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19 min
Necrofilia I (Primera Edición)
Reales |
13.09.18
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Sinopsis

Por Blanche Ezchbut - Dedicado a mi maestro, Rodrigo Ratero.

La verdad, para haber vivido lo que pasó aquella noche, hubiese preferido chupársela a un perro. Siempre me han gustado más los animales que las personas: al fin y al cabo, dan amor y compañía sin pedir nunca nada a cambio y, bueno... No puedo luchar contra sus caritas de cachorros cuando quieren comerme las ideas untadas en crema de cacahuete suave.

Habían pasado tres días desde que dejé la okupa donde vivía Emilio medio muerto del asco por problemas externos a nuestra ruda y ciertamente bonita relación del tipo <<el chivato por la boca habla y por la boca muere>>.

- Ciertos problemas deberían solucionarse a tiempo - me repetía una y otra vez mientras volvía a mi agujero con una chaqueta vieja prestada y frío en las piernas.

Me fumé el último porro que me quedaba después de haber pasado los últimos días dependiendo de Ratero; hacía ya tiempo que no tenía pasta ni para comer y no tenía dónde caerme muerta. Le debía un mes de alquiler al moro más barato de la ciudad y no me dejó volver ahí hasta que le pagué por adelantado antes de ayer.

La verdad es que Ratero se lo curró bastante conmigo dándome de fumar y aguantando mis mierdas existenciales. Mierdas que no existirían si no prefiriese fumar en plata a desintoxicarme y buscar trabajo, un curso o apuntarme al paro, pero nos gusta revolcarnos en el fondo del pozo de mierda, insultar y reírnos de la gente y hacer ver que somos colegas cuando en realidad sólo nos necesitamos para no estar solos.

Estaba amaneciendo o poniéndose el sol, creo; iba tan ciega que nunca estuve segura del todo.

Entré por la puerta de atrás, donde a veces también me sentaba a fumarme el buenas noches en las sillas vacías de la portería de enfrente donde las gitanas cantan por penas y alegrías cuando aún el sol brilla, resguardándose del calor.

De la cocina emanaba el olor de siempre a carne cruda especiada y limón; incluso a un poco de amoníaco. Me daba verdadero asco pasar por la cocina: parecía que hubiese entrado dentro del estómago de un puto moro recién comido.

La luz estaba apagada, pero no quise despertar a nadie. No sabía si los niños tendrían escuela o si sería fin de semana; ya no trabajaba y sólo me importaba pasar los días aburrida para ver qué podría venir después. Y, aunque ni siquiera le tenía cariño a la cama en la que me gustaba tirarme a comer techo, en aquel momento sólo me apetecía dormir doce horas del tirón y olvidarme de por qué estaba tan triste. Necesitaba cambios en mi vida pero no me apetecía pedirlos.

Toqué los marcos de las puertas hasta encontrar la mía: tercera puerta a la izquierda, creo.  La puerta chirrió más de lo habitual al abrirse.

El jodido olor más fuerte y asqueroso que jamás había azotado mi nariz salió de aquella habitación hirviente donde hacía más calor que fuera. Y eso que era verano. Unas cuantas moscas se me pegaron en la cara y no pude evitar echarme hacia atrás del susto, golpeándome con algo en la oscuridad y armando un estruendo terrible. Algo se cayó al suelo. Intenté encender la linterna de mi móvil, pero la luz del pasillo se encendió antes, vislumbrando que ni siquiera estaba cerca de mi habitación. El padre de aquella familia sin madre estaba sudando, mirándome con tez agresiva desde el final del pasillo y a punto de estallar en cólera.  Sus ojos se salían de sus órbitas y temblaban como si tuviesen vida propia mientras me maldecía en su idioma materno.

Corriendo, se abalanzó sobre mí, golpeándome dos veces y empujándome contra la pared. Creo que perdí el conocimiento unos segundos por culpa del basuco; cuando abrí los ojos de nuevo yo aún estaba de pie y él aún me estaba pegando.

El olor era cada vez más fuerte. Aquel mal parido me cojió del pelo y me tiró dentro de la habitación y yo me volví a quedar inconsciente.

No tenía ni puta idea de lo que estaba pasando.

Me desperté al cabo de poco rato por culpa del olor. No lo pude soportar y vomité enseguida a los pies de lo que parecía una  cama. - ¿Una cama? Si él duerme con los niños delante de mi habitación... - pensé mientras conseguía, forzosamente, ponerme en pie.

Encendí la luz.   Vomité otra vez.   No tuve palabras para describir lo que una mente pervertida y enferma como la suya había podido hacer. El cadáver en estado avanzado de descomposición yacía en reposo en una cama comida por los hongos, las larvas y la mugre. Aquel enfermo no tenía ni idea de embalsamar un cadáver para poder conservarlo y disfrutarlo mejor. Del techo de la habitación colgaban trampas para insectos abarrotadas de moscas muertas porque había demasidas revoloteando por todas partes, comiendo del cadáver y poniendo sus huevos en él.

O ella. En ese momento entendí por qué aquella familia no tenía madre.

La puerta estaba bloqueada. Aquel tío no me íba a dejar salir de ahí con vida y yo entré en un estado de pánico prematuro que se acabó transformando en adrenalina así que, entre el batiburrillo de emociones y el vómito, el morado de jaco que llevaba se me pasó de golpe.    Yo no quería morir allí. No iba a morir allí.

Me até un trozo de camisa rota a la cara para no desmayarme del puto olor a cadáver y para poder respirar hondo.  Repasé la habitación en busca de algún arma que me pudiese servir: un palo, algo con punta... Me defendería hasta la muerte con él. Lo primero que vi fue la lámpara de noche.

- ¡Te voy a matar, bastardo! -le grité.

Hubiese querido romper el cabezal de la lámpara contra la cabeza de aquella puta mora muerta, pero me daba demasiado asco mirarla. No por quien había dejado de ser, si no por lo que era ahora mismo. Quizá trozos de su cráneo y demás virutas de mierda me hubiesen salpicado en la cara y hubiese acabado cogiendo alguna puta infección. Así que golpeé la lámpara contra la mesita de noche, desprendiéndose de ella el cabezal y dejando sólo dos hierros bañados en oro falso barato para gente igual de falsa y barata que ellos.

- O él o yo - me repetía una y otra vez en un bucle que empezaba a rozar la paranoia.

Necesitaba actuar rápido. Aún no me podía creer lo que estaba pasando. ¿A qué puto enfermo se le ocurriría guardar el cadáver de algún ser querido y encima no hacerlo siquiera bien? Y en cuanto a mí... Aunque abrí la puerta, no me di cuenta de lo que había dentro hasta que fue demasiado evidente. Podría haberme dejado huir en vez de encerrarme dentro y complicar las cosas y yo ahora mismo podría estar con Ratero fumando jaco y hierba y viendo pelis de Der Todesking hasta las tantas de la mañana del día siguiente.

No tenía tiempo para pensar. A aquel hijo de puta no le había costado nada cogerme y arrojarme dentro de la habitación; no tenía por qué tener problemas de nuevo. Pero ahora yo tenía una posibilidad entre un millón de salir con vida de allí.

- No quiero morir. No quiero morir. No quiero morir.

Los pasos nerviosos que se oían al fondo se iban acercando más y con ellos una tremenda adrenalina y otras sensaciones que no supe identificar en un cóctel a modo de bomba que podría estallar encualquier momento.

Esperaba que hubiese abierto la puerta de manera agresiva queriéndome asustar, pero no fue así. Vi el cuchillo. Cerró la puerta, pero no usó la llave para bloquearla desde dentro.  Qué gilipollas.  Se quedó parado delante de mí, mirándome de arriba abajo con cara de zorra.

- Llevaba mucho tiempo queriendo entablar una situación que me permitiese follarte y destrozarte. Las mujeres de tu cultura sois todas unas zorras y la chupáis muy bien - el tío hablaba castellano mejor de lo que recordaba; yo a penas estaba en casa y ambos respetábamos nuestro espacio sin hablar para nada más que para el alquiler, así que digamos que, esta ocasión, fue nuestra conversación más larga -. Tú eliges si quieres pasarlo bien o no.

- Me pregunto si cuando te corres dentro del cadáver de tu puta madre muerta por enésima vez se te quedan pegados restos de roña y olor a podrido.

Él ni se inmutó.

- ¿Te la follas? Eres un cerdo. ¿Tus hijos han visto cómo te la follas o ellos también participan?

Me cogío de las manos y me arrastró con él hacia la cama. Cada vez que intentaba retorcerme, él apretaba cada vez más.  Intuí que sólo quería jugar conmigo: si hubiese querido, yo ya estaría muerta.  Me restregó la cara por donde pudo y yo volví a vomitar encima de aquel cuerpo. El tío se puso histérico. Se sacó la polla y se la metió varias veces hasta correrse igual de rápido que un niño de quince años.

Le gustaba de verdad.

Al estar tan cerca de aquel cadáver pude apreciar que no sólo había moscas ahí dentro: las moscas ponen huevos y los huevos se convierten en larvas. Mientras aquel hijo de puta restregaba mi cabeza contra las partes infectas y rígidas de aquel saco de mierda, yo me tragué bastantes larvas.  Tenía la constante sensación de que moriría del asco.

— Deja que me vaya, por favor — supliqué en vano con un nudo y larvas de mosca en la garganta —.

Me pegó varias veces y se excitó más; casi pierdo el conocimiento de nuevo. Creo que me había roto la nariz: a pesar de la cantidad de sangre que desprendía, no noté el golpe. No sentía nada.

Antes de que yo pudiese hacer nada, me colocó delante de él y me cortó la mejilla.  El sonido de los dientes de la hoja desgarrando mi carne en dos con dificultad y rudeza; la sensación de no poder esconder nada debajo de mi piel, expuesta a su puta carnicería y la impotencia de no poder hacer nada... Nadie sería capaz de olvidarlo nunca.

Un grito sordo salió del fondo de mi cuerpo. Un grito en vano.   

- Mira - me enseñó su asquerosa polla, aún erecta. Olía a podrido -. Si que se me ensucia un poco - en cuanto vi los restos de piel y roña volví a vomitarle encima y no pareció importarle -. Normalente me limpio, pero hoy me lo vas a hacer tú. Te vas a comer hasta el último trozo de mi difunta esposa y te lo vas a tragar. Si no lo haces, te cortaré poco a poco mientras repitamos la cena para que tardes en morir -.  

Me puso el cuchillo cerca de los ojos para que lo viese bien. Yo no sabía que hacer y perdí toda esperanza en salir de esa casa. Debería haberme quedado en la calle. O quizá no; quizá esto hubiese pasado la próxima vez que hubiese vuelto ciega y no hubiese tenido la capacidad mental suficiente de ir directa a mi habitación.  

Volví a vomitar, esta vez sólamente líquido.  

Se la siguió metiendo mientras yo vomitaba agua; aquel tío era un puto pervertido. Me rompió toda la ropa con las manos y me agarraba con fuerza mientras intentaba llevarme al extremo de la asfixia sin llegar a quitarme la vida.   

Ahora lo recuerdo como un pequeño y duro recuerdo, pero fueron los minutos más largos de mi vida. El olor se mezclaba con el sabor más asqueroso jamás experimentado; demasiado bizarro como para poder expresarlo con palabrería nimia y superficial.   

Pronto, las arcadas se cortaron y el sabor dejó de parecerme tan mal. Necesitaba sobrevivir al fin y al cabo.

Cogí la mano con la que él sujetaba el cuchillo y me agarré las tetas con ella, escupiendo negro sobre mis pezones. Empecé a chupársela sin apartar mis ojos de los suyos y me comía todo lo que encontraba con cara de zorra y mucha, mucha saliva. Tardó muy poco en volverse a correr en mi cara y yo lamí el resto de mis dedos, sonriente.  Ya no supe si me gustaba o no, sólo quería saber qué pasaría después.   

Aquello se convirtió en una escena al más puro estilo Deep Web que contenía un poco de todas las putas filias que más gustan a los más necesitados de amor o de... Bueno. Estímulos.   

Le sonreí; hasta me la puse entre las tetas. El tío enfermo se corrió dos veces, aunque la verdad, en aquel momento yo ya no supe decir quién estaba peor de los dos. Sabía que me mataría igual, o al menos era lo que intuía... Yo sólo quería divertirme por última vez o, incluso, esperar el momento propicio para salir con vida de allí. Una distracción. Un rasquicio de esperanza tan pequeño como la primera raya de keta de la vida de cualquiera.

Me presionaba contra él para que me la tragase hasta el fondo y su semen saliese a presión desde mi garganta taponada, con los ojos casi en blanco y un poco menos muerta que la tía de la cama, pero casi.  Incluso mientras se la chupaba no pude evitar pensar en cuánto tiempo debía llevar muerta. 

Y así siguió un periodo de tiempo que no sabría cuantificar, metiéndomela a mí en la boca y dentro de lo que quedaba de aquel coño en un bucle que sobrepasaba los límites del kaos y la locura, en una orgía necrófila y de abuso allá donde se pudiese mirar. Y lo peor de todo es que me empezó a gustar.   

Poco después me cansé de aquel rollo tan extravagante y decidí actuar pasase lo que pasase. La experiencia había estado bien, pero aquel tío parecía que iba de viagras hasta el culo y no pretendía parar nunca. Y yo me estaba empezando a marear de la pérdida de sangre.  Le mordí los huevos y me manché de sangre y semen desde la cara hasta el ombligo.  Nunca le había hecho tanto daño a alguien, pero una sensación de placer extremo mejor que cualquier droga que hubiese probado antes, invadió todo mi cuerpo mientras oí a aquel cerdo chillar, echándose para atrás y retorciéndose como un puto gusano entre su propia sangre y agitando el brazo intentando apuñalar al aire.   

No hubo espacio para los remordimientos.   

- No suelo hacer esto durante la primera cita, ¿sabes? - se cagó encima mientras yo recogía la lámpara del suelo -. Que asco, colega. No quiero saber por dónde te habrás meado, aunque con la cantidad de sangre que hay, tampoco íbamos a saberlo. Das mucho asco, de verdad.  Supongo que como todo el mundo aquí te tiene asco no quisiste deshacerte de la única persona que te ha querido. ¿Qué se siente al notar por la calle que todas las personas que pasan a tu alrededor te miran con cara de asco?   

Se hizo una pausa rota por los sonidos de agonía de mi casero, desangrándose. Me gustaba oírle.    Iba a morir en nada.   

— La verdad es que me alegro de quitarte todo este puto dolor — murmuré para mis adentros mientras lanzaba un esputo negro al suelo. Una pequeña arcada subió desde mi estómago.  

— Joder, después de todo estoy viva.   

Le acorralé contra la pared, clavándole los dos hierros aparentemente dorados en los intestinos. Se le cayó el cuchillo. Ni siquiera tenía fuerza ya para atinar con esa mierda.  Hubiese soportado todos los cortes que hubiese querido hacerme; el resultado hubiese acabado siendo el mismo. Ya no sentía aquello a lo que suelo llamar dolor y, en cuanto a él... Parecía un saco de mierda moribundo y maltratado.   

Peor que me había tratado a mí.   

Saqué los hierros de su tripa y se lo clavé en los pulmones. En el fondo y aún habiéndome hecho sufrir tanto, fui compasiva y devidí acabar con su vida lo más pronto posible. Creo que le di en el corazón porque murió al instante.   

Sólo hubo un pequeño detalle que no me permitió salir de allí.  Noté un dolor agudo y  a la vez casi imperceptible en mi espalda desnuda. El hijo pequeño me había clavado algo en la espalda, y yo le forcé a no sacarla de ahí o me desangraría en poco tiempo.   El primer golpe se lo di en la cabeza con la lámpara y le giré la cara. Le cogí de ese puto pelo perfecto y engominado que tenía y le apalicé hasta desfigurársela. 

— Ojalá estuvieses vivo, cerdo —pensé mientras arrastraba a su hijo al lado de él —. Me estoy empezando a arrepentir de haber sido tan benevolente contigo.   

Me mareé, cayendo al suelo. Sólo faltaba algo para poder salir de aquí con vida y era la hija mayor. Era una niña de dieciocho que aparentaba diez menos. Tonta y pánfila como ella sola. Ojalá que estuviese dentro de un armario a punto de llamar a la policía. Yo tanpoco podría aguantar mucho tiempo más.  

Salí de aquel agujero lleno de cadáveres, sangre y semen. Si se hubiese grabado, posiblemente hubiese sido la peli snaff más polémica de la puta historia.  Encendí todas las luces a mi paso, manchando el pasillo con mi historia y buscando a esa niña por todas las habitaciones. La encontré dentro del armario, evidentemente, asustada y con los ojos abiertos y mirando a la nada justo antes de mirarme a mí llena de sangre. Gritó tanto que me asusté. Le clavé el cuchillo en el cuello, haciendo que durmiese para siempre y que no tuviese que enfrentarse a lo que había dos habitaciones mas allá.  Una niña que sabe que lo ha perdido todo no vuelve a ser una niña jamás.   

Demasiado baño de sangre por hoy.   

Se había acabado. Algún vecino seguro que ya habría llamado a la policía al escuchar los gritos. Me retendrían hasta aclarar este asunto y yo pasaría, por lo menos, treinta años en una celda por haber matado a un padre de familia y a sus dos inocentes hijos. Eso, o haber fingido locura y haber pasado otros treinta años empastillada en un psiquiátrico por no poder desenvolverme en esta nuestra ordenada sociedad.   

Volví a la habitación.  

Azoté un par de veces en la cara a aquel niño hasta poder conseguir que volviese en sí, pero no dio resultado: me los había cargado a los tres.   

El padre se había muerto con la polla dura y parecía que no se le iba a bajar nunca más, así que decidí acabar lo que habíamos empezado; se la había chupado muchísimo pero no me la había llegado a meter. Y yo necesitaba relajarme después de toda aquella mierda.  Lo tiré en el suelo; me costó un poco pero  pude incorporarrme encima de él. Ya estaba un poco tieso.   

Me la metí mientras miraba a su hijo: él no tenía la culpa de nada y mira cómo había acabado. Un puto felpudo, igual que su padre. Lástima que el niño no se hubiese muerto con la polla dura. Me hubiese acabado de divertir con él también. Tardé poco en correrme; es increíble lo poco que tarda en llegar el placer cuando se da a uno mismo.   

Recogí mis pantalones del suelo, aún me quedaba una chusta doblada y rota de tabaco que me había encontrado en el suelo porque no tenía ni para comprar, me senté en una esquina al lado de aquellos tres cuerpos despojados de vida y me lo fumé.  

Es increíble que la poli y las ambulancias tarden más en llegar que una pizza; yo de allí no iba a salir y después de aquella experiencia acabaría sin disfrutar de nada porque nada se le parecería. A no ser que volviese a matar a alguien. Qué aburrimiento.  

Qué aburrimiento.  

Tanto, que en vez de querer pasar el resto de mis días haciendo sudokus en una celda y comiéndole el coño a una negra gorda, cogí el cuchillo con el que mi casero intentó matarme y presioné mi muñeca izquierda con fuerza. 

Qué paradoja; al final ese arma se lleva mi vida.  

Miré a mi alrededor, todo manchado de sangre, semen y fluídos, con dos cuerpos tirados en el suelo desangrados y uno en la cama en estado de descomposición. La verdad es que no existía ningún escenario mejor que aquel para dejar de vivir.  

O de morir en vida. 

 

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