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7 min
Nacerás en Mogadiscio (II)
Varios |
24.05.18
  • 4
  • 2
  • 2014
Sinopsis

"Quiero vivir"

A lo que me di cuenta estaba en el aeropuerto de Barajas cogiendo un avión para Mogadiscio vía Estambul. Llevaba lo puesto y una maleta con algo de ropa. Creo que todo fue tan rápido que no me dio tiempo a pensar en lo que hacía; pero tenía la sensación de dejar atrás una vida que no quería, que me había atrapado y en la que me había zambullido sin pararme a pensar si era eso lo que realmente quería hacer. Conforme el avión avanzaba notaba como mi vieja existencia iba desprendiéndose de mí, poco a poco, retirándose como tentáculos pegajosos que no quieren soltar a su presa. Pero la presa volaba.

Llegué a Ataturk y ahí tomé otro avión para Somalia, para Mogadiscio. Cuando vi el aparato en el que me iba a montar empecé a intuir lo que era África, aunque la verdad es que no tenía ni idea de lo que me esperaba.

Nunca me había preocupado por África, ni por su geografía, ni por nada, no tengo ni idea de los países que crucé, imagino que cruzaría Egipto, me pegaba a la ventanilla a ver si veía las pirámides, “buf”, menudo gilipollas.

Al final llegué. El viejo párroco me había prevenido, me había dicho que Mogadiscio era la ciudad más peligrosa del mundo, una ciudad asediada por una guerra civil endémica a la que se sumaba el terrorismo de grupos islamistas del sur de Somalia. Cuando pisé tierra saboreé el aroma de África, el continente olvidado, donde los parias de la tierra se matan en luchas tribales sin fin, donde las niñas suplican desesperadas vivir.

Era el aroma de los miserables; pero sobre todo era el aroma del peligro. El ambiente era tenso, todo estaba lleno de militares, al parecer el gobierno de Somalia dominaba la capital, y el ejército regular, o al menos ese era su nombre oficial, controlaba las calles de Mogadiscio desde que hacía unos años el grupo terrorista Al Shabab había entrado pegando tiros en el centro de la ciudad. Daba la impresión de que en cualquier momento te podían matar, y lo que es peor, que a nadie le importaría.

Tras bajar del avión anduve rápido por una calle destrozada donde a ambos lados se erguían a duras penas edificios llenos de boquetes. Parecía andar por una calle post apocalíptica. Unos cuantos militares se parapetaban en un viejo edificio en ruinas, me miraban, ellos y los pocos hombres que me cruzaba. Todos me miraban mientras daban caladas nerviosas a sus cigarrillos. Ser blanco en Mogadiscio era como llevar una diana en la cabeza. Los secuestros de los islamistas estaban a la orden del día, dinero a cambio de la libertad o el alfanje en la garganta, ese era el juego. Y a ese juego jugaban todos, hasta los soldados del mal llamado gobierno, que con sueldos míseros siempre estaban prestos a vender a algún blanco incauto a los islamistas de Al Shabbab.

Cuando llegué a la puerta del hotel aún me temblaban un poco las piernas.

El viejo párroco me había dado una dirección donde estaría el enlace de la organización esperándome. Era en el hotel más cercano al aeropuerto, el único donde se alojaban los miembros de las naciones unidas y de las oenegés. Sus lustrosas fachadas contrastaban con las ruinas que lo rodeaban por todos lados. Cuando llegué el encargado de la recepción me dio su discurso de bienvenida. Me dijo que en mi habitación había un chaleco antibalas y un casco que debería ponerme cada vez que saliera del hotel.

Subí a la habitación y dejé la maleta. Era una habitación bastante confortable, y hasta tenía un baño incorporado. Encima de la cama estaba el chaleco y el casco, me los puse y bajé al hall. El enlace de la organización tendría que estar allí. Oteé toda la sala, pero no vi a nadie a parte de una mujer discutiendo con el encargado del hotel. Llevaba un velo ocre y estaba alterada.

—¡Te pagué por la mercancía el precio que me pediste! –le gritaba consternada-. ¡Tienes que entregármela!

El encargado negaba sin parar a cada palabra.

—Eso es lo que valía la semana pasada – le dijo-. Han cerrado la carretera de la costa, los alimentos tardaran en llegar y ahora ese cargamento vale el doble.

—¡Pero teníamos un trato! -la mujer golpeó con la palma de la mano el mostrador.

—Lo siento, vale lo que vale.

El empleado se marchó dando por terminada la conversación. La mujer se giró y me vio.

—Vamos, no perdamos tiempo, tengo el jeep fuera –me dijo.

Sin mediar palabra la seguí. Subí con ella al jeep de copiloto. Detrás iban tres soldados armados, o más bien tres hombres armados ya que no estoy seguro de que fueran soldados. La mujer comenzó a conducir pensativa, en silencio, un silencio que me incomodaba.

—¿De qué mercancía hablabais? -pregunté para romper el hielo.

Silencio. Miraba al frente de la carretera con los ojos entrecerrados. La observé atentamente. El velo solo le dejaba al descubierto la cara, una cara de ébano, producto de la mezcla de la raza blanca y la negra, pensé. No era guapa; pero había algo en ella que cambiaba el ambiente a su alrededor. Me costaba retirar la mirada de su rostro.

—Cuatro días –dijo de repente-. Nos queda comida para cuatro días. La mercancía de la que hablábamos era comida para el hospital. Comida para mis niños. Sin ese cargamento solo nos queda comida para cuatro días.

—¿Pero y toda la ayuda internacional que llega? El padre Ángel me contó que llegan barcos de Europa cargados de comida a Bosaso y que de allí la distribuyen. ¿Dónde está toda esa comida?

Ella dejó escapar una sonrisa irónica.

—La comida que llega a Bosaso la controla un señor de la guerra de allí, tras quedarse su parte la manda para Mogadiscio donde el gobierno coge otra parte. A ellos no les falta de nada y lo que les sobra lo venden a la gente.

—¡Pero los barcos son europeos! No me puedo creer que le descarguen la ayuda internacional a un señor de la guerra.

Volvió a mirarme como si fuera un niño.

—Lo barcos no solo traen comida. También traen armas. Occidente hace negocio aquí –me dijo sin quitar la vista de la tortuosa carretera que serpenteaba entre edificios blancos como perlas y semiderruidos. Pensé en lo bello que sería ese sitio sin guerra.

—¿Y qué pasa con el hotel? - le pregunté.

—¿No te has fijado en su hermosa e intacta fachada? El hotel lo controla Al Shabbab, es desde donde regulan su parte del tráfico de alimentos que les toca. Es la boca del lobo de los islamistas, pero en el fondo todo es una farsa donde todos se enriquecen.

Vi que una lágrima caía por su rostro, surcándolo lentamente. Se giró hacia mí. Por primera vez me miró calmada, noté una terrible melancolía en las profundidades de sus ojos.

—Somos los parias de la Tierra – susurró secándose las lágrimas-. Me llamo Imana –me dijo tendiéndome su mano-. Bienvenido a Somalia. 

 

 

(CONTINUARÁ…)

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