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8 min
NOCTÁMBULO
Varios |
13.10.18
  • 5
  • 2
  • 325
Sinopsis

Historias de Duque y Martín.

“De nuevo el Arcángel levantó la pierna para rascarse…”

 

Juan Marsé.

 

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     La noche es un espejo de cráneos y sudarios: puñales y motos, cuellos tajados, violaciones de humo y ceniza, homicidios de piel alucinante; un recodo para hojillas y palacios, una mujer desnuda que mi cara detiene, mi cuerpo transita, y mi voz sobrevive. La noche se pinta los labios con tus labios. Nada tiene que ver con tu mesita reservada en el “Juan Sebastián” ni con el hotel de cuatro estrellas útil para robarle el virgo a la noviecita tierna. La noche no es Mozart ave César en cuclillas y réquiem sin concluir. La noche es mi cadáver o el tuyo masticando esquinas, eludiendo engranajes, eligiendo putas con o sin liguero, vaciándoles el bolso cuando duermen bien cogidas y confiadas ( encantadores de serpientes, nos llamó Krista un día de aquellos:  rocola,  trago, y  calentura espesa)

 

-¡Dale, Duque, dale!

 

-¿Eh?

 

-¡Dale que me vengo!

 

-Voy mami

 

     Cada vez que pongo un pie en la calle alguna transgresión (mágica o sucia) me asalta los ojos y me hace caer despierto en la frontera. Un resquicio de azar y desencuentro (faroles de gas siglo XXI, hembras husmeando en busca de su sombra, dementes rasgando carne cruda) que se abre para burlarse de los correlativos lógicos, de los silogismos, de las categorías, de los pasos que se dan uno después del otro, de Kant bajo un árbol haciéndose la paja una vez por semana, de Marx, diecisiete horas al día en la biblioteca y no hay quien entienda el putísimo tercer tomo del Capital, de Sartre y su a elegir y a joderse y además se caga de la risa en tu cara, de Hegel y su estado que huele a SS y campos de concentración por todas partes, aunque les  duela a los  consabidos  apologistas   del   Estado   Espiritual (¡habrase visto semejante eufemismo para reeditar el podrido “Le Etat se moi” de Luis XIV, con la bendición de la Santa Madre Iglesia y Cardenal Mazarino!) En fin, que así vamos y no hay quien pueda: Mentiras y más mentiras, desde que sacas la cabeza y te reciben a nalgadas hasta que te bajan en la cajita y arriman la losa y te dejan mirando margaritas desde abajo (raíces, amigo, raíces, cadáver del todo, ¿ya entendió?)

 

-Duque

 

-¿Ah?

                                                                                                                                 

-Se te aflojó

 

-¿El qué?

 

     Y camino frente a vidrieras que me reflejan en un imposible y absurdo estilo minotáurico: cabeza de hombre y cuerpo de toro banderillado en un 90% de su volumen (sin contar la grasa porque de allí la sangre no chorrea); o nace un laberinto diferente para cada una de mis piernas, y es como rajarse en dos, y el uno se mete a un bar, pide tequila, y caza hembra, mientras el otro se jura Capuchino casto y de hígado incorrupto; o entro a un museo y sorprendo al conejo blanco sacando magos de su sombrero (sin contar con Alicia que se despide subterráneo abajo dispuesta a darle un mamón al hombre de lata, verbigracia tiene los pies grandes y el de Oz no se molesta; con el león cobarde no se puede contar porque se le arruga: dice Alicia) Y no se lo digo a nadie porque estas cosas no se dicen, porque lo miran a uno alzando los hombros y se le zafó un tornillo pobrecito.

 

 

-Mejor te bajas

 

-Yo creo

 

-¿Bebiste mucho?

 

-Un poco

 

-Okey, bájate

 

                                                                                                                                                         La Leona viéndome bonito, con ese juego de ojos negros como la noche que traga y no devuelve. Ojos de dulce acero lúcido. Mentirle a La Leona es lanzar el naipe del idiota que se queda solo en la mesa.

 

-¿No te importa?

 

-Que va

 

-Me alegro

 

-Alégrate y dame un beso

 

     Sabiendo que entrar no quiere decir tocar la puerta y lo estábamos esperando señor, adelante, caliéntese que   hace  frío,  el brandy  va por cuenta de la casa. Entrar es otra cosa: es quedarme en vela disfrutando el olor del primer café que me tomé  fuera de casa, sosteniendo en mi mano la mano de mi padre: deme un marrón tibio para el carajito; es la torpeza triste y el miedo suave ahora qué hago yo (hablador compulsivo pero virgen) con esta primera mujer desnuda y ansiosa (¿y el clítoris? ¿dónde coño pusieron el clítoris); es un ir y venir de hambres callejeras, palabras flacas o gordas que te atacan y se te suben por la nariz y te descuelgan de la horca para darte respiración boca a boca y masaje de puño en el pecho. Entrar es provocar: hacerle un mal gesto a la taza de té que no te (té) mira, soplar el pezón en lugar de lamerlo, jugar a que eres el Rey Arturo aunque no pases de oficinista malditas ochos horas diarias, cinco días a la semana, café y cigarrillos, cigarrillos y café, úlcera, náuseas, vómito, la corbata sucia, el Jefe te mira, no te rasques las bolas y si te pican mala leche (o tal vez sirva la técnica del rascado lateral, como si te estuvieras arreglando el cierre que ni sube ni baja y cuidado pilla carne)

 

-¿Quieres conversar o dormir?

 

-Dormir

 

     La Leona se voltea y pone la cabeza en mi pecho. Como a los diez minutos ya está más que dormida. Todo en derredor es nítido en su estricta concepción utilitaria: lo indispensable para  su satisfacción e higiene, incluyendo jabón, toallas y bidet para la señorita o señora, que nunca se sabe a quién coño se trajo el cliente y uno debe andarse con cuidado para no meter la pata, o la puta, creo. Fíjese que hace unos días le dije al Coronel Gómez: ¡coño, hermano!, en tres noches tres hembrotas, como que está cogiendo el culo parejo, y se formó una de las buenas: arañazos, gritos, llantos, la loca se le fue pa´encima sin titubeos, le volvió mierda la guerrera. Menos mal que soy el dueño de esta vaina y no me pueden botar, que si no ya estaba en la calle. Y ese otro día que se me apareció un curita con un nene de quince como máximo, dizque le tenía que hacer un exorcismo, y luego va y me pregunta si le vendo un condón: vaya joda la de estos cabrones, se la pasan mariqueando muchachitos y después a misa: Ave María, Cuerpo de Cristo, abra la boquita que ahí le mando una hostia. Y es que de todo viene por aquí: vírgenes, putas, señoras, trans, lesbias, gays, políticos, perros, cagajones, santos, ateos, dúos, tríos, cuartetos, filarmónicas, boxeadores, periodistas, y mejor páreme porque voy perdiendo el aire y a mis años es peligroso respirar de toquecito, que ya respirar como pueda cuesta. Okey, coño, no se enfade, ya me dejo de habladeras y bolserías. Firme aquí, please. Que le vaya bien y buen provecho, sin ofender, ¿eh?, deje la rabia mi Don, que no vale la pena. Cierro la bocota: la educación por delante, y a veces por detrás, digo yo.

 

Enciendo un cigarrillo mirando al techo. Deslizo la mano entre las nalgas de La Leona bocabajo. Me agrada sentir el roce del ano en mis dedos. Todo tiene un precio aunque no te toque pagarlo en monedas: cada gesto, cada minuto, cada vuelta indetenible de reloj, cada curva que acaricias, cada cueva que lames, cada ojo que besas. 

 

El cigarrillo se le vuelve ceniza entre los dedos. Son las 3:00am y no necesita bajar a la licorería: sobre la mesita descansa una cajetilla sin abrir.  Algo es algo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Un oldman alto, hosco, y feo; hastiado de cigarros, bares, y noches sin término (hembras que llegan y se van, botellas de Whisky, la vieja escuela, el último dinosaurio, y así de pendejadas una detrás de la otra) Me aburre el sexo sin caras ni compromisos (ya tuve suficiente de esas pajas modernistas) Hoy día no me gustan los bares: parecen agujeros para heridos de guerra. Me gustan las personas y los perros (“Esa misteriosa devoción de los perros”, decía Borges) Amo a mi hija y a mi nieta: mis únicas dos rosas, mis últimas palabras. TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

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