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6 min
Ocho vasos de agua
Humor |
24.07.16
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Sinopsis

Basta de instrucciones, por favor!

Están en todos lados. En la televisión, Facebook, Internet, la radio y en las charlas diarias de todos los mortales. Nos apropiamos de ellas y nos dedicamos a infectar con este virus a los que nos rodean. Son autoritarias, categóricas, simples pero muy rígidas. Son las “instrucciones para vivir de sobra” que no es lo mismo que sobrevivir, porque para eso no hace falta ninguna instrucción. Entre las más populares por estos días se encuentra la que regula la cantidad y calidad de líquido que debe ingerir un ser humano que aspire a llegar a viejo: ocho vasos de agua diariamente. No debe confundirse con la vulgar y añosa que nos aconseja, con la ternura de una abuela, que debemos tomar ocho tragos sin respirar del mismo líquido para cortar el hipo. Ésta ultima pertenece a otro tipo de reglas: las facilitadoras. Nada que ver…No es el tema que nos atañe en la actualidad . No queremos que el camino sea fácil. No nos interesa disfrutarlo.. Solo queremos que sea largo. Así que olvidemos ese mito del hipo sin ningún rigor científico y enfoquémonos en lo importante: estipulados están también los momentos del día en el que los ocho vasos deben ser ingeridos. A saber: 1. Dos a la mañana activan los órganos internos y los ponen a trabajar. Se sabe de una persona que, desprevenida de las consecuencias de ignorar esta regla, se mandó directamente el café con leche con tres medialunas sin haber tomado los dos vasos de agua. Parece que los órganos internos no supieron qué hacer con el menjunje entregado y el infeliz murió atragantado con el bolo alimenticio. 2. Uno antes del almuerzo te quita el hambre. No vaya a ser cosa que disfrutes del acto de comer…¡CON HAMBRE! ¿A quién se le ocurre? No hay nada mejor que sentarse a la mesa sin tener ganas de comer. Mirar los tallarines caseros de la abuela y poder decir con alegría: Paso, acabo de saciar mi apetito con un rico vaso de agua natural. 3. Dos a media tarde te ayudan a pensar. Bien. Éstos los necesito. 4. Dos después de entrenar. ¿Y si no entreno? 5. Uno antes de dormir evita infartos. ¿y si tomo dos zafo también del ACV? Y no falta algún metódico que se pregunte, perdido ante la elección del vaso : ¿de qué tamaño? Ah no… ¡eso sí que no! No hay nada más exasperante que las instrucciones incompletas. ¿Cómo no se les ocurre aclarar la cantidad de mililitros del recipiente? El pobre metódico se encuentra sin rumbo ante estas indefiniciones. Hay gran diferencia, piensa, entre el vaso de whisky y el vaso de un cuarto de litro que usa esporádicamente para regar en las mañanas (que es cuando deben regarse las plantas) en las que no encuentra la regadera. Hay gran diferencia entre los vasos violeta de plástico rígido, “fashion”, cortitos y gorditos que le regaló su hermana para “agregarle un poco de onda a esta casa gris”, según sus propias palabras, y el vaso simple, bien vaso, transparente y de vidrio, tubular …el vaso que usa él para tomar. Pero la duda lo carcome. No quiere quedarse corto. Porque si sumamos la diferencia en mililitros que hay entre el tamaño de un vaso y otro, seguro que al final del día termina con nueve o siete…o lo que es peor: ¡seis! Y tampoco quiere sobrepasarse porque tal vez estaría perjudicando algún otro aspecto de su metabolismo. Si no, hubieran dicho “tomar toda la cantidad de agua que sea necesaria”. Pero ese no fue el caso. Las instrucciones eran muy claras (al menos en la cantidad). Los vasos de agua a tomar durante el día debían ser ocho. Ciertamente el pobre tipo no puede hacer públicas sus dudas al respecto. Porque es indeciso pero no boludo y teme encontrarse con la misma cara de lástima que le puso su hermana cuando le fue con el tema del tamaño del vaso. ¿Y si probás tomar agua cuando tenés sed? Es un mecanismo muy útil y ya viene incorporado con el organismo… Le había dicho la muy zorra que era una experta en disfrazar sus forreadas de sentido común. Abandona esa duda por el momento y se va a caminar. Y también tiene la receta para eso: Si quiere que la caminata sea efectiva: cincuenta minutos, mínimo. Y tiene que caminar como un enajenado, dando grandes zancadas, moviendo los brazos como un robot fallado. Así podrá gastar más calorías. Caminar casi corriendo, como un desaforado, pero sin correr, porque si corre se le aflojan los músculos de tanto zangoloteo y le provoca flacidez. Como si un avión carreteara interminablemente a mucha velocidad, casi a la velocidad de levantar vuelo pero sin hacerlo. Así tiene que caminar. Casi corriendo pero sin correr. Nada de ir paseando con la cadencia natural de un ser humano. Nada de ir saboreando el camino. Nada de ir mirando y charlando. Si camina bien, no como Dios manda sino como las “leyes del buen funcionamiento del metabolismo” mandan, no debería alcanzarle el aire para charlar. Por eso prefiere caminar solo y como los cincuenta minutos tienen que ser de corrido, camina mirando para abajo y rogando que no se le cruce algún amigo para no tener que pararse a saludar. Así que, ojo con disfrutar…eso no sirve de nada. Y ciertamente no disfruta el “acatador de recetas”. Siente algo parecido a la felicidad cuando terminan sus cincuenta minutos. “La felicidad del deber cumplido”. ¿El deber cumplido causa felicidad? No importa, es algo parecido…y al menos podrá tomarse los dos vasos de agua que le quedaron colgados. Los de después de entrenar. Pero…una incertidumbre comienza a pincharle finito donde se separan las costillas para abrir paso a la boca del estómago. Ahí donde se clavan las incertidumbres pequeñas, empieza a gestarse esta nueva duda: caminar ¿es entrenar?
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