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9 min
Nona.
Reales |
01.06.16
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  • 1859
Sinopsis

Corrí hasta llegar a la mesa de la cocina intentando no chocar con los jarrones y los adornos. La tenue luz de la tarde entraba en la cocina por una pequeña ventana que transformaba los colores a través de los frascos de conservas. Detrás mío corría Lucciano, mi primo, no recuerdo bien por qué me seguía, pero si recuerdo que si me atrapaba me golpearía.

La mesa de la cocina era una fortaleza a prueba de cualquiera que me quisiera atacar. Yo era el menor de ocho primos, todos hombres, y tenía un don para hacer que los demás se enojaran conmigo.

Afortunadamente, existía la mesa de la cocina.

Lucciano, andare fuori

Esa mesa no era especial, su propietaria sí, una especie de hada madrina mezclada con dragón protector. Nos amaba a todos pero a mí me protegía, mi Nona era nuestra matriarca. Era mi madre.

Desde muy pequeño mis padres me dejaron a cuidado de la Nona, nunca les pregunté por qué, pero si lo agradecí mucho. Aquel día en particular, Lucciano no quiso salir y la Nona solo tuvo que levantar un poco el uslero con el que iba a preparar la pasta. Claro, a modo de broma, cuando nos pegaba se valía de sus propias manos para un par de bien merecidas nalgadas, no de las que duelen, sino de las que hieren.

Por ese entonces yo tenía cerca de cinco años, una edad difícil, acaba de entrar al jardín, y no solo me molestaban mis primos, sino también un montón de niños. El problema conmigo no era más que la falta de comunicación. No hablaba, nunca. Y todos los demás lo tomaban como una debilidad, cosa que me valió muchas veces terminar sollozando bajo la mesa de la cocina.

¿Alguna vez pudiste ver harina cayendo a contraluz? Si no lo has visto, si ya no lo viste a tus maravillosos cinco años, te contaré que es como ver caer polvo de estrellas, que desde el borde de la mesa dios o la Nona permiten que caigan milimétricas partículas blancas. Si aún tienes la posibilidad de redimirte, puedes hacer que tus hijos vivan un momento mágico.

Aquella tarde, fue la primera vez que más por hambre que por travesura estiré la mano sobre la mesa, tanteando lentamente a ver si encontraba algo para comer, busqué, busqué, busqué y busqué, hasta que mágicamente apareció un ravioli en el mismo lugar donde había buscado infinidad de veces. Los raviolis de la Nona eran uno de mis platos favoritos, pero este estaba crudo. Con timidez y miedo le di un minúsculo mordisco en una esquina, la masa no era diferente a las innumerables veces que la Nona me había dejado lamer la cuchara, pero el interior aún estaba crudo. Fue el mejor ravioli que me comí en la vida.

Aquel día decidí que era hora de salir de la parte inferior de la mesa. Tomé el cajón que estaba junto a la despensa y quedé a la altura de la mesa, la Nona se hizo la sorprendida y me saludó como si hasta el momento no se hubiera fijado que yo estaba presente.

Boungiorno Bambino.

Sin decir más siguió armando los raviolis golpeándome las manos de vez en cuando para que no las metiera donde no debía.

Un día uno de mis primos le dijo a Nona que yo estaba enamorado de una niña. La Nona se preocupó, dijo que yo era igual de enamoradizo que papá. Al día siguiente, hablaba sola mientras cocinaba. Yo hacía mis tareas bajo la mesa, recuerdo que pintaba un payaso. Entonces ella dejó un pequeño pocillo en el suelo, con una cuchara. Yo comencé a comer mientras ella hablaba al aire “La forma correcta de conquistar a una mujer es por el estómago, no es amor, es ciencia, el estómago está cerca del corazón, es como si la comida fueran las tropas de un ejército y comenzaran a avanzar lentamente, lo primero y más importante es el estómago”.

Probé el tiramisú de la Nona y comprendí que con eso podía conquistar a cualquier mujer en el mundo. Al día siguiente estaba saliendo hacia la escuela cuando la Nona revisó mi mochila y encontró un pequeño frasco de vidrio, “puedes darle el tiramisú, pero ella no se enamorará de ti, porque no es tuyo, no tiene tu voz, no tiene tu alma, es como si compraras uno en la tienda”.

Estuve las siguientes semanas intercalando mi tiempo entre abajo y arriba de la mesa, haciendo pastas, verduras, y cualquier cosa que la Nona tuviera en mente. Podía pedir que me enseñara el tiramisú de una buena vez, pero comenzó a gustarme mucho cocinar con la Nona y paulatinamente olvidé porque había comenzado a hacerlo.

La Nona me decía que para hacer algo bien se requería fracasar mucho, una y otra vez, afortunadamente teníamos una casa llena de conejillos de indias. Todos mis primos expandieron el rumor de que yo cocinaba con la Nona, que era algo no propio de un hombre. No conté las palizas que me dieron.

Un día, después de que unos niños me golpearan estaba recogiendo mis cuadernos cuando María comenzó a ayudarme. Ella no era la niña que me gustaba, pero si me gustó mucho que fuera amable conmigo.

Mis primos le dijeron a todo el mundo que yo estaba entrenándome para preparar un postre que conseguiría enamorar a Lucia con solo una cucharada. Todos se reían de mí, todos sin excepción. Hasta que Lucciano dijo algo de lo que seguro se arrepintió el resto de su vida. “La vieja está loca, y está pegándole la locura a Rocco”. Tal vez tenía razón, tal vez estaba equivocado, pero no me puse a evaluarlo cuando le lancé el frasco de vidrio en el que la Nona me enviaba postres. Le corté la ceja y la frente. Estuve suspendido durante una semana y no recuerdo cuanto tiempo estuve castigado en casa. Fue el primer y gran y ultimo disgusto que le di a la Nona. Que sus nietos fueran unos salvajes era algo que no permitiría. Lucciano se hizo la víctima y yo quedé como el malo de la película.

Durante mi castigo noté cuanto hacia la Nona, se levantaba antes que todos nosotros, nos preparaba para ir a la escuela, luego preparaba el desayuno, lavaba los platos, hacia las camas, lavaba la ropa, preparaba el almuerzo, ordenaba la casa, nos recibía con la merienda, y se preparaba para la cena. Tener una casa con ocho niños entre catorce y cinco años era un gran trabajo, pero la Nona nunca se veía cansada.

Nuestros padres venían siempre los fines de semana, estábamos acostumbrados a verlos puertas afuera, ellos trabajaban y nos abastecían de todo, mamá trabajaba en una dulcería y siempre me traía una bolsa con caramelos, pero a mí no me gustaban, Antonio tenía nueve años, era uno de mis primos favoritos porque no me molestaba y de vez en cuando incluso me defendía, muchas veces cuando mis padres se iban, yo le daba mis dulces a él. Él sabía que yo disfrutaba cocinar con la Nona, y comenzó a pedirle a su papá que le trajera harina, harina que comenzó a darme a cambio de los dulces. A mí me parecía un cambió tonto, yo le daba una pequeña bolsa de dulces y él me daba varios kilos de harina.

Desde entonces olvidé que me había enamorado, olvidé el tiramisú, olvidé a Lucia, olvidé la parte de debajo de la mesa. Comencé a preparar pastas como la Nona me enseñó.

A los ocho años es difícil dirigir una cocina, con niños, cuando eres el menor, y además no dices una palabra, pero muchas veces yo preparaba la cena. Podía pedirle a la Nona que se tomara la tarde libre y preparar de entrada de sopa de alcachofas, albóndigas con espagueti de fondo y panna cotta de postre. La Nona dispuso que tres de mis primos fueran mis ayudantes, entre eso estaba Lucciano, que era el encargado de pelar papas y lavar la losa.

Un día, después de varios años, la Nona dijo que prepararíamos el tiramisú, yo tenía casi diez años, había pasado mucho tiempo, ya ni recordaba que todo había comenzado con una cucharada de tiramisú.

Durante todo el proceso, la Nona andaba un poco más lento que de costumbre, me indicaba los pasos a gruesa escala, “pon algo que le de sabor”, finalmente se sentó en la silla junto al horno y me dijo “corre Rocco, ve corriendo donde la niña que amas y conquístala con una cucharada y esa linda sonrisa”.

¿Qué iba a hacer? Con el plato en la mano, tomé una cucharada y se la ofrecí, ella era dueña de mi corazón.

La Nona, llevaba varios meses enferma en silencio, incluso cuando cayó en cama insistía en levantarse a limpiar, cocinar o cualquier cosa que hiciera falta en casa. Algunos de los primos se fueron de casa, sus padres decidieron que lo mejor era llevárselos para que no ocasionaran problemas. Terminamos solamente tres, Ángelo de doce, Maximo de once y yo.

La mamá de Maximo vino a ayudar a casa, pero la Nona gritaba desde la habitación “¡che la donna non osa toccare le mie pentole!” (“¡que esa mujer no se atreva a tocar mis ollas!”), sus gritos en italiano eran la cosa más hermosa que escuché en mi vida. Con esos gritos, heredé mi primera cocina, y mis primeros ayudantes. La Nona murió un 16 de agosto, luego de una semana en cama, recuerdo que aquel día  lloré tanto que pude hervir los raviolis en mis lágrimas.

16 de agosto, el día que todas las aves cantaron en italiano.

 

 

 

 

 

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