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3 min
Nada oculto bajo el sol
Drama |
24.11.21
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Sinopsis

Orejas’ era un típico delincuente callejero, viejo conocido de las autoridades, siempre implicado en hurtos menores y atracos con arma blanca. Acumulaba un rosario de capturas y retornos a la calle.

‘Orejas’ era un típico delincuente callejero, viejo conocido de las autoridades, implicado siempre en hurtos menores y atracos con arma blanca. Acumulaba un rosario de capturas y retornos a la calle. Como cualquiera de su oficio se gastaba la vida rastreando la ocasión propicia. Y la encontró hace unos días en el interior de un vehículo parqueado en una vía aledaña al edificio de Villamarista, cerca a los Juzgados. Un chaleco antibalas como un sol. Sin duda un gran botín. Se buscó la manera de abrir el auto, tomar la prenda y escapar. ‘Orejas’ se sentiría dichoso aquel día. No le debe haber costado mucho encontrar un nuevo dueño para el chaleco cuyo legítimo propietario era un escolta adscrito a la Unidad Nacional de Protección.

Pero claro, “no hay nada oculto que no haya de ser manifiesto, ni secreto que no haya de ser conocido y salga a la luz”, dice el evangelio. Y menos hoy en día, con cámaras de seguridad en cada esquina. Más en el mundo de la delincuencia; si se indaga en las fuentes apropiadas, si se conoce a algún bandido delator o a un policía bien enterado. El escolta entonces preguntó aquí y allá, hizo sus averiguaciones y finalmente dio con el temerario caco, alias Orejas que nunca llegó a sospechar que aquel día en que se encontró ese chaleco como caído del Cielo, no era el de su suerte, y que la misma mano que le echaba encima, rubricaba su sentencia de muerte.

Cuando una persona es víctima de robo, la primera impresión es una especie de susto. Quien encuentra el vacío donde antes estaba la moto o el carro, queda en shock. Luego, lentamente empieza a emerger como un gran fuego interno, la ira, una necesidad salvaje de encontrar al culpable. La mayoría de las veces tiene que reprimirla porque no hay manera de dar con el delincuente ni recuperar nada. Pero en este caso, el escolta tiene sus recursos y sigue día tras día alimentando el furor de la venganza hasta que alguien le señala al causante de su desdicha. Lo encuentra en el Alfonso López. Lo encara y le exige la devolución. ‘Orejas’ tal vez se niega, o quizás promete algo que no va cumplir mientras recibe el primer disparo.

Desde el pavimento ardiente de la Calle Trece, con la boca llena de polvo contempla por última vez a su verdugo y entiende que es el fin. El segundo tiro lo sume en un letargo y alcanza a ver las botas del escolta subiendo a la camioneta blanca. Luego el ruido del motor que se aleja. Su última percepción del mundo debe haberse parecido a una larga línea horizontal, cortada por muchos pies que se aproximan a la escena. Y el estrépito de los frenazos.

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    Orejas’ era un típico delincuente callejero, viejo conocido de las autoridades, siempre implicado en hurtos menores y atracos con arma blanca. Acumulaba un rosario de capturas y retornos a la calle.

    Sale un hombre joven, puñal en mano, a buscar su botín del día y acaba tendido sin vida en uno de los prados adyacentes al histórico puente de La Custodia, junto al del Humilladero,

    Si señores, como lo han leído, se trata del hurto de unos cerdos. Marranos, guarros, cochinos, puercos, chanchos o como bien quieran llamar a estos nobles animalitos.

    Es un día caluroso. Cuatro personas entran bulliciosas y sedientas. Para mala suerte de la propietaria no le piden nada embotellado, pues a una de ellas le pareció buena idea un delicioso jugo de naranja natural y los otros se antojan. Y ahí empieza el suplicio.

    Perros domésticos se han vuelto salvajes por culpa del hambre

    Mirando al vacio

    tedios y recuerdos

    La casa vacía

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