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7 min
Muerte de un soltero
Varios |
18.10.17
  • 4
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  • 162
Sinopsis

En Kabuchiko, también llamado el barrio rojo podemos encontrar multitud de locales especializados en el entretenimiento adulto. Ninguno destaca de forma especial sobre los demás. Todo depende de cómo de afortunado te sientas esa noche.

La calle está tan animada como cualquier otra noche. Los oficinistas acaban de salir de trabajar y exigen su momento de relajación. Dos hombres de mediana edad arrastran consigo a un joven que acaba de empezar a trabajar. Algo típico. No rechazar la invitación para no parecer un borde desde el principio. Los dos señores dan la sensación de pasear a menudo por este barrio, de conocer varios locales de alterne.

-Washijô, ya que es la primera vez que salimos con Ukai, ¿qué te parece si probamos un bar nuevo?

-Gran idea, Irihata. Así será la primera vez para todos -Washijô echó su brazo sobre los hombros de Ukai, al ser este último más alto tuvo que agacharse un poco-. Dime, Ukai, ¿eres virgen?

Ukai se rió y negó.

-Bueno, me alegro. Eres guapo, si fueras virgen me enfadaría. Pero míranos bien, Ukai, nosotros también eramos guapos. Incluso puedo decir que yo lo era más que tú. Míranos porque todo se acaba. Este es tu futuro –Washijô se pasó la mano por su calva cabeza.

Irihata separó a los dos.

-No me amargues al niño el primer día. Mira –señaló el cartel de un bar de alterne-, siempre hemos dicho de entrar aquí algún día. Pues hoy va a ser ese día.

Sobre un local había un cartel en el que se leía Club Heaven y a su lado un dibujo de una mujer rubia de perfil. La mujer llevaba un vestido con un gran escote de color rojo, a juego con sus labios quienes lanzaban un beso a su derecha.

-Club Je… Jivan… -Washijô se ajustaba las gafas mientras intentaba pronunciar el nombre.

-Club Heaven, Club Cielo –dijo Ukai.

-Vaya con el chaval. ¿Intentas ir de listo? Sólo por eso, te toca pagar la primera ronda.

Al entrar, una canción de jazz suave a piano y el olor a perfume de mujer invadieron los sentidos de los tres hombres. En el local sólo había un par de clientes más, sentados en los sofás, bebiendo con las mujeres de compañía. Se acercaron a la barra para pedir.

-Buenas noches, caballeros. ¿Qué van a tomar?

La camarera, a pesar de ser extranjera, hablaba el japonés como si hubiera pasado toda su vida en el país. Ukai se fijó en ella. Era exactamente igual a la mujer del cartel. La mujer se fijó en Ukai también. Le sonrió.

Washijô pidió y obligó a Ukai a pagar, quien no le importó. La camarera hizo un leve gesto y dos chicas jóvenes se acercaron a los dos señores. Cada una lo agarró por el brazo y se los llevaron a un sofá. Antes de que Ukai se girase, la camarera le cogió de la mano.

-Tú no. Tú te quedas conmigo – dijo con una sonrisa y un guiño.

Un calor comenzó a subirle a Ukai. Tragó saliva. Cogió su vaso. Dio un sorbo. Miró a su alrededor nervioso. Se concentró en una pared donde habían colgados muchos carteles extranjeros.

-Son de cabarés. Bueno, no todos –aclaró la camarera -. Pero te puedes hacer una idea.

-¿Te gusta coleccionarlos?

-Me gusta guardarlos –algo parecía brillar en la mirada de la camarera-. He trabajado en todos ellos. ¿Ves el que tiene un gato negro? –señaló un cartel en el que un gato negro te miraba fijamente-Tournée du chat noir de Rodolphe Salis. Fue el primero en el que trabajé. En París –pronunció París con un suspiro.

-¿Eres de allí, de Francia?

La camarera negó. Había una única diferencia entre ella y el cartel. La chica del cartel parecía una veinteañera. La camarera estaría cerca de cumplir los 40. Pero había algo en ella que daba la sensación de los años sumaban su atractivo.

Ukai no podía mantener la mirada en ella.

-Mejor vuelvo con mis compañeros. Se enfadarán si no…

Ukai no terminó la frase. Ambos miraron hacia el sofá donde estaban Wachijô e Irihata. Al primero la chica le besaba el cuello mientras recorría su pierna con la mano. El segundo estaba intentando coger un hielo del escote de su acompañante con la boca.

-Me parece que no te echan de menos –dijo la camarera con sorna.

Ukai se volvió a la barra. Cogió su vaso y dio un trago largo. La camarera se inclinó hacia él sobre la barra.

-¿Cómo te llamas, sugar boy?

Él tardó en comprender (algunas horas) que se refería a él como sugar daddy, pero con sorna. Contestó nervioso, como con un nudo en la garganta. Ella le preguntó si tenía pareja. El observó con detalle cada movimiento que realizaron sus labios. Negó con la cabeza. No le salían las palabras. Ukai se concentró en el cartel del gato.

-Ven, veámoslo de cerca.

La camarera cogió su mano y se lo llevo hacia la pared de los carteles. Su mano era fría y suave, al contrario que la de Ukai, que sudaba sin control. Los carteles de distintos países estaban colocados como si fuera una exposición mundial. Había desde Holanda hasta Italia, varios de clubs de striptease de América en inglés y español, con caracteres que Ukai no supo reconocer. Algunos parecían recientes, otros viejos y desgastados.

-He trabajado en todos y cada uno de ellos –dijo la camarera, con un ápice de nostalgia en su voz.

-¿Cómo? Algunos parecen muy antiguos.

-Soy mayor de lo que aparento –guiñó un ojo mientras el otro brillaba.

-¿Eres un ángel?

Ukai se sintió tonto por preguntarlo. Ella se rió.

-¿Lo dices por Heaven? No. Al contrario. Soy un demonio.

Esa palabra voló por su cabeza, como si no la hubiese oído o como si hubiera sido ignorada. Volvió la cabeza a sus compañeros.

-¿Ellas también son demonios?

-Sí. Yo las busco, las protejo y les enseño. Son como mis hijas.

Había una pregunta que no dejaba de darle vueltas por la mente.  Dio un trago a su bebida y dijo:

-¿De dónde eres? Hablas muy bien japonés.

-Bueno, ya he estado aquí antes. En Yoshiwara, con las geishas.

Ukai no pudo resistirlo. Se rió a carcajadas.

-¿Sí? ¿Hace 400 años?

Ella le quitó la bebida y le dio un gran trago. Puso su mano en la cara de Ukai y juntó las frentes. Él pudo sentir una especie de redoble, como si se avecinase algo bueno. La besó. Le besó. Una y otra y otra vez. Sus labios eran húmedos, quizás porque acababa de beber, pero Ukai sintió como saciaban su sed. Él puso sus manos sobre su cadera y la empujó contra las suyas. Alejó la cara unos milímetros y le pareció que la cara de la camarera, no, toda ella brillaba. Su sonrisa, su mirada. Quería más. Ella cogió la mano de Ukai y se lo llevó a una habitación privada. Aunque su mente estaba en blanco, intentó luchar.

-Mis compañeros… -dijo con un leve murmullo.

-No te preocupes por ellos. Son clientes habituales.

Entraron en una habitación roja, iluminada por las velas. La camarera cogió a Ukai por la corbata y lo arrastro a la cama. Hizo que se sentara.

-Me dijeron que nunca habían entrado…

Se inclinó sobre él. Parecía un depredador sobre una presa que sabe que ya no puede escapar. Puso su suave mano en su mejilla.

-Mañana tú tampoco te acordarás.

Le besó y todo se sumió en la oscuridad.

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  • Gracias por compartir tan interesante relato. Enhorabuena y Saludos Carla Mila
    Gracias a todo. No me sentía muy seguro sobre este relato, pero veo que mis conocimientos de Japón han ayudado.
    Muy bien narrado, mantiene agarrado. El ambiente con poco lo he imaginado al completo. Qué buen juego con el personaje de ella, me ha fascinado y ya he imaginado todo el trasfondo tras ella. Mi enhorabuena.
    Me gusta como le agregas pequeños elementos de misterios y nostalgia a la virginidad de un muchacho en bares de compañia, es una manera muy interesantes de representar la muerte de un soltero. Saludos
    Espectacular recreación japonesa.
    Mantiene el interés del lector hasta el final. Muy bueno.
  • Cuando el universo es amable y te canta dulcemente al oido

    Una de las frases de mi autor favorito decía: "una vez que crees conocer todas las respuestas, el universo llega y te cambia todas las preguntas".

    A pesar de los años, la distancia y los reveses de la vida siempre consiguen sacar tiempo para quedar un par de días.

    En Kabuchiko, también llamado el barrio rojo podemos encontrar multitud de locales especializados en el entretenimiento adulto. Ninguno destaca de forma especial sobre los demás. Todo depende de cómo de afortunado te sientas esa noche.

    Ten cuidado donde escondes tus secretos. Podrías destapar alguno peor.

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