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6 min
Muerte de un vividor - 28 - Padre de familia
Suspense |
08.02.21
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Sinopsis

Alfonso Andrade era todo un padre de familia...

Dunaújváros fue a ver quién llamaba, aunque presuponía que debía ser Alfonso Andrade en persona. No esperaba a nadie más. Se había cumplido el plazo que le dio ayer viernes por la noche.

Cogió una pequeña caja marrón que tenía preparada con la primera entrega y salió de su laboratorio improvisado en el garaje. El timbre volvió a sonar con insistencia.

-Cuánta prisa...-Se quejó Dunaújváros que dejó la caja en el recibidor. Cruzó el jardín de la mansión y abrió la puerta de la calle.

Se encontró con el joven chófer de Andrade.

-Buenas noches.-Lo saludó Dunaújváros decepcionado.

-Buenas noches, me llamo Luís Pascual y me envía el señor Andrade a recoger la primera entrega.-Contestó el joven de un tirón.

-Espera un momento, por favor.-Pidió Dunaújváros entrando en la mansión. Recogió la caja marrón y regresó a la puerta.

-Aquí la tienes...-Dunaújváros se la dio.

-Muchas gracias.-Luís abrió el maletero del coche y la guardó.

-Hay 100... No me dio tiempo a fabricar las 166 que le dije al señor Andrade... Mañana tendré 200...-Prometió Dunaújváros.

-De acuerdo...-Contestó Luís Pascual.

-Buenas noches.-Se despidió Dunaújváros entrando de nuevo en la mansión Dos Aguas. Estaba agotado y se fue directo a la cama.

Luís Pascual subió al viejo coche negro del señor Andrade. Lo puso en marcha y abandonó el exclusivo Barrio de Pedrables mientras sus afortunados habitantes dormían.

La Barcelona nocturna era una ciudad desconocida para Luís que apenas llevaba un mes viviendo. Él que venía de una pequeña aldea de Galicia dónde los prados verdes y húmedos recibían la lluvia casi cada día.

Luís circulaba sorprendido de ver gente por las calles. Parecía que en esta ciudad no dormían. Las farolas iluminaban con su luz amarillenta las aceras. Algunas tiendas permanecían abiertas. Nada que ver con su aldea.

-Ya he llegado.-Exclamó Luís cuando detuvo el coche delante de la entrada del almacén de “Tabacos de Importación Andrade” en el polígono industrial de la Zona Franca.

Luís bajó del coche. No había nadie en la desierta calle. Casi todas las empresas estaban a oscuras, salvo la de Andrade. Sacó la caja marrón del maletero. Se acercó a la puerta y llamó al timbre.

-Buenas noches, señor Pérez.-Luís saludó al encargado.

-Buenas noches, Luisiño.-Respondió el encargado Pérez que hacía méritos quedándose más horas de las que le pagaban.

-El señor Andrade me espera...-Aseguró Luís misterioso.

-Ya sabes el camino...-Replicó Pérez celoso del trato de favor que recibía el novato mozo de almacén. No lo entendía.

Luís subió por la escalera de granito gris a la oficina. Llamó a la puerta de cristal traslucido de un pequeño despacho. Había luz.

-Adelante...-Contestaron desde dentro.

Luís abrió la puerta, entró en el despacho y cerró tras de si. El señor Andrade le esperaba sentado delante de su escritorio. Fumaba un cigarrillo de importación bajo la luz de la lámpara de mesa.

-¿Qué me traes, Luís?-Preguntó Andrade, aunque ya sabía la respuesta. Una decena de colillas de cigarrillos consumidos apagados en el cenicero delataban su larga espera.

-Traigo la primera entrega de 100... El “cocinero” no le dio tiempo a completar las 166... Prometió tener 200 mañana...-Explicó Luís dejando la caja marrón sobre el escritorio.

-Confío en su palabra...-Contestó Andrade abriendo la caja para comprobar que Dunaújváros no le engañaba. No se fiaba.

-Excelente diseño...-Opinó Andrade observando una de las pastillas negras con el logo de Pata Negra grabado en ella.

-Sí, señor Andrade.-Afirmó Luís Pascual que tenía bastante experiencia en drogas “recreativas”... El aspecto era llamativo, pero no había probado la calidad del producto...

-Muy buen trabajo, Luís.-Andrade felicitó al chófer.

-Muchas gracias, señor Andrade.-Luís esperaba tener un papel más importante en la distribución de la nueva droga. Se lo había prometido.

Andrade cerró la caja marrón y se levantó de la silla. Fue a un armario metálico. Apartó unas carpetas azules, que ocultaban una caja fuerte empotrada en la pared, y giró la rueda con la combinación correcta. La abrió tirando de la palanca. Guardó la caja marrón.

-Ya está a buen recaudo...-Aseguró Andrade cerrando la caja fuerte y volviendo a taparla con las carpetas azules. Cerró las puertas del armario metálico.

Luís seguía sentado esperando instrucciones.

-Dame las llaves de mi coche, por favor.-Pidió Andrade que lo necesitaba para volver a su casa.

-Aquí las tiene, señor Andrade, pero ¿cómo vuelvo yo a mi pensión en Barcelona?-Preguntó Luís inocentemente.

-Puedes coger el autobús nocturno NF que te deja en la Plaza Cataluña...-Replicó Andrade que sentía muy cansado para llevarlo. No formaba parte del trato.

-Está bien, señor Andrade.-Aceptó Luís resignado. No podía discutir con el jefe si quería conservar su favor. Se jugaba mucho.

-Nos vemos mañana.-Dijo Andrade cerrando la puerta de su despacho. El día había sido muy largo, pero provechoso.

-Hasta mañana, señor Andrade.-Se despidió Luís Pascual que lo acompañó hasta su coche. Aún albergaba la vana esperanza que le llevase a la pensión, pero se equivocó.

-Hasta mañana, Luís...-Contestó Andrade. Puso en marcha el coche y se marchó dejándolo solo en la oscuridad amarillenta de la calle desierta.

Andrade enfiló la carretera de salida de la Zona Franca. El día había sido muy largo y trabajoso. Su negocio de importación de tabaco no rendía cómo él esperaba. Apenas le llegaba para salir a flote debido a las trabas burocráticas. Demasiados impuestos para tan pocos beneficios. Por ese motivo tuvo que ampliar su mercado al tabaco de contrabando...

Pero apenas ganaba migajas en comparación con los primos de su mujer Dionisia. Ellos si que manejaban grandes cantidades de dinero gracias al negocio en alza de las drogas de importación.

Él demostraría que se equivocaban con los dos millones de pesetas que ganaría gracias a las pastillas Pata Negra del “cocinero” Dunaújváros.

Alfonso Andrade llegó al barrio obrero dónde vivía. Aparcó el coche en batería. Se dirigió al portal número 13 del bloque de pisos de cemento gris. Una placa de metal reluciente del Ministerio de la Vivienda, con las flechas y el yugo, recordaba que fue una de las miles que construyó el anterior jefe de estado en cuarenta años.

Andrade subió por las escaleras hasta la cuarta planta. Sus pasos resonaban en el silencio de la noche. Los vecinos dormían.

Abrió con su llave la puerta de su modesta vivienda. La luz del recibidor estaba encendida, pero nadie salió recibirle. Su familia debía haberse acostado. Ya era más tarde de la una de la madrugada.

Andrade entró en cada uno los dormitorios de sus cuatro hijos para darles un beso de buenas noches cómo haría un cariñoso padre de familia.

Luego fue al dormitorio matrimonial dónde le esperaba su mujer Dionisia que dormía plácidamente. Se quitó la ropa en silencio, pero no pudo evitar despertarla...

-Sigue durmiendo, amor mío.-Alfonso la besó y se acostó.

Dionisia se dio la vuelta y cerró los ojos.

 

Continuará...

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Soy un currante de oficina, hago manuales de productos sin alma, pero es un trabajo que me da de comer, pago facturas y me permite vivir cada día pendiente de si el cielo caerá sobre mí... A parte de mi profesión, mi afición es escribir relatos donde dejar volar mi imaginación con tendencia a la ironía... Llevo publicados ocho libros en Amazon. Saludos cordiales, Rafael Núñez Abad

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