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7 min
#FS LA SIESTA
Amor |
02.09.19
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Sinopsis

Las calurosas tardes de verano invitan al sosiego y algo más. Este relato tiene mucha realidad y mucha fantasía. Dejemos que quien lo lea establezca la proporción

Si una jubilada prematura como yo está unida en santo matrimonio con un destacado miembro del clero académico, lo más probable es que padezca unas vacaciones estivales que suelen ser insufriblemente eternas. La primera parte discurre a menudo muy cerca de alguna universidad europea. Este año tocaba Cambridge, en una bed&breakfast muy bucólica, sin wifi claro. La quincena final cumpliendo una vieja tradición: pasarlas en el pueblo natal rodeada de mis hermanas y familia, sin wifi ni tampoco buena cobertura, claro.

 

A excepción de Alicia, la menor, y mi cuñado Kepa, casado con Ariadna, la mayor, el resto, niños y no tan niños incluidos, pasaban los días practicando senderismo montaña arriba y montaña abajo, no regresando a la gran casa familiar hasta bien entrada la tarde.

 

Alicia, ama de casa vocacional y correveidile oficial, apenas paraba en casa, y cuando lo hacía no dejaba entrar a nadie en “su” cocina. Kepa, un euskaldun de pura cepa, grande, fornido, serio y de pocas palabras, pasaba la jornada con su sempiterno portátil traduciendo novelas al euskera para una prestigiosa y subvencionada editorial. Y yo pegada a la tablet, escribiendo y haciendo esquemas y bocetos para mis secretos cómics.

 

Ese era el panorama para una servidora, mucha diversión y poco sexo ¿qué se puede esperar de tu pareja que ha pasado de lejos los 60 después de hacer más de 15 km por esos montes de dios ?

 

Una tarde Alicia anunció a la concurrencia que tenía comida al día siguiente con sus “quintas” en La Fonda Alcalá, y que me apañara con la comida y la cena, ya que llegaría muy tarde.

 

Llegada la hora le propuse a Kepa si le iban unas migas con huevo frito y melocotón del terreno.

 

— sí Annie, me parece perfecto— contestó con una sonrisa y una mirada que me descolocó.

 

Y es que nadie me conoce como Ana, Anita o mucho menos como Annie. Para todos soy Gaby o Gabriela. Como mucho Ana Gabriela.

 

Hacía mucho calor. Aprovechando que estábamos solos nos sentamos a la mesa tal cual: él con bermudas y pelo en pecho, y yo con una camiseta hasta medio muslo de canalé de algodón blanco,  sin mangas y sin sujetador. Debía transparentarse todo ya que Kepa tenía la vista clavada en mis pechugas. A los dos nos gusta comer con cava, así que nos despachamos una botella de las que Alicia siempre surte la bodega. Terminamos con un café ristretto.

 

— Kepa, voy a recoger que me voy a la siesta.

 

— no Annie, vete. Ya lo hago yo. Disfrútala.

 

De nuevo Annie y sonrisa. Se la devolví.

 

Me quedó un raca-raca momentáneo pero ya lo había olvidado al tumbarme en la cama del desván, el lugar más fresco de la casa... y el más seguro; hace falta abrir cuatro puertas hasta llegar a él, lo que da tiempo para enfundarse algo que te cubra la desnudez. Y es que en periodos de escasez, para mí la siesta es un litúrgico ritual de onanismo. No me gusta masturbarme (sí que me masturben, por supuesto) pero me encanta sobarme, acariciarme, olerme...

 

Y en esas estaba cuando lo presentí.

 

Al darme la vuelta allí estaba Kepa.

 

Ni yo me inmuté ni él tampoco.

 

— sigue. Me gusta lo que haces— me dijo sonriendo.

 

El cabezal de la cama está en la pared de la puerta, justo a su izquierda. Yo me acariciaba la axila izquierda ligeramente de ese lado con el muslo derecho doblado hacia arriba. Al girarme lo bajé mostrándole mi barriga y pubis. Le devolví la sonrisa, un gesto de clara invitación.

 

—¿puedo?— preguntó.

 

Sin saber exactamente su intención contesté —claro.

 

Se acercó y se sentó en el lado de la cama.

 

— ¿no sigues?

 

— ¿quieres hacerlo tú?

 

No respondió. Se quitó las bermudas. Yo le hice sitio a mi derecha. Se echó a mi lado. Una prometedora erección estaba en claro proceso.

 

— ¿te va bien así?— pregunté. Kepa es zurdo.

 

— me las arreglaré. ¿Puedo?

 

Levanté mi brazo izquierdo dándole paso. Su mano derecha acarició mi vello que inmediatamente se erizó. Al rozarme apenas el lado del pecho y tocar mi pezón no puede evitar un gemido. Se quedó recreándose, pero yo quería más.

 

— ¿no sigues?— pregunté.

 

Bajó hacia mi ombligo, una de mis últimas líneas de resistencia. Vencida esta, soy cautiva de cualquier extravagancia. Él pareció adivinarlo. Se quedó ahí el tiempo justo. Cuando sus hábiles dedos bajaban la suave curva de mi tripa y ya conectaban con mi vello púbico me abrí.

 

Apenas rozó mis labios sonrió. Besó sus dedos mojados.

 

— estas lista Annie.

 

— claro.

 

Esta vez no pidió paso. Se volteó sobre mí, dejándose caer con su cuerpo grande y caliente sobre el mío pero sin aplastarlo, con la presión justa para permitirme jadear gozando de su contacto. Abrí los muslos un poco más, dejándole encajar a su gusto su miembro.

 

— levanta tus brazos Annie.

 

Le dejé mis axilas a su alcance —hueles muy bien— dijo. Las besó, impregnándose de mi sudor —y sabes mejor— continuó. Yo me moría porque me taladrara de una vez. Se hacía rogar.

 

— por favor— casi supliqué — métela Kepa, por favor—

 

Besó mis pezones, mi cuello, y después mis labios. Le entregué mi lengua que acogió con fruición. Cuando me di cuenta ya tenía toda su verga hundida en mis entrañas. Mi vientre se encogió y jadeé casi con violencia.

 

Y empezó el juego.

 

— Annie... acaríciate. Solo cuando me retire.

 

Entraba y salía en mí, de forma pausada. Yo le seguía. Su ritmo lento se aceleró conforme nos íbamos sincronizando hasta alcanzar un ritmo perfecto. La doble estimulación de su hábil polla y de mi dedo en el clítoris hacia estragos en mi cuerpo totalmente entregado.

 

— un poco más despacio Annie... así, así... muy bien.

 

— sí, sí... así.

 

Me iba a correr demasiado rápidamente. Yo no quería y él se dio cuenta. 

 

— no te acaricies... no... así.

 

Pero ya estaba. Era inevitable... y el orgasmo me alcanzó... una, dos, tres sacudidas... Kepa aumentó su ritmo con penetraciones profundas y violentas acompasando las oleadas de placer que me invadían.

 

Todo cesó dentro de mí. Mi carne ingrávida ya solo sentía su asta caliente y dura balanceándose en mi vientre y sus labios libando mis pechos y mis axilas.

 

— me voy a correr Annie. ¿Lo hago dentro?

 

Lo dijo casi susurrándome.

 

— ¿puedes meterla en mi boca?— contesté casi en las nubes.

 

Se incorporó no sé cómo, pero instantes después estaba a horcajadas sobre mi vientre, con su pene entre mis labios, un delicioso y cálido manjar que paladeé con fruición hasta que descargó su leche en mi garganta.

 

Me supo a poco. Fue la primera vez que me tragaba el esperma de un hombre, y lo hice con avaricia, con placer y con ganas de más. Kepa soportó su clímax arrodillado con sus nalgas descansando en mi abdomen. Cuando estuvo seguro que toda su carga estaba donde yo quería se dejó caer a mi lado.

 

Nos abrazamos y besamos un buen rato hasta que me dio la vuelta.

 

— deja que te acaricie la espalda.

 

Mi placer secreto: que me rasquen esa parte tan sensible y desconocida para la mayoría de los tíos. Al pco caí muerta, víctima de ese vasco cabrón.

 

Desperté sola. Suspiré. Uff, qué bueno. La ducha me supo a gloria. Me vestí y bajé al salón. Allí estaba Kepa, tras su portátil, como si nada hubiera ocurrido. ¿Había sido realidad o un sueño?

 

Me dedicó una sonrisa.

 

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