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5 min
Misión no te olvido
Amor |
10.09.19
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Sinopsis

La intuición, la mayoría de las veces, es la voz de la razón.

 

13 de Noviembre 2018, Estoril.

La luz del sol se cuela por la ventana de la habitación y cae suavemente sobre mi cuerpo aún dormido. Mi mente ya está despierta, pero no abro los ojos, dejo que los sonidos del nuevo amanecer lleguen a paso lento a mis oídos. Me doy media vuelta e intento recordar mi último sueño, pero no lo consigo. Hace ya tiempo que dejé de soñar, aunque mi alma se niega a aceptarlo, por eso rebusca incesante en cada momento de vigilia, cuando la mente no está en pie de guerra y pueda robar un mísero instante de polvo de hada, pero sus intentos son siempre en vano. Hasta el momento sólo se topa con el lejano humo de las cenizas de aquellos sueños de los que antaño se alimentaba.

Ante su nuevo fracaso, me quedo quieta, como estatua de sal a orillas del mar que mece sus aguas al otro lado de esa ventana, hasta que abro los ojos y me siento al borde de esta cama sin nombre, mientras mis pies buscan cobijo ante el frío suelo que se extiende ante ellos, cansados ya de andar sin rumbo, siguiendo el camino de tu invisible rastro.

Dejo mi mente en blanco, y camino lentamente hasta la ventana, la abro de par en par, dejando entrar a las olas, a los peces y a las gaviotas, pero deciden quedarse fuera, tan sólo el intrépido viento osa entrar, para acompañarme en mi despertar. Y es entonces, cuando mi alma se niega de nuevo a alimentarse de las sombras de las cenizas, y cierra mis ojos, buscando en mi memoria aquella habitación donde no había sitio para el sol. Una habitación sin ventanas, sin mares, ni gaviotas, tan sólo cuatro paredes sumidas en la negrura, donde era el aire quien necesitaba oxígeno para respirar, y no yo. Me veo allí, contigo, mis ojos no te ven, pero mis oídos escuchan tu apacible respiración. Te abrazo, y allí, en tus brazos, viajo hasta el mar infinito y construyo estatuas de sal. Giro mi cuerpo, apago el despertador y salgo de un salto a la ducha. Apenas queda jabón, lo volteo, y mientras aprieto repetidas veces sobre él, pequeñas burbujas salen del bote y se quedan conmigo. Todas menos una, que vuela más alto que las demás y decide dejarme atrás, adentrándose en la habitación. Salgo de la ducha y busco el destino de la burbuja aventurera, la encuentro viajando lentamente hacia ti, hasta que se posa en tu brazo, y desaparece para siempre. Sonríes, y en ese recuerdo, vuelvo a sentir la sonrisa a mis labios, hasta que vuelvo a abrir los ojos, y la desdibujo por completo. Mi alma me abandona, pues ya obtuvo su pequeña ración de sueños y yo vuelvo al presente, me sobra luz, y me faltan tus brazos protegiéndome de la oscuridad.

Camino hacia la bañera y en mi espalda se clavan los cuchillos de una nueva habitación vacía. Dejo que el agua caiga con fuerza, me sumerjo en ella, y deslizo mi cuerpo lentamente, hasta que el agua cubre por completo mi cabeza, hasta que asfixia los sonidos del exterior que tanto contrastan con el vacío y el silencio de mi interior. Decido quedarme allí para siempre, pues fuera del agua ya nadie te busca y suenan más graves sus voces, que me aconsejan subirme a su mismo tren del olvido. Al principio a penas oía murmullos inaudibles, pero con el paso del tiempo y las esperanzas rotas, se fueron haciendo más nítidos, hasta que ahora los oigo claro y fuerte. Me gritan que te deje atrás, que empiece de cero, y no quiero entenderlos, no quiero escucharlos, pues siento que te estoy traicionando.

Mi cuerpo está cansado de buscarte y mi mente escapa de mi alma con excusas que pongan un punto y final a este sufrimiento; ¿Y si fuiste tú el que decidió desaparecer? ¿Y si realmente me dejaste? ¿Y si lo que andas buscando es empezar de cero una vida entera?

Cuando agoto casi por completo el aire de mis pulmones, me sorprendo saliendo a la superficie, dejando que todo vuelva a mí, el aire, el olor a sal, todo regresa de golpe, todo se mantiene igual que lo dejé antes de sumergirme, todo menos esa pompa de jabón, que vuela más alto que las demás y decide dejarme atrás, adentrándose en la habitación de este hotel, cuyo nombre nunca aprendí. Salgo de la bañera envuelta en un suave albornoz que no ahoga mi frío, y trato de averiguar su destino.
Sé que esta vez la pompa de jabón no morirá sobre tu brazo, viaja lentamente hasta la ventana y sale al mundo a buscarte, como haré yo, una vez más, también dejándome llevar por el viento, volando con las alas del difuso recuerdo de tu mirada, que embruja mi alma y grita en silencio mi nombre, pidiéndome que no suelte tu mano y te deje caer en las aguas abisales del olvido absoluto.

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