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7 min
Muerte de un vividor - 6 - Lola Montes
Suspense |
07.09.20
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Sinopsis

Dunaújváros se enamora perdídamente...

Dunaújváros levantó la mirada al escenario. Dejó su copa de Fino de Jerez en la mesa para ver a la grandísima bailaora. No sabía el significado de la mitad de las palabras, pero quería que comenzase el espectáculo. Imitó a los demás turistas que aplaudían a rabiar cómo focas amaestradas.

Lola Montes, la artista no se hizo de rogar. Salió luciendo un vestido largo de lunares rojos y blancos que arrastraba por el suelo. Sonreía altiva mientras caminaba al centro de la tarima. Tras ella entraron tres hombres de tez oscura. Uno de ellos se sentó en una de las sillas. Llevaba una guitarra española. Los otros dos se quedaron de pie, pese a tener silla.

-Buenas noches, querido público... Me llamo Lola Montes y vamos a ofrecerles una muestra de nuestro arte flamenco... Deseo que les guste...-La artista habló al micrófono con voz rota y emocionada. Sus ojos negros brillaban bajo los focos del escenario.

Dunaújváros no podía dejar de mirarla. Le habían hechizado su belleza gitana, esos cabellos negros ensortijados y su mirada embrujadora.

-No es posible que una criatura así exista...-Tanto dudaba Dunaújváros, que ni siquiera se dio cuenta cuando el camarero dejó su bandeja de embutidos y quesos selectos. Él, que ya pasaba de la cincuentena, se sentía atraído por una jovencita bailaora...

El público aguardaba expectante. De repente, guardaban silencio. No se atrevían a hacer ruido, salvo algún insensato que seguía comiendo.

El guitarrista comenzó a tocar mientras los otros dos hombres daban palmas al ritmo de la música y cantaban con tono emocionado, casi roto por el dolor, aunque Dunaújváros no alcanzaba a entender qué decían.

Lola Montes se arrancó a bailar. Taconeaba con energía siguiendo la música flamenca. Movía sus brazos arriba y abajo apasionadamente. Cogía la falda de su vestido con la mano derecha. La agitaba hacía adelante y hacía atrás. Su rostro tenso reflejaba la concentración y sentimientos que la poseían.

-Extraño espectáculo...-Comentó Dunaújváros asombrado.

La bailaora se movía por la tarima cómo si estuviera en trance. El sonido de las cuerdas de la guitarra española y los desgarrados quejidos de los acompañantes creaban un ambiente único que atrapaba al público.

Le recordaba a la Zarda, el baile popular de su país natal, Hungría, aunque no se parecía nada. Quizás sentía añoranza, pero no podía regresar.

-Pero esa puerta se cerró hace tiempo...-Hablaba consigo mismo. Los motivos, por los cuales no sería bien recibido, fueron un terrible malentendido con las autoridades locales de cierta ciudad.

Entonces daba clases de química teórica en la Escuela Secundaria. Tuvo la original idea de organizar una competición de fórmulas químicas entre los estudiantes de su curso. Para motivarlos, él también participó.

La Dirección de la Escuela lo denunció a las Autoridades por qué algunas de aquellas fórmulas químicas podían ser convertidas en drogas alucinógenas. Le acusaron, sin pruebas reales, de pervertir a la juventud. Lo expulsaron del Centro. Truncaron su carrera académica. Nunca más podría ejercer de profesor en Hungría.

Dunaújvarós se vio en la calle, sin recursos ni futuro. Emigró a Italia buscando continuar su carrera de profesor, pero estaba manchado y todos los colegios rechazaban su solicitud.

Sólo le quedaba una salida. Se ofreció a un mecenas.

Cierto amigo de un conocido sabía de sus dificultades económicas. Podía conseguirle una entrevista de trabajo. Con sus conocimientos sobre química teórica era el candidato ideal para el puesto.

Dunaújváros aceptó la tentadora oferta sin pensar. Alguien le echaba un salvavidas y él lo cogió sin preguntar a cambio de qué...

Así conoció a Marco Spinola, el mecenas que tanto interés tenía en él, un hombre de negocios con aspecto espigado y cara de estreñido. Fue en su finca vinícola en las afueras de cierto pueblo del sur de Italia.

Dunaújváros creyó, erróneamente, que quería contratarlo para mejorar su cosecha de vino, pero estaba muy equivocado...

-Es agua pasada...-Pensó Dunaújváros queriendo convencerse que dejó atrás su etapa profesional en Italia. Se rompió bruscamente, pero no fue culpa suya.

-Ahora toca disfrutar de las ganancias...-Comentó brindando con Fino de Jerez. Se merecía vivir a lo grande. Quería probar los placeres mundanos del capitalismo...

Volvió al presente. La joven bailaora seguía danzando delante suyo. Sus acompañantes cantaban profundos alaridos mientras que de la guitarra salía un sonido rítmico que atrapaba al público.

Dunaújváros se sentía atraído por la belleza salvaje de la bailaora. Se propuso conocerla cuando acabó la actuación. Llamó al camarero para conseguir su capricho.

-¿Qué desea, señor?-Preguntó el camarero de tez morena suponiendo que le pediría algo más de la carta. Se equivocó...

-Desearía conocer a la bailaora en persona... Llévame a su camerino.-Pidió Dunaújváros con los ojos iluminados por la pasión.

-No creo que sea posible, señor.-El camarero no lo veía claro.

-Quizás esto ayude...-Dunaújváros dejó un billete de 1.000 pesetas sobre la mesa para convencer al dubitativo camarero.

-Podría preguntarle al representante...-El camarero cogió el billete disimuladamente y se lo guardó en el bolsillo del pantalón.

-Me harías un gran favor... Soy un gran admirador de Lola Montes.-Aseguró Dunaújváros queriendo pasar por uno.

-No se preocupe, señor.-El camarero se marchó “motivado”.

Regresó en muy poco tiempo detrás de un hombre trajeado.

-Mi nombre es Víctor Heredia y soy el representante de la gran bailaora Lola Montes...-El hombre, de aspecto regordete y largas patillas, soltó el discurso sin detenerse a respirar.

-Mi nombre es Bernát Dunaújváros, estoy de vacaciones en Barcelona y desearía conocer en persona a Lola Montes...-Pidió dispuesto a abrir de nuevo su cartera.

-La bailaora está descansando en su camerino para la siguiente actuación y no sé si...-Objetó el representante.

-Soy un gran admirador...-Dunaújváros sacó la cartera.

-No es necesario, señor.-Heredia se ofendió por el soborno.

-Perdone si le ofendido...-Se disculpó Dunaújváros.

-Sígame, señor.-Heredia accedió a llevarle ante ella.

-Muchas gracias.-Dunaújváros se levantó de su mesa y siguió al representante por la sala. Cruzaron una puerta pasando a los bastidores. Allí estaban los artistas descansando después de la agotadora actuación. Unos bebían agua y otros fumaban cigarrillos.

El objeto del deseo de Dunaújváros se encontraba tras la puerta cerrada de un camerino. Su nombre estaba puesto en un letrero escrito a mano en una pizarra negra con tiza blanca.

El representante llamó a la puerta con los nudillos.

-¿Quién es?-Preguntó una voz de mujer.

-Soy Heredia, siento molestarte, pero un gran admirador tuyo quiere verte en persona...-Explicó el representante sin abrirla.

-Que pase, pero sólo tengo cinco minutos para él...-Avisó la artista dispuesta a sacrificar su descanso por un admirador de su arte.

-Adelante, señor.-Heredia abrió la puerta. Se apartó a un lado.

-Muchas gracias.-Dunaújváros vio cumplido su capricho.

La bailaora tenía una toalla sobre los hombros. Sentada en una silla de madera delante de un tocador con espejo. Las luces iluminaban su rostro brillante por el sudor. Aún así era de una belleza irresistible para Bernát.

-¿Le ha gustado la actuación?-Preguntó con voz cansada.

-Me ha encantado y creo que me he enamorado...-Reconoció.

-El arte Flamenco puede enamorar...-Dijo Lola Montes.

-Quisiera conocerte y compartir una noche...-Se lanzó.

-Lo siento mucho, pero no será posible...-Rechazó la idea.

-¿Cambiarías de opinión?-Bernát sacó la cartera.

-No todo se consigue con dinero...-Sentenció Lola.

-Es una lástima...-Dunaújváros abandonó el camerino.

 

Continuará...

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Soy un currante de oficina, hago manuales de productos sin alma, pero es un trabajo que me da de comer, pago facturas y me permite vivir cada día pendiente de si el cielo caerá sobre mí... A parte de mi profesión, mi afición es escribir relatos donde dejar volar mi imaginación con tendencia a la ironía... Llevo publicados ocho libros en Amazon. Saludos cordiales, Rafael Núñez Abad

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