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7 min
Night Rider (parte 1)
Suspense |
10.07.19
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Sinopsis

Un periodista drogadicto y problemático es chantajeado por vampiros para tapar el asesinato de una joven.

“Como funciona un microondas? Lo sabes? Probablemente no. O un satélite? O tu teléfono móvil? No lo sabes. Ni te importa. Así somos, no nos importa como funcionan las cosas mientras funcionen. Vives plácidamente mientras los aparatos te escupen series de televisión, mantienen fría la cerveza y se tragan tu mierda funcionen. Esta asquerosa ciudad es igual. Vivís ciegos, como recién nacidos jugando en un aparcamiento. Te levantas, te cepillas los dientes, te pones la corbata, comes los cereales que la televisión dice que debes comer para cagar mejor y sales a la calle, un día más. No tienes ni puta idea de lo que ocurrió anoche. De los tratos que se hicieron, del dinero que cambió de manos, por droga en un callejón, y por información en la planta cuarenta del edificio anexo. De la élite que gobierna la ciudad, que te dice que comer, vestir y pensar. Todos en un rebaño, sin plantearse nada, sin preocupaciones más allá de las que te enseñen para mantenerte ocupado, rugiéndole al televisor mientras tu mujer del montón va a tu cocina llena de muebles suecos a traerte una cerveza. Sabéis de lo que hablo? De vampiros. De jodido vampiros. Nada de romanticismo, podéis quemar vuestras putas novelas de Anne Rice. Esa zorra flaca se meraría encima al verse cara a cara con un puto chupóptero. Pero vosotros no lo sabéis. Y si lo supieseis, desearíais no saberlo. No saber como funcionan las cosas, como ellos engrasan la maquinaria y os hacen picadillo, poco a poco. Os da igual. Y por eso me dais asco. “ John Deacon Era un gran artículo. De primera página, pensó. Pero no vería la luz, obviamente. Sólo era la bilis furiosa que le hacía soltar espuma por la boca, y que debía plasmar en negro sobre blanco. O eso, o le saldría un jodido cáncer. Almorranas cuando menos. “Me merezco un pico “, pensó. Miró al lado del portátil, en un cajón. La aguja estaba casi nueva, llamándole como una sirena. La sirena podía calmarlo, hacerle reposar en aguas tranquilas y calmar sus pesadillas. También podía ahogarle, era una zorra maliciosa, no cabía duda. Las aspas del ventilador empujaban el aire caliente alrededor de la habitación, pequeña y destartalada, plagada de ropa, colillas y alguna lata de Coca-Cola. Se rascó el pecho, extendió una mano hacia la aguja, pero la retiró. Necesitaría estar lúcido si tenia que escribir. Apretó una tecla del portátil y toda su verborrea se fue al cielo de los datos. Se crujió los dedos y se dispuso a contar mentiras. Pero la sirena le tiró de la oreja. Apartó el portátil y acudió a su llamada. Cuando sonó el teléfono ya era de noche. Un tono. Dos. Tres. Cuando el teléfono aulló tu duodécimo tono, Deacon abrió los ojos. La boca le sabía cartón, y tenía esa textura. Se pasó la lengua tratando de sacar algo de saliva, inútilmente. Alargó una mano hasta el móvil, descolgó y trató de articular palabras simples. -Quien es? -Quiere verte- la voz detrás del teléfono es impersonal. Pero el sabía quien era. La línea se cortó, y Deacon soltó el teléfono, dejándolo caer en la cama. Se dirigió al baño, encendió una chispeante luz blanca, y vomitó en el retrete. Se limpió la boca con el dorso de la mano y se miró en el espejo. Necesitaba un buen corte de pelo, y un afeitado. Hacia semanas que no pisaba la calle. Tras el último artículo que publicó de la guerra entre bandas, había sacado una buena prima. Lo suficiente para pedir comida a casa, hacerse con un buen alijo de heroína e ignorar al resto de la raza humana durante casi un mes. Que felicidad. Se afeitó, se rapó la cabeza y se metió a la ducha. Era bastante alto, y muy delgado, como un espantapájaros. Y también olía como uno, cosa que la ducha solucionó. Se puso unos vaqueros desgastados, unas deportivas grises que en algún punto habían sido blancas, una camiseta azul oscuro, y antes de salir agarró una cazadora vaquera y unas gafas de sol, a pesar de ser de noche. Tenía una gigantescas ojeras que ocultar. El aire de la calle era caliente y nauseabundo. Los tubos de escape escupían humo por todas partes. Echó a andar entre putas y vagabundos, con cuidado de andar por zonas iluminadas. Tenía sólo un par de pavos encima, y si trataban de atracarle, eso no les convencería. Se iría con una buena paliza, seguro. Tras un rato caminando, llegó al edificio de oficinas del señor Chang. Tras un breve cacheo en la puerta, se metió en un ascensor que lo llevó a la octava planta. Todas las mesas de dicha planta estaban vacías y bien ordenadas. Al fondo, separada del resto por una cristalera, una oficina emanaba luz amarilla. Una figura escribía sentada en el escritorio, distorsionada por el vidrio. Deacon se dirigió a la puerta y la abrió. El señor Chang levantó la mirada. Era un hombre asiático, menudo, de unos…que aparentaba treinta y muchos. Vestía un impoluto traje gris, corbata verde. Su tez no presentaba la palidez común, lo cual indicaba que había “comido” hace poco. Bien. Vampiro alimentado, vampiro feliz. Deacon asintió con la cabeza, a modo de respeto. Sabía con quien podía hacerse el gracioso y con quien no. Guardó silencio pacientemente mientras Chang escribía veloz en un pequeño y caro portátil. La única interacción entre ello en los siguientes ocho minutos fue una breve mirada autoritaria cuando Deacon sacó un paquete se tabaco y se puso un pitillo en la boca, guardándolo de nuevo bajo la atenta mirada de Chang. Tras un rato, habló : -Una chica. En Eaton Boulevard. Deacon asintió, esperando más información. -En el número 14, 2-2. Tiene la mordedura en el , muy visible. Tiene que desaparecer. -La han vaciado? Hay algún loco suelto? – la pregunta era válida. Los vampiros no mataban al alimentarse. Solo los más salvajes. Los que acababan desapareciendo, o convirtiéndose en verdaderos monstruos. -Líbrate de ella- con eso Chang daba por acabada la conversación. Deacon pilló el mensaje, y se largó de allí. Cogió un taxi, y en un cuarto de hora se presentó en la dirección indicada. Todo un cordón policial bloqueaba la entrada del edificio, con algunos curiosos mirando cerca. Los polis de turno protegían dicho cordón, bostezando. Deacon se identificó como prensa, y lo dejaron entrar. Empujó la puerta del edificio y entró. Olía bien, el interior parecía cuidado. Incluso había un par de plantas junto al ascensor. Se encendió un cigarro y llamó a este. Al llegar a la puerta número dos del segundo piso, golpeó la puerta con los nudillos. Un uniforme le abrió la puerta. Atravesó el piso hasta llegar al dormitorio. Un tipo bajo y corpulento, con un traje barato estaba de pie junto a la puerta. Se giró hacia Deacon. -Hay que darse prisa, muchos de los agentes son nuevos, y me están acribillando a preguntas – el inspector Müller, un cabrón sin escrúpulos, y en nómina de los chupasangres, le miraba con esos ojos azules y cansados. En cualquier otra ciudad sería un matón de poca monta, aquí le habían hecho inspector de policía. Buena suerte quizá. O muy mala, depende de la noche-. El forense ya ha tapado la herida, haz tus fotos y lárgate. Deacon miró el cuello, de cerca aún podía verse el maquillaje que tapaba la herida. Y luego cometió el error de mirar el rostro de la víctima.
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