cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

18 min
Obsesión
Amor |
29.06.13
  • 5
  • 3
  • 1405
Sinopsis

A veces una obsesión puede transformarnos, y podemos llegar a hacer cosas inimaginables. Como si vivieramos en otra realidad. Y lo peor es que puede pasarle a cualquiera de nosotros.

Martín llegó a la terminal de la línea de subterráneos exactamente a las nueve en punto. No había un solo día que fallara en la hora de llegada, y si llegaba a haber un retraso en el colectivo que lo dejaba a dos cuadras de allí, era capaz de tener un ataque de pánico. Todos los días Martín llegaba a la estación y sacaba su boleto para estar puntualmente en el andén. No podía retrasarse, de ninguna manera y bajo ningún concepto aceptaría ese hecho.

Con su habitual nerviosismo recorrió el andén hasta llegar a un kiosco donde compró una gaseosa. Hacía calor y sentía mucha sed. También los nervios hacían que tuviese ganas de tomar algo. Había mucha gente pero logró sentarse en un banco pegado a la pared lateral del pasillo. Bebió la gaseosa lentamente, sin apuro, disfrutando el frío que entraba en su garganta, que le hizo olvidar la hoguera del clima al menos por unos instantes.

Sabía que hasta dentro de 10 minutos ella no vendría. Por eso trató de calmarse y de no mirar, al menos por unos minutos, en la dirección por la que siempre aparecía. Pero no podía evitar sentir angustia y pánico, porque quizás ese día ella no fuera a trabajar y entonces temía enloquecer. Pero decidió no pensar, por ahora, en trágicos sucesos.

Como sucedía habitualmente, cientos de personas desfilaron ante sus ojos y varios trenes llegaron y otros tantos partieron rumbo a lo profundo del túnel. Martín comenzó a transpirar más y más. Se acercaba el momento en el que ella aparecería bajando las escaleras. Sabía todo sobre ella. Como no era muy puntual, llegaba entre las nueve y las nueve y media a la terminal, y se paraba siempre en el mismo lugar, porque sabía que el tren iba a posicionar la puerta de su vagón preferido en ese exacto lugar. Se sentaba siempre en el mismo asiento, pero si no podía porque había mucha gente que entraba antes que ella, no le molestaba ir parada. Tenía siempre una mirada algo atormentada, no prestaba atención a lo que ocurría a su alrededor y por lo general escuchaba algún aparatito oculto con los auriculares.

Ese día especial Martín pensó, como casi todos los días en los que la esperaba nerviosamente, sentado en ese banco, que podría inventar algo como para establecer alguna relación. Quizás pudiese acercarse y fingir que no la había visto, tocarla sin querer y pedirle disculpas. Pero esa sería una estupidez, ya que no se podía crear ningún vínculo mediante un pedido de disculpas. Tal vez si después de que ella le aceptaba las disculpas él le hablara, ella le respondería. Pero no se le ocurría nada que pudiese decirle.

No podía, por ejemplo, decirle la verdad. Que él la esperaba desde hacía infinidad de tiempo todos los días y que viajaba siempre a su lado porque ella le gustaba, lo atraía, lo enloquecía. No podía contarle que se acercaba tanto que le parecía que podía tomarla cuando quería, cuando el vagón se llenaba de gente y lo empujaban hacia ella, en un movimiento hábilmente calculado por él. No podía decirle que al acercarse sentía su hermoso perfume y que hasta había llegado a oler los restos de la fragancia de su champú. Definitivamente no podía expresar con palabras, delante de ella, todo lo que había soñado, todo lo que había deseado en los últimos tiempos, en los cuales ella era siempre el centro de sus pensamientos, de sus sueños, de su vida entera.

Pero todo eso no importaba. Con verla, con rozarla de manera casual, con oler sus perfumes, era más que suficiente para llenarlo de vida. No había otra cosa que le importara. Ni su trabajo, ni la falta de pago del alquiler, el peligro de desalojo, el alejamiento de su familia, el divorcio al principio del año, ver a los niños una vez por semana apenas unas horas, los problemas de salud, la presión alta, la diabetes recién detectada, el evidente desequilibrio interior, del cual él mismo se daba cuenta y del que no pensaba tratarse. Odiaba la sola idea de ir a un sicólogo, mucho más la de visitar un siquiatra. Se notaba triste, sensible a cualquier estímulo negativo, abatido, desconsolado. El único motivo de alegría en su vida era ella.

Eran las nueve y cuarto. Comenzó a temblar, y a pensar que quizás ese día ella no fuera a trabajar. Muchas mujeres hermosas pasaron por delante de él, pero él no tenía la menor intención de prestarles atención. No le importaba si llevaban polleras cortas y mostraban sus piernas, ni si llevaban un amplio escote o un vestido sensual o un perfume importado. Sólo quería verla a ella. Y ella no llegaba. No sabía de lo que sería capaz si ella no se hacía presente en su vida esa mañana. Se consoló pensando que muchas veces aparecía con media hora de retraso. No desesperes, se decía a sí mismo para contenerse de alguna forma.

Las nueve y veinte. Ya no pudo resistir sentado, y decidió salir a caminar por el andén. Era un andén espacioso, con trenes que llegaban de ambos lados, los que eran ocupados por unos instantes por dos formaciones, la que estaba por salir y la que había llegado hacía unos instantes. Pero en ese momento no había nada, apenas el vacío y la vista de las vías metálicas sucias de aceite ennegrecido o algo parecido. No había mucha gente, ya que ambos trenes habían llevado a todos los ocupantes del andén en pocos minutos. Caminó de un lado a otro una y otra vez, restregándose las manos, nervioso, sin dejar de mirar las escaleras permanentemente  en busca de ella. Su camisa ya mostraba signos evidentes de su transpiración en forma de manchas mojadas debajo de los brazos, en su abdomen y en la espalda. De tanto moverse, además, una parte de ella se había salido de sus pantalones, dándole un aspecto más desprolijo. Comenzó a rascarse la cabeza y a tomarse mechones de pelo por causa de los nervios. Su aspecto desmejoró aún más, si eso era posible, porque los veinte kilos que había bajado en los últimos meses le daban un aspecto huesudo y famélico. Sus ojos habían quedado grandes para esa cabeza flaca y consumida, y ahora parecían aún más grandes cuando buscaban con desesperación a la muchacha.

Las nueve y veinticinco. Su cabeza lucía totalmente despeinada y unos lamparones rojos aparecieron en su cara y en su cuello. Martín estaba llegando rápidamente a un ataque de nervios. Se rascaba la cabeza, la cara y el cuello y la transpiración había manchado casi toda su camisa, que de celeste había pasado a un tono más azulado, producto de la mojadura. Comenzó a temblar ostensiblemente y su pierna izquierda empezó a endurecerse, por la tensión. Se quedó parado de frente a las escaleras mirando fijamente a cada una de las personas que bajaban, esperando por ella. La gente lo miraba como a un loco, y algunos ya lo conocían, ya que cada tanto hacía lo mismo, por lo que no se asustaban, pero lo miraban con desconfianza y se apartaban de él.

A las nueve y veintisiete exactamente apareció ella. Vestía una pollera marrón entallada que resaltaba su figura hasta debajo de las rodillas, una blusa verde con botones blancos,  ajustada a su cuerpo y zapatos de los mismos colores que la blusa, chatos, muy cómodos. Su pelo era castaño claro, largo y enrulado, y se peinaba hacia atrás, despejando la frente. Su expresión era ceñuda, como de preocupación, pero a la vez tenía cierto aire de ausencia, tal vez producto de la música que escuchaba con los auriculares. Pasó frente a Martín sin prestarle atención, como siempre, y como siempre fue a ubicarse delante del lugar donde su puerta preferida iba a pararse en unos minutos.

Un Martín casi paralizado por la emoción la siguió cautamente hasta pararse al lado de ella. Miraba hacia otro lado para evitar levantar sospechas en la muchacha. Parecía mirar hacia el túnel en el cual aparecería la formación que los llevaría a destino, pero su corazón latía cada vez más fuerte por la presencia de ella al lado suyo, tanto, que temió que, como en aquel cuento famoso, los latidos de su corazón lo delataran. Poco a poco comenzó a calmarse, como aquel adicto que pudo conseguir una dosis para frenar su desesperación. Se dio cuenta entonces, recién entonces, de su lamentable estado, despeinado, transpirado y nervioso, y sintió pánico de tener una presencia espantosa que la horrorizara. Entonces fue caminando hacia el lugar en el que la puerta de otro vagón iba a parar, y esperó a que llegue la formación.

Para cuando llegó el subte al andén había mucha gente esperando, por eso quedó parado en medio del vehículo, aunque a través de las ventanas de los vagones podía verla claramente. Ella había logrado sentarse, y pronto su aire ausente se profundizó más y más.

El la miraba. La deseaba. Quería estar junto a ella, hablarle y decirle lo mucho que la amaba. Pero no estaba loco. Sabía que no era un hombre para ella. Debía tener unos veintidós o veintitrés años. El tenía ya más de cuarenta. Y para colmo estaba divorciado y con dos hijos ya bastante grandes, que podían ser los hermanos de la muchacha. Ella, se notaba, era suave, frágil, elegante, inteligente. Y él era un obsesivo, haragán, parco, tozudo y desaliñado.

Ese día, sin embargo, su desesperación era tan grande que pudo más que su razonamiento. Ella se bajaba un par de paradas antes que él, y se alejaba caminando elegantemente mientras él la miraba con deseo y frustración hasta que desaparecía de su vista, dejándolo sumido en el desencanto y la desesperanza. Pero ese día decidió bajarse y seguirla. Su trabajo ya no importaba, solamente deseaba estar lo más cerca posible de ella, alcanzarla, mirarla hasta más no poder, hasta hartarse de su figura y sus formas. Por eso esperó hasta que llegó a la estación en la que ella se bajaba y descendió del coche. Al principio temió que lo reconociera, pero por suerte la muchacha caminó tranquila por el andén, sin mirar a nadie, y subió descansando en un escalón de las escaleras mecánicas que la depositaron en la superficie.

Martín no conocía bien el lugar, pero decidió seguirla hasta las últimas consecuencias. Ella dio vuelta a la esquina y tomó por una calle empedrada y arbolada de casas bajas y viejas, pintadas de colores vivos. Un hombre esperaba en una esquina. Martín, desesperado, pensó que el hombre la esperaba a ella. Comenzó a temblar pensando en esa posibilidad que daría por tierra con todos sus deseos y esperanzas. Sin embargo el hombre vio cómo ella pasaba delante de él sin darle demasiada importancia. Martín respiró nuevamente. Ahora ella doblaba otra esquina, y Martín apuró el paso para no perderla. En esa misma cuadra ella se paró frente a una casa pintada de rosa, muy antigua, y tocó el timbre. Martín se sorprendió, ya que pensó que ella iría a una empresa a trabajar en una oficina o algo similar. Cruzó la calle hasta quedar enfrente a la casa. De la puerta pronto salió una mujer de unos cuarenta años vestida con ropa negra que saludó a la muchacha con un beso en la mejilla. Entraron en la casa. Martín encendió un cigarrillo y esperó, moviéndose unos metros para quedar invisible en el caso de que espiaran por la ventana. A los pocos minutos la señora de la casa salió bien arreglada, y ya nadie volvió a salir hasta luego de nueve horas, cuando la mujer volvió y ella a los pocos minutos salió de la casa en dirección a la estación de subte.

A partir de ese día Martín, además de esperarla en la estación, la seguía hasta la casa, la veía desaparecer por detrás de la puerta, y luego iba a su trabajo, salía horas después y volvía a la casa, a esperar que saliera para seguirla hasta el subte y volver con ella. Ya no se ponía nervioso, porque ahora sabía que podía pasar un poco más de tiempo con ella. Era muy bonito seguirla por las calles arboladas de ese barrio de casas bajas y viejas que tranquilizaba los nervios del más enloquecido de los amantes celosos. Era casi un bálsamo ver cómo ella caminaba con su andar femenino y delicado por esas calles que se habían quedado en el tiempo y que la envolvían en su frescura y sus aromas de flores nuevas de árboles y plantas milenarias. La gente del barrio era muy buena y apacible y muchos vecinos habían comenzado a saludarlo con una sonrisa de tanto verlo por allí.

A los pocos días Martín comenzó a sentirse mejor. Se sentía dueño de parte del tiempo de la muchacha, y hasta se atrevió a seguirla cuando volvía a su casa de noche. La casa de ella estaba ubicada en otro barrio de casas bajas, no tan antiguas y más humildes que las del barrio de la señora que visitaba todos los días. Las calles no eran empedradas y tenían más pozos, los árboles y los buenos vecinos escaseaban y había alguna que otra banda de muchachos que tomaban alcohol y quién sabe qué otras cosas en las esquinas por las noches y lo miraban con malicia. Pero nada de eso le importaba. Se sintió bien haciendo estas tareas. Para él esa vigilancia era la preparación para el día en el cual se atreviese a decirle a la muchacha lo que realmente sentía.

Los días fueron pasando y cada vez se atrevía a más, cada vez se acercaba más a ella, ya no le importaba que lo viera, aunque ella jamás parecía detectar su presencia. Pero eso no era relevante. Estaba feliz, comía mejor, recuperó algunos kilos y hasta se sintió mejor con sus hijos en su salida de los domingos. Se compró ropa, se afeitó muy bien todas las mañanas, se puso perfume del bueno todos los días y se prometió estar de buen humor siempre. Luego de un tiempo su aspecto y presencia llegaron a ser muy buenos, y hasta sus compañeros de trabajo se lo reconocieron. Como cualquier hombre separado tuvo sus oportunidades con distintas mujeres pero a todas las desechó sin contemplaciones. Lo único que le interesaba era seguirla a ella hasta el fin y pasar el mayor tiempo posible a su lado.

Con el tiempo hasta se atrevió a viajar muy cerca de ella, y llegó a rozarle la mano con la suya un par de veces como por casualidad. Ella como siempre permanecía imperturbable. Hasta llegó a tocar su pelo, hermoso, suave y brillante pelo, en un momento sublime de su existencia. Cuando la “acompañaba” hasta la casa de la señora se quedaba unos minutos observando la puerta y la ventana, imaginando que ella lo veía desde adentro y lo admiraba en secreto. Luego, ya satisfecho, se iba a trabajar. Un día la vio entrar luego de saludar a la dueña de casa y vio asomarse por la puerta a un par de niños. Claro, eso era lo que hacía, ahora estaba seguro de que además de linda era una buena mujer. Trabajaba cuidando los chicos de la casa, eso era muy bueno, debía ser un ángel. Por otra parte, cuando ella regresaba a su casa, Martín se quedaba poco tiempo porque el barrio no le gustaba demasiado y había gente mala en las calles. Pero pudo ver una vez que la recibía una señora mayor, tal vez su madre.

Pero llegó un momento que Martín sintió como especial, en el cual decidió hablarle, porque ya no soportaba tanta felicidad y tenía que decírselo. Al principio estaba seguro de que ella no lo iba a entender, después de todo nunca le había prestado atención, ocupada como estaba con su música y sus cosas. Pero después todo sería distinto.

Decidió que la abordaría en cuanto saliera del subte para la casa en la cual trabajaba. Por eso ese día estuvo especialmente molesto con ella, la rozó varias veces, trató de mirarla a los ojos, incluso apoyó parte de su cuerpo sobre el de ella cuando el vagón se llenó, pero la muchacha no reaccionó, es más, ni se dio cuenta de que estaba a su lado, enfrente suyo en realidad. Cuando ella salió de la estación y comenzó a caminar por las calles arboladas del barrio de casas coloridas, bajas y viejas Martín se le puso delante y le habló.

-Hola, como estás. Soy yo, Martín, el que estuvo a tu lado todo este último tiempo. Quiero decirte que sos hermosa, me gustás mucho y quiero que vayamos a tomar algo, quizás un café, cuando salgas de esa casa en la que trabajás-.

Algo andaba mal. Ella estaba frente a él, pero no reaccionaba. No hacía gesto alguno, no hablaba ni daba señales de entenderlo.

- ¿Qué te pasa, tenés algún problema? No me ignores, soy yo, Martín, tu amor, el único que daría la vida por vos, el que quiere protegerte y quererte por siempre jamás. Soy yo, Martín.-

Como ella no reaccionaba, Martín comenzó a temblar, como una hoja en medio de una tormenta invernal, así temblaba. Impotente ante estos hechos, intentó tocarla, pero no pudo hacerlo. Cada vez que levantaba el brazo una fuerza extraña y demoledora se lo bajaba y lo mantenía quieto pegado a su cuerpo. Se sintió perdido, ahogado y disgustado. Su mente divagó por unos instantes, fue y volvió de los mil infiernos, se perdió en el espacio para volver, débil y atormentado, a la realidad. Despertó.

- Por fin abrió los ojos.- Dijo una voz de hombre.

- ¿Vio que tenía razón?- Dijo una voz más aflautada pero de hombre también. -Tenía que despertar en algún momento.-

Martín los miró. No entendía, no quería entender. Luego recordó todo. La burla de la mujer, el desprecio en sus ojos y la sonrisa sarcástica, venenosa, hostil. Recordó la calle arbolada de las casas bajas una tarde de invierno, cuando abordó a la muchacha y ésta lo trató tan mal. Estúpido, le había dicho. Recordó su ahogo, la falta de aire, su desmayo. La entrada al hospital luego de un agitado viaje en ambulancia, su mente que no dejaba de vagar por los más increíbles infiernos, su cuerpo que temblaba y se adormecía lentamente.

- ¿Desde hace cuánto tiempo estoy acá?- Preguntó.

- Dos días. Ha estado dos días inconsciente. Pero no se preocupe, se pondrá bien.

- Gracias.- Dijo.

Y pensó de inmediato que no iba a dejarse vencer tan fácilmente: -En cuanto pueda voy a salir de acá y le voy a hablar, ella me va a entender, solamente tengo que darle tiempo, eso, con el tiempo voy a conquistarla de verdad.-

Fin

Publicado por Editorial DeLosCuatroVientos en el libro Revelaciones Cotidianas, de Rolando Castillo

 

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • Realmente bueno. Me ha enganchado desde el primer momento y me ha llevado a imaginar diferentes posibilidades y reacciones de la muchacha. Una obsesión magníficamente dibujada. :)
    Su locura -una especie de manía perseguidora, aunque tampoco él se libraba del acoso de su obsesión- le llevó a crear un fantasma al que persiguió y acompañó en silencio, como si Martín fuera otro tal, durante todo el tiempo que fue capaz hasta que su cabeza reventó. Yo advertí muy pronto que ella era un fantasma y cada indicio confirmatorio me sabía a miel; he disfrutado mucho leyéndolo. Saludos.
    Lo malo de este relato e sque parece que no termina sino que está a la mitad, por lod emás yo lo considero un relato cuya historia encierra mucha verdad y además muy legible. Creo que es muy bueno, sólo por ponerte una pegasería esa. Sigue trabajado.
  • ¿Qué sucede cuando comparas tus sueños de juventud con la realidad? Pueden pasar muchas cosas, y en esta reflexión reconozco que no me fue muy bien. Al menos en este caso.

    Un drama sin tiempo ni frontera, universal, que han sufrido y siguen sufriendo muchos hombres, por culpa de la ambición y la falta de escrúpulos de otros hombres.

    Nunca sabes la sorpresa que puede depararte la decisión de seguir a un gato negro...

    A veces una vida normal y segura de un matrimonio puede transformarse en una historia de violencia, si se pretende seguir para siempre con las costumbres habituales, enterrando muy profundo los sentimientos de cada uno.

    Una historia de persecución, argucias y distracciones. Con esos ingredientes las cosas pueden terminar muy mal, aunque a veces también se pueden obtener compensaciones inesperadas.

    Todos podemos afrontar dificultades que a veces parecen imposiblesde superar. Sin embargo siempre existe alguna forma de enfrentarnos a ellas. Y a veces se obtienen excelentes resultados, dependiendo del camino que elijamos para hacerlo.

    Cuando se vive como un esclavo maltratado una buena opción es pensar en escapar y tratar de cambiar de vida. Pero cuando sabes lo que quieres, la opción de escapar es la única posible.

    A veces, una mirada dice muchas cosas. Buenos Aires es una ciudad enorme, una de las más grandes del mundo. En el centro de la ciudad convergen millones de personas todos los días, personas que no se miran, y allí puede suceder de todo. Peleas, robos, persecuciones, son cosas de todos los días. Esta es sólo una pequeña historia de tantas que suceden.

    La envidia, uno de los sentimientos humanos más potentes, pocas veces favorece la claridad del pensamiento. Esto sucedió hace muchos siglos en un territorio muy lejano, pero hoy pasan las mismas cosas.

    Cuando elijas qué hacer debes hacerlo bien. Si eliges un trabajo equivocado, o para el que no estás preparado, te pueden pasar estas cosas como ésta.

Soy escritor, básicamente. Historiador, fotógrafo, empleado para sobrevivir, pero escritor ante todo.

Tienda

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta