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6 min
Muerte de un vividor - 53 - La codicia
Suspense |
09.08.21
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Sinopsis

Cardano conocía el precio...

Ya lo dijo el Señor cuando castigó a la humanidad a ganarse el pan con el sudor de su frente, pero no todos lo entendieron así. El comisario Cardano conocía bien la cita bíblica. Cada día que pasaba en este mundo de criminales novatos, estaba más seguro de ella.

-Espero que mi “amigo” Oriol cumpla su palabra...-Murmuró Cardano mientras subía al tren para regresar a su piso. El día fue muy largo y agotador. El caso del señor Dunaújváros era más complicado de lo que suponía...

El sol del atardecer se resistía a caer en el horizonte entre los bloques grises de la ciudad de Barcelona, pero no podía evitarlo.

Cardano entró en su piso y buscó descanso en la soledad de su cama dónde sólo le acompañaba su arma reglamentaria. Durmió unas horas antes que el despertador sonará a las siete de la mañana.

-Otro día más...-Cardano se levantó cómo un resorte.

El sábado amanecía con el cielo despejado. Prometía ser otro día de calor insoportable, pero Cardano estaba acostumbrado. Eligió un traje de verano y fue a buscar su coche particular.

-Vamos a la Jefatura.-Exclamó Cardano conduciendo.

El tráfico rodado era el típico de los sábados. Furgonetas de repartidores, autobuses rojos medio vacíos y taxistas a la caza del turista despistado. Cardano llegó a la Jefatura Superior y estacionó su coche particular en su plaza de comisario. Privilegios del cargo.

-Buenos días, señor comisario.-Saludó el agente de la puerta.

-Buenos días.-Cardano subió pensativo por las escaleras hasta la oficina de la Brigada de Homicidios y entró en su despacho.

-Buenos días, señor comisario.-Su secretaria traía un café solo.

-Buenos días, señorita Vázquez. Muchas gracias.-Apreciaba el detalle porque él se olvidó de tomarlo en casa.-¿Tenemos alguna novedad sobre los informes solicitados?-Preguntó Cardano después de tomar un sorbo de café negro y amargo cómo le gustaba.

-Siento decirle que aún no, señor comisario, pero los volví a reclamar porque eran urgentes...-Aseguró la señorita Vázquez que no le gustaba traer malas noticias a su jefe. Y los retrasos lo eran.

-Siga insistiendo...-Recalcó Cardano que también buscaba las respuestas por canales alternativos a los oficiales. No podía esperar.

-Sí, señor comisario.-La señorita Vázquez salió del despacho para llamar de nuevo por teléfono. Por ella no sería.

Cardano se quedó solo con sus pensamientos, pero no por mucho tiempo, porque el inspector Gómez entró en su despacho.

-Buenos días, señor comisario.-Le saludó Gómez.

-Buenos días, señor Gómez.-Contestó Cardano.

-¿Continuamos la investigación?-Preguntó Gómez.

-No hemos recibido los informes...-Se quejó Cardano.

-Entiendo.-Gómez seguía las ordenes del comisario.

-Tendremos que esperarlos para saber que línea seguir...-Dijo Cardano que aprovecharía la tarde resolviendo su asunto personal.

***

Cardano abandonó la Jefatura Superior al mediodía. Cogió el coche para volver a su piso en el barrio de Ciudad Meridiana. Eran las dos de la tarde cuando aparcó en el garaje de la comunidad. Salió a la calle para llamar por teléfono desde una cabina.

-Bar As de Copas.-Respondió el camarero andaluz.

-Soy Manuel. Quiero hablar con Oriol.-Pidió directo.

-¡Te llaman Oriol! Otra vez Manuel...-Gritó para llamarlo.

-Oriol al habla.-Esta vez atendió muy pronto la llamada.

-¿Tienes aquello?-Preguntó Cardano con acento andaluz.

-Sí. Nos vemos a las cinco.-Confirmó Oriol sonriendo.

-A las cinco entonces...-Se despidió Cardano y colgó.

Cardano se presentó a la hora acordada delante de las puertas del Canódromo Meridiana. Entró con el público hasta las taquillas de apuestas. Se detuvo enfrente de la número tres.

-Hola, Manuel.-Saludó Oriol achispado cómo siempre.

-Hola Oriol. ¿Cuál me recomiendas?-Cardano simulaba mirar el tablero de las carreras de galgos.

-Yo apostaría por Rambo, otro ganador “desconocido”.

-¿Seguro?-Cardano no era aficionado a las carreras de galgos y todos los perros le parecían iguales. Delgados y famélicos.

-Confía en mí.-Oriol guiñó un ojo.

-Toma cien pesetas...-Cardano le dio una moneda.

-Ahora vengo.-Oriol fue a la taquilla número tres y apostó por Rambo. Regresó con su apuesta.-Veamos la carrera.

-¿Qué sabes de lo mío?-Preguntó Manuel mientras esperaban.

-Mi fuente me contó anoche que su amigo ofrecía una nueva droga de diseño a quién quisiera comprarla...-Explicó Oriol.

-¿Tu fuente sabía si algún distribuidor local había aceptado la tentadora oferta del cocinero?-Cardano necesitaba un nombre.

Oriol dudaba si delatar a Andrade, pero le pudo la codicia.

-Creo que sí...-Oriol vendería a su madre por dinero.

-Toma.-Cardano le dio tres billetes de 5.000 pesetas.

-Andrade.-Pronunció Oriol en voz baja. Se guardó el dinero.

-Gracias por tu ayuda desinteresada.-Dijo Cardano con ironía que ya tenía el nombre que quería. El de su sospechoso.

-Lo que haga falta por mi amigo Manuel...-Oriol sonrió.

-Sí, claro.-Replicó Cardano que pagaba el precio de la amistad.

-¡Empieza la carrera!-Avisó Oriol con la apuesta en la mano.

Los galgos salieron disparados cómo locos al subir las puertas del cajón persiguiendo a la liebre mecánica. Ganó Rambo de calle.

-Te avisé...-Oriol se fue a cobrar las ganancias.

-Nos vemos.-Se despidió Cardano que también había ganado.

***

-¿Qué hago?-Andrade dudaba que hacer con la mercancía de Dunáujváros encerrado en su modesta oficina. Se encontraba ante el dilema de deshacerse de ella o guardarla.

Se dio la vuelta y miró detrás suyo. Abrió el armario metálico y apartó las carpetas azules que ocultaban una caja fuerte empotrada en la pared. Giró la rueda hasta completar la combinación. Tiró de la palanca abriendo la puerta. Dentro habían tres cajas marrones. Sacó una de ellas y la puso sobre el escritorio.

-Aquí está mi inversión...-Andrade le había pagado 500.000 pesetas por 500 pastillas al cocinero Dunaújváros.

Andrade abrió la caja marrón, cogió una de las pastillas negras y la desenvolvió. Llevaba grabado el logo de un pato. La miró.

-No voy a tirar por el retrete mi futuro...-Exclamó Andrade que cedió a la codicia. Podía ganar más de 2 millones limpios.

-Creo que la policía se fue convencida.-Pensaba Andrade que su explicación sobre Luís Pascual era bastante creíble y se libró de sus incómodas preguntas gracias al encargado Pérez.

-Fue mala suerte que resultara herido en la explosión, pero así es la cruel vida...-Alfonso Andrade tuvo la inmensa fortuna de estar en el lavabo cuando sucedió.

-Seguiré adelante con la distribución de Pata Negra cuando se calmen las cosas... También necesitaré alguien para sustituir a Luís si éste muere...-Pensó en voz alta Andrade sin remordimientos que ni siquiera había llamado al hospital para preguntar por él.

-No puedo defraudar a mi querida mujer Dionisia en nuestro aniversario de boda.-Recordó que era el próximo fin de semana.

-Además, vendrán sus primos gallegos a Barcelona...-Andrade debía demostrar que era un hombre de negocios con iniciativa.

-Suba, señor Pérez.-Pidió Andrade. Guardó la caja marrón.

-¿Me llamaba, señor Andrade?-Preguntó el encargado.

-Esté atento por si vuelve la policía sin avisar...

 

Continuará...

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Soy un currante de oficina, hago manuales de productos sin alma, pero es un trabajo que me da de comer, pago facturas y me permite vivir cada día pendiente de si el cielo caerá sobre mí... A parte de mi profesión, mi afición es escribir relatos donde dejar volar mi imaginación con tendencia a la ironía... He publicado nueve libros en Amazon. Saludos cordiales, Rafael Núñez Abad

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