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5 min
Negro, calor y la tormenta
Suspense |
09.01.17
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Sinopsis

Me hallo sentado ante una mesa del Café de la Plaza,   disfruto el aire acondicionado y bebo como un beduino en el desierto. Según mi latitud, es una mezcla de hielo, algún jugo de fruta y mucho, mucho alcohol, seguramente vodka. Los rusos lo toman por el frío mientras que yo deseo perder la conciencia por el calor y la humedad.

    A mis tórridos veranos, este año, se ha unido el influjo extranjero de la corriente del Niño que, a través del Pacifico, ha llenado todo resquicio de temperatura y lluvias, además ha petrificado a los higrómetros en el ciento por ciento de humedad. Es como la última gota que derrama el vaso.

    Mientras floto en vapores etílicos miro la tormenta en el televisor del Café. Hoy, silencioso por la falta de partidos de fútbol, muestra los desastres que causa ese frente frío desde el sur. El famoso viento autóctono “Pampero”, cansado de su rincón se despereza, y nacido en las estepas polares del Antártico, hiere y barre ese extraño clima tropical que nos invade. La lucha es epopéyica y el frente de combate bulle y rebulle de enojadas nubes encintas de agua y rayos. Veo acercarse inundaciones, tornados y cortes de energía, en una hipnosis alienígena.

    Un soplo limpia la calle de polvo y papeles, agita las copas de los árboles y desparrama las aves. Es tarde, ya  anochece, y un vago temor me dirige a casa. Camino apresurado, cuando el mundo cambia de repente. En remera y bermudas, tirito helado en la sorpresiva obscuridad que me rodea. Se han apagado las luminarias y en un remolino de temor, vodka y tiempo, me encuentro en la negrura. Aquélla que reinaba antes de Tesla, antes de Édison y la electricidad. Sólo me encandilan lo faros de invisibles automóviles y un lejano semáforo que, negativo, porfía en el rojo.

    Un místico pavor me acicatea cuando también desaparecen la luna y las estrellas tras ese manto adivinado de furia celestial. Algo me acecha con sigilo; si paro, para. Si sigo, sigue. Enloquezco, corro tropezando con las paredes y se me erizan los cabellos de la nunca que lo presienten.

    Llego a casa por instinto, abro el portón en un frenesí de llaves y, cuando intento cerrarlo, un aliento macabro lo retiene un instante. Algo sin nombre se escabulle entre mis pies, algo con hedor a putrefacción y a sarna, algo más oscuro que la noche y que me vigila, camuflado, desde los rincones.     Enciendo una vela y me dirijo al refugio del dormitorio defendido por su puerta mas es inútil, en los lindes del candil  unos ojos sin blanco me observan hambrientos de mi alma. Abro las cortinas y tras el ventanal, encuentro ese universo primigenio donde, sin luz, nada existe: ni el hombre ni la ciudad ni el río. Solo los antiguos dioses que preparan su furia detrás de las turbulentas nubes.

    No me atrevo a moverme durante lo que parecen horas. La vela se apaga y el miedo se agranda. En un descuido, mi mano encuentra aguzados dientes que, con sorpresa, no muerden y mi rostro un tacto húmedo y frío que lo estudia curioso. Sin saber cómo o por qué, el demonio se hace duende aunque percibo otra vez ese malsano olor a podredumbre.

     La tormenta nos acercó, nos unía el espanto frente a los rayos que como flashes nos retrataban con un trallazo que nos hacía respingar. Nos desnudan, ínfimos, ante ese poder y aunque no hubo palabras (no las podía haber) me uní a ese jadeo nervioso de miedo. Sentí que un cuerpo informe y tibio se cobijaba temblando tras de mí. Como si yo poseyera alguna magia o escudo que nos protegiera.

    Entendí entonces que tal ser no albergaba malicia y, cuando dejó escapar un lastimero quejido me atreví a calmarlo entre mis brazos. Noté su renovada calma y su tonta confianza me anunció su simpatía. Así me venció el cansancio y me dormí.

     El alba lluviosa me despierta, solo y atontado en un gris omnipresente. Además, la resaca me hace creer que todo fue un sueño. No obstante, al dirigirme a desayunar, oigo arañar el portón de calle. El duende sigue aquí, tan negro y maloliente como ayer y cuando le abro, se despide feliz.     Ladra, agita la cola y corre hacia la libertad. En su andar no advierte mi nostalgia por ese compañero de tormentas que se lleva, ladrón, mi gratitud, mi cariño y mi amistad.

      Carlos Caro

       Paraná, 4 de noviembre de 2015

       Descargar PDF: http://cort.as/Zr1L

       http://carloscaro4.blogspot.com.ar/2015/12/negro-calor-y-la-tormenta.html

 

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