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9 min
Muertes Enunciadas
Terror |
17.02.16
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Sinopsis

Relato que no comprendo ni yo.

La oscuridad de la estancia mantenía la intimidad que yo deseaba. Nunca me había gustado el mundo en el que vivía. Mi familia me repudió cuando yo tenía apenas unos meses de vida. Me dejaron durmiendo en una pequeña cesta de mimbre, junto a un cubo de basura. Según leí en el periódico de aquel día, había sido encontrado con síntomas de hipotermia. Aquello aclaraba la mitad del brazo que me faltaba. Esa noche, el frio se llevó mi brazo, y juraría, que el resto de mi vida. Poco más se hablaba de mí. Busqué más periódicos en la hemeroteca, pero no había nada. ¿Quién se interesaría por un rechazado como yo?

                Mi infancia transcurrió en un convento de monjas en la ciudad de Andújar.  Una pequeña ciudad a orillas del Guadalquivir. El convento se denominaba Monjas Mínimas de Jesús María y allí encontré el calvario que guio mi existencia hasta el último día.

A los ocho años comenzaron las visiones que tan popular me hicieron entre los otros niños. Todos me llamaban `El pequeño demonio´. Aquel apodo no era crueldad impartida por mis compañeros de abandono. Las monjas empezaron a denominarme de tal manera cuando vi el fantasma de la madre Hinojo. Sé que ver el fantasma de un difunto es típico, y muy probable en la mente infantil. Pero la madre Hinojo no opinaba igual. Me calificó como indeseado, hijo de satanás y pequeño demonio. Ese mismo día apareció en clases de oraciones con una regla entre las manos. Con ella me señaló y me obligó a acudir al estrado, junto a la Madre Goreti.

  • Hoy el demonio se ha presentado en nuestra casa. La casa del Señor. – Miró a cada uno de los alumnos. – Vuestro compañero es fruto de la infamia de ateos, seguidores de la doctrina de Satán.  Su habladuría solo busca el daño al buen camino, camino que seguís todos vosotros. – Señaló a la grada con aquella inquisidora regla. – Pero vuestro compañero, ha desoído el llamamiento de nuestro señor. A comenzado a andar por sendas funestas. Y el demonio le habla. – Cruzó los brazos, dejando entrever la regla. – Desde hoy, hasta que yo lo diga; está totalmente prohibido mantener cualquier tipo de relación con él. Vuestro compañero debe purificarse. Y lo hará con el dolor. Nada de lo que diga será verdad, por eso, no podéis hablar con él.

Aquella mujer me miró. Burló una sonrisa entre sus dientes y extendió el brazo que portaba la regla.

  • La sal cura las heridas y el dolor sana el pecado. Fortalece el espíritu que mancillaron tus padres. ¿Has hablado con Satanás?
  • No. – Dije ya entre llantos. –
  • ¡Mentira!

La regla de madera surcó el espacio que había entre ella y yo. Un silbido indicó que la fuerza que empleaba en aquel movimiento me iba a pasar estragos. La parte plana se estrelló contra mi moflete y parte de la nariz. Pude sentir como se despegaba la regla de mi piel cuando retrocedió el brazo. La sangre invadió los capilares allí donde el impacto había hecho resonar un `Plas´.

No me quedó más remedio que llevarme las manos a la zona afectada. El calor me irrumpió junto al dolor y las lágrimas. Salivé sangre y oxido. Rebusqué con la lengua la herida, mientras los mocos me bajaban como dos afluentes al mar.

  • La sal cura las heridas y el dolor sana el pecado. Fortalece el espíritu que mancillaron tus padres. ¿Has hablado con Satanás?
  • Yo… yo… No madre Hinojo. – Resguardé mi rostro tras las manos.
  • ¡Mentira!

Nuevamente la regla sobrevoló el aire. En esta ocasión fustigó su velocidad contra los antebrazos.

  • Retira las manos del rostro. Deja que tus compañeros vean la cara de aquel que miente. – Gritaba. –

Me resistí a deshacerme de mi protección. Pero más se resistía Madre Hinojo a no ser purificado. Pidió a Madre Goreti que me agarrará las manos, llevándomelas hacia la espalda, donde no pudiera hacer fuerza para auxiliar mi rostro.

                Desprotegido, repitió la acción. Golpeó mi rostro una vez, impactando en la nariz; golpeó mi rostro una segunda vez, impactando en el labio; golpeo mi rostro una tercera vez, volviendo a impactar en mi nariz. Golpeo mi rostro una cuarta vez, una quinta vez, una sexta vez… No sabría decir cuántas veces marcó su objeto de castigo sobre mí. En sus últimos ataques cambió la postura de la regla. En vez de darme con la parte plana, pegó con el pequeño, y más duro, canto de la tablilla. Como si fuese un hacha en plena carnicería medieval, machacó mi rostro. El ultimo impacto terminó cayendo sobre el ojo.

                Era tanto el dolor, que apenas lo sentía. Liquido ocular se deslizó entre cortes y cardenales, manchas de sangre coagulada. Todo se centró en el ojo, donde sentía un ardor que amenazaba con desmayarme. Intenté abrirlo, pero no tenía fuerzas. Finalmente, no tuve otra opción que caer de costado al suelo. Llevé los dedos al ojo. Le sentía hundido y vacío.

                Oí hablar a Madre Hinojo con mis compañeros, luego con Madre Goreti y luego, … no lo recuerdo bien. Con el ojo bueno divagué entre los pupitres. Vi a mis compañeros expresando odio hacia mí. Algunos me señalaban con el dedo y se reían. Quise escupirles a todos, pero solo conseguí manchar el suelo de un acuoso esputo de sangre.

  • Silencio. – Gritó Madre Hinojo. Todos recuperaron la compostura y guardaron las risas. – Vamos a rezar por la salvación de vuestro compañero. Guiemos el camino con la verdad. Un padre nuestro para esta alma endemoniada.

 

< Padre nuestro que habitas entre los cielos. Santificado es tu nombre, tanto en la tierra como en el cielo. Ven a nosotros con tu reina…>

Una unificada oración armonizó el aula.

  • Ayúdame con el chico. – Le dijo en esta ocasión a Madre Goreti, mientras, los niños rezaban. – Lo vamos a llevar a la enfermería. Curaremos sus heridas con sal, para que limpie sus pecados.

Si alguien mirará mi rostro, observaría con desprecio las marcas de aquel día.

No serían las ultimas. Ver a los muertos no me ha conllevado nada bueno, solo dolor.

                Madre Hinojo murió tal y como ella mismo me dijo. A los pocos días de aquello se la encontraron ahogada en el pozo del convento. Todos creen que cayó al fondo intentando hacerse con el cubo. Pero no fue así. Me hubiese gustado decir la verdad, pero creerían que todo era fruto de mis charlas con el demonio. No me apetecía alargar más mi limpieza espiritual.  Una horda de preguntas me sacudió aquella mañana en la que murió. Y algún que otro golpe. Siempre me pedían que dijera la verdad, que con cada mentira estaba más cerca de vender mi alma al diablo.

                Una vez, como limpieza, intentaron ahogarme en el pozo donde había fallecido Madre Hinojo. Me metieron en una caja de madera y me lanzaron al interior atado junto a una cuerda. Por suerte, Madre Esperanza los convenció para que me sacaran de allí. Fue de las pocas veces que vi algo de certidumbre en mi vida. Aunque por poco tiempo, fue destinada a una misión en una comunidad de Carmelitas Descalzas.

                Estas y muchas otras historias hacen que, a mis cuarenta años, me vea sujeto a la soga que me separa entre la vida y la muerte.

 La poca claridad que entraba por la ventana, por culpa de un estampado de nubes que surcaba los cielos, hacía que aquel momento fuese especial. Nunca me había gustado la luz. En ella podía encontrar la cara de las cosas que se ocultan tras la mentira. Aunque suene raro, podría decirse que: La luz daba la oscuridad que realmente tenían las cosas.

                Ya tenía la cuerda abrazada a mi cuello. Ajusté el tamaño con un costoso tirón del nudo. Una vez apretada, doblé las rodillas y dejé caer algo de peso sobre el sistema de cuerda. La tubería donde la había amarrado resistió el poco peso que le permití sostener. Entonces creí que aquello aguantaría.

La silla de mimbre que me agarraba, crujía con cada movimiento. Pensé que caería antes de tiempo, cuando, al apoyarme cerca del borde, dos de las patas se levantaron haciendo un gesto de vuelco. Fui prudente y recuperé el fino equilibrio de la vida.

                Entonces, la ventana me ofreció la imagen de un entierro que transcurría por la avenida.

Un coche funerario a marcha ralentizada divagaba por la calle. Envolviéndole, cuatro coronas de pétalos secos. Al mismo ritmo que el coche avanzaba, las coronas iban desgranando su contenido, creando un manto descolorido. Vigilante y como único asistente; una anciana vestida de mantilla. El rostro estaba cubierto por un velo negro. Con cada paso, arrastraba pétalos que se quedaban atrapados en su vestido. Retozando entre su pecho, protegiéndolo de miradas inexistente, un marco apresaba una imagen.

La anciana, como si supiera que la estaba mirando, volvió el rostro hasta la ventana. En unos segundos su rostro me fue familiar, y en menos tiempo aun, deduje que era Madre Hinojo. El difunto al que velaba, yo.

En aquel momento fue cuando las piernas me temblaron, perdí el equilibrio, la silla y la vida.

Uno siempre ve la muerte de los demás y la suya misma. Yo no hablaba con los muertos, ni con el demonio; simplemente sabia escuchar las señales. O sencillamente, sabia y reconocía la verdad, tarde o temprano pasamos por la misma soga.

 

 

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