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8 min
Nada personal
Varios |
07.12.16
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Sinopsis

Para leer escuchando a Cerati. https://www.youtube.com/watch?v=LB6_e2uA7rE

Nada personal.

Buscaba algo que le sacara el mareo, que lo botara por la ventana para que se pudriera en el jardín, a ver si con eso crecían las margaritas artificiales de una buena vez y la vecina de enfrente notaba que vivía al lado de un genio sensible y atento con la suficiente paciencia para intentar florecer adornos en invierno. El mareo se fue volando con el chute de vodka de naranja que había estado mal evitando toda su vida, se evaporó por encima de su cabeza, era algo físico, se había dejado convencer, un agua espesa que se empoza en algún lado y que los filósofos y los psicólogos habían complicado demasiado.

     --- No la vas a encontrar ahí --- estiró, flexible, Robinson desde el sofá. Robinson el irónico. Lo miraba con la indiferencia de plástico de quien busca una reacción, como un adolecente. Las cejas espesas saliendo del tabloide y la calva brillando con la luz verde de las seis de la mañana. Robinson el perro. Tenía el Larousse en la mesita del frente.

 La manía que tienen los estúpidos de ser sarcásticos tiene que tener su propia publicación científica.

       --- Búscamela tú, pues. ---- respondió y se prendió un cigarro. El primero del día. Le dio una calada con la zurda –ultra-ché-rías- y lo apago en el escritorio, al lado del cenicero.  El humo bajó trotando por la garganta seca.  Sacó otro de la caja, apretó el botoncito azul de la menta y se lo lanzó al Robinson como una lanza romana.

     --- ¿Por la “Be-chika” o por la “Sé”?

 Rió con ganas.

   --- Mira, llamó Liliana --- dijo Robinson rompiendo la carcajada.

    --- ¿Si? Yo no escuché nada.

    --- Es que hablamos bajito.

Se lo quedó mirando con una ceja enarcada hasta que se dio cuenta de que no iba a devolverle el favor. ¿Cómo se podía tener tan buen humor un lunes por la mañana? Lo vio forcejear con la hornilla eléctrica del mesón de marmol. El yesquero estaba encima a dos focos de atención de distancia.

     --- ¿Es verdad esto? --- bajó el periódico al regazo con el dedo índice en un encabezado gigante --- Van a cerrar La Globa, dice aquí.

Se le sentó al lado. El artículo era de opinión. No pudo contener la risa.

    --- La va a cerrar tu presidente.

Ahora empieza el día.

Robinson no respondió. Pensó que hablaba en serio, y en la casa no se habla de política en serio, él no habla de política porque no sabe hablar de política, sabe gritar de política, aullar de política, pelear y graznar de política si está borracho, pero hablar, no. Era su único aporte a la convivencia en la casa y  la única regla que seguía estrictamente.

   --- No escuché el teléfono. ¿Qué quería? --- cortó Luis Ignacio.

Pareció desconcertado un segundo. Cayó en cuenta.

      --- ¿Lili?--- dobló el diario y lo puso entre los cojines--- Quería que le preguntaras como llegó anoche, pelotudo--- dejó de intentar prender el cigarro y se lo guardó en el bolsillito de la camisa. --- Estás perdido de insensible. Sabes cómo se pone, para eso estamos al fin y al cabo, ¿no?

Estamos.

       --- Se me pasó. --- le alargó el zippo a Robinson, pero este lo ignoró como a posta. Demasiado tarde, el cigarro ya no existía en su universo.--- Vine re cansado, me estuvo emborrachando toda la noche. ¿Si ya sabe cómo me pongo…  

     --- Te quería cojer ---  dejó caer.

Ya había pasado un mes desde que se venciera el acuerdo tácito de no volver a hablar del tema. Le había sorprendido gratamente que Robinson lo hubiera dejado cicatrizar.

    --- No es mi turno --- trató de sonar lo menos a la defensiva que pudo --- Ella siempre me llama al cel.

--- No vales tanto la pena --- sonrió, canino --- No llamó para eso, lo comentó nada más. Me dijo que nos invitaba a un lugar en el centro que era “la bomba” --- se suicidó con el índice--- Esta noche. Y te dejó dicho que tu hermana pasó buscándote por la residencia, que había una cosa de una herencia, una tía uruguaya, un cuento así.

El chiste no era gracioso o lo había contado mal.

--- ¿Qué?

 --- La puse en altavoz mientras hacía café. En el microondas está el tuyo. Y me quedó que se te murió una tía lejana y que hay un terreno que van a vender y te toca algo o una cosa así.

  --- ¿Por eso tan cariñoso conmigo, no?

  --- Yo te amo desde pobre --- le guiñó un ojo.

  ---  Bueno, yo hablo con ella de paso al mail. --- sacó la taza de café y le echó azúcar sin probarlo.

No supo por qué Ágata lo había ido a buscar a la residencia si sabía que se había mudado hace meses. Mentira, si lo supo, y al momento. Era para no encontrarse con Robinson, el oligofrénico de Robinson. Robinson el oligofrénico. Así le dijo una vez, y en su propia cara. Seis sílabas, respondió Robinson y lo buscó en el diccionario inmediatamente. A nadie lo herían con tantas letras, se pierde impacto. Sospechaba que había algo más que solo desagrado por lo profesionalemente desagradable que era Robinson, y lo imposible que era sentarse a hablar de algo serio cerca de él. Muchas veces la vio riéndose de sus chistes malos y celebrándole una bravuconada de instituto. Mucho doctorado y tal pero seguía teniendo debilidad por los imbéciles. No distaba mucho el uno del otro, si te lo ponías a pensar. Pero no iba a ponérselo a pensar. Se podía encontrar un Robinson en todos si uno quiere y ya le bastaba con uno.   

Además, siempre le había caído bien Liliana. Desde que se la presentó por casualidad  -llegó de visita sorpresa, llevaban una semana viviendo juntos, dos de conocerse- se prendó de ella más que él. Tenían los mismos gustos en música, coleccionaban vinilos de jazz negro; Ágata al menos tenía tocadiscos donde escucharlos. Prometieron que iríamos todos un día a probarlos en su casa, pero no dio tiempo. También hablaron de libros y de él, por supuesto, y no pudo evitar asustarse al notar como ambas se referían a él como de un niño chiquito. No por nada, era muy autoconsciente y estaba acostumbrado a reclamarse inmadurez; lo que le inquietó fue que Liliana se diera la libertad de conocerlo tan bien, y mucho peor, a describirlo como si lo conociera tan bien. Y la sonrisa de complicidad de su hermana. No había pasado un mes desde que lo conociera, ni una hora desde que supiera siquiera que tenía una hermana y ya hablaban con una familiaridad maternal que era como si él se hubiera perdido la parte de la conversación en la que habían decidido lo que le quedaba de futuro. Fue lo que echó los planes de la tarde por la borda. En retrospectiva, ni estaba molesto porque Ágata hubiera dejado la noticia de la muerte de papá para cuando iban saliendo al centro. En retrospectiva, había querido evitar esa salida que parecía firmar una especie de contrato que no le habían dejado leer. Y lo hizo. ¡Y como lo hizo! Nunca había estado tan ofendido en la vida. Se le saltaron las lágrimas como si esperaran las palabras mágicas y se quedó parado en el portal mientras ellas seguían caminando hacia al carro. Liliana tardó en darse cuenta, solo lo necesario para que se molestara también con ella. La vio voltear cuando  trancó la puerta de un golpe.

Liliana entró e hicieron el amor. Su hermana no había mostrado señales de vida hasta ahora.

¡Soberbio!

Se queda.

El café se enfrió. No podía pensar y hacer a la vez, muy mal para un cajero de banco, aunque de pensar se encargaba la computadora. Muy bien para él, que no era fanático de ninguna de las dos cosas. Dejó la taza en el lavaplatos.

     --- Tráemelo --- lo detuvo Robinson antes de salir.

Le llevó el café y le sacó el cigarro del bolsillo.

 

 

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