras hablaba.

            Algo hizo en aquel momento que me estremeciera. Me asaltó la sospecha de que el cura no era la primera vez que conspiraba de esa forma. Y la mención a la mazmorra donde vete a saber qué podía haber, me dio escalofríos. Disipé  mis miedos pidiendo otra botella de vino al tabernero y con la cabeza asentí estúpidamente a cuantas infamias se le ocurrieron al malvado párroco. Una vez prestado mi consentimiento, no pudo evitar un gesto de terrible satisfacción. Jamás recuerdo ver una cara más repugnante. Sonreía como un demente mostrando sus dientes amarillentos, su aliento contenía una fetidez alcohólica capaz de tumbar a un caballo y la papada se le ondulaba, moviéndose al ritmo de su respiración de asmático.

 

            Llegado el gran día, Atilano demostró una profesionalidad y eficacia encomiables. Ayudado por dos tipos de mala catadura me proporcionó la droga que me sumió en un estado similar a la catalepsia. Todo funcionaba según lo previsto. Una vez dentro de la iglesia dispuso el ataúd de forma que yo pudiera ver cuanto sucedía en el recinto. Desde luego la teatralidad con la que impregnó la escena fue impagable. Más se parecía a un funeral de un hombre de estado que el dedicado a un ser anónimo e insignificante como yo. Flores blancas por todas partes, una música solemne  resonaba cual banda sonora de un hecho trascendental, acompañada de un coro que parecía bajado del mismo Cielo. Sin embargo, lo más conmovedor fue su discurso. Gozaba el cura de una oratoria brillante la cual adornaba con una retórica exquisita, moviendo además los brazos y las manos acordes a su verbo. Como un auténtico director de orquesta callaba unos instantes en los momentos de mayor emotividad para dar paso al coro que engrandecía hasta el infinito las últimas frases que pronunciaba. Ensalzó mis virtudes hasta extremos fantasiosos, silenciando mis defectos reduciéndolos a la nada. Tal fue el grado de magnetismo que consiguió transmitir a los asistentes que, en poco tiempo, las miradas de odio y furia de los congregados se fueron centrando en el primer banco ocupado por mis hermanas y mi madre. Desde mi particular observatorio llegué a entender cómo algunos líderes fascistas habían encandilado a las masas con sólo el poder de la palabra en un entorno adecuado. Abrumados por la exhibición de superioridad creada  por Atilano y el entorno tan hostil que les generó, mi familia y amigos se derrumbaron. Lagrimas, no sé si sinceras, brotaban a borbotones de sus ojos y las poses, escondiendo sus rostros con las manos,  mostraban una derrota moral completa. He de reconocer que disfruté del espectáculo a pesar de que cierta inquietud a que algo saliera mal no me abandonó en toda la tarde.

           

            Al término de la ceremonia debía comenzar la fase que más me preocupaba. Atilano, siempre con igual diligencia, logró la desautorización legal de mis hermanas y mi madre para que no pudieran actuar tampoco en mi entierro. El notario de la localidad, gran amigo del sacerdote y colaborar en otras fechorías, dejó la documentación preparada según las órdenes de éste. El único que disponía de capacidad de obrar en mi última voluntad era él.  Sólo me quedó personarme a firmar dos días después los poderes a favor del presbítero.

Una vez desalojada la iglesia, aparecieron varios individuos que a las órdenes del párroco levantaron una enorme losa de mármol escondida debajo del altar. Con habilidad depositaron la caja mortuoria sobre unas cuerdas e iniciaron la maniobra de bajarme a la cripta. Con mucha lentitud pude sentir el descenso del féretro con mi persona dentro. Después, un ruido sordo al volver a cubrir el hueco con la losa de mármol me dejó en el silencio y la oscuridad más completa. El tiempo que pasé así lo ignoro. A pesar de que la sustancia que me había inyectado continuaba ejerciendo su efecto, pude oler una atmósfera corrupta. El aire era una extraña mezcla de gases viciados. La humedad, el polvo y otros fluidos que no supe ni quise identificar  provocaron que el mero hecho de respirar se convirtiera en una tortura. Pasaron minutos, horas no lo sé. Perdí la noción del tiempo. Mi mente sólo buscaba  recobrar el movimiento de mis músculos. Poco a poco lo conseguí. Primero pude mover los dedos de las manos, luego los de los pies, y al rato, me incorporé con bastantes dificultades. Cuando comprobé que estaba cerca de mi estado físico natural, me atreví a saltar del maldito ataúd al suelo. Éste estaba encharcado con un agua podrida que me hizo sentir un escalofrío. Deseché pronto la idea de sentarme sobre aquella ciénaga asquerosa. Mejor permanecer de pie mientras pudiera resistirlo. Con mucha parsimonia anduve a tientas en la oscuridad más aterradora hasta topar con una pared. Mis manos sintieron, asimismo, la fría humedad y unas repugnantes telarañas que se enredaron en ellas.

            De pronto recordé algo que me animó. Había pactado con el cura que ocultaría un paquete de tabaco y un encendedor dentro del bolsillo interior de mi chaqueta para hacer más llevadera la espera.  Palpé nerviosamente en su busca. Respiré aliviado al hallarlos. Con enorme satisfacción me llevé un cigarrillo a la boca, a la par que cometía una imprudencia terrible: junto con el “clic” que emitió el mechero, escuché  una explosión a mi alrededor que me cubrió de llamas. No se me ocurrió pensar que aquello que ofendía tanto mi nariz era gas metano. Perdí la consciencia mientras me desplomé con violencia contra el suelo. 

 

 

            Cuando desperté un dolor inhumano se adueñaba de cada centímetro de mi cuerpo. La combustión del gas me había alcanzado por completo, salvándome la vida el agua sucia que, al parecer,  inundaba todo el subterráneo. Arrastrándome como un reptil, en una maniobra que supuso un suplicio inenarrable, llegué de nuevo a la pared donde apoyé mi cabeza. Una vez conseguida la postura más cómoda en semejantes circunstancias, realicé un intento de comprobar las lesiones que me provocó el fuego. Una mezcla de ardor y dolor, cuando recorría con mis manos descarnadas algunos puntos de mi anatomía, me provocaron alaridos desgarradores. En los brazos mi ropa interior se había fundido con la piel. Hubiera sido un martirio fuera de mi alcance intentar separarlos.

            -Si este cura tramposo no baja pronto soy hombre muerto –pensé. Con estas horribles heridas sangrando en abundancia y la pestilencia que impregna el sótano, las infecciones y la fiebre me matarán en pocas horas.

            De nuevo el tiempo se convirtió en mi peor enemigo. Traté de que mis pensamientos no derivaran en la desesperación. ¡Qué efímero resultó el gozo de mi venganza!

Muy poco a poco la vista y el oído comenzaron a dar señales de vida. Pude distinguir algunas formas difusas. A tres o cuatro metros de donde me hallaba postrado creí distinguir lo que parecían dos sarcófagos vetustos y polvorientos. Algo más lejos se apreciaba una enorme cruz de madera que en algún tiempo debió permanecer colgada de la pared y ahora se había desplomado sobre el suelo, carcomida por el paso de los años.  Sin embargo, lo que comenzó a inquietarme fueron unas pequeñas sombras que se movían rápidamente a mi alrededor. Contuve la respiración. Unos ligeros sonidos de algo que correteaba a mí alrededor  me helaron la sangre.

-¡Dios mío! –exclamé. Son ratas. Si están hambrientas son capaces de devorarme vivo. Deben haber olido mi sangre y están furiosas.

No había terminado de pronunciar estas frases, cuando sentí en el cuello un dolor intenso, agudo, concentrado en un solo punto. A pesar de mi lamentable estado, reaccioné por puro instinto de conservación lanzando un terrible puñetazo sobre el roedor que había trepado tan sigilosamente hasta el pescuezo.  Un pequeño bulto oscuro saltó por el aire estrellándose contra el suelo. Pero sólo había sido el inicio. En pocos segundos otros mordiscos no menos feroces se extendieron por mis piernas, por mi cara, por todo el cuerpo. Sin que me percatara de ellas, las ratas, ávidas de alimento fresco, me atacaron a decenas, a centenares. Se había introducido dentro de mis pantalones, por las mangas de la chaqueta dispuestas a saciar su apetito voraz. Inicié una lucha incruenta con ellas. Sacando fuerzas de donde no existían conseguí ponerme en píe mientras lanzada  aullidos de terror. La maniobra me permitió que algunas se alejaran, pero las que ya habían probado el sabor de mi carne, redoblaron su ataque sin importarles si desgarraban un párpado o me arrancaban un pedazo de carne del hombre. La pelea fue tan encarnizada como sangrienta. Sin la menor aprensión, hundía mis uñas en una hasta que la notaba morir; a otra que cayó al suelo la pisé con el tacón reventándola como un globo lleno de agua. Tuve que golpearme brutalmente con los puños cada centímetro de mi cuerpo para que los golpes fueran efectivos y mortales. Mi estado de locura y paroxismo llegó al punto que las derroté. Escuché a las pocas que quedaron con vida escapar hacia un lugar seguro.

-He ganado la batalla, pero no la guerra. Volverán pronto- exclamé en voz alta.

Al fin, cuando tuve la seguridad que las ratas que no volverían en un buen rato,  el cansancio y la fatiga me vencieron y quedé dormido.

 

 

Al despertar la fiebre me consumía y por toda mi piel multitud de heridas supuraban líquidos amarillentos y viscosos. No tenía la menor referencia para calcular el tiempo que llevaba encerrado, pero por primera vez empecé a sospechar que el cura me había traicionado. Me precipité al firmarle aquellos poderes para que pudiera disponer a su antojo de mi patrimonio. De pronto recordé la promesa de Atilano de dejarme algunas provisiones mínimas para subsistir si la cosa se complicaba en el exterior. Quise acogerme a esa idea esperanzadora. Darle al gordinflón el beneficio de la duda.  Tal vez  surgieron problemas que retrasaban mi liberación.

No tenía el menor apetito, pero la fiebre me provocó una sed abrasadora. Mis pupilas ya estaban dilatadas para poder andar por el subterráneo sin arriesgarme a tropezar continuamente. En otras circunstancias  hubiera sido incapaz de mover un solo dedo a causa de mi extrema debilidad. Pero en aquella cripta todo te llevaba al límite.  Dentro de un hueco en la pared, a modo de hornacina, pude vislumbrar una garrafa medio llena. Sin pensarlos dos veces, desenrosqué el tapón y me la llevé a la boca dispuesto a vaciarla de un trago. En cuanto el líquido entré en mi boca lo expulsé con furia.

-No  hay martirio que no se ocurra a este canalla. El agua está salada –grité con odio, como si esperara que en algún lugar el siervo de Dios estuviera escuchándome.

Ahora se disipaban las pocas dudas que me pudieran quedar. Atilano preparó concienzudamente mis muertes, la supuesta y la real. Y su alma perversa no se conformó con una muerte rápida e indolora. Todo estaba previsto para que sufriera, para que mi final fuera agónico y terrible. Acostumbrado a manejar entresijos siniestros hubiera podido liquidarme con la pócima que me adormeció o cualquier otra droga. Y no quiso darme ese privilegio. 

 

El sentido común aconsejaba abandonarme a mi suerte y esperar la venida de la parca cuanto antes porque mi resistencia al dolor estaba superada. Sin embargo, sin saber a qué causa atribuirlas, unas ganas salvajes de vivir me sobrevinieron. No podía perecer en aquella cripta infecta roído por las ratas o entre las convulsiones que me provocaba la fiebre. Si tenía que morir, moriría, pero luchando hasta caer extenuado, arañando una pared con mis propios dedos en busca de una salida. Esa idea me animó. Según contaban los viejos la iglesia se construyó varios siglos atrás, así que no sería descabellado pensar que tal vez las paredes de la cripta estuvieran muy desgastadas por el paso de años y las corrientes de agua que se escuchaban alrededor. Era extraño por otra parte que el arquitecto sólo permitiera un acceso y tan dificultoso. Lo normal es que hubiera otra entrada escondida en alguna parte. Miré la pared. Los bloques de piedra con que los estaba construida no eran demasiado pesados. Si conseguía soltar alguno no habría mayor problema en retirarlo. Para ello precisaba de algo puntiagudo. Una herramienta que me ayudara a aflojar uno. En mi deambular por el sótano no había visto nada que me pudiera servir. Era cuestión de echarle imaginación y ver las cosas desde una perspectiva diferente. Si no disponía de ningún utensilio, tendría que fabricarlo yo. Una inspiración extraña vino a ayudarme. Con determinación fui directo a los sarcófagos. Apoyando las dos manos sobre la tapa del primero la deslicé con facilidad. Dentro pude contemplar la figura grotesca de un esqueleto tocado con un birrete. Fuera por el claroscuro del ambiente o a causa de mi imaginación febril, diría que la calavera tenía expresión. Un diabólico gesto a caballo entre la burla y el sufrimiento. Me pasó por la cabeza que tal vez lo enterraron también vivo. Dos cucarachas, asustadas por el revuelo, emergieron de la boca de la momia. En el punto de locura en que me  hallaba no podía permitirme ser escrupuloso. Comencé a palpar con nerviosidad cada hueso. La mayoría se deshacían en polvillo con sólo tocarlos. Otros se mostraban demasiado frágiles para mi objetivo. Al fin encontré una tibia que parecía resistente. En realidad no necesitaba que fuera demasiado fuerte, sino que pudiera moldearla a mi gusto para convertirla en algo punzante capaz de socavar la arcilla o atravesar el cuerpo de una rata si volvía a molestarme. Antes de apartarme de la tumba no pude evitar lanzar la última y mórbida mirada de soslayo a la calavera. Con mi manoseo el birrete que antes estaba bien ajustado al cráneo se había precipitado tapando media cara y dejando al descubierto la dentadura. Una sonrisa horrorosa parecía mofarse de mi destino.

 

 

 

Ya debían haber transcurrido cinco o seis días dentro de la cloaca. En el mejor de los casos sobreviviría dos días más, tres a lo sumo. El hambre me castigaba sin  piedad. La sed pude calmarla al hallar una gotera procedente de alguna corriente de aguas fecales. A los pocos minutos de beber me asaltaban unos violentos vómitos, pero era la única manera de no morir deshidratado. Pese a tanta dificultad, proseguí con la metódica labor de afilar la tibia del cura, obispo o quien fuera  que morara en el desvencijado ataúd. Pronto hallé una rugosidad en la pared. Con la paciencia que presta un odio visceral froté el hueso horas y horas hasta que lo convertí en un rudimentario puñal. Bien me merecía  un pequeño descanso. En un par de horas iniciaría la última fase que me llevaría a la libertad.

Tenebrosas pesadillas me atosigaron en el sueño. En una de ellas Atilano me tenía encadenado a la pared mientras reía y reía. Tal fue la excitación que me desperté. De inmediato me dispuse a trabajar. Una junta especialmente gruesa me pareció idónea para horadarla. La parte más delgada del punzón penetró con facilidad. Era de nuevo cuestión de actuar con método y sin desmayo. Cuando llevaba completada la mitad de mi obra y las enormes piedras daban signos de ceder, un estrepitoso sonido me sobresaltó. Alguien movía la losa de entrada a la cripta. Durante medio minuto un haz de luz cegador alumbró la escalera y buena parte de la cripta. Escuché unos pasos lentos y pesados. Con la rapidez del pensamiento corrí a esconderme entre las sombras. Me quedé al acecho inmóvil. Poco después volvió la oscuridad, pero no el silencio. La respiración fatigosa del cura le delataba. Llevaba en la mano una linterna que proyectaba un pequeño haz de luz. Pude observar cómo buscaba mi cuerpo por el suelo convencido de que encontraría un cadáver. Esa fue su perdición. Con un salto felino lo derribé con facilidad. Con el golpe perdió la linterna que se apagó. Eso le sumió en la más aterradora indefensión. Con torpes manotazos intentaba recuperar la linterna. Quise disfrutar de mi triunfo alargando su agonía.

-Estúpido –le grité con aires de triunfo- has olvidado que estoy acostumbrado a la oscuridad. Son inútiles tus esfuerzos por incorporarte. Voy a rebanarte el pescuezo como a una res. Y quiero gozar de mi victoria viendo esa cara de terror de tienes.

Atilano había conseguido a duras penas levantar del suelo un poco la cabeza y algo del tórax. Con agilidad me senté encima de él clavándole el punzón en el cuello. Debo reconocer que la tremenda capa de grasa dificultó un tanto mi cuchillada, pero a un carnicero de oficio como yo le costaba poco llegar a la yugular, la cual le seccioné de un solo tajo. Como una segunda boca que le abrí, de su cuello empezaron a surgir borbotones de sangre y de sebo.

-Da igual que intentes tapar la herida con las manos –le dije mientras se revolcaba convulsivamente-  el corte es tan profundo que morirás en un minuto. Comencé un pequeño soliloquio burlesco.

-Veo más asombro aún que miedo en tu expresión. Te preguntas que ha salido mal. No debería extrañarte cura pervertido y glotón. Antes de hacer un pacto con el diablo tienes que asegurarte que nadie va a venir después a mejorar tu oferta. Debiste acompañarme cuando fui a firmar a la notaría de Satán. ¿Olvidaste quizá que es el emperador de la traición?

-Además –continué con desprecio- un alma como la mía no le interesa demasiado al demonio, los tipos como yo estamos acostumbrados al sufrimiento. Mmm..., pero el alma de un pecador que sólo ha conocido en la vida los placeres de la carne, del vino y de la mesa, bueno.. eso es una delicia para Él. Encima un oficial de Dios. Vas a ver tú, lo que disfruta contigo.

 

-Bueno  -terminé en voz alta con los despojos del cura yaciendo en un charco de sangre, grasa y agua sucia- otro púlpito vacío. Y van….que sé yo, he perdido la cuenta. ¡Hola! Ya se levanta la tapa de este sepulcro, mis hermanas y mi madre con esa puntualidad germánica que les caracteriza. Las adoro.

 

 

                                                    FIN

 

 

 

 

 

 

 

           

 

 

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    No entiendo por qué nadie más te ha valorado. Aquí, en esta web, hay como unos quince escritores muy buenos y, en el tema fantástico y de terror, tú eres el mejor. Puede ser que sean un poco largos tus relatos, de hecho yo he sacado el "Golem" para juntarlos y leerlos en un formato más cómodo. De todas formas ya sabes que aquí funciona mucho eso de tú me valoras, yo te valoro, qué le vamos a hacer. Espero seguir leyendo tus relatos. Un abrazo y gracias por tus comentarios y valoraciones
    Gran relato. Como siempre, en la clásica linea del terror.
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Me encanta escribir sobre todo aquello que inquieta al ser humano; terror, fantasía, ciencia ficción...

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