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16 min
No me salió como lo planeara
Drama |
02.08.14
  • 0
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  • 2020
Sinopsis

--- ¿Vino el moroso a pagar?

--- ¿Vino el moroso a pagar?

--- Sí vino. Pero figúrate, solo a decirme lo de siempre, que ya mañana sin falta.

--- Mmm… Ayá.

--- Amor

--- Sí, dime.

--- ¿Ya te vas?

--- Aún no. ¿Por qué me lo preguntas? Acaso te urge que me vaya ya.

--- No, claro que no. Sólo preguntaba.

Después de decir esto se retiró a la cocina, evidentemente corrida por mi respuesta inesperada.

Estos dos años de casados hacían que a mi esposa, si no perfectamente, la conociera muy bien. Era evidente que algo ocultaba, y, muy a mi pesar, ya tenía mis sospechas de lo que podía ser.

Todas las veces que salía a trabajar siempre era lo mismo: las miradas escurridizas y compasivas de los vecinos, sus cuchicheos y habladurías a mis espaldas, sus sonrisitas cachacientas. Hasta que un día me encaré a una vecina cuyo desparpajo rebasaba los límites, y le dije:

--- Vecina, no hace falta tener intuición de brujo para no caer en la cuenta de que usted se chasquea de mí tan descaradamente a mis espaldas. Ya déjese de tapujos y dígame de una buena vez que es lo que se trae entre manos.

--- Jajaja. Ay vecinito ---su desfachatez realmente sacaba de quicio---, puede que no haga falta para ciertas cosas, pero si lo hace para otras más importantes. Y no me mire así, porque si usted fuera brujo ya hubiera caído en la cuenta de que todas las tardes, después de que se va a trabajar, el mismo greñudo e impresentable taxista de siempre se mete en su casa y no sale de allí sino hasta dos horas después.

Y tras una pausa en la que su rostro adquiriera un semblante de sorna repudiable; añadió:

--- Y si usted le viera esa cara de adicto en abstinencia con la que entra, y después aquella otra de completa satisfacción y confort con la que sale, para qué le digo, se desplomaría en el acto, muerto de la indignación y los celos.

--- ¡Es usted una vieja chismosa y calumniadora! ---le espeté, ya no pudiendo contenerme--- Ese taxista a quien se refiere no es sino un conocido nuestro que solo viene a pagar una deuda.

--- ¡Pero dos horas?… ¡Y todos los días?… Ni que les debiera todo su patrimonio el bellaco. Mejor tranquilícese vecinito y piense con la cabeza fría, yo creo que ya está un poco grandecito como para dejarse ver la cara de estúpido. Y discúlpeme que tengo muchas cosas que hacer y no estoy para aconsejar a cachudos.

Me dejó parado hecho un idiota, y evidentemente muy pensativo: “¡Dos horas?” “¡Todos los días?” No sabía qué rumbo tomar, si seguir de largo camino de mi trabajo, o regresarme a mi casa y exigirle a mi mujer que me dijera la verdad, mas por un asunto de dignidad ofendida y por no darle el gusto a la insolente de mi vecina de que me viera titubear, opté por lo primero, muy a mi pesar, porque después de tamaña insinuación lo que menos quería era ir a trabajar.

********

El asunto es que ahora, después de sopesar cavilosamente la conducta más apropiada que debía tomar ante las sospechas que ya habían arraigado en mí después de la conferencia con la vecina, ya tenía concertado la que a mi parecer era la más razonable. Es así que aprovechando que mi esposa estaba fuera de alcance perdida por la cocina, abrí la puerta que daba a la calle, dije “ya me voy cariño, estoy apurado, vengo por la noche” y la cerré sin haber salido. Inmediatamente subí, sigilosa como raudamente, la escalera que daba a los altos, en donde estaba nuestra alcoba, y me encerré en ella. En ese lapso solo escuché un “okey cariño” y unos pasos que se precipitaron en la sala. Ahora solo era cuestión de esperar lo que pudiera pasar.

Sin querer mi mirada dio con la foto de nuestra boda que de un cuadro colgaba de la pared, y empezaron a brotar los recuerdos de cuando mi noviazgo con ella.

La había conocido en el último año de la universidad, en una gala conmemorativa del aniversario de la facultad, a la que un amigo mío la invitara como pareja de baile. Toda aquella noche mi amigo no la vio en ninguna con Carla ---así se llama mi esposa---, que se la pasó todas las piezas bailando conmigo, no porque ella lo quisiera, sino porque yo no le daba respiro, y pieza que acababa, o continuábamos con la otra o nos sentábamos a descansar un rato para después sacarla a la siguiente. Así, a fuerza de quiebres y fintas, de agarraditas de cintura y apegos insinuantes, poco a poco nacía la química de la atracción, en medio de un entorno que existía a la par, pero que parecía indiferente a nosotros: las demás parejas de baile que hacían lo propio a nuestro alrededor, por ejemplo, o los rumores de parloteos que flotaban por el aire mezclados con el tintineo de copas brindando, o hasta las notas y acordes que se desgajaban de la acompasada orquesta y que ponían el toque de ambiento jaranero al lugar; todo indiferente, todo menos una cosa, el semblante desairado y patético con que nos miraba mi amigo.

Recordé también la noche aquella en que me le declaré. La había invitado al cinema a ver una de romances que se estrenara por esos días. Fue delicioso contemplarla a la penumbra del local, así, de rato en rato y al sesgo. El muaré de su strapless, con la luz de la pantalla, ofrecía un concierto de irisaciones ondulantes sobre una superficie de finos contornos que delataban la voluptuosidad femenina que cubrían; y que se acentuaban con cada movimiento que este daba, en el súbito sobresalto de la emoción, o en el sutil vaivén del resuello. La tersura de sus muslos y de su faz también ofrecían a la vista un grato espectáculo de visos e inflexiones; mientras el toque sensual lo ponían sus labios, húmedos como sonrientes; y lo bello, sus ojos, cual dos luceros del anochecer.

Ya fuera del cinema, uno junto al otro en una solitaria banca, bajo el abrigo de unos magnolios, con la fresca brisa acariciándonos la piel y agitando en ella los flecos de su lacio cabello, en plácida contemplación de lo que el parque con su verdor, su concurrencia y su imponente pileta nos ofrecía, le declaré mis sentimientos, tal cual a la sazón y bajo el influjo del bucólico paraje los sentía, puros como sinceros. Ella, mujer apasionada y romántica como era, no pudo menos que corresponder a mis requerimientos de varón enamorado, y ambos, cómplices, inmortalizamos el momento con un largo y contenido beso que ardió como el fuego mismo.

Hubiera querido recordar más ---la primera vez que hicimos el amor por ejemplo, o el día de nuestra boda con su consiguiente luna de miel---, pero la voz de mi mujer al teléfono disipó mi ensimismamiento. Abrí la puerta de la alcoba sin hacer ruido, y puesto el oído en el resquicio pude oír, no sin esfuerzo, la prueba irrebatible de su infidelidad:

--- Amor, ya puedes venir, mi marido hace rato que se fue… Jajaja, sí tontito ya lo sé, te espero con la bata puesta y nada por debajo, como para ahorrar tiempo… Jajaja, okey, no te preocupes… ¡Ah! No te olvides traer preservativo… Jajaja, como que una docena, no seas exagerado, además no puedes quedarte mucho tiempo aquí, ¡recuerda!, los vecinos… Okey, okey, te espero. --- Y colgó el teléfono.

********

Escuchar eso y sentir que el mundo se me venía encima fue una misma cosa. Era consciente de que si resultaba cierto, dolería, y mucho, pero no tanto como lo sentí en ese momento. Qué trago amargo difícil de digerir; qué manera de verse vejado, humillado y escupido; era el solapamiento perfecto de lo nefando en lo insufrible; la bilis misma contaminándome la sangre.

Todo ello, contrario a lo que se pudiera esperar, me suspendió el instinto y los reflejos, e impidió que me descubriera ante mi mujer, si no bajando atropelladamente la escalera y encarándomela cual furia, por lo menos pegando un alarido lastimero que retumbara por toda la casa. Luego, poco a poco, recobrando el dominio de mi mismo y despejando la mente para dar paso a las ideas elaboradas, decidí mejor aguardar que actuar, esperar que el otro llegara y sorprenderlos in fraganti cuando se dispusieran a encamarse, y dónde más si no aquí mismo, en nuestra propia alcoba.

Puesto que Carla subía ligera por las escaleras, me previne y me escondí breve debajo de la cama. Era la bata, solo la bata y nada por debajo, tal como le prometiera lo recibiría, lo que la había movido a venir. En eso sonó el timbre que anunciaba la llegada de nuestro invitado, y no habiendo tiempo para acicaladuras esmeradas, vi perderse por el borde de la frazada que colgaba de la cama, una pierna que volvía a aparecer ya desnuda y medio pantalón que pendía, luego la otra pierna y ya eran dos las piernas desnudas con el pantalón por el suelo; se sumó a éste la blusa y el sostén, luego otro sube y baja de piernas y ahora el calzón coronaba el cúmulo de prendas que con una sola barrida de pie fue a dar por mis narices. Puesta ya la bata de lino azul, salvó raudamente el trecho de alcoba que la separaba de la puerta, y salió cerrándola tras de sí.

No había tiempo que perder, y por más que el acecho desde aquel lugar ---agazapado bajo el somier de la cama--- era relativamente segura para pasar inadvertido y abordarlos en el preciso momento, no ofrecía un panorama visual de los hechos, que era justamente lo que yo buscaba, por lo que opté con lo que primeramente había concebido, refugiarme en el ropero.

Arrinconé a un lado el grueso de trajes y ropas que en colgadores del larguero pendían, creándome el espacio requerido para que en él cupiera, y me instalé en mi nuevo refugio. Quedé a obscuras, acalorado y oliendo el aire enrarecido propio de los lugares poco ventilados, pero todo tolerable habiendo como había, frente a mí, la hilera de ranuras por donde se sería testigo de la propia afrenta.

********

Hasta que aparecieron. Ella le llevaba otra vez al cuello el brazo con el que, maquinalmente, abriera la puerta, colgándosele así en un beso prolongado, mientras despaciosamente cruzaban el umbral; él, que con ambas manos la tenía cogida del talle, retiró la izquierda para, también maquinalmente, a su vez cerrarla, tal era lo deliciosamente coordinados que estaban. Yo desde mi escondite seguía la escena debatiéndome por conservar la compostura y no hacerme descubrir todavía, pues sentía avivarse otra vez la llama de los celos y la impotencia.

La consigna era simple: tirar de los batientes e irrumpir violentamente en el escenario mismo de los hechos, con el grito acusador escapándoseme de las fauces, esto en el más oportuno momento, que sería cuando ambos estuvieran desnudos y en la inminencia de la penetración; después de lo cual coger la correa de él, que seguro estaría tirada por el suelo con el resto de la prendería, y azotarlo fieramente mientras, valiéndome de su desconcierto, lo encaminaba con paso firme y seguro hasta la puerta de la calle, donde en una última acometida obligarlo a salir, dejándolo en la vergonzosa postura de hallarse mal parado y en paños menores a la vista de todo el vecindario; y por último, tirar la llave del contacto de su carro ---que también cogiera antes de venirme--- lo más lejos posible, sin otro propósito que la de prolongar siquiera unos instantes más el suplicio antes de que emprendiera la definitiva huida. Con esto reivindicaría en buena parte el honor despojado: el timado por la bellaquería de él y la pérdida agregada que representaba ser el blanco de las habladurías y cotilleos vecinales. La otra parte, la más grande y, por ende, la más importante, la que representaba la traición de mi mujer, me sería devuelta cuando después de echarla a la calle, viniera todos los días con el rabo entre las piernas a tocarme la puerta, y al abrírsela, postrándose de rodillas me suplicara perdón. Y yo terminaría perdonándola, claro, porque la amo, pero no sin antes haber dejado pasar el tiempo conveniente.

Sin embargo las cosas no sucedieron como se planearan. No hubo ampay flagrante, la correa nunca azotó a su propio dueño, los vecinos no fueron testigos de escarmiento ninguno, ni mi esposa fue echada de la casa en un mar de lágrimas y a moco tendido. Eso no significaba sino sencillamente tres cosas: que el cretino se había salido una vez más con la suya, que los vecinos seguían con la idea firme de que yo era el cachudo más cojudo de todo el orbe, y que mi esposa continuaba campante con su comedia de mujer ejemplar. Y ello no por factores o percances que se opusieran al correcto desenvolvimiento del plan una vez iniciado éste, puesto que estaba armado de tal manera que su cometido fuera infalible, sino porque simplemente nunca se llevó a cabo. Luego, ¿por qué no se llevó a cabo, sabiendo que tal empresa encubría un claro, premeditado y tendencioso propósito? ¿Fue cobardía o arrepentimiento? Claro que no. La razón fue otra, algo inherente a mi ello inconsciente, el cual desconocía hasta ese entonces y que se manifestó dada las circunstancias.

********

Ya estaban ambos en la cama, él encima de ella, en esa suerte de forcejeo consentido que suele preceder al acto sexual en sí, en la que menudean los besos por aquí y por acá, complementados por el acalorado magreo de unas manos insaciables, y liberándose del exceso de prendas, nunca tan odiadas como ahora; cuando de pronto, una sensación de morbo indecible sentí apoderarse de mi cuerpo, al que escarapeló de primeras, y que se asentó en mi rostro a modo de bochorno abrasador.

Fue exactamente ver a mi mujer con la bata a medio descubrir, que dejaba exhibir unos senos generosos que el otro prodigaba con lamidos y mordiscos, y unas bronceadas piernas en sensual flexión, abiertas para acoger la corpulencia del otro; con el semblante demudado por la dicha y la calentura, despojándole ella misma la ropa, prenda por prenda, lo que el otro facilitaba con movimientos sincronizados, primero de brazos, para la camisa y el bivirí, luego de piernas, para el pantalón y la trusa; asociado todo ello a recuerdos lejanos, cuando de novios me confortaba diciéndome que era el mejor en todos los aspectos, en o fuera de la cama, o cuando casados juró amarme toda la vida; asociado a ideas o creencias que no hacía mucho daba por cosas juzgadas, como la convicción de que ella me pertenecía y que yo era su todo; fue en suma, ese choque en seco de la ilusión dándose contra la pared de la cruda realidad, que en cualquier otro hubiera implicado el inevitable desengaño, lo que produjo en mí aquel morbo tan inesperado como inusual.

El morbo creció y se hizo incontrolable, irreversible. La consigna, que tan arteramente había fraguado, ahora era lo último que me hubiera atrevido hacer. El crucial momento de la inminente penetración se me pasó de largo, y ahora el bellaco, que ya no era bellaco, sino el protagonista de mi película porno, sometía en el más completo sentido de la palabra a mi mujer, la que a su vez gozaba siéndolo, y la acometía en sonoros restallidos de piel, sudor y placer. En cuanto a mí respecta, tampoco supe cómo, pero ya estaba con la trusa y el pantalón abajo, masturbándome en medio de una zaragata de ruidos y gemidos, a expensas del goce ajeno.

De vuelta la calma en el recinto, tanto afuera como adentro del ropero, con las ganas saciadas y el morbo aplacado por el redentor orgasmo que todo lo alivia, poco a poco volvía a tomar forma la grotesca figura de los celos y el despecho, espoloneándome a retomar la empresa aplazada; pero así como el orgasmo aliviaba, también relajaba e indisponía el cuerpo, por lo que tuve que conformarme con esperar una próxima oportunidad.

Oportunidades, así como nunca faltaron, también nunca se concretaron. El morbo, que creía ser solo una trastada del momento, se había convertido en el eje alrededor del cual giraría mi posterior vida sexual. Mi esposa, que por un tema de remordimientos, procedía contra su voluntad proponiéndome tener intimidad, como era de esperar no insistía ni pedía razones cuando se lo negaba; y yo hacía tal, no porque dejara de desearla, sino más bien porque sabía que al día siguiente me haría más feliz cuando, como siempre, burlando su vigilancia y despidiéndome solo para ir a esconderme en el ropero, me masturbara viéndola siendo follada por el eterno moroso. Y así se repetía todos los días el mismo círculo vicioso, diciéndome para mis adentros, a modo de mecanismo de defensa y en un último intento por conservar la dignidad, que ya llegaría el día en que tomando fuerza de voluntad daría de una vez por todas airoso término a tan diferida empresa. En cuanto a los vecinos, seguían creyendo que era el esposo más papanatas que había dado la humanidad; como es de entender, a pesar de la inexactitud de tal sentencia, prefería que así lo siguiesen creyendo a que se enteraran de otra cosa.

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