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9 min
Nosotros tres (2)
Amor |
11.04.20
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  • 286
Sinopsis

El tic tac suena en tu mente. Diez segundos que para él se convierten en diez años.

Su impulso le obliga a besarte de nuevo, con ternura, sin reparos. Aunque los demás os contemplan con una sonrisa, no estáis allí, estáis en vuestro mundo secreto. Tal vez intenten adivinar que tipo de relación os sujeta a esos besos tan entregados.

Él traía hambre de ti, te había prometido comerte a besos y no puede contener su deseo, no fuera que se te ocurriera salir espantada y no volverte a ver. Al menos le has permitido que se quede con el buen sabor de tu boca.

Y no puedes salir corriendo. Sus labios te han paralizado, envenenada por su dulzura y su sensualidad. Hacia tiempo que nadie te besaba así, haciéndote sentir como la única y deseable mujer a la que le dedican esas muestras de cariño. Pero lo cierto es que ya te había conquistado tiempo atrás. Fueron sus palabras gentiles, sinceras, ardientes y a veces cargadas con un alto grado de sexualidad.

Siempre quiso compartir contigo múltiples formas de amarte, en la distancia, excitando cada átomo de tu ser, haciéndote explotar como un volcán en vuestras citas a ciegas. Tu conseguías lo mismo de él.

Todos esos recuerdos se amontonan en su interior. Son tantos que no los puede retener, confluyen hacia ti porque ahora las palabras se convierten en actos, y su sueño, poco a poco se hace tuyo. Estás entre sus brazos, y quizás sea un sueño más, sin embargo, sigue sin querer despertar.

Mientras, indecisa, saboreas esa boca que te vuelve loca. No piensas en nada más. Ni siquiera en dejarte llevar por su intencionalidad de disfrutaros desnudos.

- Vámonos, amor - musita al dejarte tomar aire.

- Por favor cariño, no sé si debo - pides casi temblorosa.

Te abraza y ye aprieta contra su pecho. Te fundes en él. Lo impregnas de tu perfume. Inspiras su nostalgia.

- Te lo debes a ti misma - te calma su voz profunda - Pero si no te gusta, te dejaré que salgas corriendo.

- Siempre tienes respuestas para todo - ríes en voz baja con los ojos vidriosos.

Aún no sabes como has llegado a aquella habitación. Tu último recuerdo con él es en ese bar, en el que te notabas protegida entre sus cálidos y fuertes brazos. Ya no piensas en posibles decepciones, ni atisbo de dudas de su deseo por tu físico.

Escuchas el pestillo cerrarse. Os miráis fustigados por un futuro incierto. Tal vez mañana se acabe el mundo que os rodea, pero ahora no queréis conocer lo que pueda acontecer más allá de aquellas cuatro paredes. Tienes todo lo que necesitas para sobrevivir a cualquier apocalipsis. Lo tienes. Y él, todavía a caballo entre fantasía y realidad, se adentra en tu reino.

Deja la llave sobre el taquillón, pues tu puerta está abierta, y la penumbra se adueña de vuestras siluetas. Las tupidas cortinas ocultan la potente luz del atardecer. Una cama os espera muda, a los tres.

Aproxima sus labios a tu cuello, que mima con azúcar en cada gesto. Sabe lo que te excita, lo que te gusta. Simplemente porque ya se lo has enseñado. Innumerables noches de frases íntimas convertidas ahora en actos. La química adyacente os guía, sin desviaros del camino a la locura en llamas de vuestro secreto.

Tus manos se posan en su cuello. Tu cabeza se mece con sus mimos. Tus dedos tocan una melodía en su nuca, tus uñas juegan a extraer sensaciones en su piel. Le obligas a besarte y te estremecen sus manos en tu cintura por debajo de tu blusa. Ascienden, buscando tu calor en forma de soles. Los encuentra, y tu bajas una mano hacia el pantalón. Le desabrochas el botón y te cuelas bajo su tela intima. Ya no preguntas. Quieres comprobar su volumen. Todavía debe aumentar. Necesitas sentir como crece entre tus dedos, estimulada por y para ti. Te humedeces por dentro mientras te va desabrochando los botones de tu blusa. La abre y descubre tus hombros, dejando a la vista el sujetador de color vino que le separa de tus senos ansiosos. Lo suelta y ronroneas. Y sientes la presión en su miembro. Un latigazo de placer os atraviesa cuando se adueña de la tierna carne de tus pechos con ambas manos, llenándose se ti.

Le sueltas un breve instante para deshacerte de tu ropa primero y para ayudarle a quitarle la camiseta. Te gusta su torso de pectorales generosos pero varoniles, su abdomen plano y la calidez de su piel te enerva el apetito. Lo observas unos segundos, luego le pides con la mirada que te bese. Puede leer tus pensamientos.

Te abraza y te alza por la cintura y por tus nalgas para que te cuelgues de su cuello, para que tus piernas se enlacen a sus caderas, para que baileis al compás de la melodía de los besos, para que el aire no se interponga entre vosotros. Gozas de sus besos desesperados, de todos los besos descritos, de todos los besos no entregados. Su cuero quema tus senos.

Da media vuelta y te apoya en la puerta de entrada. Ahí te recreas en sus labios, los muerdes, los moldeas. Te hace descender y te da la vuelta. Tus palmas y tu mejilla se apoyan en la madera. Te besa el cuello, la nuca, el hombro, mientras sus manos soban tus pechos, apropiándose de tus pezones incitados por los sensuales pellizcos que te regala.

Sus manos descienden hasta tus caderas.Lentamente se agacha y baja tu pantalón tejano, acaricia tus piernas al volver a subir para liberarte de tu negra brasileña, y al alcanzar los tobillos te sorprenden sus besos por tu trasero.

- Qué culo tienes mi niña - oyes - te lo comería todo.

Te das la vuelta muy despacio, sin que deje de besarte hasta que le ofreces tu mojado y gentil sexo de vello estilizadamente recortado. No le sorprende. Es tal como lo estuvo imaginando. Con delicadeza te libera de los zapatos y del resto de la ropa arrugada a tus pies, dejándola a un lado.

Arrodillado frente a ti, te comienza a devorar y separas un poco las piernas para que su boca acceda mejor. Gimes, te apoyas en la puerta, tus pómulos se encienden, colocas tus manos en su pelo, empiezas a enredar tus dedos en sus cabellos, mientras su lengua comienza a derretirte por abajo.

Tus fluidos se derraman en su boca. Sus labios atrapan los tuyos y torturan la zona donde se concentra toda tu sensibilidad. Crispas tus manos atrapando sus cabellos y empujando su cabeza contra tu sexo. Inspiras y exhalas oxígeno. Sueltas un alivio. Te gusta a morir como te hace vibrar. Te observa. No puede decirte que le encanta complacerte ya que su boca anda ocupada completamente en ti. Tu placer se hace suyo. Pero no eres de estarte demasiado tiempo quieta y tiras de sus cabellos en dirección a tus pechos, también necesitados de su estimulante apéndice. De camino lame tu piel, dejando el rastro de tu sabor íntimo a su paso, y culmina tomándolos. Se deleita estirando y mordiendo las cumbres oscuras haciéndote revivir sensaciones pérdidas.

Llega tu turno y te agachas para plagiar sus pasos. Deslizas su ropa inferior que desplomas con caricias, lo dejas casi desnudo. Aprietas a una mano su longitudinal inflamación bajo el bóxer azul marino para después dejar a la vista la cabeza rosada y jugar con tu lengua a lamer y lubricar con tibia delicadeza su brillante piel. La desnudas completamente enganchando tus uñas a la elástica tela que se posa sobre el fresco pavimento. Su abdomen sube y baja con la tersura de tus labios recorriendo su anatomía intima hasta que, adueñandote de la base y con un sonoro gemido la engulles plácidamente, logras extraer una exclamación de su garganta, mientras la tuya se anega de su brava carne. Cabeceas en cuclillas, apretando golosa tus labios alrededor de su ariete. Acompaña con movimientos de su pelvis y coloca sus manos sobre tu nuca.

Nombra al altísimo. Te excita ver su cara descompuesta por tu pericia bucal. Ya no quieres huir de él. Necesitas sentirlo tuyo, porque así te lo pide también. Desaparecen los años de hambruna, las noches sin pasión, se derraman convertidas en caricias infinitas sobre aquel hombre que te ha deseado desde el momento en que apareciste en su oscura existencia para ilumirlo con tu esperada correspondencia.

Sujetas sus gónadas con sensual tacto y las masajeas, dándote un respiro para volver a lamer y besar su deliciosa cúpula. Ardes interiormente pensando en sentirla dentro de ti.

Te levanta, te abraza, asalta tu boca y la ocupa con sus hábiles labios, furioso, mordaz, se aprieta contra ti y tú contra él. Se agacha y te coge en brazos para transportarte a la cama. Sonríes y te cuelgas de su cuello.

- Siempre he querido hacer esto contigo - te comenta.

- Lo sé cielo. Y yo esperaba que lo hicieras - contestas recordando las veces que te lo había descrito.

El tiempo se detiene a miraros, los tres, sin nada que ocultar, con todo por entregar.

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