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7 min
Muerte de un vividor - 11 - El jardincito
Suspense |
12.10.20
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Sinopsis

Dunaújváros tuvo que sobornar al camarero...

-Quisiera comer...-Respondió Dunaújváros poniendo cara de hambriento. No se sentía con fuerzas para buscar otro restaurante.

-¿Tiene reserva, señor?-El camarero bajito, que le recordaba a un monje franciscano, formuló la fatal pregunta dando a entender que no era bien recibido en el Jardincito del Abad.

-No, pero creo que se podría arreglar...-Sacó un billete doblado y se lo dio disimuladamente. Tentó al monje bajito.

-Parece que hay una cancelación de última hora y disponemos de una mesa libre... Acompáñeme, por favor...-Pidió con una sonrisa el camarero bajito guardándose el soborno en un bolsillo.

-Le sigo...-Dijo Dunaújváros sorprendido de su buena suerte.

La mesa recién liberada se encontraba en el interior del restaurante, pero Dunaújváros no se quejó. Tampoco podía abusar de su buena estrella. Al menos no pasaría calor. El aire acondicionado proporcionaba una agradable temperatura primaveral.

-Aquí tiene la carta, señor.-El camarero bajito se retiró.

Dunaújváros hojeó la carta escrita con letra casi medieval. Le costaba entender que ponía en ella. Todo le parecía igual.

Llamó con la mano al camarero bajito para pedirle ayuda.

-¿Qué necesita, señor?-Preguntó al ver la cara del cliente.

-No entiendo mucho español... ¿Qué recomienda?-Habló con acento húngaro usando palabras sueltas cómo haría un turista.

-Le recomiendo el chuletón a las hierbas provenzales... Es la especialidad de la Casa...-Aseguró el camarero bajito eligiendo el plato más caro de la carta sin mirarla.

-Lo probaré...-Aceptó Dunaújváros la recomendación.

-Le sugiero acompañarlo con un vino tinto de crianza...-Se atrevió a decidir por el cliente qué quería beber.

-Me parece bien.-Le gustaba el vino.

Perfecto.-Exclamó el camarero tomando el pedido. Se fue a la cocina dando pasos rápidos, pero cortos. Iba contento.

Dunaújváros se entretuvo observando la curiosa decoración del restaurante. Le recordaba a esos locales antiguos con paredes de madera ennegrecida. Vio imágenes de santos barbudos que vestían largas túnicas marrones y escanciaban cerveza. Frailes sonrientes.

-Hace justicia al nombre del restaurante, el Jardincito del Abad.-Pensó que se habían tomado las molestias de hacerlo diferente de los otros locales de moda pasajera. Todos iguales, todos olvidables.

El camarero bajito interrumpió sus pensamientos trayendo una botella de vino tinto y una copa de cristal. Le presentó la botella al cliente. Marqués del Riñón de Jerez. Parecía cosecha de crianza. La abrió y le sirvió un poco en la copa.

-Excelente vino.-Duanújváros lo probó y dio su aprobación.

-Me alegro que le guste.-El camarero sonrió para sí. La botella de vino valía un riñón... Literalmente. Esta mesa le dejaría una buena propina que engordaría su escuálido sueldo.

El camarero bajito abandonó a su generoso cliente para ir a la cocina. Esperaba que tuviera su comida a punto. Si no se quejaría. El chef, de origen francés, acababa de emplatar el chuletón a las hierbas provenzales dándole su toque final... Unas hojas de orégano fresco.

-Ya era hora...-Comentó el camarero que no comprendía los aires de alta cocina del cocinero gabacho. Para él sólo eran unas chuletas de cerdo a la brasa.

-Aquí tiene su chuletón a las finas hierbas provenzales... ¡Qué le aproveche, señor!-Deseó el camarero bajito mientras ponía el plato humeante sobre la mesa. Esperó que lo probara.

-Muchas gracias.-Se dispuso a saborearlo. Lo sujetó con el tenedor mientras cortaba la carne con el cuchillo. Estaba deliciosa.

-Excelente chuletón... Felicite de mi parte al cocinero...-Dijo Dunaújváros reconociendo el mérito del chef.

-Lo haré, señor...-Prometió el camarero bajito muy a su pesar por qué no estaba dispuesto a engordar el ego del chef gabacho.

Dunaújváros disfrutó de la comida regada con vino tinto en la soledad de su mesa, pese a que el resto del restaurante estaba lleno, nadie se fijó en él. Era un extraño en una ciudad desconocida que lo ignoraba hasta que sacaba la cartera.

-¿Desea la carta de postres caseros, señor?-Preguntó el camarero bajito al retirar el plato vacío del cliente. Confiaba que la palabra “caseros” despertase su interés.

-Gracias, pero estoy lleno... Tráigame un café solo y la cuenta, por favor.-Rechazó la tentación. En otra ocasión, los probaría.

-Cómo desee, señor.-El camarero bajito tuvo que aceptarlo con decepción. Este cliente no era de los golosos, pero se equivocaba por qué a Dunaújváros le gustaban otros dulces más carnales...

-Quisiera reservar una mesa para esta noche a las diez...-Dijo Dunaújváros mientras pagaba la comida. Este era un restaurante ideal para traer a Candelaria.

-Tendría que mirar si nos queda alguna mesa libre, señor...-El camarero bajito volvió a poner dificultades.

-Tendría el favor de mirarlo...-Dunaújváros colocó otro billete doblado bajo el platillo del café. La segunda tentación.

-Creo que podría arreglarlo... Será mesa para uno... Si me dice su nombre y apellido, por favor...-Pidió el camarero bajito cogiendo el platillo.

-Me llamo Bernát Dunaújváros, pero quiero una mesa para dos...-Puntualizó dando a entender que no vendría solo. Estaba muy satisfecho por el trato personalizado del camarero bajito. Siempre atento a sus necesidades. Tan atento que acompañó al nuevo cliente hasta la puerta del restaurante.

-Gracias por venir al Jardincito del Abad. Esperamos que su mujer y usted pasen una velada muy agradable esta noche...-Se aventuró a decir el camarero.

-Se lo agradezco mucho...-Dunaújváros esperaba triunfar esta noche...

Bernát fue a buscar su descapotable dónde lo dejó. Atardecía en Barcelona y el cielo de la ciudad cogía tonos anaranjados. La noche prometía ser movida. La verdad era que no había parado desde que llegó. Quería hacer muchas cosas en poco tiempo.

-Debería ir a mi chalet...-Pensó en voz alta Dunaújváros que necesitaba una ducha reparadora. El día había sido muy caluroso. No quería dar una apariencia desagradable a su cita nocturna.

Subió a su coche y regresó al chalet dando una larga vuelta por el barrio de Pedralbes. Estaba aprendiendo a orientarse. No tenía problemas para adaptarse a los cambios. Aparcó el coche delante el chalet y abrió la puerta con su llave.

-Tengo el tiempo justo...-Dijo Dunaújváros subiendo al piso superior. Entró en el dormitorio principal y se desnudó por completo dejando con cuidado su traje sobre la cama de matrimonio.

Se metió bajo la ducha y dejó correr el agua fría mientras se enjabonaba quitándose el olor a sudor. Notó cómo las húmedas gotas limpiaban su cuerpo de impurezas. Si todo salía según esperaba, esta noche volvería a estar cubierto de impurezas que no serían suyas...

Salió de la ducha, se secó con una toalla y cogió un albornoz que colgaba de la puerta. No le quedaba mal. Pensó curiosear en el armario del dormitorio. Quizás habría ropa de su talla.

-Parece que el ex-jugador tiene buen gusto...-Exclamó al ver la ropa colgada en perchas. Mucha ropa cara. Dunaújváros eligió una camisa de manga corta y un pantalón largo de vestir. Se miró en el espejo de cuerpo entero del armario. Le quedaban bien.

-Llamaré a mi chófer particular...-Marcó su número.

-Yosep al habla...-Respondieron al otro lado de la línea.

-Necesito tus servicios esta noche...-Pidió Dunaújváros.

 

Continuará...

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Soy un currante de oficina, hago manuales de productos sin alma, pero es un trabajo que me da de comer, pago facturas y me permite vivir cada día pendiente de si el cielo caerá sobre mí... A parte de mi profesión, mi afición es escribir relatos donde dejar volar mi imaginación con tendencia a la ironía... Llevo publicados ocho libros en Amazon. Saludos cordiales, Rafael Núñez Abad

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