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7 min
MOSQUITO
Fantasía |
28.04.08
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Sinopsis

      Podía pasarse horas mirando el Sol. Siempre que lo hacía sentía un placer inmenso que le recorría toda la espalda y le erizaba el cuerpo desde la punta de los dedos de los pies hasta el último pelo de su cabeza. Era una sensación que no cambiaría por nada, o casi nada. La vida de Mossie era simple, cotidiana. Sin más sobresaltos que los que propiciaba la desidia del fin de semana. Era un hombre solitario, sin pretensiones. Disfrutaba de las pequeñas cosas que la naturaleza le ofrecía. Se podría decir que era un ser contemplativo, con poca tendencia a la acción y huidizo. Apenas se acercaba alguien a su lado, él se desplazaba para guardar una distancia prudencial. Así era él.

      Desde que llegó su pubertad, ciertos cambios hicieron que cambiase su percepción del mundo y sus prioridades. Hizo lo que se suponía que debía hacer, por seguir con la regla social. Pero, en su fuero interno, contenía un secreto que apenas él adivinaba. Era como una manifestación de su esencia que veía como un puntito de luz al final de un largo túnel. De momento, había sufrido ciertas modificaciones en sus pautas de conducta y tenía una predilección por los sitios luminosos que llegaban a obnubilarle, a distanciarle de la realidad. En ocasiones, cuando llegaba a casa y encontraba el piso a oscuras, se apresuraba a encender una luz y se quedaba largo tiempo bajo la bombilla, mirándola con regocijo, lamiendo la calidez de sus fotones. Supo en esos trances que algo estaba cambiando en su interior. No era raro encontrar a Mossie sentado en el sofá con la vista perdida hacia la lámpara o el plafón del techo, con la melodía de “Flight of Bumblebee” sonando leve en el reproductor. Entonces se agitaba en un espasmo delicioso y sonreía adicto a ese estado placentero, delicado.

      Cuando comprendió que había algo más en él que le diferenciaba de los demás, se sintió descolocado y procuró apartarse aún más de quienes le rodeaban. Voló del nicho familiar, pues no podía considerarse de otro modo dadas las circunstancias que le oprimían, y se buscó un apartamento en uno de los residenciales de la ciudad. No amaba los núcleos urbanos y, sin embargo, pese a su reticencia a mantener contacto alguno con sus semejantes, sentía una cierta atracción hacia sus cuerpos. Le llevó algún tiempo descubrir porqué. Y cuando lo hizo, su gozo se multiplicó por cien, de manera inversamente proporcional a la ansiedad que le provocaba su timidez. Era paradójico que sintiera al mismo tiempo esa fuerza que le atraía y le repulsaba del resto de los seres humanos.

      Mossie tenía un trabajo anodino. No tenía vicios conocidos. No frecuentaba en demasía las calles. Pero, tarde o temprano, algo en él le hizo ver que era algo que tenía que hacer. Salir a la calle y buscar. Su olfato adquirió una virtuosa sensibilidad y era capaz de percibir olores a una gran distancia. Lo cual, al principio, le creó cierta confusión y aturdimiento. No estaba preparado para esa magnitud y hubo de acostumbrarse a fuerza de sufrir la mezcla de aromas que la brisa le traía. Años más tarde era todo un experto en identificar, no sólo personas, sino estados de ánimo y situaciones complejas del ser humano. Centrándose podía incluso advertir las características de una persona concreta, su ubicación y las intenciones que traía consigo. Le fue muy útil cuando descubrió su verdadero potencial, que no era precisamente el de olfatear a gran distancia de forma discriminada.

      Una noche no pudo ceder a sus impulsos aromáticos y salió a la calle en busca de diversión. Por causa del azar que une a ese tipo de personas solitarias, Mossie se encontró con otro taciturno noctámbulo paseando por el parque que frecuentaba. Adivinó decenas de metros antes siquiera de verlo, que se trataba de una chica joven. Captó su tristeza, había perdido a alguien. Sin saber cómo, Mossie acabó sentándose en el mismo banco que ella. En estas situaciones, a esas horas de la noche nada prudentes, que un extraño se siente a tu lado puede ocasionar múltiples reacciones en aquel que siente invadido su espacio vital. Sin embargo, la chica, absorta en el mal que la aturdía, ni siquiera se molestó en mirarle. Mossie la miró de reojo mientras ella miraba al suelo con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza sujeta por sus manos. Las lágrimas se deslizaban por sus mejillas cada poco, estrellándose en sus zapatos y no se preocupaba de enjugarlas para limpiar su linda cara. Mossie cerró los ojos y se concentró en el efluvio de sus poros, su boca se llenó de jugos salivares y se sintió muy cercano al éxtasis al notar en sus papilas gustativas el sabor de la juventud casi virginal de la muchacha. Cuando volvió a abrir los ojos, la chica le miraba desconcertada, preguntándose tal vez quién sería aquel depravado y en qué estaría pensando para tener aquel semblante desencajado. Entonces pareció que volvía a la realidad y se daba cuenta de las circunstancias. Una chica sola, desconsolada, junto a un hombre extraño que no auguraba nada bueno. Se levantó con lentitud, para no despertar una iniciativa perniciosa en aquel hombre, y puso rumbo hacia la calle, una zona más abierta donde las miradas pudieran ser testigo de un posible ataque sorpresa.

      No tuvo tiempo de alcanzar la primera de las farolas que la separaban del banco. Mossie, poseído por algo mayor que él, se abalanzó sobre la chica. Con una agilidad que le sorprendió incluso a él, tapó su boca y la contuvo con fuerza, apretándola contra su cuerpo. Entonces se llenó de la luz mortecina del candil y dejó que su lengua se alargase hasta tocar el cuello de la muchacha. Salió de su boca desenrollándose, como si hubiese estado contenida dentro en una especie de bucle. La punta misma de aquella protuberancia se clavó delicadamente en la nuca de la chica y comenzó a vibrar y succionar. Ella cayó desmayada en pocos segundos. Y Mossie, extasiado por el tibio elixir, entornó los ojos y absorbió hasta la última gota de su sangre. Fue la primera vez que probó la sangre. Fue ese el día en que descubrió que era más especial de lo que creía. No obstante, también fue ese el día en que apreció que aquel crimen no sería sino la antesala de todos los que estaban por suceder. Se sintió revitalizado, rejuvenecido, pleno. Y de esto hicieron eco algunos de sus compañeros del trabajo cuando al día siguiente le vieron aparecer algo enrojecido y con más kilos de lo normal, como hinchado. Era normal, ahora su interior estaba repleto de sangre ajena, dulce y fresca, apenas poluta. Se volvió adicto a aquella sensación y, mientras dejaba que el líquido carmesí se digiriera, seguía pasando las noches en vela sentado en su sofá, con la mirada perdida hacia la luz de la habitación, aguardando el momento de volver a salir. De volver a cazar. Era acaso, una de las más extrañas mutaciones que podría haber sufrido el ser humano y Mossie, a veces, sólo a veces, temía que un gran manotazo lo barriese del mapa. Era él, o al menos así se consideraba, un alma de mosquito encerrado en el cuerpo de un hombre. La luz lo invadió y, con esta reflexión, se quedó dormido y satisfecho.
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