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9 min
Nuestro amor es para siempre
Terror |
11.05.14
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Sinopsis

Dos amantes, casi desconocidos, quedan en un hotel, es la primera vez que van a verse cara a cara, y nada es lo que parece, cada uno espera algo del otro. ¿El que?...

Nunca le habían gustado los hoteles, para él era como ponerse una ropa usada que no se sabe si está o no lavada y que enfermedades puede transmitir, pero la ocasión requería que estuviera allí aquella noche.

Siempre había sido un tipo solitario, lo que no quería decir que no hubiera conocido a mujeres, habían sido muchas, y de todo tipo, pero ninguna había tenido lo que él deseaba.

Internet le había facilitado mucho las cosas, porque gracias a él había conocido a Rita, al menos virtualmente, y su vida había cambiado por completo con aquella mujer.

Hacía ya tiempo que el “estudias o trabajas” había pasado de moda, seguramente desde que se enfundaba su chaleco vaquero y mecano sonaba en las discotecas que frecuentaba.

Rita había aparecido como Madame destino en una página sobre armas antiguas, afición que compartían, habían congeniado a la primera, aunque las conversaciones se habían limitado a la temática en cuestión, dagas y floretes, espadas y arcabuces…

Él decidió dar el siguiente paso, enseñarle su mayor tesoro y, si funcionaba, abrumarla y sorprenderla con él, una daga que poseía guardada como una pieza de museo, su fecha exacta era un misterio, sabía que había pertenecido a una mujer de la realeza inglesa del siglo XVII y si, era original, era lo más valiosos que tenía en su vida.

Rita sucumbió a aquella belleza con grabados de oro y filo casi perfectamente cuidado.

Tras casi un año de amistad, decidieron conectar sus cámaras web, se vieron por video llamada, él estaba algo nervioso y miles de preguntas le atormentaban. ¿Y si no le gusto? ¿Y si es ella la que no me gusta a mí? Amaba la personalidad de aquella mujer, pero el físico era algo muy diferente. También tenía duda respecto a aquella tecnología, pues era un tema en el cual nunca había estado muy ducho, ¿Y si se corta la señal? ¿Y si se va la luz? Pero se enfrentó a sus miedos y  todas sus dudas se esfumaron cuando vio a Rita, tenía el pelo negro, cortado a lo chico, ojos que podían paralizarle, una boca carnosa y sensual, y por lo poco que pudo ver, su cuerpo continuaba la misma belleza.

El agradeció conocerla así y no en persona, pues quizás ella hubiera reparado en el bulto que se hubiera formado en sus pantalones, todo salió bien para los dos.

Hablaron y hablaron durante meses, todos los días, él hubiera dicho que se había enamorado, pero no se atrevía siquiera a pensarlo, como si temiera romper el encantamiento, ella vivía algo lejos de él y no dudó en mudarse si la relación funcionaba y ella se lo pedía, odiaba la comida exótica, y él se dijo, como si se lo ordenase a él mismo, que comería comida española hasta el día en que muriera su hacía falta, eran felices.

Le sorprendió que Rita mostrase un intenso y casi enfermizo interés por la daga, pero pensó que sencillamente le gustaba, pues su rostro se había iluminado cuando la vio a través de la webcam.

Tras algo más de un año, ella le regaló algo especial por su cumpleaños, algo que él jamás había imaginado, desde ese día, a pesar de su natural timidez, se había convertido paulatinamente en un experto en el cibersexo, y estaba preparado para el sexo en directo con ella.

Y allí estaba, era el cumpleaños de Rita e iba a conocerla, además tenía un regalo especial para ella, la daga, la que tanto le gustaba.

Miró su reloj, eran las diez, ya se retrasaba, esperaba que no le diera plantón, solo de pensarlo quería morirse, pensó que quizás se había precipitado, o que aquello tan solo era un juego para Rita, una aventura cibernética, y que ella prefiera hombres más fuertes y varoniles.

Cuando apareció, se sintió torpe. ¡Era ella! Vestía con un vestido corto, las piernas enfundadas en unas medias negras y un escote que casi le hizo desmayarse, le entregó una sonrisa pintada de rojo pasión, él no sabía cómo saludarla, pensaba que un beso sería muy atrevido y estuvo a punto de tenderle la mano, pero ella le besó levemente en los labios y acalló todas sus estúpidas dudas.

--No puedo creer que estés aquí—dijo él.

--Ni yo—sonrió ella—Por fin te tengo a mi lado.

--Sentémonos en la cama—dijo él.

Sin soltar sus manos, se sentaron a un lado del lecho, era cómodo y de matrimonio, él intentó no pensar en ellos allí, desnudos, amándose, se sintió torpe de nuevo, su timidez volvía a salir, tenía que hacer algo antes de que se echara todo a perder.

--Te he traído un regalo—dijo volviéndose hacia la mesita de noche—Estoy seguro que te gustará.

Ella miró la caja rectangular, atada con un lazo rojo.

--¿Por qué te has molestado?—dijo.

--No es ninguna molestia—dijo él.

Ella abrió la caja despacio, estirando a la vez del lazo y el suspense, su mirada se iluminó y abrió la boca impresionada, efectivamente, era la daga, la que tanto le gustaba, el arma, con parte de joya, resplandecía como si acabara de ser descubierta por un explorador.

--¡Cielo santo!—exclamó—¡Es la daga!

--Sabia que te gustaría—dijo él—Pero cógela, ¡Verás que brillo, que tacto!

Ella obedeció, con una delicadez extrema sacó el arma de la caja y la observó maravillada, la observó, los relieves de su vaina y del puño parecían contar una antiquísima historia, el sonido, casi armonioso, al desenvainarla , el reflejo del filo, algo desafilado por el tiempo pero igual de cortante, parecía un espejo para que ella se mirase.

Él la miraba sonriendo, si aquel regalo no la conquistaba del todo, nada lo haría, ella cogió la daga por el puño, con ambas manos, y apuntó hacia su propio pecho, la sonrisa del rostro del hombre desapareció.

--¿Qué harías si lo hiciera?—le preguntó ella.

Él palideció, se dio cuenta de su error, quizás no tendría que haber confiado en aquella mujer, puede que le hubiera mentido todo ese tiempo y solo sea una loca, una demente que ahora tenía un arma en la mano.

--Me moriría—respondió fríamente.

Ella sonrió, volvió a enfundar la vaina y se acercó a la mesita de noche, la dejó allí, con el puño apuntando hacia ellos. Él se tranquilizó, por lo visto solo bromeaba, ella se inclinó hacia él y le besó, fue un beso apasionado, ambos sabían que había desencadenado lo que tanto ansiaban los dos. Se abrazaron y besaron como locos, como dos adolescentes, y hubieran seguido así si ella no se hubiera apartado de él.

Salió de la cama y se desnudó despacio, como había hecho otras veces a través de la webcam, se mostró ante él tal y como era, su cuerpo era casi perfecto, moreno y curvado donde debía de haber curvas, y estas parecieron marearle, en cambio él no era perfecto, temió que ella le mirase y le rechazase, pero ¿Qué estaba diciendo? Ya le había visto en las sesiones de cibersexo, debía estar seguro de sí mismo y lanzarse a la piscina.

Ella no solo no le rechazó, sino que tomó el mando, le tumbó sobre la cama y se puso a horcajadas sobre él, le cabalgó apasionadamente mientras ambos gritaban de placer, él no había sentido eso en toda su vida, no así, no con ese amor que sentía por ella, en ese momento lo dijo, le dijo que la amaba, y se dijo a si mismo que estaba enamorado de aquella mujer, el encantamiento ya no podía romperse, nunca se rompería.

Estaba a punto de llegar a un orgasmo junto a ella cuando vio que alzaba los brazos, tenía algo en las manos, ¡Era la daga!

El orgasmo le sobrevino mientras sonreía. ¡Era ella! ¡Su amor! ¡Por fin la había encontrado!

Ella le miró y sonrió.

--Tempus Atrox Amator Reversio—dijo con una tonalidad solemne.

Y clavó la espalda en el pecho de él, después la sacó y se ensartó ella misma, llegando a su propio corazón.

Desnudos, respiraban abatidos, todavía acariciándose y besándose, eran ellos, pero ahora estaban diferentes, con cuerpos nuevos y rejuvenecidos.

--Sabía que eras tú—sonrió él—Lo sabía, tenía esa intuición.

Ella le miró, ahora tenía una melena negra y brillante, parecida a la suya, su cuerpo era todavía más espectacular que el anterior, pero ahora él no tenía nada que temer, su anatomía también era casi perfecta.

--¿No has dudado ni un segundo?—sonrió.

--Cuando vi que dejabas la daga sobre la mesa—dijo él—Creí que estaba equivocado, pero al verte con ella en la mano, supe que te había encontrado.

--Te lo dije hace mil años—dijo ella—El tiempo acabaría por juntarnos de nuevo, y aquí estamos.

Se besaron por quinta vez, o por milésima vez si contaban con todos los besos, y con todas las vidas.

Hacía ya casi mil años que aquella hechicera con sangre real los había separado, condenándolos a ser inmortales pero despojándoles de su parte vampírica y dándoles un aspecto diferente a ambos, después los había hecho dormir durante quinientos años, uno en cada parte del mundo, acabando así con la masacre que estaban llevando a cabo los dos. La daga era el único medio por el cual podían volver a unirse, pero ¿Cómo podía él contárselo a todas las mujeres que conocía? La mayoría tan solo veía una daga antigua, y ella había buscado durante todo el tiempo a quien tuviera la daga, pero ¿Cómo desvelarle quien era? Que tuviera la daga no quería decir que fuera su amante arrebatado, total, habían estado buscándose durante muchísimo tiempo, pero ya estaban juntos, de nuevo.

--Nadie nos detendrá ahora—dijo ella que, como él, mostraba sus afilados y blancos colmillos.

--Nadie—sonrió él—Nuestro amor es para siempre, eterno.

Después de vestirse, los dos se marcharon como suelen marcharse los vampiros, por la ventana.

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Miguel Ángel Sánchez de la Guía nació en Toledo en 1983, desde joven se interesó por el mundo de la literatura hasta que quiso traspasar la frontera entre espectador y creador y comenzó a escribir. Es autor de la novela de ciencia ficción Thanatos así como de numerosos relatos, muchos de ellos publicados en su blog personal. Es miembro de la Asociación de Escritores El Común de la Mancha, formando parte de su junta directiva, también ha colaborado con varios programas en Radio Quintanar. http://www.lulu.com/spotlight/sanchezdelaguia

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