cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

15 min
NUEVA MAESTRA
Ciencia Ficción |
04.03.14
  • 4
  • 7
  • 1402
Sinopsis

"Tenían todas la tez muy hermosa, porque comían carne fresca, como su padre." Charles Perrault-- Pulgarcito

         Andrés, de doce años, y los demás chicos del grado, de diversas edades, ya sabían que esa mañana cambiarían de maestra. Se retiraba la vieja señora Adelina, y venía la maestra nueva, la señorita Helga. Ésta había arribado al pueblo de Arroyo Dulce con un señor mayor, bigotudo y serio --el jefe de zona--, a bordo de un viejo Ford negro.

         La señorita Helga fue presentada a todos, y los alumnos pudieron ver a una mujer grandota y gorda, enfundada en un tapado verde. El señor de bigotes dio un pequeño discurso, acerca del respeto, los buenos modales y el interés por los estudios. La nueva docente, como la anterior, viviría en la vieja casa anexa a la escuelita, en las afueras del pueblo.

         El jefe de zona dejó a la señorita Helga y partió del pueblo en el Ford negro, llevándose a la señora Adelina.

         La maestra nueva era mucho más joven, como de treinta, treinta y cinco o cuarenta años. Mostraba bellos ojos celestes, enmarcados por una melena mediana, rubia y lacia.

         Cuando se quitó el tapado de paño, vieron que aunque muy corpulenta no era gorda, sólo regordeta. Fascinados, notaron que debajo del ajustado guardapolvo abultaban unos senos colosales, literalmente, como si llevara dos sandías casi reventando la ropa.

         Los chicos mayores, intimidados, no podían dejar de mirar con fijeza esos gigantescos y turgentes pechos, tan grandes que podrían ocultar el sol, y su dueña parecía no molestarse en absoluto por esa contemplación.

         La señorita Helga tenía un rostro correcto y agradable. Exhibía una sonrisa cálida y reía con facilidad, mientras conversaba y se paseaba por el aula, balanceando sus tremendas y abrumadoras glándulas mamarias; y era evidente que el poder de esos senos, sobraba para ejecutar a cualquier hombre con entera facilidad, aunque nadie lo tuviera conciente.

         Los días transcurrieron y las clases marchaban muy bien, en especial por la sumisión de los varones mayores, todos ellos subyugados por el peso colosal de la personalidad  de su maestra, y sobre todo por sus tetas imponentes.

         Por completo apabullados, reblandecidos por la avasallante presencia de esas rotundas ubres estremecedoras, los chicos permanecían embelesados y temblorosos, como flotando en una tíbia atmósfera de almíbar.

         Una mañana, la señoritá Helga le dijo a Chango, el compañero de banco de Andrés, que debería quedarse después de hora durante unos días, pues andaba flojo en matematica y lenguaje. El chico accedió contento y ansioso, como un gatito ante un plato de leche.

         En los días siguientes, Chango dejó de ir a la casa de Andrés para escuchar a Tarzán por la radio. Tampoco estaba dispuesto su amigo, cuando Andrés lo pasaba a buscar para pescar en el lago del arroyo. Durante las clases en la escuela, se lo veía silencioso y quieto, absorto en la contemplación de su maestra.

         No había pasado una semana, cuando Andrés, mientras hacía los mandados, pudo ver en la calle a los padres de Chango, hablando con la maestra durante largo rato.

         Al otro día, la señorita Helga anunció a la clase que el niño Chango pasaría una temporada viviendo en su casa, porque en realidad, andaba flojo en todas las materias.

         Transcurrió el tiempo y Chango se perdió de vista ya casi por un mes. También permaneció en casa de la maestra cuando los niños asistían a las clases diarias. Ésto no le extrañó a Andrés; ya sabía que su corpulenta profesora había hablado con los padres de Chango, y pensó que todo estaba bien.

         Comenzó mayo, y entonces la señorita Helga le propuso a Andrés que fuera a su casa varios días, para que ella le enseñara bien las ecuaciones algebraicas.

         Ésto maravilló al chico, y apenas podía disimular su contento, porque adoraba tanto a su enorme maestra que la familia había quedado en segundo plano.

         De inmediato acordaron la hora en que iría a practicar a la casa de la señorita Helga. Ésta, complacida, rio muy fuerte delante de todos, mientra que con un abrazo irresistible lo apretaba de cara contra la turgencia de sus senos. Cuando lo soltó, el chico, jadeante, apenas pudo llegar a su casa, con las rodillas temblequeantes y preso de intensa excitación.

          . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

         Andrés llegó a la casa de la escuela. La maestra lo recibió muy cariñosa, dando varios besos en el rostro del sobresaltado muchacho.

         Otra vez con las piernas temblando, Andrés quedó acomodado en la mesa del comedor, con sus ejercicios de álgebra. Esperaba encontrarse con su amigo Chango, pero vio que no estaba. Supuso que su profesora lo había mandado de vuelta a la casa.

         Sólo notó, extrañado, un bebé como de dos años sentado en una silla alta al otro lado de la mesa. Era un niñito extraño, contrahecho, como si lo hubieran comprimido. Lo observaba con expresión malévola, en un rostro algo arrugado, como aviejado y repulsivo. Además descubrió que esa cara era parecida a la de su amigo Chango. Imaginó que sólo le parecía, ya que esperaba encontrar allí al otro chico.

         La señorita Helga volvió de la cocina llevando el café con leche con pan y manteca. Le  explicó que el pequeño de la silla alta era una criatura que estaba cuidando por encargo.

         Mientras atendía a las demostraciones sobre álgebra, Andrés acertó a mirar a lo alto del armario medio lleno de libros. Había un frasco grande allí, de boca ancha y tapa de rosca. Adentro se veía una figura como de recién nacido, arrugada, peluda y asquerosa, medio envuelta en un pequeño lienzo.

         La mujer notó hacia donde miraba. Entonces le aclaró que éso era una figura de cera, conservada desde la época en que estudiaba medicina.

         Andrés siguió escribiendo lo que ella le dictaba. Pero, sin embargo, recordaba que esa especie de homúnculo parecía haber abierto y cerrado los ojitos, observándolo con somnolencia; además la tapa de rosca del frasco tenía unos agujeritos, como para que alguien respirase.

         El muchacho tomó el café con leche y su maestra practicamente lo embuchó con pan y manteca. Enseguida, ella se puso a alimentar al nene de la silla alta, dándole a cucharadas de un botellón, una espesa emulsión rosada. Luego, mandó a Andrés a su casa para que pudiera escuchar a Tarzán por la radio, a las seis de la tarde.

         Y así fue yendo y volviendo de la casa de su maestra. Tan embelesado estaba con ella, que ni se percató que no veía a Chango en el aula, ni en el pueblo, ni en ningún lado.

         Entretanto, el otoño traía a la región un aire fresco y seco, tornando de cobre las doradas hojas de las arboledas, en el lento transcurrir de aquel año, durante la década de los cincuenta.

         Para entonces, en medio de una clase con todos los chicos, La señorita Helga le dijo a Andrés que pasaría una temporada viviendo en casa de ella; ya le había hablado a sus padres y estaban de acuerdo, de ese modo no hacía falta que volviera a su hogar para avisarles.

         Cuando terminaron en la escuela fue contento junto a su maestra, treinta y cinco centímetros más alta, pareciéndole que soñaba despierto. En la casa, encontró una maleta con mudas de ropa, revistas, libros y otras cosas para él, que su anfitriona le había procurado en casa de sus padres.

         Esa tarde, el muchachito practicó diversos ejercicios de álghebra y geometría, en tanto su maestra corregía los cuadernos de la escuela. Luego tomaron la leche y ella le encendió la radio para que escuchara el programa de Tarzán.

         Después de la audición, la señorita Helga, en presencia del pequeño de la silla alta y del extraño homúnculo del frasco, muy cariñosa rodeó los hombros del chico con un brazo firme e irresistible. Lo apretó con fuerza contra sus formidables senos que, realmente, eran grandes como sandías, mientras suspiraba: --¡ Oh, mi precioso niño !

         Andrés, paralizado, conmocionado entre el pánico y el regocijo, temblaba sin atinar a nada, al tiempo que ella lo alzaba de la silla con sus poderosos brazos, y se encaminaba hacia la mecedora, manteniéndolo oprimido como un muñeco contra la inmensidad de su busto. Se sentó acomodando al muchachito sobre sus faldas y por completo incrustado contra sus pechos, en estado de estupor.

         Estuvieron allí meciéndose; ella abrazaba con fuerza al chico, acariciándolo, en tanto cantaba con dulzura.

         La plácida tarde fue transformándose en una penumbra azulada, acribillada con intermitencia por los destellos rojizos de la estufa a leña.

         La noche se asentó sobre el paraje. La señorita Helga se alzó de la mecedora, transportando a Andrés, semi-inconciente y aferrado como una garrapara a sus senos tremebundos, hacia el dormitorio.

            . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

         El niño de doce años abrió los ojos y se encontró mirando el techo, iluminado por la mañana. Su mente era un vacío casi total. Pasó un tiempo, hasta que pudo darse cuenta que estaba tendido sobre la cama de su maestra. Lo invadía una especie de parálisis, como si estuviera hecho de plomo. Con esfuerzo fue levantando la cabeza, y descubrió que se hallaba desnudo. Pudo ver que tenía el cuerpo cubierto por viscosidades de humores y secreciones orgánicas con trazas de sangre, como si fuera clara de huevo. En su cabeza relampaguearon recuerdos fragmentarios, poblados de escenas carnales con la señorita Helga, antes impensables. Intentó incorporarse, sin lograrlo. La náusea subió desde su vientre y perdió el conocimiento.

         Despertó sentado a la mesa del comedor, limpio y vestido, invadido por una debilidad lapidaria que lo mantenía inmóvil, apenas pudiendo utilizar las manos.

         El pequeñito de la silla alta lo miraba muy torvo desde el otro lado de la mesa. Su maestra apareció desde algún lado y acarició a Andrés. Colocó sobre la mesa el cuaderno con nuevos ejercicios que el muchachito fue resolviendo de a poco. Después trajo el botellón y se puso a alimentarlo, atiborrándolo con la misteriosa y espesa emulsión rosada, dulzona y empalagosa, hasta dejarlo con el estómago repleto y abultado. Enseguida dio de comer al nene de la silla alta y luego encendió la radio para que pudiera escuchar a Tarzán. Y el chico apenas si pudo reconocer la cortina musical y el lejano llamado del rey de la selva.

          Mientras corregía los cuadernos de la escuela, su maestra charlaba cálida y largamente, mientras Andrés casi no entendía lo que decía.

          En un momento su maestra dispuso la cena, embuchándolo de nuevo con la espesa y enfermiza substancia color de rosa. Al caer la noche lo mantuvo largo rato abrazado con estrecha ternura, en tanto se mecían en el sillón hamaca. Al tiempo de levantarse, llevaba a Andrés alzado, por completo enquistado entre sus tetas sobrehumanas, camino al dormitorio.

          Así sucedió durante el paso de muchos días. Los desayunos, almuerzos, meriendas y cenas, se tornaron en perpetuos y forzados atracones con la emulsión enfermiza con que era rellenado casi hasta reventar, para terminar en la cama de su maestra, consumando profundos y reiterados actos; mientras tanto, el niño fue arrugándose, al tiempo que se contraía con rapidez.

          Un buen día, la señorita Helga levantó a un aletargado Andrés y lo puso en la silla alta; de inmediato tomó al nene contrahecho y lo metió en el frasco, mientras se llevaba a su alcoba al muñeco--homúnculo, antes ocupante del recipiente.

          En medio de una confusa serie de días, Andrés pudo percibir sentado frente a él a otro chico tal vez conocido, estudiando y escribiendo en cuadernos.

          Una sola vez, en uno de sus lapsos de vigilia, el muchacho atinó a preguntarse qué efecto le estaba haciendo en su organismo la espesa, la enfermiza emulsión rosada, con que su maestra lo embutía todos los días hasta la saturación.

          Al cabo de un tiempo, paralizado, en medio de su permanente intermitencia entre letargos y estupores, Andrés pudo percibir que dos manazas lo levantaban de la silla alta y lo introducían en el frasco de boca ancha. Pensó que ésto quería decir que se había vuelto pequeñito, deformado y asqueroso, como esas anormalidades que los médicos conservan sumergidas en botellones con formol.

          Pero después de todo se sentía muy bien allí, encerrado el el frasco de vidrio. Estaba cómodo y calentito, durmiendo casi todo el tiempo. La señorita Helga lo había tratado siempre amorosamente, y confiaba por entero en lo que ella haría con él.

          Desde allí arriba, dentro del frasco puesto en lo alto del armario, podía mirar todo el comedor. Pudo ver que el pibe nuevo estaba ahora en la silla alta, y otro pibe más nuevo, todavía normal, se encontraba sentado enfrente escribiendo en cuadernos.

          Entonces presenció, como en una película retrospectiva, en una secuencia idéntica, todo lo que le había pasado a él mismo.

          Vio cómo el muchachito hacía los ejercicios en los cuadernos, atendía las explicaciones que le daba su maestra, tomaban el café con leche y escuchaban a Tarzán por la radio; después, la señorita Helga lo apretaba al chico y se lo llevaba a su habitación, para sacarlo al otro día, estragado y paralítico, sentándolo otra vez a la mesa para embucharlo con esa cosa rosada.

          Al final de la larga sucesión de días, el pibe nuevo y el de la silla alta se habían contraído en forma horrorosa. Andrés supo que había llegado el momento del recambio.

          La señorita Helga se le acercó y alzando los brazos lo extrajo del frasco de vidrio. Lo puso a esperar en el estante del armario, se volvió hacia las otras criaturas y procedió al reemplazo.

          Después tomó a Andrés con ternura entre sus manos y caminó, llevándolo hacia su cuarto.

          En el trayecto, arrebujado y muy cómodo entre las manos de su profesora, Andrés se preguntó qué pasaría ahora, ¿se lo comería su maestra, como hacían las Ogresas con los niños en los cuentos infantiles? La corpulenta mujerota no era fea... nada fea. Pero si era una Ogresa --pensó--, comería niños; y realmente no estaría mal, nada mal, que ella se lo comiera. Pensándolo bien, sería muy agradable ser devorado por la cálida y adorable señorita Helga.

          Transpusieron la entrada de la alcoba y la maestra cerró la puerta a sus espaldas.

                                               .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .   

        

     

         

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • Serendipity 2018: Gracias por tu comentario... Un amigo me dijo que éso es demasiada imaginación, y yo le contesté que si tengo un avión no voy a viajar por la carretera... de todas maneras gracias por leerme, y perdón por alguna "vulgaridad" que tal vez veas en el cuento... Vaya un saludo...
    Serendipity 2018: Gracias por tu comentario... Un amigo me dijo que éso es demasiada imaginación, y yo le contesté que si tengo un avión no voy a viajar por la carretera... de todas maneras gracias por leerme, y perdón por alguna "vulgaridad" que tal vez veas en el cuento... Vaya un saludo...
    Vaya! Me dejaste atrapada con este relato! Qué imaginación! Saludos!
    Un cuento fantástico. Me ha gustado.
    NECO PERATA (Sitchin): Yo pensé que debía ser un clima obsesivo, oscuro, y mostrar una "Ogresa"... deseable, que fuera un impacto para los niños de 12 años, trato de convencer al lector que puede ser agradable... y bueno... ser "comido" por semejante hembra, y el final sólo sugiere que los niños no son comidos como un sanwich, sino de otra forma, ya regresados a fetos vuelven al útero donde son absorvidos, pero no puedo hacer esa descripción porque quedaría de mal gusto. Los comentarios son bienvenidos. NED.NIEVE: Se los come en sentido figurado, como fetos son absorvidos por la vagina y vuelven al útero... Gracias por el comentario... y un abrazo...
    mANEJÁS MUY BIEN EL SUSPENSO, LA DESCRIPCIÓN DE LOS PERSONAJES, EL RELATO ATRAPA,, PERO HAY REITERACIÓN EN CUANTO A SUS ATRIBUTOS MAMARIOS, EL TRATO CON EL NIÑO Y LA VISIÓN DE ESTE, EL FINAL ABIERTO ES MEDIO TRAMPOSO. ( ESPERO QU NO TE MOLESTE MIS COMENTARIOS,, SON CON BUENA ONDA, PARA QUE TENGAS UN MEJOR PRODUCTO) ABRAZOS
    muy,muy bueno, espero que no se lo coma, gracias por la buena historia :)
  • ¿ Quienes son esos enigmáticos personajes que deambulan por allí, por las calles de la gran ciudad...?

    Las extrañas derivaciones de una simple pérdida de cabello.

    Historia de vidas legendarias... y misteriosos asesinatos...

    Ella era una violinista prodigiosa, y sabía complacer a sus discípulos adolescentes, y guardaba algo bajo los muros de la casona.

    Después de tanto tiempo, Bahía Blanca lo esperaba, aunque ya no era la misma...

    No cualquiera puede montar un elefante.

    La mano del imperio llega hasta los lugares y seres más apartados.

    Extraños horrores que surgen en las horas más sombrías...

    Es asombroso ver con cuánta gente se puede encontrar uno en la presentación de un libro.

    A dónde vas través de los angustiosos abismos interestelares...

nacido 1943-estudio de dibujo ar tístico e historietas, retratista y ca ricaturista trashumante 2000/0l-afincado 2002- 1985 estudios de biología- escritura desde 1972.

Tienda

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta