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6 min
OLOR AJENO
Varios |
26.02.22
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Sinopsis

Este cuento fue publicado en algún libro, no recuerdo el año. Fue escrito en un momento muy difícil para nosotros, que somos del Sur del mundo, en aquel rinconcito que casi se cae del mapa.

Olor ajeno

©Carlos Higgie

(Para vivir totalmente este cuento hay que volver a los años setenta y ochenta, a un cierto paisito al sur del mundo en una época de guerras y dictaduras.)

 

 Herneldo, como era habitual, se encontraba sentado en el mismo lugar del mismo bar de siempre, y en una tarde sencillamente igual y poblada por cosas idénticas. Presentía que algo ocurría o estaba “prestes” a ocurrir, y no sabía qué. “Montevideo se está quedando sin alma —se dijo, mientras trataba de alejar el incómodo presentimiento—. Emigran los pájaros, se hacen humo los perros, no nacen niños.”

En la mesa de enfrente, unos liceales decían pavadas y se reían de nada. Más allá, un viejo (¿gallego o judío?) dormitaba detrás de un vaso que había sido continente, o no, de caña o grapa con limón. En una de las paredes, la lista de precios. Un poco más arriba, un cuadro de Artigas, grave y pensativo. “¿Por qué Blanes no pintó alguna vez, una única vez, al héroe sonriendo?”, se preguntó Herneldo.

Algo había de extraño. El aire transportaba un sabor, un olor ajeno a todo y a todos. Salió a la calle. Caminó despacio alejándose del centro. A una cuadra de la canchita ya pudo oír el griterío de los niños, y las voces de los padres que impartían órdenes, de las madres alentando sin cesar y de los viejos que insultaban al juez y a su madre —la pobre, que no tenía nada que ver con el asunto—. Todo muy de lejos, como si la tarde fuera una campana enorme: todo resonaba.

Llegó a su casa. Al abrir la puerta lo envolvió el aire caliente. “Refrescó”, pensó. Se dejó caer sobre el sofá. Una musiquita alegre (¿The Beatles?) flotaba en el aire. Desde los músculos de las piernas, desde las manos, le subía una somnolencia dolorosa. Era como si el sueño fuera subiendo y desgarrando células. Una bruma espesa cerró sus ojos. Un segundo antes de tumbarse en la inconsciencia manoteó el recuerdo grato e inquietante de una mujer cualquiera.

“¡Ahí vienen!”, gritó alguien, y él saltó del sofá. Persistía aquella sensación de resonancia singular, aquel olor a irrealidad, aquel gusto a otro país. Abrió la puerta y se sorprendió: “¡Una manada de elefantes en 18 de Julio! ¿Desde cuándo vivía en la principal avenida?”. Eran muchos elefantes, todos corriendo hacia la plaza Independencia, despertando la tarde, arrastrando semáforos, carteles, asfalto, pedazos de luminosos, algún peatón desprevenido, un inspector de tránsito, un milico remolón y un trole que no pudo salir a tiempo de la avenida. No pudo pensar. Tan veloces como llegaron, los elefantes desaparecieron dejando en la brisa un vaho animal. Alguien apagó el sol y las luces no se encendieron. La vecina gritó alguna cosa y el perro no ladró. “Siempre ladra”, se inquietó Herneldo.

Otro, un niño quizás, giraba el dial de una radio que estaba a todo volumen. La voz metálica vibraba en los tímpanos de Herneldo. Las voces, las músicas y los ruidos se mezclaban a medida que giraba el dial, pero él entendía todo. Una luz inmensa recorría su cerebro. Comprendía todo y nada.

“... los elefantes destruyeron la avenida / ¡por fin llegó lo que todos esperaban! / los boys matan argies como si fueran moscas / Menotti insistía con los rusos y los argentinos / los satélites americanos detectaron el hundimiento de la reina / en Londres detuvieron a un míster y lo encerraron porque adoraba a Gardel / ¿Gardel era uruguayo? / alguien prometió o profetizó la plaga de los elefantes / la culpa la tuvo Morena y otra vez quedamos afuera del Mundial de fútbol / pero no era eso, escribía Mariela desde Australia / allá se puede, acá no / ¡y dale con los teleteatros importados! / ¿y la industria nacional, che? / hay olor a guerra / olor a subversión / somos peones en este ajedrez / los israelitas se pasean por Beirut y Arafat jura y rejura y prepara las valijas y se las toma / alguien aprieta un botón y del otro lado responden / se cruzan los misiles sobre el océano / arde Nueva York, Chicago, Washington / explota Moscú, Leningrado / vuelan casas, puentes, usinas / se cocinan los inocentes en abrasadores hongos atómicos / hay discursos inconclusos / caen estatuas...”

... y Herneldo descubre que no está despierto, que está soñando; lucha para despertar y, cuando despierta, percibe que no era un sueño, que sí había elefantes y guerras. Cierra los ojos, siente algo en el aire, alguna cosa que le desgarra el alma. Siente que se va cayendo y no puede despertar...

Una cara redonda se asomó a sus ojos cerrados (él veía las estrellas a través del techo). Una mano extraña buscaba su corazón debajo de su camisa y no lo encontraba. Quiso hablar y no pudo. ¿Dónde estaban sus músculos? ¿Dónde estaba el aire de sus pulmones? ¿Dónde estaban sus cuerdas vocales, su lengua, sus labios?

—¿Está muerto? —preguntó una voz asustada.

—¡No! ¡Estoy vivo! —gritó él, consciente de que su voz no salía de la prisión que era su boca.

Crecía un murmullo desde su sangre y algo confuso bullía en su mente.

—Está muerto —sentenció otra voz, sin ninguna emoción.

—¡No! —gritó él, sin emitir sonidos, mientras se desplomaba, se zambullía en un pozo sin fin y manoteaba desesperado el aire oscuro tratando de aferrarse a algo.

—¡Está muerto! —anunció, con inocultable sorpresa, otra voz. Y él sintió que las voces lo estaban matando, negando aquella débil luz que, irremediablemente, se apagaba en su cerebro mientras caía por el abismo infinito y pensaba que todo era mentira.

 

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  • Azel, ese cuentito lo escribí cuando era muy joven, justamente en la década del 70, en el siglo pasado. Cada vez que lo leo, lo modifico un poco. Tengo la clara sensación que debo reescribir todo lo que he escrito, bueno o malo. Todo debe ser reescrito. Un abrazo, gracias por tus comentarios.
    Tampoco tiene por que ser exactamente el caso de tu relato. Tú, como autor, sabes lo que quieres transmitir con tu relato y valoras la mejor forma de hacerlo o en qué aspecto del relato debes focalizar, si en el externo, en lo que se ve; o en el más profundo, lo que no se ve pero quieres que el lector descubra. Todo esto es más una reflexión que otra cosa, y cómo dices que te recuerda a tus profesores (demasiado honor para mí) me alegro que así sea y de toda reflexión y conversación aprendemos.
    Me alegro que te hayn sido útiles mis comentarios, Carlos. Efectivamente, él no sueña, se está muriendo y esa "alucinación" que tiene es real, en algún momento del relato lo dice, y se entiende bien. Yo lo llamo "sueño" porque es el recurso en sí mismo que se puede usar en un sueño literal, una pesadilla, una alucinación, las últimas visiones antes de morir o un viaje astral o una visión fugaz del Infierno, por así decirlo. La gracia es que si entras dentro un mundo onírico, aunque tenga relación con el real, es hacer que el clímax estalle allí, que, de algún modo, se muestre sutilmente la idea profunda que subyace durante todo el relato.
    Azel, muy interesantes tus comentarios. Me hiciste recordar a mis profesores. Y a autores como Cortázar y Piglia, que se metieron de cabeza en la teoría del cuento. Me parece que tenés razón y no supe llevar el relato por ese camino. En realidad, él no sueña, piensa que está soñando, pero se está muriendo. Está en un estado de confusión mental o algo así. Gracias por tus comentarios. Ya cambié muchos finales de mis cuentos teniendo en cuenta el comentario de lectores y amigos. Un abrazo.
    En cambio, si el protagonista sale de la estructura profunda, ésta se queda atrás y pierde importancia. El lector se queda con el final: él se muere, hay personas a su alrededor que identifican que él se muere, terminas rompiendo la historia ahí, y ahí te quedas, y el simbolismo anterior, todo el viaje del heroe, se queda atrás, se queda sin importancia. En cambio, si no llegas a esa escena, si el protagonista, en todo su viaje, aprende algo, descubre qué significan los elefantes, etc; y termina o bien muriendo o bien trascendiendo ese sueño/alucinación, el relato está más cohesionado, es redonode, todo está bajo el mismo paraguas. Espero que mi comentario sea interesante para ti. Un saludo!
    Pues que creas una estructura profunda inicial, simbólica (todo lo que está pasando: el niño con la radio, las voces metálicas y como un resúmen de lo que pasa en el mundo e incluso lo que pasará, la estampida de elefantes...) todo esto crea una idea, un simbolismo, algo más profundo a lo que se lee. Entonces el lector imagina qué simbolismo y que idea profunda tendrá. La gracia de este tipo de relatos es que rompan ahí, nunca salgan a la realidad de que todo fue un sueño. Quédate ahí, explota el simbolismo profundo, explota en un clímax ahí, que el protagonista entienda/aprenda/descubra algo que lo cambie. Que todo eso haga que él acepte la muerte.
    ¡Hola, Carlos! Muy buen relato y muy interesante para comentar. Me gusta mucho cómo arranca, desde el primer párrafo nos métes con agilidad en el conflicto. Algo extraño está pasando. Todas las frases nos conducen a la misma sensación. No obstante, el final del relato nos hace "trampa". Es la trampa de "todo fue un sueño". En ese momento, cuando en un relato pasan cosas extrañas y se responde (o se deja de responder) alegando que todo fue un sueño, cae la importancia de lo que se ha contado, el lector se siente "engañado" y el clímax se diluye, aunque sea la muerte del protagista. En definitiva, se queda sin clímax. ¿Qué pasa en este tipo de relatos?
    Exactamente, Yolanda, el sueño es como una anestesia en nuestras vidas. Debe ser un escape para no naufragar en la locura de nuestras existencias. Gracias por tu comentario.
    Cometa, somos seres complejos y, a veces pienso, nunca sé si estamos viviendo, soñando o delirando. La "realidad", muchas veces, es más complicada y loca que los sueños. Gracias por tu comentario.
    Claras vivencias donde el sueño oculta el dolor, el desgarro, las venganzas de la guerra. El miedo, la supervivencia que se esconde en un agrio despertar. Gran relato que has rescatado con toda su esencia. Un saludo Carlos.
  • Una historia real en versos.

    A borbotones, van brotando los versos, hilvanados, sin sentido y con tanto sentido.

    Un amor prohibido. Relato erótico

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Lectura, cine, deportes. Tengo algunos libros publicados en español, portugués e inglés, pero sigo aprendiendo todos los días. Descubriendo que cada vez sé menos.

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