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Ota Benga: Prisionero de dos mundos
Reales |
18.05.17
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Sinopsis

Una triste historia real que logra sacar a relucir el lado mas oscuro, del ser humano.

Era la noche del 20 de Marzo de 1916, dentro de un bosque cercano a la ciudad de Lynchburg, Estado de Virginia, Estados Unidos; se podía divisar una gran fogata que había sido encendida por un pequeño pigmeo. Este, tenía los dientes afilados en forma de punta y  se encontraba bailando alrededor del fuego una danza tradicional de su tribu. Una vez finalizada su ceremonia, para la cual se encontraba el solo, se sento frente a su fuego ritual esperando la llegada del amanecer, momento en el cual desenfundo una pistola y la apunto directo hacia su roto corazón.

Su nombre era Ota Benga, conocido sobre todo por el calvario que tuvo que sufrir durante casi 10 años. Nadie podría culparlo de haber tomado semejante decisión, más aun, después de haber visto y experimentado en carne propia, el lado más oscuro del ser humano.

Antes de su odisea, el joven Ota Benga (cuyo nombre en nativo significa “amigo”), de tan solo 23 años,  tenía una esposa y dos hijos. Todos pertenecían a la tribu Batwa, la cual residía en un bosque cercano al rio Kasai dentro del Congo Belga, Centro Sur de África. Los miembros de esta tribu no tenían más de 1,50 m de altura, 47 Kg. de peso y dientes afilados con forma de punta de manera artesanal según las costumbres de la tribu.

Un día del año 1904, el joven Ota regresaba de cazar del bosque cuando, al llegar al lugar donde residía su tribu, descubrió que esta había sido arrasada y peor aún, su esposa e hijos habían sido asesinados. Este atroz acto fue llevado a cabo por la “force Publique”, un régimen de terror instaurado por Leopoldo II, el cual funcionaba como cuerpo de policía, fuerza antiguerrillera y ejército de ocupación, garantizando así el trabajo esclavo y la derrota de las numerosas sublevaciones étnicas. Ota fue capturado y llevado al mercado de esclavos donde allí, junto a otros 6 pigmeos, fueron comprados por el explorador Samuel Philips Verner, el cual se encontraba buscando aborígenes para llevar a Estados Unidos y ser exhibidos en la Exposición Universal de St. Louis.

Una vez llegados a América, fueron puestos en la sección de antropología bajo el epígrafe de “salvajes primitivos”, con lo  cual se intentaba demostrar la evolución cultural y la superioridad de los blancos sobre los pueblos triviales. Esta sección, muy aplaudida por el público visitante, llegó a recaudar más de 5 millones de dólares en taquilla. Al mismo tiempo, los aborígenes fueron sometidos a estudios y test de inteligencia, en los cuales cometían demasiados errores y tardaban mucho tiempo en ejecutar las pruebas. Incluso, con la llegada del invierno, tampoco les permitieron usar ropa gruesa, ya que según los directivos de la exposición, eso rompería la autenticidad de la sección en la que se encontraban expuestos.

Varios meses después, cuando la Feria finalmente concluyo, el mismo Philips Verner se encargo de llevar a todos los pigmeos de vuelta al Congo. Todos se encontraban felices de poder escapar de ese calvario y regresar con sus respectivas tribus y familias, todos exceptuando al joven Ota, para el cual ya no quedaba nada del lugar al que alguna vez había llamado hogar, tomando la decisión de regresar a Norteamérica junto a Verner.

De regreso en América, el joven aborigen descubriría que su tortuosa estadía en la Exposición mundial, no había sido más que solo el comienzo. Philips Verner fue persuadido por el director del Museo de Historia Natural de New York de que ceda al pequeño Ota al Zoológico del Bronx.

Trasladado finalmente en el año 1906, el joven pigmeo parecía haber encontrado un hogar en una tierra completamente desconocida donde, pese a su limitada capacidad con el lenguaje, se le permitía caminar libremente por las instalaciones e incluso ayudar a los cuidadores con la distinta variedad de animales que allí residían. Todo iba bien, hasta que al señor William Hornaday, director del Zoológico, se le ocurrió una idea para lograr hacer dinero a costas del muchacho, una idea que derivo tiempo después en la inauguración de la llamada “Casa de los Monos”, donde el principal atractivo seria el pequeño Ota Benga.

Expuesto como el ancestro más antiguo del ser humano, Ota se encontraba dentro de una jaula que intentaba recrear un hábitat africano,  siendo acompañado por algunos chimpancés, una gorila llamada “Dina” y un orangután llamado “Dohoung”; con el cual el joven pigmeo encontró refugio, llegándose a encariñar con el animal y convirtiéndose juntos en “la atracción del Zoológico”. Esto rápidamente se convirtió en un éxito llevando a más de 40.000 visitantes por día los cuales se dedicaban a ver a Ota, descalzo pero vestido con ropa de la época, disparar a algunos blancos con un arco y algunas flechas proporcionadas por el personal del Zoológico. Los Neoyorkinos que visitaban la atracción, en lugar de ver un acto de crueldad humana, veían al aborigen como si realmente fuera un animal enjaulado llegando a molestarlo todo el tiempo con aullidos y burlas, derivando en que la conducta del pigmeo se tornara más violenta.

A fines del mismo año, por fin parecía haber surgido una luz de esperanza para el aborigen cuando varios grupos religiosos, entre los que se encontraban la Iglesia Afro-Americana Baptista, reclamaban que la atracción significaba no solo un acto de racismo sino que también era considerada como un acto humillante para los afroamericanos. Finalmente, en base a todas las quejas que les llegaban cada día, el Zoológico se vio obligado a cerrar la atracción culminando finalmente con el calvario de Ota Benga. El clérigo James H. Gordon lo tomo en custodia para luego entregarlo al “orfanato de jóvenes y huérfanos de color Howard”, en Brooklyn. Siendo transferido en Enero de 1910 a la ciudad de Lynchburg, Estado de Virginia; donde la poetisa Ana Spencer, activista del movimiento “Harlem Renaissance”, se hiso cargo de su tutela.

Ya en Virginia, a Ota se le fueron reparados los dientes, se le dio ropa a la europea y se le empezaron a dictar clases de modales y educación para que dé a poco fuera asimilando las costumbres y estilo de vida Norteamericano. Pese a que asistía a clases en el Seminario Teológico y Colegio de Virginia, prefería seguir trepando arboles cercanos a la ciudad y practicar con su arco tal cual lo hacía años atrás, derivando finalmente en el abandono de sus estudios, comenzando así a trabajar en una fábrica de tabaco.

A pesar de su pequeña estatura, era un ágil y excelente empleado, capaz de trepar poleas y cargar sacos de tabaco sin dificultad alguna. En la fabrica logro hacer un buen numero de compañeros y hasta incluso amigos, los cuales habían comenzado a llamarlo “Bingo”.

A sus 32 años de edad y pese a la buena vida que  había logrado construir en Lynchburg, Ota siempre se sintió un hombre atrapado entre dos mundo, mas aun cuando veía en el espejo lo poco que quedaba de aquel nativo africano.

Fue el recuerdo de su extinta tribu y peor aún, el recuerdo de su difunta esposa e hijos lo que finalmente derivo en la noche del 20 de marzo de 1916. En pleno inicio de la primavera Estadounidense, robo una pistola y se dirigió a un bosque cercano a la ciudad. Procedió primero a arrancarse las prótesis dentales que se la habían colocado cuando llego a Virginia, afilándose nuevamente  los dientes siguiendo las costumbres de su tribu. Encendió una gran fogata y comenzó el ritual. Así, una vez que el sol comenzó a asomar sus primeros destellos de luz, Ota Benga se quito la vida de un disparo. Un disparo, que retumbo por cada rincón del espeso bosque.

El cuerpo del pigmeo fue encontrado esa misma mañana. Mencionado en su acta de defunción como Ota Bingo, nombre con el que era conocido en Lynchburg, fue enterrado bajo una placa de piedra gris sin inscripción en el sector negro del Viejo Cementerio de la ciudad. En algún punto de la historia, su tumba fue olvidada y cuenta la leyenda que sus restos fueron trasladados al cementerio de White Rock, donde habría encontrado la paz que no pudo tener en vida.

 

 

 

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  • Mentiría si digo que no intente entablar conversación con el individuo, aunque admito que sabía el por qué estaba haciendo esto, no pensé que sería tan pronto.

    Una triste historia real que logra sacar a relucir el lado mas oscuro, del ser humano.

    Solo al filo de la muerte, en otro carnaval, el hombre habría de develar el enigma propuesto por el viejo titiritero aquella noche de copas y confidencias en la única taberna del lugar.

    Cuando ellas vengan... todo estará bien.

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