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7 min
Nunca volverás a Ítaca
Drama |
23.12.16
  • 5
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  • 200
Sinopsis

La vida, a veces, no es un camino de rosas. Puede estar, sin embargo, plagada de espinas.

Me llamo María García y acabo de matar a mi padre. También he matado al padre de mis hijos. Me han encerrado en un psiquiátrico porque no entienden que lo hice porque había que hacerlo, porque era lo mejor, la única solución posible. No he contado toda la verdad, no puedo hacerlo.

Tengo 30 años y tres hijos vivos, he parido en total cinco veces. Nunca pude estudiar. A lo largo de mi vida, lo único que he hecho ha sido sobrevivir. Soy una superviviente, no se hacer nada bien, salvo eso y ocuparme de las tareas de la casa y de mis hijos. ¡Mis pobres hijos! ¿Quién cuidará de ellos ahora que estoy aquí metida?

No me importa pudrirme aquí, estoy mejor que antes. Aquí no hay desprecios, palizas ni sexo no consentido. Aquí sólo hay medicación, tranquilidad y charlas con los psiquiatras y con la policía. Debí empuñar ese cuchillo mucho antes, hace años, antes de parir por primera vez. Si lo hubiera hecho, me habría ahorrado mucho sufrimiento y no tendría la preocupación que tengo ahora sobre qué será de mis criaturas. ¡Mis pobres hijos, mi sangre! ¿Dónde irán a parar sin una madre que cuide de ellos?

Tengo que escribir mi historia a escondidas, no quiero contarles la verdad a los loqueros, pero quiero sacarla de mi cabeza a través de mis manos. Necesito encontrar la paz que debería haberme llegado al hundir el cuchillo en las tripas de quién tanto mal me hizo.

No será un relato de esos bien escritos que leen los señores cultos, será el relato de una mujer sin estudios, pero desesperada por expulsar los demonios y encerrarlos en el papel para siempre.

Me llamo María por mi madre y, al igual que yo, ella tampoco tuvo una vida fácil. Murió a hostias a manos de mi padre. Lo sé porque yo, que tenía cinco años, lo vi todo. Presencié cada herida que se abría en su piel a consecuencia de los puñetazos del salvaje de su marido. Escuché cada grito y contemplé con horror como su cuerpo se quebró y cayó al suelo, sin vida, mientras con su último aliento pronunciaba mi nombre.

Tras la muerte de mi madre me convertí en su sustituta en el cuidado de la casa y de mi padre. Con cinco años me vi obligada a aprender todo lo que una "buena mujer de su casa" debe saber. Lo principal que tuve que aprender fue a callar, no podía contar qué clase de hombre era mi padre. Él se encargó de enseñármelo a golpes y yo, para evitar más de los necesarios, lo aprendí muy rápido y muy bien.

Con trece años me quedé embarazada por primera vez, la criatura murió a la pocas horas de nacer en el corral. Siempre tuve que parir a escondidas, humillada por el padre de mis hijos, como si el fruto de mis entrañas fuera algo vergonzoso y sucio que hubiera que ocultar a ojos de los demás. Me alegro de que muriera, así no sufrió. Nunca llegué a saber qué era, no me dejaron ver a mi bebé. A las dos horas me contaron que había muerto y la vida siguió. No lloré era mejor así, la vida para esa criatura no habría sido buena.

Diez meses después, a escondidas en el corral, parí a Úrsula, la mayor y más valiente de mis hijas. ¡Qué será ahora de ella, sin madre, pobrecita!

Nueve meses después de dar a luz a mi hija mayor nacieron los mellizos, Juan y Adela. El único varón de mis hijos es igual en todo a su padre. Noto el desprecio con que me mira a diario pero no le culpo, él le ha educado así y yo le quiero infinitamente, igual que a sus hermanas.

La última vez que visité el corral, para parir como hacen los animales, fue hace dos semanas. Era una niña, nació muerta y su padre se la llevó. No quiero saber qué hizo con ella, no soportaría el dolor de descubrir la horrorosa verdad.

Esto es lo único importante que tengo que contar en cuanto a mis hijos, no es relevante su papel en esta historia, salvo por el hecho de que todo lo que hice hace dos días lo hice por ellos, por mis hijos. ¡Mis ángeles, qué solos se han quedado ahora!

Puedo decir, bien orgullosa, que jamás he permitido que su padre les pusiera la mano encima. No pocas veces he aguantado golpes que iban dirigidos a cualquiera de mis dos niñas, pero nunca me ha importado. Siempre me he interpuesto entre el puño dispuesto a golpear y cualquiera de mis hijas y volvería a hacerlo una y mil veces. Sería capaz de matar por cualquiera de mis hijos. Sería capaz de volver a hacerlo. Hundiría mil veces más el cuchillo en la carne de aquel que pretendiese hacerles daño. Arrebataría con gusto la vida de cualquiera que pretendiera tocar un solo pelo de sus cabezas. Lo hice y no me arrepiento en absoluto.

Hace dos días estaba preparando la cena con mis hijas mientras su padre arreglaba un cinturón al que había que añadir más agujeros. Juan, el único que trabajaba fuera de casa, llegaría pronto, a tiempo para la cena. Como cada día, ellos se sentarían mientras nosotras poníamos todo lo necesario para que empezaran a cenar bien caliente. El ritual se repetiría como cada día o eso pensaba yo.

La puerta se abrió violentamente y mi hijo, apenas un niño, entró en casa completamente borracho y cantando a voces una canción sobre sirenas y marineros. Se desplomó en la silla, al lado de su padre, y comenzó a bromear con él sobre el hecho de que, tras su primera borrachera, había pasado a ser el hombre de la casa. Desde la cocina no se escuchaba bien, me dolía ver a mi niño borracho. No quería salir al comedor y ver su estado así que seguí picando cebolla. De pronto, unos gritos muy fuertes provenientes del comedor nos sobresaltaron. Corrí a averiguar qué estaba pasando, no parecía una discusión normal entre padre e hijo.

Los dos se miraban frente a frente desafiándose. Lo vi claramente en sus ojos, mi cerebro lo supo un segundo antes de que pasara. El cinturón enrollado en el puño, apretado hasta adquirir el color blanco de la falta de riego, un mínimo movimiento... Lo supe y corrí para evitarlo. Llegué a tiempo para hundir el cuchillo en la tripa del padre de mi hijo antes de que pudiera golpear a éste con el cinturón. Lo derribé y comencé a apuñalarle con rabia, con saña, vengándome por todo el dolor de estos años.

Me llamo María García y he matado a mi padre y al padre de mis hijos.

Fálfica

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