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29 min
Otro lo Mató por Ella
Drama |
09.01.17
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Sinopsis

"El rencor es como beberse un veneno y esperar que la otra persona muera" Carrie Fisher

 

No sólo quería matarlo, sino también deseaba ¡con todas sus fuerzas! hacerlo sufrir.

Para ella, Carlos, era un hombre sucio y estúpido, un pobre idiota que no sabía nada de amor ni de cariño ni de amistad ni de cualquier cosa que se le pareciera. Era apenas un imbécil presumido, uno de esos tontos que sólo miran espejos y que cuando abren la boca para decir algo, casi todas las palabras que escupen tienen que ver con ellos mismos.

Su corazón se retorcía de rabia y despecho.

Sentada al volante del coche de su tía Hortensia estacionado a 50 metros de la entrada que conducía al departamento del “imbécil”, Marcela, lo vio venir.  Caminaba de esa manera tan propia de algunos cabezas huecas que creen que el mundo entero observa sus pasos. Su andar era como un balanceo en el que sus hombros llevan un ritmo y las caderas van al compás, mientras su cabeza va oscilando de un lado hacia el otro al tiempo que sus ojos parecen buscar la mirada de todas las mujeres -lindas o feas-  que se cruzan en su camino, y todo para sentir el gusto de verse reflejado en las pupilas de alguna que se encienda y le devuelva una sonrisa…

¡Qué estúpido farsante! –sus manos se crispan sobre el volante mientras una rabia cada vez más tortuosa la corroe por dentro

Lo ve detenerse junto a una hermosa muchacha de pelo rojo. Ella, sonríe con descaro y le da un beso en la mejilla. Marcela, los ve reír a carcajadas.

Un par de lágrimas ruedan por sus mejillas y su boca tiembla de ira…

Carlos, continúa su camino y tras recorrer unos cuantos metros, lo ve detenerse junto a una rubia de pelo enmarañado que le sonríe abiertamente. Ella, le pone una mano en su hombro y luego parece decirle algo al oído y le da un abrazo…

Marcela, siente que le falta el aire…

De pronto, un coche se detiene junto a ellos y de él se baja un hombre casi tan alto y atlético como Carlos. Se enfrentan. El tipo se acerca impetuoso y sin mediar palabras le da un golpe de puño en plena mandíbula. Carlos, cae al piso, pero casi inmediatamente logra ponerse de pie y de un salto tira un puntapié que da de lleno en la entrepierna de su oponente. El tipo se encoge de dolor, pero se rehace y le lanza un golpe tan certero a la boca del estómago que Carlos se retuerce de dolor afirmándose de un poste para no caer nuevamente. El hombre quiere aprovechar el momento para rematarlo, pero la rubia interviene a los gritos y lo sujeta. También llega la chica de pelo rojo y entre ambas logran hacer que el tipo se suba a su auto y se vaya.

Las dos mujeres ayudan a Carlos a subir los 10 escalones hasta la puerta de entrada al edificio de  departamentos. Los 3 desaparecen de la vista de Marcela.

Marcela, cierra sus ojos y una nube negra cargada de odios, truenos y relámpagos agita la tormenta al interior de su cabeza y en su vientre.

Decide que ya no hay más que pueda hacer, arranca el coche y conduce lentamente de vuelta a casa.

 

Recostada en su cama, mastica sus pensamientos y observa los defectos del techo. Sin embargo, lo que ve es la cara de Carlos, su cuerpo atlético, su maldita sonrisa de mierda, sus ojos soñadores, su estúpida “cosa” (como ella le llama)…esa cosa que la hace conectarse con un placer enfermizo…con esa forma animal conque él la hace suya…cómo se mueve…cómo se agita…con esa brutalidad exquisita… ¡Maldito infeliz!...

¡Mañana será! –dice al tiempo que las pastillas se apoderan de su cuerpo y de su mente y siente como todo se desvanece irremediablemente al tiempo que sus párpados son incapaces de sostenerse…

Le parece escuchar unos golpes de nudillos en la puerta

Doña Hortensia, la mira desde el dintel y suspira. La ve como si fuera un ángel dormido.

 

El frío sol de la tarde de invierno en la ciudad cubierta de smog, brilla apenas y no aporta ni una cuota de calor a través de la barrera que ofrece la bruma del aire sucio. Los ruidos y las formas de la calle agitada pasan por su lado como si nada existiera sino sólo su rabia y su dolor.

Se estaciona en el mismo lugar y espera

Carlos, oculto tras del árbol, la ve llegar. Piensa que esta vez sí le hablará con toda franqueza. No le va a mentir. Le va a cantar las cosas claras, aunque duelan, y no va a cometer el mismo error de ayer cuando prefirió hacerse el idiota y juguetear con las otras chicas para que ella se diera cuenta que él es como es, un aventurero, un hombre libre, sin ataduras morales…y que no está preparado para nada que no sea la locura, la risa, la fiesta y el vino…

Si no hubiese sido por el idiota de Alberto, que apareció de la nada a pelearse con él…¡Qué bruto! ¡Qué estúpido! Otro más en la lista de los que se amargan con todo…esos bobos y bobas sensibles a cualquier cosa, a cualquier promesa…¡niños! ¡Eso es lo que son…unos pendejos que no saben nada de la crueldad de la vida y que están condenados a sufrir!

 

Por la cabeza de Marcela van danzando una a una las escenas de su tiempo con Carlos, empezando por aquella primera vez que le dio su cuerpo…”Hasta que te conocí, vi la vida con dolor…”. Siempre resonaba en sus oídos la voz sentida y profunda de Juan Gabriel, y eso le ponía la cuota de placer masoquista a su dolor. La música era la llama de tristeza que encendía los recuerdos de su pasión sin límites, esa forma suya de entregarse que nunca imaginó sería capaz de hacer…con ese desenfreno… ¡Dios, cómo tan loca…!

La invadía una mezcla de excitación y vergüenza. Su mente la empujaba a mirarse en un espejo donde su imagen se hacía pedazos… ¿Qué dirían sus papás si vivieran…? … ¿Qué pensaría su tía Hortensia si hubiera visto a su adorada Marcelita revolcándose con Carlos y…todos ellos?

Cada rincón de su cuerpo tenía memoria de largas horas de placer, noches lujuriosas donde sintió el éxtasis de caricias y bocas y lenguas por toda la piel…¡Tantas sensaciones exquisitas, repulsivas, deliciosas…todas al mismo tiempo! ¡Tantas manos ansiosas, tantas “cosas” ardientes, duras, suaves y violentas entrando y saliendo de su cuerpo…! …¡Tantos jadeos de orgasmos ajenos y propios en sus oídos…!

¡Maldito hijo de puta! –gritó la voz suya en su cabeza

 

La embargó nuevamente el dolor y la rabia.

Después de Carlos, ya no hubo nada ni nadie que la incitara a dejarse ir por el desenfreno. Su cuerpo y su piel sufrían del recuerdo y las ansias. En su mente, las imágenes ardientes se transformaban en niebla… y ni sus deseos ni sus manos ni las febriles caricias propias, alcanzaban ya para llegar al orgasmo. Jaime, su nuevo y ocasional compañero sexual, era un loco hermoso y exquisito, pero su locura era como una tarde de Domingo y tampoco le alcanzaba para llevarla al éxtasis. Ella, quería de aquella pasión, quería de ese dolor…le hacía falta la vergüenza excitante de los cuerpos ardientes, las manos, las bocas, los gemidos y las “cosas” entrando y saliendo por toda ella…

Se sintió sucia y perversa. Se dijo que estaba maldita…que no tenía remedio. Fue, entonces, cuando su cerebro le ordenó que tenía que matarlo!...que era una alimaña ponzoñosa…que era una mierda…un desgraciado incapaz de sentir amor por nadie…que no merecía vivir porque…porque…

Las lágrimas corrían por sus mejillas enrojecidas…

Metió la mano en su bolsillo y empuñó la pequeña pistola, al tiempo que el llanto la hizo estremecerse.

Desde su escondite, Carlos, la vio cubrirse el rostro con sus manos. Le resultó evidente que lloraba, y eso lo paralizó. Pensó que no era buena idea ir a su encuentro.  Llamó a su amigo Pedro y le pidió que lo recogiera en la puerta del edificio y que se anunciara con un bocinazo. 5 minutos después, Carlos, llegaba, se subía al coche y pasaba frente a Marcela que se ocultaba encogiéndose al interior del auto.

 

El padre Olegario, escuchaba atentamente toda la historia que reseñaba la angustiada mujer sentada frente a él en su oficina.

…Y además, yo siento que ella está sufriendo, que ha perdido esa alegría de vivir que tenía…Hay algo que la atormenta y no he logrado sacarle la verdad…¡Sé que hay algo que tiene que ver con su novio o su ex novio…ya no sé! Ella, es una buena chica…es amorosa, amable, dulce y tiene un gran corazón… A lo mejor eso es lo que la perjudica…porque le hace ser frágil… Me angustia verla tan débil, tan desvalida…pareciera que de pronto hubiese perdido toda su fuerza interior, esa capacidad suya para sobreponerse a cualquier cosa…

Doña Hortensia, con sus 50 años encima, y a pesar de su aspecto de señora sobria y acomodada, sabía cuidarse muy bien y se mantenía lozana, fuerte y atlética. Ella, hubiese preferido haber hablado de estos asuntos con el padre Amador, pero éste andaba de viaje por España. No conocía al padre Olegario y, para su gusto, le parecía que era demasiado joven y… moderno. Ella creía que el padre Amador era un cura con mucha experiencia y tan bueno como sabio.

¿Quiere que yo hable con ella? –los ojos del padre Olegario se fijaron en el generoso busto de Doña Hortensia. Le pareció que ella debía tener sus senos firmes a pesar de la edad.

Bueno…sí…le preguntaré… -la mirada del cura la incomodó, aunque ella lo atribuyó a que probablemente él intuía su miedo, ese temor que sentía de que Marcela se enojara cuando se enterara que ella andaba ventilando sus cosas con un sacerdote desconocido…

A Marcela no le gustaban ni los religiosos ni los curas. Desconfiaba de todos ellos y tampoco confiaba en Dios…en cualquier dios.

 

Marcela, era una chica bellísima. Su cabellera corta y lisa de color celeste contrastaba de maravilla con la palidez de su piel y sus ojos verdes. El mechón que cubría un costado de la cara y parte de su ojo izquierdo le daba ese aspecto de chica rebelde que ponía nerviosa a su tía, la que tampoco se sentía muy contenta con sus ropas ajustadas que delataban las curvas y redondeces de un cuerpo sensual, hermoso y bien formado.

Después de la rabieta que le vino cuando se enteró de lo del cura, su tía, tuvo que amenazarla de no contar con el auto hasta que no fuera a hablar con el padre. A regañadientes, y ante la perspectiva de quedarse a pie, sin sus paseos fuera de la ciudad con la música a todo volumen,  prefirió prometerle que iría a verlo.

El padre Amador anda en España…me habría gustado que hablaras con él…

¿Y qué pasa con el otro cura?

No sé. No tengo idea. No lo conozco

¡Ay, tía…ya me metiste en esto y la verdad es que no sé para qué…¿Qué tengo yo que contarle a un cura? ¿Qué sabe un cura de nosotras las mujeres? ¿O me vas a decir que son expertos en mujeres con problemas…románticos o  sexuales…?

¿Qué problema sexual? –su tía la miró con cara de angustia

¡Ay, tía…es una forma de decir!...es sólo para que entiendas que los curas no saben nada de las cosas de una…¡Qué van a saber! –remató, alzando los brazos

Marcelita, a mi me preocupas tú. Yo creo que te haría bien hablar con alguien que tenga una gran fuerza espiritual que te pueda orientar…Es bueno abrirse con quien está capacitado para escuchar y dar consejos…¡Qué mejor que un padre enfrascado en la fe y el amor al prójimo…!

¡Ay, tía…qué ilusa eres!...Los curas de hoy andan en otras cosas…Ya ves todas las historias que se han destapado por ahí…

¡Por Dios, Marcelita…tú siempre tan rebelde y desconfiada! No por un par de frutas podridas vas a desconocer la bondad de tantos hombres santos que han salvado a tantas almas descarriadas…

¿Un par? ¿No serán cajones completos de frutas llenas de gusanos? –la rodeó con sus brazos y le dio un ‘apretón de oso’, un acto de cariño que las hacía reír a ambas.

¡Ay, tía, tú eres una mujer demasiado buena y noble para este mundo…!

Doña Hortensia, creyó que ese era un buen momento para preguntar

Marce…¿Y qué ha pasado con tu novio Carlos que no te he vuelto a ver con él en tanto tiempo? ¿Es que terminaron?

El semblante de Marcela se oscureció. La abrazó aún más fuerte

Tía, no quiero hablar de eso ahora. No viene al caso ni tiene importancia…Dejemos que ese idiota desaparezca de mi vida para siempre…

Doña Hortensia se desprendió del abrazo para mirarla a los ojos

¿Estás segura, Marcela?

¡Sí, tía…estoy segura!

Doña Hortensia, no era experta en psicología, pero su corazón le dijo que su querida Marcelita no le decía toda la verdad.

 

Carlos, era un tipo que nació para disfrutar cualquier cosa que la vida tuviera para dar, siempre y cuando, fuera loca, excitante o divertida. Él no se hacía problema con ninguna de las formalidades ni la moralidad de cualquier asunto. Desde niño había aprendido a sacarle provecho a lo que fuera sin hacerse demasiadas preguntas ni caer en los cuestionamientos o sentir culpabilidad por desear y hacerse de cosas que no eran suyas y que tampoco era necesario pagar por ellas. Él, prefería gozar la adrenalina que le producía usar sus trucos para abrir puertas, cajones o descubrir los escondites donde otros, ya sea padres, hermanos, familiares o conocidos, guardaban sus cosas de valor.  También, gozaba espiando a las mujeres y sus intimidades. Era un fisgón  impertinente que había aprendido que la gente oculta muchas más cosas de las que enseñan, y no sólo cosas materiales, sino otros secretos, otros vicios, hasta infamias y perdiciones.

Cuando la vio por primera vez, intuyó al instante que Marcela era una chica ardiente y deseosa; y aunque ella no hizo nada para que él sacara tales conclusiones, Carlos, supo leer en su mirada, en sus gestos, en esa forma que tenía de cruzar sus piernas, todo aquello descocado que habitaba en ella y que los demás no eran capaces de presentir ni vislumbrar. Se deleitó imaginándola desnuda y desbordada en un loco frenesí. Presintió, casi de inmediato, que con ella habría mucha locura y deliciosos vicios que compartir.

 

Marcela, era una chica apasionada y fogosa. Tenía una imaginación tan volátil que podía  sucumbir a los deseos y sentir unas ganas locas de masturbarse en los momentos menos propicios y en los lugares menos adecuados. Esa pasión desbordada la hacía entrar en una lucha interna en la que su mente le decía que su cuerpo era su templo y que no había nada de malo en gozar de esas sensaciones exquisitas que le producían sus manos, tocando, acariciando…entrando y saliendo en cada rincón de su cuerpo. Sin embargo, su corazón la maltrataba. Le decía cosas feas, la acusaba de ser sucia y perversa.  Sus emociones sucumbían muchas veces al conflicto de toda una vida de colegio entre monjas, misas, padrenuestros, avemarías y donde casi todo lo que abría la llave de sus deseos e imaginaciones era pecado.

Muchas veces, y mientras se acariciaba encerrada en el baño, se miraba intensamente a los ojos en el espejo hasta que su cuerpo empezara a temblar y sacudirse en el gozo y los deliciosos estertores del orgasmo…Mucha veces, también, se odiaba por insistir en eso. Otras, lo disfrutaba intensamente porque la mujer ardiente frente a sus ojos no era ella sino alguien, una chica  exquisita, loca y rebelde que la seducía hasta el paroxismo.

Sus espontáneos arrebatos de placer y su constante conflicto moral, la habían llevado a ser una chica retraída y solitaria. Nunca había perdido su conecte con la gente, pero ahora prefería rehuirla y conducir fuera de la ciudad, con la música llenado todos sus sentidos y el aire frío de la sierra colándose por la ventana abierta y acariciando sus mejillas.

 

Cuando el padre Olegario la vio entrar, inmediatamente se sintió invadido por esa sensación que era como una corriente eléctrica, una vibración de placer subiendo por sus muslos. Su piel y su entrepierna reaccionaron de la misma manera que frente a la pantalla de su laptop donde los cuerpos desnudos de las chicas le hacían temblar de pies a cabeza.

Parado frente a ella no supo si saludarla de un beso en la mejilla o darle la mano. Ambos se quedaron observándose mutuamente

La mirada seria e interrogante de Marcela le hizo sentir que no debía transmitir ninguna emoción ni deseo en sus ojos. Adoptó su mejor postura de sacerdote y una mirada de quien está por encima de las tribulaciones banales del mundo.

Marcela, creyó captar en el cura alguna tensión o quizás superficialidad…como si estuviera calculando la forma en que debía comportarse con ella.

El padre Olegario, se dio cuenta que esa deliciosa chica al frente suyo… desconfiaba

Marcela, creyó ver un bulto sobresaliendo del pantalón del cura

Toma asiento -dijo el padre Olegario bruscamente y fue a sentarse tras el escritorio. Le pareció que los ojos de la chica se habían dirigido a su entrepierna. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para controlar su incomodidad.

No era la primera vez que una mujer se había dado cuenta de una erección suya. Claro que con muchas de ellas todo terminó bien y pudo disfrutar de sus desenfrenos,  gozarlas y revolcarse con ellas. Había aprendido que muchas mujeres se erotizan con la idea de tener sexo con un cura. Un fetichismo sexual que ellas saben guardar muy bien y que jamás revelarían a nadie.

Sin embargo, el cura presintió que con esa chica las cosas podían salir mal. Optó por una postura sobria y profesional. Con los codos sobre el escritorio y sus manos entrelazadas al frente, la miró con la mejor cara de solemnidad que pudo poner

¿En qué puedo servirte? –dijo

Marcela, percibió el cambio de semblante del religioso. No había nada en la mirada de ese hombre que le produjera confianza.

¿Sabe qué, padre?...Yo creo que ha sido un error haber venido…

El cura se quedó de una pieza. 

Mire usted, no me malinterprete…-dijo Marcela mirándole fijamente- No es nada en contra suya, es sólo que yo no me siento preparada para hablar de mí en frente de alguien…mejor dicho, con alguien, a quien no conozco…¿Me entiende?

Bueno, yo sólo soy un servidor de Cristo…-el rostro del cura pareció transformarse en la imagen de algún santo de esos que aparecen en las estampitas

Yo, sólo escucho el corazón de las personas, sus penas, sus miedos…-agregó, con una calculada serenidad en su mirada

Marcela, se puso de pie

Le agradezco su tiempo, pero tengo que irme…-dijo, y sin mediar ningún gesto que determinara sus emociones, se encaminó a la puerta y abandonó la habitación

El cura se quedó estático. Sin embargo, sus ávidos ojos alcanzaron a disfrutar de la vista del sinuoso trasero de Marcela antes que ésta cerrara la puerta de la oficina tras de sí.

 

Carlos, la vio cruzar la calle y subirse al coche. No sabía con claridad porqué le había dado por seguirla. Presentía que Marcela andaba en algo que tenía que ver con él.

¡Praracatrún planplán!...¿En qué andas tú, chiquitina? –exclamó dando golpecitos rítmicos con sus dedos sobre el volante- ¿Para dónde vas, eh?

 

Marcela, aferró el volante con fuerza y estiró sus brazos para que su espalda se pegara al respaldo del asiento. Se miró en el espejo, ordenó el mechón de cabello que le cubría el rostro y se regaló una sonrisa. Respiró hondamente. Se sentía bien. Le había gustado ver el gesto de perplejidad en el rostro del cura cuando salió de su oficina. Sin saber muy bien porqué, se sintió fuerte y decidida. En su mente se disparó la imagen de Jaime e inmediatamente sintió una ola de calor en la boca del estómago y en su entrepierna.

¿Hola? –la voz de Jaime en el celular fue suficiente para ella, sin mediar palabra cortó la comunicación, soltó una carcajada, arrancó el coche y pisó el acelerador.

La cara llena de risa de Marcela que Carlos alcanzó a ver mientras pasaba al frente suyo del otro lado de la avenida, lo dejó entre perplejo y desconcertado. Desde donde estaba estacionado, una larga fila de vehículos no le permitía entrar al tráfico de la calle. Maldijo con rabia, y sin dudarlo, metió la punta de la camioneta temerariamente, y tras obligar a frenar bruscamente al auto que pasaba, salió del estacionamiento y dio la vuelta en u en la avenida en medio de los bocinazos e insultos que le llegaron de todas partes.

Marcela, detenida frente al semáforo en rojo, escuchó el escándalo de chirridos de neumáticos y bocinazos a sus espaldas, y al mirar por el espejo retrovisor, pudo ver la camioneta de Carlos tomando la avenida en dirección suya.

¡Vaya! ¿Y éste que se trae? –se dijo, al tiempo que de sus ojos parecieron brotar brillos perversos- ¿Acaso me está siguiendo el muy imbécil?

Lo que Carlos nunca esperó fue que el automóvil de Marcela estuviera tan cerca cuando se le ocurrió dar la vuelta estrepitosamente en la avenida. Presintió que ella lo había descubierto, y entonces, sin dudarlo, dobló a su derecha en la siguiente calle que estaba a no más de 6 metros del coche de Marcela.

Sin poder evitarlo, ella giró su cabeza para mirarlo. Carlos, sintió una especie de escalofrío cuando sus miradas se encontraron.

¡Puta madre…esta loca me odia! -fue lo primero que pensó- ¡A la mierda con ella. Ya no hay nada más que hacer! -fue lo otro que se dijo antes de escupir por la ventana

¡Hijo de puta! –gritó para sí, Marcela, que vio en el escupitajo una señal de su desprecio por ella

 

Jaime, era muchacho muy ordenado. Un tipo conservador, arquitecto recién recibido, que prefería salir a correr al parque o la compañía de una bicicleta en solitario o de algún buen libro en el sofá, a la algarabía de mucha gente o el bullicio de las risas y el palabrerío intrascendente después de los aperitivos. Para muchos de sus conocidos (porque amigos no tenía), como también para Marcela, era un tipo atractivo, agradable, pero sin mucha chispa ni tampoco mucha gracia. Era el perfecto acompañante para un sábado en la noche sin nada que hacer y un compañero sexual al que se le podía sacar partido pidiéndole en la cama que hiciera esto o aquello o así y asá. Para Marcela, era un chico adorable que la escuchaba con suma atención y quien le brindaba una reconfortante seguridad, como la de un amante leal y protector. Sin embargo, nada en ella hervía de gusto o placer cuando Jaime le decía cosas al oído con voz entrecortada mientras sus cuerpos arremetían el uno contra el otro. El sexo con Jaime era una fruta con poco dulce, un Chardonnay casi tibio, un momento de placer que no le alcanzaba para despejar sus emociones llenas de sombras, ni para escapar de las ansias por aquellas locuras de ayer cuando por cada lugar de su cuerpo y por cada espacio sensible de su piel, todas las manos, todos los labios y todas las bocas le hacían delirar de gozo, al tiempo que su propia boca y su lengua besaban y jugueteaban con todas las “cosas” de ellos y ellas…todas las pieles, todas las carnes…

 

Marcela, sintió rabia e impotencia. Esa emoción que la hacía sentir sucia y perversa la invadió como un remolino de calor intenso y sofocante. Cuando el coche delante suyo se puso en movimiento, no tenía ya memoria de cuál era su plan ni hacia dónde se dirigía. El recuerdo de Jaime se había borrado por completo, al tiempo que su punzante rabia en contra de Carlos aumentaba progresivamente.

 

Cuando Carlos esta estacionando su camioneta al frente del edificio, vio venir hacia él la alta figura de Alberto.

¡Mierdas! -exclamó-  Veamos en qué plan viene este idiota

Se bajó, cerró la puerta de la camioneta y apoyó su espalda en ella con todos sus sentidos alertas por si el asunto explotaba en una pelea

A pesar de su porte atlético, su actitud masculina y su mirada fiera y decidida, la homosexualidad de Alberto se transparentaba a través del mohín de sus labios y por aquella forma en que movía su cabeza y sus manos para expresar su furia y frustración

Cuando Alberto estaba a un par de pasos, Carlos, estiró el brazo enseñando la palma de su mano en señal de advertencia

Espero que no vengas a buscar bronca porque no estoy de humor para reventar a nadie –dijo con voz amenazadora

Alberto, se detuvo a un metro de distancia. Sus ojos de color miel estaban húmedos y cubiertos por un halo de opacidad y tristeza

No, Carlos, no vengo a pelear contigo. Sólo quiero que nos sentemos tranquilamente y hablemos –apoyó también su espalda en la camioneta.

Ambos se quedaron mirando el suelo por unos instantes, como ordenando sus pensamientos y calculando las palabras que tendrían que salir de sus bocas.

 De pronto, Alberto le tomó del brazo

¿Sabes que te amo…verdad? –sus ojos parecían estar a punto de llorar

Carlos, se revolvió inquieto y fastidiado. Quitó su brazo de la mano que lo aprisionaba, caminó un par de pasos y luego se giró para enfrentarlo

No quiero que sigas con eso -dijo con vehemencia- No puedo corresponder a lo que dices. Eres mi amigo y te quiero como tal, pero no más que eso…

El rostro de Alberto se transformó completamente. Su mirada se volvió ardiente y feroz mientras los músculos en sus mandíbulas denotaban unos dientes apretados al máximo

¿¡Eso es todo lo que tienes para decirme, cabrón!? ¿¡¡Eh!!? –la frase aguda y violenta, más el rostro descompuesto de Alberto a escasos centímetros del  suyo, le hicieron dar un brinco hacia atrás y levantar sus manos al frente en actitud de defensa

¡Cálmate…cálmate!...¡No insistas en tus locuras, Alberto…no jodas!

Fue lo último que alcanzó a decir. La descarga eléctrica le dio de lleno en el pecho. Cayó fulminado al piso preso de terribles convulsiones. Su debilidad cardíaca multiplicó el efecto de la descarga.

Alberto, lo miró con desprecio infinito. Al pasar a su lado se agachó para gritarle

¡Ojalá que te mueras, hijo de puta!

En la calle vacía no hubo nadie que pudiera socorrerlo. Abrió los ojos y su vista se perdió en el azul brillante del cielo. Después, su corazón dejó de latir para siempre.

 

Marcela, se dejó caer boca abajo en su cama. Se quedó quieta unos segundos y luego se giró de espaldas con la mirada extraviada como si buscara algo en el aire que no podía ver. Todo en ella estaba a punto de estallar. Tomó una almohada y la abrazó con desesperación, como si se aferrara a lo que más amó en la vida…y fue entonces que su cuerpo se convulsionó y el llanto brotó de su boca en un grito desgarrador que durante los varios minutos que siguieron se repitió muchas veces hasta hacerle sentir que se había vaciado por completo. Quedó exhausta.

Tuvo que respirar profundamente varias veces para recobrar el aliento, y tras secar sus ojos con la almohada y calmar el ardor, la patética foto de Carlos, muerto, que alguien le hizo llegar a su celular, se diluyó del todo en su mente extenuada, y finalmente, se quedó dormida.

Doña Hortensia, con el rostro afligido, la observó desde la puerta entreabierta y luego, algo más aliviada por verla dormida profundamente, cerró tras de sí.

Cuando despertó, se sintió muy tranquila, ligera y dominada por una energía que la puso a cantar su canción favorita en la ducha mientras el agua tibia cayendo sobre su cabeza parecía reanimarla por completo. Y cuando en su mente se dibujó fugazmente la imagen de Carlos tendido en el suelo, no sintió ni una pizca de tristeza. Lo que sintió fue una gran liberación en sus emociones. La culpa, la rabia, el rencor, su ardiente desprecio por sí misma, habían desaparecido por completo. Fue como si de pronto le hubiesen borrado la memoria de sus emociones y las hubiesen reemplazado con unos sentimientos llenos de luz, fuerza y optimismo.

Mientras sus manos enjabonaban su cuerpo, sintió de pronto el despertar de la llama del deseo. Sus dedos acariciaron sus pezones que se encendieron inmediatamente  y se pusieron rígidos. Lo que le pareció extraño fue que en su mente no se sucedieron esas recurrentes imágenes de otros cuerpos desnudos, otras caricias y otras “cosas” entrando en ella, sino sólo el rostro encendido de Jaime y sus temblorosas y bobas palabras ardientes en su oído. Sus manos bajaron hasta su entrepierna, y el suave y sedoso masaje de sus dedos al interior de sus muslos, luego en su vagina y después en su clítoris le hicieron arder la sangre y la piel y una ola de placer la recorrió entera hasta que su pelvis terminó de agitarse y un delicioso flujo de gozo la hizo estremecer. Se maravilló de haber alcanzado el orgasmo en menos de un minuto y de no haber necesitado de espejos ni de las imágenes de otros cuerpos desnudos, sino tan solo la trémula voz de Jaime susurrando en sus oídos.

Cuando se miró en el espejo ya no se vio sucia ni perversa. Se sintió fresca y renovada, con ganas de salir, subirse al coche y manejar sin rumbo.

Se vistió rápidamente y buscó a su tía Hortensia. La sorprendió en la cocina y sin darle tiempo voltearse la abrazó por la espalda y la llenó de besos en ambas mejillas.

Te quiero, tía. Eres mi ángel de la Guarda…

Sus ojos estaban húmedos, conteniendo apenas las lágrimas que pujaban por escaparse

Doña Hortensia, se dejó hacer percibiendo en su corazón que Marcela se había liberado de una buena parte de las emociones oscuras que la  habían acechado y doblegado por tanto tiempo. Se sintió feliz.

Cuando se dio vuelta para mirarla a los ojos pudo ver nuevamente a la descocada chica de ojos brillantes, alegre y boca floja que siempre amó.

No quiso retenerla. Todo lo contrario, la instó a partir sin preguntar siquiera a dónde iba. Doña Hortensia presentía que su Marcela necesitaba cancha y espacio para reencontrase consigo misma.

Cuando Marcela estacionó el coche y lo vio recobrando el aliento en el sendero del parque donde solía correr, se dio cuenta de lo lindo, lo bueno, lo sano y lo hermoso que era.

El sonido del claxon le hizo a Jaime levantar la vista y descubrir a Marcela estacionada a pocos metros. Le sorprendió ver su rostro sonriente con unos ojos abiertos de par en par como no recordaba haberlos visto. Sintió un agradable calor en la boca del estómago y su corazón se puso a bombear más de prisa. Sus miradas se fundieron en una caricia.

 

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    ...Las nuevas hipótesis acerca de las razas alienígenas apuntan a que los seres y ovnis que pululan subrepticiamente a través del Cosmos, no son otros que nosotros mismos venidos desde un futuro, 45.000 años adelante.

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Sobre mí, no sé qué pensar. Tengo más dudas que certezas, aunque no tomarme demasiado en serio es mi certidumbre favorita

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