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7 min
Muerte de un vividor - 27 - Promesas
Suspense |
01.02.21
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Sinopsis

Dunaújváros visita el Campo de La Bota...

El timbre de la puerta sonó en el garaje. Dunaújváros miró la hora en su reloj. Ya era la una del mediodía. Tuvo que dejar el trabajo a medias. No podía hacer esperar a Yosep si no quería llegar tarde.

Dunaújváros se quitó la máscara de pintor y la dejó sobre la mesa con los demás ingredientes de su fórmula. Cuando volviera del Campo de la Bota, continuaría la preparación.

Apagó la luz y cerró la puerta del garaje. Cruzó el comedor hasta llegar al recibidor. Salió al jardín y caminó hasta la entrada principal de la mansión Dos Aguas. Abrió la puerta de la calle.

-Vamos con el tiempo justo...-Se quejó Yosep.

-Lo siento.-Dunaújváros se retrasó sólo cinco minutos. Entró en el taxi y se sentó en el asiento posterior.

-Tenemos que cruzar Barcelona...-Explicó Yosep poniéndose al volante. Puso en marcha el taxi saliendo del Barrio de Pedralbes.

Yosep recorría las abarrotadas calles de la ciudad con gran habilidad, esquivando los atascos y zigzagueando entre los coches cómo si fuera el único sobre el asfalto. Llevar un taxi amarillo y negro parecía que le confería el poder de abrirse camino...

-Ya estamos llegando.-Anunció Yosep cuando entraban en un barrio de chabolas cercano al mar. Allí terminaba la ciudad moderna que aspiraba a ser Barcelona y comenzaba la periferia que creció a sus espaldas salvaje, olvidada e ignorada.

Dunaújváros observaba desde la ventanilla del taxi la pobreza de los habitantes que malvivían en el Campo de la Bota. Gentes que vinieron de sus pueblos buscando la promesa de una vida mejor, pero que la cruda realidad los golpeó en la cara. Sin dinero, Barcelona no te acogía.

Los repudiados construyeron sus precarios hogares alrededor del imponente Castillo Militar de las Cuatro Torres. Eran tiempos difíciles dónde se pasaba hambre, dónde comer un chusco de pan era un lujo.

-Terrible lugar...-Comentó Dunaújváros impresionado.

-Fruto de la desesperación...-Aseguró Yosep que conocía muy bien sus callejuelas de tierra. Lo primero que vio al llegar. Entonces se hacía llamar José.

-Aún así algunos parecen alegres...-Dunaújváros vio a unos críos con pantalones cortos corriendo descalzos jugando a pillar.

-Algo tienen que hacer si no van a la escuela...-Criticó Yosep.

-Entendido.-Dunaújváros recordó que debía preocuparse por su futuro inmediato. Por ese motivo estaban en el Campo de la Bota.

El taxi se detuvo en un descampado desierto al borde del mar dónde las olas rompían sobre la arena de la playa. Una destartalada furgoneta blanca se acercó a ellos. Paró al lado suyo.

-Hola, José.-Saludó el conductor de la furgoneta, un hombre gitano de tez morena y fuerte acento andaluz.

-Hola Yoshua... ¿Tienes lo que te pedí esta mañana?-Preguntó Yosep sin bajar del taxi. Casi nadie le llamaba José.

-Me ha costado mucho encontrarlo, pero gracias al primo de mi mujer lo he conseguido...-Aseguró Yoshua que nunca faltó a su palabra.

-Vengo con el cliente...-Avisó Yosep abriendo la puerta.

-Quiero verlas.-Pidió Dunaújváros saliendo del taxi.

-Aquí las tiene, jefe...-Yoshua abrió las puertas traseras de la furgoneta. Dentro habían dos cajas de cartón blanco impoluto, aparte de muchos trastos viejos que recogía para vender en la chatarrería.

-Están cerradas...-Se quejó Dunaújváros.

-Ya se las abro...-Yoshua sacó una gran navaja del bolsillo y cortó el precinto marrón de un certero navajazo.

-Muchas gracias.-Dunaújváros comprobó que contenían la deseada prensa hidráulica Patterson y la báscula de precisión. Sonrió satisfecho. Parecían cómo nuevas...

-¿Cuánto pides por ellas?-Dunaújváros no podía perder más tiempo. Debía regresar a su “cocina” para acabar la primera entrega a la hora convenida.

-Quiero 50.000 pesetas.-Pidió Yoshua pensando que el cliente le regatearía el precio. Los habituales siempre lo intentaban.

-Me parece bien...-Dunaújvñaros sacó la abultada cartera y le dio cinco billetes de 10.000 pesetas con la cara del rey Juan Carlos I.

-De acuerdo...-Yoshua se arrepintió de no pedirle más. Este cliente debía estar desesperado para aceptar el primer precio.

-Abre el maletero, Yosep.-Dunaújváros cogió las dos cajas en brazos. Tenía mucha prisa por abandonar el Campo de la Bota.

-No doy garantía...-Aclaró Yoshua guardándose el dinero.

Dunaújváros no contestó. Suponía que eran robadas, pero no le importaba lo más mínimo... Era lo que necesitaba...

-Vuelva cuando quiera, señor...-Yoshua estaba agradecido a José por el buen cliente que le trajo. Encendió un cigarrillo empezado y aspiró el humo. Ya había colocado la mercancía “caliente”.

-Vámonos ya...-Pidió Dunaújváros entrando en el taxi.

-Ya nos vamos.-Respondió Yosep molesto por tanta prisa. No le hubiera costado nada ser amable con su amigo Yoshua.

Yosep puso en marcha el taxi. Cogió el camino bacheado de tierra gris, que llevaba a la salida del Campo de la Bota, circulando despacio. No iba a romper un amortiguador por culpa suya.

-Por fin...-Murmuró Dunaújváros sin poder evitarlo cuando regresaron a la calles asfaltadas de Barcelona. No podía incumplir su promesa por culpa de los demás.

-No se preocupe, le llevaré en media hora...-Prometió Yosep viendo los nervios de su cliente. Quizás se ganaría una propina.

-Si lo consigues te recompensaré...-Prometió Dunaújváros que sabía cómo motivar a Yosep. Con dinero fácil.

Yosep cumplió su palabra. En apenas media hora cruzaron la ciudad regresando al rico Barrio de Pedrables dónde vivían las clases pudientes. Allí no se pasaba hambre. Sus habitantes disfrutaban de los placeres mundanos sin preocuparse del mañana...

El taxi se detuvo delante de la mansión Dos Aguas, el hogar por ahora de Dunaújváros que sí se preocupaba por su mañana.

-Son 500 pesetas.-Pidió Yosep por la rápida carrera.

-Toma 1.000 pesetas. Te las mereces...-Dunaújváros cumplió su promesa. Se bajó del taxi y cogió las cajas del maletero.

-Gracias. No dude en llamarme si me necesita...-Yosep se marchó muy contento. Ojalá todos sus clientes fueran tan generosos.

Dunaújváros no le respondió. Entró en la mansión y se metió en el garaje para continuar trabajando. Eran las tres de la tarde. Sólo le quedaban nueve horas... Sacó la prensa hidráulica Patterson y la báscula de precisión de la caja. Comprobó que funcionaban bien.

-Vamos a coger fuerzas...-Dijo Dunaújváros abandonando su tarea para calmar a su estómago hambriento. Fue a la cocina y se hizo un bocadillo de lomo con queso. Lo acompañó de una cerveza.

Dunaújváros volvió a su laboratorio. Se puso la máscara de pintor y siguió moliendo los ingredientes en el molinillo de café. Le llevó una hora tenerlos convertidos en fino polvo que colocó en platos de cristal. Luego usó una cucharilla para pesar en la báscula la cantidad exacta de los componentes de una pastilla. Los mezcló bien hasta que no se distinguían y comprimió con la prensa hidráulica.

-Aquí está la primera...-Exclamó Dunaújváros al ver el logo del pato de goma grabado en la pastilla negra. Sonrió satisfecho.

Las siguientes siete horas se dedicó a fabricar sin descanso las 166 pastillas que prometió a Andrade para la primera entrega, pero tuvo que dejarlo en 100. Le temblaban las manos y la vista se nubló por culpa de la fatiga. Tendría que inventar una excusa.

El timbre de la puerta sonó cuando el reloj dio las doce.

 

Continuará...

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Soy un currante de oficina, hago manuales de productos sin alma, pero es un trabajo que me da de comer, pago facturas y me permite vivir cada día pendiente de si el cielo caerá sobre mí... A parte de mi profesión, mi afición es escribir relatos donde dejar volar mi imaginación con tendencia a la ironía... Llevo publicados ocho libros en Amazon. Saludos cordiales, Rafael Núñez Abad

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