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3 min
Ni un mísero demonio.
Suspense |
29.04.16
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Sinopsis

Ahora sabes lo que es morir, pero sigues teniendo el deseo de querer repetirlo.

Casi se cerraban mis ojos y el dolor en mi parte abdominal no cesaba, la sangre corría cual manantial en caida, alcancé a meter el dedo indice intentando medir la cavidad de la herida, más era imposible, la bala había entrado y había salido por otro horificio, seguramente ese era el dolor que sentía cerca de mi hombro izquierdo, estaba inmovil, escupia sangre que se me escurría por las barbas, -Si llegan las ratas me comerán aún estando vivo, dije, y empecé a sentir la extraña sensación de querer morir allí mismo, ese maldito ladron no basto robarme, sino que también me había reconocido. El callejón olía a todo, las cucarachas hacían vida en ese pedazo donde estaba tirado, el dolor me hacía entrar en etapas frías, me adormecía las extremidades, pensé voltearme y morir boca abajo, para que las ratas no me fueran a comer pedazo por pedazo, ya estaban casi por llegar y yo lo sentía, las olía, pero no era ese el problema, el problema era mi nula capacidad de moverme, intentaba recordar como empezó aquel día de mierda pero no podía, no recordaba absolutamente nada de la mañana, haberme levantado o tomar el primer cafe, pensaba en Joaquin y en su madre, aunque por cosas del matrimonio sólo podía verlo fines de semana, pero aún así, -pensaba yo- podía llegar a echarme en falta, empecé a marearme y a vomitar la poca sangre que me quedaba, vislumbraba como se atenuaba el cielo y empezaba a visionar unas paredes fisionadas a los lados, agrietadas, hacía un olor a mierda, -Será el callejón, pensé mientras observaba a los lados y abajo una sustancia viscosa, de color amarillenta, mis visceras, ya el dolor era insoportable y solo quedaba rezar algunas cosas que mi madre, tan religiosamente me había enseñado, cuando un fuerte chillido empezó a sonar en mi cabeza, era un pitido bastante odioso, iba a explotarme la cabeza, no paraba y me hacía retorcerme con la poca movilidad que tenía, cerré los ojos y apreté fuertemente la herida, conocía ese día, lo había vivido antes, más no sabía reconocer cual era el final, cuando por fin llegó la oscuridad y con ella la calma, más no había muerto, o eso pensé. Ahora soy una maldita alma en pena, un fugaz recordatorio, no soy un fantasma ni un míserio demonio, estoy condenado a que nadie me sienta, a no poder jalar pies de noche ni a traspasar paredes, a no saber el tiempo y querer volver a morir de nuevo...

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