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5 min
NADA ES LO QUE ERA DESDE QUE BOABDIL DEJÓ GRANADA
Reflexiones |
20.09.07
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Sinopsis

Ha vuelto el Ramadán. La nostalgia me invade algunas noches parecidas a ésta; el aroma de harira se expande entre las paredes de la kasbah; legumbres, carne y hortalizas proyectan sombras chinescas con sabor salado; fuentes de couscous, servidas en enormes fuentes de tayine, donde se mezcla el cordero con la sémola y las verduras; la Pastilla, con sus delgadas capas de hojaldre que ocultan carne de pichón, especias y canela perfumada; dátiles en rama y esos dulces ambarinos que brillan embadurnados de pistachos y miel. Para aliviar la digestión, nada mejor que una taza de ardiente té con menta, mejorana o azahar. El té con menta es un alto en el camino, es una hospitalidad generosa, es compartir la existencia con los que se prestan a hacerlo, con los que buscan con avidez nuevas experiencias, pieles lejanas, susurros sin horario en mitad de la noche, mientras fuman una sisha que ellos se encargan de rellenar con carbón y tabaco prensado al aromas de frutas.

Ramadán. Fogatas en cualquier bidón viejo que cualquiera sabe qué contuvo, y risas que se escapan entre los dientes destartalados de cualquier habitante de las Áfricas, ya que en la mayoría de los pueblos de África, los sacamuelas no utilizan anestesia, y los que tienen problemas con sus dientes, continúan con ellos hasta la eternidad, hasta el momento mismo en el que deben enfrentarse con el juicio de Alá, allí donde les esperan las huríes, fuentes de agua fresca y el eterno paraíso prometido.

Ramadán. En las ciudades y en el desierto sur. El lánguido masticar de los camellos, sentados sobre sus patas. Las pestañas polvorientas llenas de lodo o de arena del desierto; su mirada indiferente, descansando a veces sobre los lomos de los turistas que lo fotografían todo. El sonido de los tambores en la oscuridad de la nada; las tiendas de pelo de camello, plantadas entre dunas de color canela. Las estrellas, que tapizan el cielo de un barniz plateado. El ascenso armonioso de las volutas de humo del narguile; los sueños; los sueños de los guías, que sueñan con viajar a Europa, con vivir en Europa, con tener un coche y un trabajo y una esposa europea, aunque solo sea una; y un traje con pantalón y chaqueta. Los sueños de camelleros como Alí, Mustafá, Mohamed, que cambiarían la soledad serena en la que viven, por el bullicio de cualquier ciudad de Europa.

El ruido de los coches resulta ensordecedor algunas veces, pero en cambio, su alegría es contagiosa. Dentro de esa anarquía libremente elegida, los burros cruzan a sus anchas dejando una estela de excrementos a su paso sin que nadie le dé importancia. En su mundo, es casi una constante el perfume de menta que flota en los pequeños tenderetes donde se reúnen a comer, donde emergen de la nada colores y efluvios de distinta procedencia. El tiempo se detiene en África, aunque el Ramadán continúa su ritmo lento, cadencioso, avanzando únicamente once días cada año con respecto al calendario solar, como manda el calendario lunar por el que se rigen.

Duro resulta levantarse al alba para rezar sobre una minúscula alfombra mirando a la Meca. Sigue siendo duro continuar con esa oración otras cuatro veces al día. Ayunar durante todo un mes y cada día; es decir, desde la primera oración de la mañana, no comer, no fumar y no beber. Ni siquiera agua. Así, trabajando como en una jornada normal de cualquier otra época, deben esperar con paciencia la caída del sol para poder reunirse y convertir la calle en una fiesta. Es entonces cuando todo ser vivo es un amigo; cuando la calle se convierte en una feria humeante de rostros que brillan en la oscuridad, igual que linternas; entonces cuando cualquier paseante te ofrece su hospitalidad sin límite.


Desde que Boabdil dejó Granada, nada es lo que era. Allí se quedaron las fuentes, las acequias y el agua. Dosificada en pequeñas cantidades, cinco veces al día, solo para las abluciones o para beberla, resulta difícil imaginar un grifo dentro de un lavabo o una bañera en una de esas casas de adobe en las que viven. El agua que corre libremente, la de los ríos cuando los hay, es para lavar la ropa y los utensilios de cocina, y para que los niños jueguen y rían sin control.

¡Ay! Pobre Boabdil, qué duro debió resultar alejarse para siempre de esas fuentes cristalinas, de las interminables siestas de la Alhambra, de los baños aromáticos y las flores rompiendo en mil colores, de los manjares y la cálida brisa del comienzo del otoño. Qué difícil celebrar el Ramadán en las Alpujarras, privarse de tanta belleza casi al alcance de la mano. Boabdil, te imagino, rey de Granada, llorando erguido en tu caballo oscuro, engalanado de túnicas orientales para un largo viaje sin retorno, camino de Marruecos; puedo sentir tu dolor cuando tu madre, Aixa, te dijo: no llores como mujer lo que no supiste defender como hombre; tu suspiro, tu último suspiro, emulando tu reino perdido; tu sueño lejano, ese sueño melancólico que habitaba en Granada y que dejaste atrás, flotando entre aromas de buganvilla y hierbabuena.


Ha vuelto el Ramadán, pero nada es lo que era desde que Boabdil dejó Granada.

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