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6 min
Muerte de un vividor - 56 - Alguien debía pagar
Suspense |
30.08.21
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Sinopsis

Cardano acusó a Andrade...

-Sí, señor comisario.-El inspector Gómez salió a la calle, abrió la puerta del coche y cogió el micrófono de la emisora de radio.

-Jefatura, el comisario Cardano solicita una grúa para incautar el vehículo de un detenido.-Dijo Gómez transmitiendo la orden.

-Mandaremos una.-Confirmó la operadora tomando nota de la dirección del almacén de Tabacos Andrade.

-Muchas gracias.-El inspector colgó y regresó al almacén.

-La grúa está en camino.-Aseguró Gómez.

-Muy bien.-Cardano no quería esperar demasiado.

La grúa llegó pasada media hora, se llevó el coche negro del señor Andrade al depósito policial y el inspector Gómez pudo, por fin, precintar la puerta de entrada del almacén.

-Podemos irnos a descansar.-Comentó Cardano cansado pero satisfecho de haber quitado de las calles la droga de Dunaújváros.

-¿Le llevo a su casa, señor comisario?-Preguntó el inspector.

-Sí, señor Gómez, por favor.-Cardano recordaba que su coche particular seguía en el aparcamiento vecinal por que era su día libre.

-No tardaremos mucho...-Prometió Gómez.

El coche camuflado circulaba por las calles de Barcelona bajo la luz pálida de la luna de verano. Pese a ser noche cerrada aún hacía calor. El reloj marcaba las doce en punto cuando llegaron.

-Nos vemos mañana en la Jefatura.-Se despidió Cardano.

-Sí, señor comisario.-Contestó el inspector marchándose.

Cardano subió a su piso para descansar de su día de fiesta.

***

La noche transcurrió rápidamente en los brazos de Morfeo, el dios griego de los sueños, para el comisario Cardano. El despertador sonó a las siete de la mañana. Comenzaba una nueva semana.

-Espero que este lunes sea fructífero...-Deseó Cardano en voz alta mientras salía del piso. Bajó al aparcamiento vecinal y subió a su coche particular rumbo a la Jefatura Superior.

Necesitó más de una hora para llegar a su destino en la Vía Layetana por culpa de las colapsadas calles. Se notaba que era un día laborable. Entró en el aparcamiento y aparcó en su plaza.

-Buenos días.-Cardano saludó al policía de guardia y cogió el ascensor que le llevó al piso de la Brigada de Homicidios. Fue directo a su despacho dónde le esperaba el inspector Gómez.

-Buenos días, señor comisario.-Su secretaria le traía su café.

-Buenos días, señorita Vázquez.-Cardano lo probó.

-¿Ha descansado, señor comisario?-Preguntó el inspector.

-Lo suficiente, señor Gómez.-Cardano se acabó el café.-Pero vamos a ver a nuestro invitado, el señor Andrade...

Cardano cogió el teléfono y llamó a su secretaria.

-Haga el favor de pedir que traigan el detenido señor Alfonso Andrade a la sala de interrogatorio número tres, señorita Vázquez.

-Sí, señor comisario.-La señorita Vázquez colgó el teléfono y marcó la extensión de los calabozos.

-Calabozos al habla.-Respondió el policía al cargo.

-El comisario Cardano ordena que el detenido señor Alfonso Andrade sea trasladado a la Sala de Interrogatorios número tres.

-Ahora se lo llevamos.-Confirmó el policía tomando nota.

Andrade fue esposado, sacado de su celda y acompañado por dos policías hasta la Sala de Interrogatorios dónde le esperaban.

-Buenos días, señor Andrade. Espero que haya dormido bien.

-Buenos días, comisario. El camastro era duro.-Se quejó.

-Lo siento mucho, pero no somos un hotel.-Replicó Cardano.

-¿Para qué me ha hecho venir?-Preguntó Andrade.

-Para solicitar su colaboración...-Respondió Cardano.

-¿Qué salgo ganando a cambio?-Andrade negociaba.

-Hablaría con la Fiscalía para reducir su condena...-Prometió.

-Tentador, pero necesito su palabra.-Exigió Andrade.

-Tiene mi palabra de honor.-Cardano se la dio.

-De acuerdo, comisario.-Andrade aceptó porque no veía otra elección. Su situación era desesperada y cualquier atenuante sería bien recibido.

-¿Cómo conoció al señor Dunaújváros?-Cardano empezó por el principio de la historia. Dio la señal a Gómez para que pusiera en marcha la grabadora de voz.

-Un “amigo” me avisó que un “cocinero” extranjero recién llegado a Barcelona ofrecía una nueva droga de diseño y que buscaba un distribuidor local para su producto...-Explicó Andrade.

-Siga, por favor.-Pidió Cardano interesado.

-Mi “amigo” me dio su teléfono, a cambio de una comisión, y le llamé para concertar una reunión en un restaurante... Quería conocerle para saber si podía fiarme.-Continuó Andrade.

-¿Le convenció?-Quiso saber Cardano.

-Sí. Sabía vender muy bien su producto. Le pagué la mitad por adelantado y la otra mitad al terminar el trabajo...-Aclaró Andrade.

-¿Cumplió su palabra?-Cardano lo suponía.

-Sí. Para celebrarlo, Dunaújváros organizó una cena típica de su país en su mansión del barrio de Pedralbes...-Recordó Andrade.

-¿Quién más fue a la cena?-Cardano sabía que fueron tres.

-Mi chófer Luís Pascual.-Reconoció Andrade.

-¿Qué sucedió después?-Insistió Cardano.

-Le entregué a Dunaújváros la segunda mitad convenida y fui al lavabo porque me estaba menando... Bebí demasiado Albariño...

-¿Y después?-Cardano esperaba oírlo de su boca.

-Escuché una violenta explosión que me dejó aturdido... Volví al comedor y me encontré con Dunaújváros muerto decapitado. No podía hacer nada por él...-Se lamentó Andrade.

-Miré a mi alrededor y vi al pobre Luís Pascual malherido que se quejaba de dolor. Sus tripas se salían de la barriga.-Andrade daba demasiados detalles escabrosos.

-¿Qué hizo?-Cardano ya lo sabía.

-Ayudé a Luís Pascual a llegar a mi coche y lo llevé al hospital del Vall d'Hebron. Lo dejé en la entrada de urgencias. Luego huí sin mirar atrás. No esperaba que muriera por sus heridas...-Lamentó.

-Se equivocó...-Replicó Cardano con crueldad.

-No soy médico.-Se excusó Andrade.

-¿Sabe lo que pienso?-El comisario tenía una teoría.

-No.

-Que usted, señor Andrade, fue demasiado avaricioso y puso la bomba que mató a Dunaújváros para no pagarle. Se quedaba con la droga y el dinero. Negocio redondo...-Acusó Cardano.

-Eso es absurdo porque yo no dispongo de los medios ni los conocimientos para fabricar la droga...-Admitió Andrade.

-Se salvó de la explosión sin sufrir un rasguño...-A Cardano le parecía muy sospechoso. Demasiada buena suerte.

-Soy culpable de comprar la droga, pero no me va a cargar con la muerte de Dunaújváros... Yo podía haber sido otra victima de la explosión...-Se defendió Andrade cómo gato panza arriba.

-No sé si creerle...-Cardano dudaba de su palabra.

-Le juro que no tengo nada que ver con la trágica muerte de Dunaújváros, señor comisario.-Para Andrade constituía una tragedia quedarse sin su “cocinero”.

-Señor Andrade: Debo acusarle de traficar con droga por las pastillas que encontramos en su almacén y de asesinar al señor Dunaújváros por motivos desconocidos...-Concluyó Cardano.

-Yo no he matado a Dunaújváros...-Renegó Andrade.

-Eso deberá demostrarlo al señor Juez.-Replicó Cardano que aunque sólo tenía pruebas circunstanciales, alguien debía pagar...

 

Continuará...

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Soy un currante de oficina, hago manuales de productos sin alma, pero es un trabajo que me da de comer, pago facturas y me permite vivir cada día pendiente de si el cielo caerá sobre mí... A parte de mi profesión, mi afición es escribir relatos donde dejar volar mi imaginación con tendencia a la ironía... He publicado nueve libros en Amazon. Saludos cordiales, Rafael Núñez Abad

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