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6 min
Muerte de un vividor - 55 - Traicionado
Suspense |
23.08.21
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Sinopsis

El comisario Cardano registra el almacén de Tabacos Andrade...

-Sí, señor comisario.-La señorita Vázquez tomó nota del nombre y se iba para tramitar la solicitud de orden de registro.

-Es muy urgente.-Recalcó Cardano. Quería evitar que el señor Andrade tuviera tiempo de destruir pruebas.

-Lo tendré en cuenta, señor comisario.-La secretaria conocía la urgencia del caso. Haría todo lo posible, pero también conocía la lentitud de la maquinaria burocrática.

-Toca esperar.-Comentó Cardano que se impacientaba por la inevitable demora. Rellenar el formulario correspondiente, enviarlo al Secretario del Juzgado, confiar que el señor Juez tuviese a bien leerlo y, lo más importante, dar su autorización le ponía de los nervios.

-Eso me temo, señor comisario.-Admitió el inspector Gómez que tampoco le gustaba permanecer en la oficina matando el tiempo.

-Creo que tengo tiempo de ir a casa a cambiarme.-Pensó en voz alta Cardano al ver que sólo eran las once de la mañana. Vestía el traje de los domingos de misa y, además, no llevaba encima su arma reglamentaria porque era su día libre.

-¿Le llevo, señor comisario?-Se ofreció el inspector.

-Muchas gracias, señor Gómez.-Cardano se levantó y juntos salieron el despacho. Pasaron por delante de la secretaria Vázquez.

-Voy a casa a cambiarme, señorita Vázquez.-Avisó Cardano.

-Le llamaré cuando llegue la orden, señor comisario.

-Estaré de vuelta antes...-Vaticinó Cardano.

Cruzaron la oficina de la Brigada de Homicidios bajando por las escaleras al aparcamiento. Subieron al coche. Gómez condujo por las vacías calles de Barcelona hasta el barrio de Ciudad Meridiana.

-Espere, por favor. No tardaré.-Pidió Cardano al inspector.

-Sí, señor comisario.-Gómez tenía el coche en doble fila.

Cardano subió a su piso. Se cambió el traje de los domingos de misa por el gris de trabajo. Cogió el sombrero de fieltro gis. No se olvidó de su arma reglamentaria. Ya podía regresar a la Jefatura.

-Listo.-Cardano se miró en el espejo del recibidor. El aspecto era importante en su profesión para que le respetasen.

Cardano volvió con el inspector y entró en el coche.

-Volvamos a la Jefatura, señor Gómez.-Ordenó Cardano.

-Sí, señor comisario.-Gómez obedeció y puso en marcha el coche sin quejarse. Respetaba las “rarezas” del comisario.

El camino de vuelta fue rápido gracias al escaso tráfico. El calor apretaba mucho y los pocos coches que circulaban lo hacían por obligación. Cómo ellos.

Cardano y Gómez entraron en la Jefatura pasadas la una de la tarde. Subieron a la oficina por las escaleras.

-Aún no ha llegado la orden.-Admitió la secretaria Vázquez.

-Lo suponía...-Cardano acertó en su pronóstico. Lástima que no le gustaba apostar.-El día será muy largo... Pida unos emparedados y unos refrescos a la cantina por favor, señorita Vázquez.

-Sí, señor comisario.-La secretaria cogió el teléfono.

***

La tarde transcurrió esperando la orden. Cuando por fin llegó, la noche había caído sobre la ciudad lo que facilitaría su trabajo. No les verían llegar y el factor sorpresa era crítico en un registro.

-Vamos a ello.-Ordenó Cardano subiendo al coche con el inspector Gómez. Les seguía un coche patrulla de refuerzo aunque no esperaba encontrar resistencia.

Circulaban por la ciudad dirigiéndose al Polígono Industrial de la Zona Franca donde estaba el almacén de Tabacos Andrade, un edificio impersonal que no destacaba para nada.

-Hemos llegado.-Anunció el inspector Gómez.

-Llamemos al timbre.-Cardano se acercó a la puerta principal, pulsó el timbre y esperó. Le desagradaba irrumpir tirando la puerta abajo cómo indicaba el protocolo. Prefería ser más educado.

-¿Qué desea, señor comisario?-El encargado Pérez abrió la puerta y lo reconoció nada más verlo. No esperaba su visita.

-Tenemos una orden de registro de la propiedad... Llame a su jefe, el señor Andrade, por favor...-Cardano seguía en su línea.

-Entiendo.-El encargado Pérez se apartó a un lado dejándoles entrar en el almacén. No era su negocio.-El señor Andrade está en su oficina del piso superior...

-Dígale que baje...-Insistió Cardano.

-Tiene visita. Baje por favor, señor Andrade.-Pidió el señor Pérez por teléfono a su jefe.

-Ahora bajo, señor Pérez.-Respondió Andrade que revisaba las facturas pendientes. No sabía quién venía a molestarle. Salió de su oficina y bajó las escaleras de granito gris.

-Tengo una orden de registro contra usted, Alfonso Andrade, por tráfico de estupefacientes.-Cardano le enseñó la orden.

-Debe ser un error...-Replicó Andrade sorprendido.

-Será mejor que se calle.-Le recordó Cardano mientras los dos policías de uniforme registraban la planta baja del almacén.

Andrade guardó silencio. No era la primera vez que sufría un registro policial. Del anterior se libró con una multa por tener tabaco de contrabando. Aseguró que fue culpa de su proveedor.

-Aquí hay tabaco ilegal.-Dijo uno de los policías al abrir una de las cajas marrones sin marca de la estantería del fondo.

-No es lo que buscamos.-Replicó Cardano llevando al señor Andrade a su oficina en la planta superior. Vio un armario metálico detrás de su mesa. Abrió sus puertas y apartó unas carpetas azules.

-¿Me da la combinación de la caja fuerte o tendré que acusarle de entorpecer la acción de la justicia?-Amenazó Cardano.

-No hace falta.-Andrade la abrió rindiéndose ante la evidencia que había perdido la apuesta con la policía. Alguien debía haberle traicionado porque el comisario no se conformó con el tabaco de contrabando.

Cardano sacó tres cajas marrones de la caja fuerte. Las puso sobre la mesa y abrió una. Dentro habían cientos de pastillas negras con el logo de un pato. El mismo dibujo que tenía el molde del señor Dunaújváros.

-Aquí están.-Exclamó Cardano triunfante.

Andrade guardó silencio pensando quién le había traicionado y sólo le venía un nombre a la mente para el chivato: Luís Pascual.

-Señor Andrade y señor Pérez, quedan detenidos acusados de tráfico de estupefacientes y contrabando de tabaco.-Dijo el comisario Cardano leyendo sus derechos mientras el inspector Gómez les ponía las esposas.

-¿Me ha traicionado Luís Pascual?-Andrade no fue capaz de morderse la lengua y quería oírlo de la boca del comisario.

-Sólo puedo decirle que Luís Pascual falleció en el hospital...

-¿Quién me traicionó?-Insistió Andrade ofuscado.

-No tengo más que decir...-Cardano protegía a su soplón.

-No debía aceptar la oferta...-Se lamentó Andrade temiendo que su sueño de distribuidor de drogas de diseño se convertía en una pesadilla carcelaria.

-Es tarde para lamentarse, señor Andrade... Pueden llevárselos a la Jefatura.-Ordenó Cardano a los policías de uniforme.

-Sí, señor comisario.-Respondieron los policías acompañando a los detenidos al coche patrulla. Los metieron en la parte posterior.

-Llame la grúa para que recoja el coche del señor Andrade, señor Gómez.-Cardano sospechaba que lo usó para llevar al herido Luís Pascual la noche de la explosión en la mansión Dos Aguas.

-Esperemos que encuentren algún pequeño rastro de sangre, pese a que lo han limpiado a fondo...-Comentó Cardano.

 

Continuará...

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Soy un currante de oficina, hago manuales de productos sin alma, pero es un trabajo que me da de comer, pago facturas y me permite vivir cada día pendiente de si el cielo caerá sobre mí... A parte de mi profesión, mi afición es escribir relatos donde dejar volar mi imaginación con tendencia a la ironía... He publicado nueve libros en Amazon. Saludos cordiales, Rafael Núñez Abad

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